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Capítulo 40
Forzando un pacto
Lena me contempló con un marcado asombro en su gesto. Jadeaba y sudaba por el esfuerzo. Bajó su espada y con el ceño fruncido negó con la cabeza.
—¡Me has vencido! —exclamó todavía incrédula.
—Me has enseñado bien —repliqué adusta.
—Ninguna mujer lo había hecho —adujo admirada.
Sonreí sin que aquel gesto alcanzara mis ojos.
—He enseñado a muchas —agregó ella, mientras me evaluaba desde una nueva perspectiva—, y he de confesar que ninguna aprendió tan aprisa, ni ninguna logró ganarme un combate.
El ocaso se derramaba lánguido, bruñendo de cobre las cimas de las nevadas montañas que nos rodeaban. En cuanto la noche cayera, la helada sepultaría el poblado recluyendo a los hombres al resguardo de sus cabañas. El blanquecino resuello que escapaba de nuestras gargantas permanecía espesamente visible entre nosotras. Cada bocanada quemaba mi pecho; sin embargo, habría continuado peleando si Lena no hubiera aceptado su derrota.
—Estoy segura de que ninguna tuvo tantos motivos como yo para aprender.
Lena me escrutó ceñuda, intentando leer mis pensamientos.
—No sé qué pretendes, Freya, pero sea lo que sea es peligroso.
—Pretendo ser una skjaldmo, una doncella escudera, e ir a la batalla.
La mujer abrió los ojos desmesuradamente y negó con la cabeza.
—Freya, creo que hay un requisito que nunca cumplirás.
Sabía que sólo doncellas virginales, mujeres que renunciaban a su femineidad y maternidad, podían formar parte de esa facción guerrera que se integraba en las huestes reales.
—A la maternidad renunció mi cuerpo —expuse con dureza— como pago a la supervivencia; la femineidad será para mí un arma, como lo es la espada que ves en mi mano. He yacido voluntaria y apasionadamente con dos hombres, me forzó un jarl y desea doblegarme un rey. Mi cuerpo no es puro, pero lo es mi corazón, pues he sido fiel a él desde siempre, y desde el corazón te digo que esta que ves ante ti es una guerrera.
Lena vio con claridad mi determinación, y un amago de sonrisa curvó su boca.
—En tal caso, y puesto que ese mismo rey permite que te entrene, te unirás a las skjaldmo y partirás con él a la batalla.
—¿Se necesita algún tipo de ceremonia para el nombramiento? —pregunté.
—Tan sólo mi propuesta y la aprobación del rey.
—¿Y a qué esperamos?
La sonrisa de Lena se ensanchó complacida y orgullosa. Sus ojos azul hielo chispearon entusiasmados.
—Vamos entonces —aceptó—, me muero por saber qué dirá mi rey.
Caminamos con paso regio, espalda envarada y un aplomo tan apabullante en cada zancada que la gente que nos cruzábamos se detenía a mirarnos con aguda curiosidad.
Entramos en el skáli juntas, una al lado de la otra, con nuestras ropas de entrenamiento, armadas, sudorosas, desgreñadas y vehementes. Lena, con su físico tan opuesto al mío… ella de cabellos casi blancos y lisos, yo rubios y rizados; ella de piel pálida en extremo, yo dorada como el sol de la tarde; sus ojos del color de los glaciares, los míos, verdes como las esmeraldas más puras y brillantes … pero ambas poderosas y seguras.
Rollo se hallaba sentado en su trono y conversaba con sus generales. Los hombres enmudecieron ante nosotras, observándonos con creciente intriga y un atisbo de desagrado.
La plomiza mirada del rey se clavó en mí; la alerta destelló en ella. Pude percibir cierto envaramiento en su porte, y una velada inquietud turbando su regio semblante.
Lena inclinó ceremoniosa la cabeza, pero yo no la imité. Permanecí erguida y desafiante.
—¿Qué quieres, mujer? —prorrumpió hosco y ceñudo.
—Mi señor, vengo a pedir vuestra aprobación para incorporar a una nueva skjaldmö en mis filas.
—Lena la Blanca, ¿de quién se trata?
—Se trata de Freya la Loba —respondí yo, adelantándome un paso.
Rollo me fulminó con los ojos. Con mirada entrecerrada, me escrutó pensativo. Sus hombres me contemplaban desaprobadores.
—No es como vosotras; en ningún sentido, además —objetó esbozando una sonrisa burda.
—Nada que me impida pelear para defender vuestros dominios o ampliarlos —contesté incisiva.
Thorleif Spake el Sabio, el ladino consejero, se inclinó sobre su rey.
—Pero, señor, incumpliría las normas, los dioses…
—Deja a los dioses tranquilos, Thorleif —interrumpió Halfdan poniéndose en pie—. Las ofrendas están para contentarlos, y las victorias, para agasajarlos.
Se acercó a mí con esa permanente sonrisa pretenciosa, y me rodeó, observándome desde su altura, como un halcón acechando a su presa, sabedor de que pronto se abalanzaría sobre ella.
—Y cualquier espada capaz de luchar por mi causa, pura o impura, se ha de tener en cuenta, y más si la empuña una fiera loba.
Se detuvo frente a mí; alcé el rostro para sostener su penetrante mirada.
Cogió mi barbilla inmovilizando mi rostro y se acercó más a mí.
—Dime, Freya la Loba, ¿estarías dispuesta a morir por mí?
Los murmullos en el salón se apagaron de repente.
La tensión que se respiraba se podía cortar con una daga. Algo crepitaba a nuestro alrededor, y ese algo preocupaba sobremanera a los presentes, por su intensidad. Yo sabía perfectamente qué los inquietaba, y era la excesiva atención que me prodigaba su rey. El hechizo que yo ejercía sobre él no pasaba desapercibido a sus súbditos.
—Estoy dispuesta a vivir y a luchar por vos.
Y sonreí para mis adentros; acababa de poner la primera piedra en mi lado de la balanza.
Rollo me contempló triunfal, casi se relamía.
—En tal caso, arrodíllate ante mí.
Lentamente ejecuté su orden; hinqué una rodilla en el suelo e incliné la cabeza, mostrando mi lealtad.
Una gran mano se posó con los dedos abiertos sobre mi cabeza, ejerciendo una ligera presión, ratificando su poder sobre mí.
—A partir de ahora, Freya la Loba, como mi más fiel skjaldmö, me deberás obediencia, sumisión y respeto. Lucharás bajo mi mando, entregando tu vida y cuanto necesite de ti.
Aquella última apreciación flotó a mi alrededor, con precisas escenas de lo que requería de mí. Pude ver con claridad en sus ojos plomiza el deseo que manaba de sus pensamientos. Y sería aquel deseo el que acabaría no sólo con su reino, sino también con su vida.
—Ponte en pie —ordenó complacido.
Lo hice y en ese momento me topé con una angustiada mirada azul.
Ragnhild me observaba con marcada indignación; a su lado estaba su hermano Guthorm, un niño asustadizo, de grandes ojos celestes. Ella apenas era una muchacha, de facciones angelicales y belleza dulce y aniñada. Pero en aquella mirada no rezumaba la inocencia ni la ingenuidad precisamente, sino un rencor tan manifiesto que casi podía sentir cómo me golpeaba; un rencor que trajo a mi memoria otra mirada, negra y ladina, la de Eliza.
—Batallaremos juntos, loba guerrera —sentenció ante el agrio desagrado de sus hombres—. Ya puedes irte, a menos que vengas con otra exigencia.
Y esa exigencia llegaría, pero cuando terminara de ultimar mi plan.
Incliné la cabeza en señal de asentimiento; con orgullo, me volvía para abandonar el skáli cuando me topé con algunos pares de ojos reprobadoramente asombrados.
Hiram, Sigurd, Ragnar, Eric y Thorffin se pusieron en pie en el momento en que recorrí el largo pasillo y salieron tras de mí.
Lena se despidió de mí con un leve gesto y corrió a su cabaña. La helada ya cubría de escarcha el suelo, los tejados y las cercas.
Me estremecí. Mi falda corta, mi cota de malla, mi peto de cuero y mis botas altas eran ineficaces para combatir la gelidez que me abrazaba con tanto ahínco.
Cuando los hombres me alcanzaron y me rodearon inquisidores, yo me abracé entre temblores.
Hiram se desprendió de su capa de pelo y me cubrió con ella.
—Vayamos a tu cabaña —sugirió Thorffin—. Tienes muchas cosas que contarnos y, a juzgar por lo que acabo de ver, es probable que nos lleve toda la noche; no quiero morir congelado, aunque temo morir de angustia por lo que intuyo.
Descendimos el serpenteante sendero entre cabañas apiñadas, hasta alcanzar la que ocupaba con Eyra. Un buen fuego nos invitó a refugiarnos del helor que nos abotargaba. Eyra daba vueltas al humeante contenido de una marmita suspendida de un gancho sobre el crepitante hogar.
Nos contempló ceñuda y observó de nuevo la sopa, calculando mentalmente las raciones.
—A menos que traigáis una hogaza de pan —rezongó—, os iréis más hambrientos de lo que intuyo estáis.
—No hemos venido a comer, Eyra, y, si fuera el caso, dudo que me entrara un bocado —farfulló Hiram, mirándome acusador.
De nuevo recibí la abierta desaprobación de los hombres, está vez con más acritud.
Eyra percibió la tensa preocupación de aquéllos, soltó el cucharón y nos invitó a sentarnos en los largos bancos que franqueaban la austera mesa rectangular.
—¿Dónde está mi hijo?
En su voz asomó un deje ansioso.
—Creo que en Agder —respondí tras soltar el aire contenido.
—¿Y qué demonios hace en Agder? Lo creíamos contigo —replicó huraño Thorffin—. Cuando te vi entrenar esta mañana, me extrañó no verlo a tu lado, pero imaginé que lo habría requerido Rollo. Pero ha llegado la noche y nada sabemos de él. Y para mi completo estupor, te ofreces míseramente a un hombre que te desea.
—Rollo lo arrancó anoche de mi lado —expliqué—, lo dejó inconsciente y lo ha recluido en Agder, obligándolo a beber ese maldito preparado que le hace olvidar, confundiéndolo y enloqueciéndolo. Quiere apartarlo de mí hasta que se decida la batalla.
—O hasta que se canse de ti y te eche de su lecho —intervino Hiram con amargura.
Era evidente que todos pensaban lo mismo.
—Sé cuidarme sola —sentencié con firmeza—. Y sé lo que tengo que hacer para salvar a Albert y a mí misma de ese cuervo carroñero.
Eyra suspiró apesadumbrada; en su expresión se adivinaba el cansancio y la preocupación.
—¿Y por eso te conviertes en una skjaldmö del rey? —apuntó Thorffin contrariado.
—No os atreváis a juzgarme —me defendí furibunda—; nadie sufre más que yo, y nadie hay tan apaleado por el destino como nosotros. Combatiré con lo que disponga, sin importarme nada más. Rollo es un escollo en mi camino, y como tal tendré que apartarlo.
Eyra agrandó los ojos, resopló y negó abatida con la cabeza.
—¿Y lo harás tú sola? —inquirió—. ¿Y cómo lo harás? ¿En el campo de batalla o en el lecho? Déjame decirte que subestimas a tu enemigo.
—También él a mí.
—Escúchame bien, muchacha —comenzó a decir Eyra con calma—: todos juntos podremos lograrlo. Todos los aquí reunidos tenemos un arma contra el rey. Yo manejo la astucia y mi don para las plantas; ellos manejan información valiosa, y tú, las mañas para distraer convenientemente su atención, mientras nosotros actuamos. Llegado el momento, cerraremos la trampa y él caerá en ella.
Thorffin miraba con franca admiración a Eyra; los hombres la escuchaban con la misma complacencia.
—Ahora sé de dónde heredó Albert sus dotes de estratega.
Eyra sonrió emocionada.
—Y mi fortaleza —añadió convencida—. Es fuerte; resistirá la ponzoña, hasta que logre anularla.
—¿Anularla? —preguntó Ragnar arrugando el entrecejo.
—Sí, aún tengo que descubrir quién prepara la pócima y cambiar los ingredientes que usa por unos inocuos. Pero cuando Albert salga del abotargamiento, tiene que haber alguien cerca de él, para hacerle saber lo que está pasando.
—Podemos decírselo a Sigrid; ella no se separará de su lado, y puede mandar llamarnos —propuso Erik.
¡Sigrid!
Aquel nombre me conmocionó. Mi corazón se aceleró y, de repente, todo cobró sentido en mi cabeza, pieza por pieza. En apenas un breve instante, pasé por todo un curioso compendio de emociones que me secaron la garganta, descomponiendo mi rostro en algo parecido a una mueca de sorpresiva y desagradable comprensión.
Tras fulminar con la mirada a Erik, los presentes me observaron conteniendo el aliento.
¡Por todo lo sagrado, el hijo de Albert era el de Sigrid! ¡Ella era la mujer de lacios cabellos dorados que hablaba con Albert mientras él acunaba al bebé!
Escondí el rostro entre las manos, en un vano intento por contener el torrente de odio visceral que me asaltó.
Cuando por fin logre mirarlos a la cara, todavía temblaba.
—¡¿Habéis permitido que esté con esa víbora?! —estallé colérica—. Fue ella la que lo planeó todo con Ada. Ella fue cómplice de la devastación de Skiringssal, ella… —No pude seguir hablando, la rabia me sepultaba con una losa que casi me impedía respirar.
Ragnar tragó saliva y bajó la mirada.
—Ella parió un hijo de Albert y fue ese niño el único que logró anclarlo a la vida —se defendió Thorffin.
—Dime, Thorffin, ¿acaso es hijo suyo porque ella así lo diga?
Me sostuvo la mirada con semblante indescifrable.
—Ambos sabemos que yació con ella.
—Pero fue una sola vez, y su amante habitual era otro.
Todos clavaron en mí sus intrigados ojos.
—Ulf —añadí con convencimiento.
—¡Que los cuervos de Odín vacíen mis ojos! —espetó Erik impávido—. ¡Albert criando al hijo de su enemigo!
Todos me observaron apesadumbrados, excepto Thorffin y Eyra, que se sostenían la mirada con la misma expresión en sus rostros.
—Freya, da igual de quién sea hijo —adujo la anciana ante mi sorpresa—. Ese niño le dio a Albert una razón para vivir, hemos de estarle agradecidas a ese engaño.
—¡No! ¡Jamás! —negué con ofuscación. Golpeé violentamente el tablero de la mesa con las palmas de las manos y me puse en pie—. ¡Basta de ardides, basta de jugar con las voluntades y las realidades! No pienso consentirlo más. Esa mujer es una serpiente, fue causante de una desgracia en la que murió demasiada gente, esa mujer…
Perdí la voz, sepultada por la maraña de emociones que me estrangulaban.
Trémula e iracunda, les di la espalda y contemplé el fuego del hogar, pensando que las llamas que crecían en mi interior podrían devorar esa cabaña y hasta era posible que toda la región.
Había ido tras las huellas de un lobo y era ese lobo el que me había encontrado a mí, despertando la venganza, el rencor y la furia, emociones que exigían un solo pago: la sangre de mis enemigos.
Mi hijo había muerto, yo casi lo había seguido y Albert había sido convertido en una pálida e irreconocible sombra de lo que fue. Ya no había perdón en mi corazón, ni compasión en mi alma, ahora tan sólo quedaba en mí una cosa: furia.
—Voy a recuperarlo —me oí rezongar en un hilo de voz—. Voy a acabar con mis enemigos. Voy a demostrarles a los dioses que tengo dientes y garras y que sé cómo usarlos.
—Freya —musitó Eyra con suavidad—, nosotros te ayudaremos, pero tienes que dejarnos. Controla tu ira, apacigua tu ánimo, sé cauta y fría, y no enfrentes a los dioses. De nada sirve lanzar piedras al cielo.
—Nos necesitas tanto como nosotros a ti para recuperarlo —señaló Thorffin—. La desmedida ambición de Rollo le ha creado muchos enemigos. Y eso es bueno para nosotros, pues sólo tenemos que azuzarlos para que se ciernan sobre él. El rey Horik no se fía y ha rechazado la alianza con Rollo para combatir a los jarls rebeldes. Por eso anda de tan mal humor. Además, Horik ha mandado llamar al suyo, Ragnar Lodbrok, en busca de protección. No sólo nos aguarda una batalla contra los sublevados, sino una cruenta disputa entre reyes. Pero, de todos sus enemigos, el más acérrimo y sanguinario es sin duda Hake el Berseker.
—¿Propones que nos aliemos con Hake? —inquirió Ragnar demudado. Se frotó su alopécica cabeza y negó rotundo con la cabeza.
—No, sería una auténtica temeridad —respondió meditabundo Thorffin—. Hake es imprevisible, cruel y traicionero. Pero podemos facilitarle una emboscada y abandonar a Rollo en la lucha. Somos su escolta, su hird, no partiría sin nosotros.
—Partir, ¿adónde? —pregunté.
Thorffin nos contempló con semblante grave, se rascó su frondosa y crespa barba roja y respiró hondo.
—A emboscar a Horik, antes de que su jarl llegue en su ayuda. Rollo trazó el plan esta mañana: quiere conquistar Jutlandia.
—¡Ha perdido el juicio! —exclamó Hiram alarmado.
Thorffin asintió circunspecto, frunciendo el ceño al tiempo.
—No, sigue los pasos que él mismo se ha marcado. Ahora mismo, se abre ante él la única posibilidad de conquistar ese reino. Ragnar Lodbrok dejó desprotegida la región en sus ansias de conquistar nuevos territorios. Ahora o nunca. Y todos sabemos que Rollo, como un cuervo astuto, nunca desaprovecha una buena oportunidad.
—Su ambición será su tumba —vaticinó Eyra—. Espero que no nos arrastre a ella.
Un crujido proveniente del hogar, seguido de un intenso chispazo luminiscente, nos envaró.
—Parece que los dioses quieren hablar —barruntó Hiram con preocupación.
Eyra intercambió una mirada grave conmigo, y apretó con fuerza sus delgados labios.
—Pronto partiremos a la conquista —agregó de nuevo Thorffin; en su voz se reflejó una inquietud turbadora—. Lejos de Hedemark, no resultará difícil urdir un engaño y alejarlo de sus hombres de confianza, de Thorleif Spake el Sabio y Orn Oso Pardo. Estoy seguro de que tú, Freya, podrás embaucarlo y entregárnoslo en bandeja donde acordemos.
Asentí, plenamente consciente de lo que encerraría ese «embaucarlo». Para cegar a un pajarraco como aquél, debía ponerse en sus ojos una gruesa venda, y para hacerlo había que estar muy cerca.
—Un paso en falso —advirtió Eyra con gravedad— y moriremos todos. Estamos hablando de traición. Rollo no mostrará piedad con nadie; tampoco contigo, Freya.
—¿Acaso crees que me importa su piedad si todo se malogra?
Alargué el brazo sobre el tablero, cerrando la mano en un apretado puño, y deslicé la mirada por cada uno de los presentes.
—Sellemos el pacto —murmuré con firmeza.
Uno a uno imitaron mi gesto, y nuestros puños se tocaron al tiempo que nuestras miradas. Se respiraba una tensión pesada y una determinación apabullante.
—Sólo os voy a hacer un ruego —añadí—. Mantened a Sigrid al margen de esto, o estaremos perdidos. El veneno de una víbora nunca se seca.
Miré intencionadamente a Erik, que se rascaba, burdo, su melena despeinada.
—De acuerdo —concedió con un resoplido—, pero alguien deberá estar cerca de Albert para tenerlo al tanto de todo cuando recupere el juicio.
—Creo que la persona indicada sería Helga —propuse dirigiéndome a Thorffin.
El gigante rojo asintió y por fin sonrió, relajando el ambiente.
—Mi Helga podrá cambiarle el brebaje por el que le traigan, y observarlo hasta que mejore; entonces le dirá que nos busque, y partirá tras nosotros. Hasta entonces, habremos de rezar para no entrar en batalla antes de tenerlo entre nosotros. Sobre todo ahora que tú vas a participar en ella.
—Lena me enseñó bien —argüí orgullosa.
Thorffin me regaló una mirada desdeñosa y esbozó una sonrisa burlona.
—Freya, nada tienen que ver tus entrenamientos con una batalla real. Puede que hayas aprendido algunos movimientos, pero, en un combate a muerte, la experiencia, el temple y la rapidez son las mejores bazas. No serán escaramuzas aisladas, serán hombres corajudos y poderosos, curtidos y experimentados, los que se abalanzarán sobre ti. Reza para no tener que vivirlo.
—No es por lo único que rezaré.
Eyra se puso en pie, descolgó de un gancho un odre de aguamiel y se lo tendió a Thorffin.
—Tenemos un pacto, sellémoslo —alegó con firmeza.
El gigante rojo bebió un largo trago de líquido ambarino y traspasó el odre a Hiram. Uno a uno bebimos con ceremonia; en nuestras miradas encontradas, la emoción que predominó fue una fiera determinación.
CONTINUARA
Unas kjaldmö (skjaldmær en islandés,sköldmö en sueco), o doncella escudera, era una mujer guerrera en lamitología nórdica. Son mencionadas con frecuencia en sagas tales como la saga Hervarary en Gesta Danorum.
Hervör muriendo tras la batalla con los hunos. Una pintura de Peter Nicolai Arbo.
De acuerdo a la enciclopedia sueca Nordisk familjebok, las skjaldmö aparecen también en historias de otras naciones germanas: losgodos, y las tribus de los cimbrios y marcomanos. Ellas fueron la inspiración para las valquirias y también la inspiración de J. R. R. Tolkien para el personaje Éowyn, llamada «shield maiden of Rohan» (expresión en la que shield maiden equivale a skjaldmö en inglés).
Ejemplos de nombres de doncellas escuderas mencionadas en sagas nórdicas incluyen aBrynhildren la saga Volsunga, Hervör en lasaga Hervarar, la princesa sueca Thornbjörg enHrólfs saga Gautrekssonary Hed, Visna y Veborgen Gesta Danorum. El mismo Saxo Grammaticus las definía así:
"Hubo entre los daneses mujeres que, transformando su belleza en aires varoniles, consagraban casi toda su vida en prácticas guerreras."
Según Saxo, 300 doncellas escuderas pelearon del lado danés en la batalla de Brávellir. También existe una cita sobre los varegosde la Rus de Kievy una derrota en el campo de batalla en el año 971 contra las fuerzas de Sviatoslav I de Kiev, donde aparecen mujeres armadas entre los muertos para sorpresa de los vencedores.
