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Capítulo 41

El destino de una reina

Me desperté sudorosa y jadeante.

La visión de Albert tomando a Sigrid era tan vívida que todo mi cuerpo reaccionó con un malestar tan agudo que sentí náuseas.

Decidida a ahuyentar los desasosegadores retazos de aquella pesadilla, me levanté con vehemencia del jergón, abrí la puerta de la cabaña, cogí un buen puñado de nieve y la froté contra mi adormecido rostro.

Maldije entre dientes en el acto, cerré dando un portazo y me senté frente al hogar. Eyra no estaba en su jergón.

Alimenté el fuego con leños secos y removí las ascuas, pensativa. Saberla cerca de él, utilizando todas sus mañas de seducción, utilizando a su propio hijo para tenerlo cerca, me repugnaba. Y más cuando ella había sido una de las causantes de que yo perdiera al mío.

Me incorporé furiosa y caminé de un lado a otro. Mi mente bullía imaginando un sinfín de situaciones entre ellos: abrazos, mimos, caricias, gestos dulces, y a Albert sumido en su bruma de irrealidad, tomándola como me había poseído a mí. Los celos me corroyeron, y el rencor contra el hombre que me había arrebatado a mi esposo creció con tanta intensidad que tentada estuve de buscarlo y clavarle mi daga en el corazón.

Me sorprendí gruñendo e imprecando. De nuevo, me senté e intenté calmar mis fogosos ánimos. Justo en ese momento se abrió la puerta; un ladrido cortó mis pensamientos, y un cálido cuerpo peludo me soliviantó con un cariñoso lametazo en la mejilla.

—Muchacha, si te abocas más al fuego, acabarás dentro de él —me advirtió Eyra. Un viento gélido onduló las llamas, sometiéndolas, hasta que la puerta se cerró de nuevo.

—Ya estoy dentro de mi propio fuego —respondí—, y te aseguro que me está devorando.

—Pues apágalo antes de que te queme —rezongó, depositando un ganso desplumado sobre la mesa—. Nadie sabe quién prepara el condenado brebaje —masculló contrariada—he hablado con las mujeres, ninguna tiene el suficiente conocimiento sobre plantas.

—Pero debe de haber un hechicero, una curandera, alguien que atienda los males de la gente… un rey requerirá cura para sus dolencias —repliqué confusa.

—Dicen que Thorleif Spake el Sabio se ocupa de la salud del rey. Tendré que vigilarlo de cerca, en algún sitio guardará sus hierbas.

Gruñí como respuesta y acaricié la cabeza de Fenrir.

—Destripa ese ganso, Freya, lo asaremos en la lumbre —ordenó Eyra tajante—. No quiero verte ociosa, o acabarás cometiendo algún desatino.

—Los desatinos de otros son los que están acabando conmigo, Eyra.

—Sea como fuere, tú no los cometas —sentenció con mirada admonitoria—. Y, ahora, voy en busca de Thorleif; todos piensan que soy una völva, así que no se asombrará de que le pregunte por un hongo en cuestión. El tiempo nos acecha, Freya, no puedo permitir que partas a la batalla sin asegurarme de restablecer a Albert.

—Si no consigues cambiar el filtro —murmuré sombría—, también podemos pedirle a Helga que impida que Albert se lo tome.

Eyra frunció el ceño negando con la cabeza.

—Muchacha, eso es poco probable estando Sigrid cerca. Ella es la que se lo ofrece por orden del rey.

—¡Maldita! —mascullé entre dientes.

—A ella tampoco le interesa que Albert aclare su mente.

—No, claro, así puede seguir ocupando un lugar que no le corresponde —siseé furiosa—, así puede buscar de nuevo un hijo que sí sea de él.

Aquel pensamiento, que surgió súbito como la chispa producida en un cruce de espadas, me revolvió el estómago.

Eyra me contempló con preocupación, se acercó y apoyó una mano en mi hombro.

—Freya, guarda la calma, aleja pensamientos oscuros y convéncete de que pronto estaréis juntos de nuevo.

Asentí, aunque mi interior hervía con una mezcla de miedo, furia y frustración.

Cuando Eyra salió, saqué mi daga y abrí el ave con más fuerza de la necesaria. Extraje las vísceras y las lancé al fuego, que chisporroteó alborozado por su inesperado alimento; luego ensarté el ave en una vara de hierro. Ya me inclinaba para colocar la vara junto al fuego cuando llamaron a la puerta con impaciente insistencia.

Me limpié toscamente las manos y abrí. De todas las personas que no esperaba encontrar frente a mí, aquella que me miraba con tanta gravedad era, sin duda, la menos imaginable.

—Tengo que hablar contigo.

Y esquivándome, se adentró con premura en la cabaña.

Cerré la puerta asimilando mi asombro y despertando todos mis recelos.

—Hola, Ragnhild —musité con sequedad.

Los enormes ojos azules de la muchacha me repasaron lentamente, mostrando todo su desagrado y desdén.

—Necesito una merced de ti; a cambio estoy dispuesta a ofrecerte otra.

Me acerqué a ella despacio, inspeccionándola desconfiada.

—¿Y qué puede querer una reina de una sierva?

Ragnhild se sentó en el banco frente al fuego, se frotó las palmas de las manos en los faldones de su hermosa túnica verde y desvió la mirada hacia el hogar. Su rostro se tensó, respiró hondo e inclinó angustiada el rostro; mechones dorados de su larga cabellera ocultaron su perfil.

—Podría pedir a los dioses un cabello rizado y unos ojos verdes esmeralda, pero dudo que me lo concedieran —comenzó a decir en un apagado hilo de voz—. Podría pedir a los hombres que te arrancaran la vida y te enterraran muy lejos, pero también dudo que eso me ayudara. Y, tras mucho meditar, sólo he hallado una solución a mis problemas.

Guardó silencio, imaginé que para buscar el coraje que necesitaba.

—Necesito que me ayudes a cumplir mi destino —anunció finalmente.

Cuando alzó el rostro hacia mí, vi en él tanta pesadumbre, tanto dolor y tanta súplica que no pude más que compadecerme de ella.

—Ardua empresa, joven reina, pues el destino lo rigen los dioses y lo luchan los hombres. Cada uno de nosotros somos los únicos que podemos forjar el propio.

La bella reina negó con la cabeza. Su mirada se nubló con lágrimas contenidas.

—Te odio, Freya —espetó y, a pesar de aquellas palabras, su tono fue tan desgarrado que me conmovió—. Tú te interpones en mi destino, que no es otro que concebir toda una descendencia real, tal y como predicen las runas. Si no lo consigo, mi rey y su pueblo acabarán desterrándome. —Estranguló un sollozo y de nuevo bajó la mirada, escondiendo el rostro tras la espesa cortina dorada de su melena—. Rollo no consigue… despertar su deseo a mi lado… Y entonces, maldice, se enfurece y sale del lecho para rumiar su pena en jarras de cerveza.

Cerré los ojos y suspiré largamente. La piedra de mi pecho, esa que se negaba a abandonarme, pesó el doble.

—Nada puedo hacer por vos —repliqué con frialdad—. Sé cuánto lo aguijonea mi rechazo y lo que anhela de mí, pero sólo soy el capricho de un niño consentido y antojadizo. Confío en que el tiempo y la distancia diluyan su empecinamiento.

Clavó en mí su celeste mirada, derramando en ella toda su inquietud.

—Ése es precisamente el problema, Freya, tu rechazo.

La miré confusa, me froté el rostro y me senté en una banqueta frente a ella.

—Necesito que lo aceptes —anunció con hondo pesar—. Y no creas que esto que te pido es fácil para mí… pues, a pesar del poco tiempo que llevo junto a Rollo, lo amo. Veo su sufrimiento, le oigo pronunciar tu nombre en sueños, le veo luchar buscando en su interior un deseo que no siente por mí, y rabiar de deseo por ti. —Hizo una pausa. Un hipido escapó de su garganta, como si las palabras que deseaba pronunciar se atoraran en su interior—. Yo… guardo la esperanza de que, una vez que te tenga, una vez satisfecho su capricho, logre olvidarte. Sé que es arriesgado, mas necesario. No voy a negar que tengo miedo, miedo a que lo que sienta no sea sólo deseo. Sé que te admira y que ansía doblegarte, pero todavía me agarro con desesperación a que esas emociones no escondan otra cosa. Y te juro, Freya, que, incluso si descubro que te ama, me conformaré con ser su reina y la madre de sus hijos.

—¿Lo amáis y consentís que yazca con otra mujer?

Ragnhild sacudió enérgica la cabeza, las lágrimas escaparon de sus ojos y zigzaguearon por sus mejillas; en su mirada brilló, además, la impotencia.

—Peor aún, que yazca con una mujer que parece tocar su corazón.

La joven se deshizo en un agudo sollozo y se cubrió el rostro con las manos.

Observé cómo sus hombros se sacudían, cómo su pena la zarandeaba y la rabia que sentía hacia Rollo se desbordó, como un río crecido ante el deshielo de las montañas.

—Será mejor que busquéis otra solución, mi reina, pues no yaceré con vuestro esposo, tal y como él no me permite yacer con el mío.

Ragnhild se levantó del banco y cayó de rodillas ante mí, cogiendo mis manos entre las suyas.

—Te lo ruego —gimió llorosa—. Una reina se postra a tus pies, todo un linaje depende de ti.

Me mantuve impasible; sin duda, ella era una víctima de aquel cuervo carroñero, pero yo era otra.

Alzó su hermoso y aniñado rostro húmedo hacia mí.

—Te ayudaré a liberar a tu esposo de las garras del mío —añadió expectante.

Sostuve su mirada con gravedad. Tener a su reina de mi lado era una baza que no podía desaprovechar.

—¿Quién prepara el brebaje que emponzoña el juicio de Albert?

No me pasó por alto la sombra de una sonrisa que apenas iluminaba su rostro con un atisbo de esperanza.

—Te diré cuanto desees saber; juntas conseguiremos nuestros propósitos —musitó irguiéndose—. Esta noche acude al skáli, yo dormiré en otro sitio.

—No, no es necesario que busquéis dónde dormir —murmuré asaltada de pronto por un rayo de clarividencia.

Me observó contrariada, su mirada se oscureció de nuevo.

—Buscáis un hijo, ¿no es así?

Frunció el ceño y tragó saliva antes de asentir.

—Yo despertaré el deseo del rey, pero en vos recaerá su simiente.

—No logro entender tu intención —confesó intrigada.

Me puse en pie y la enfrenté con una sonrisa taimada prendida en mis labios.

—Esta noche lo seduciré, y lo tentaré a jugar. Sé cuánto le gustan los juegos en el lecho. Ambas conseguiremos lo que buscamos, sin riesgos innecesarios.

Su azul mirada me escrutó con extrañeza, pero nada replicó mientras se dirigía hacia la puerta.

—No me importa compartirlo en el lecho —anunció con la puerta abierta—, pues sé que no podéis engendrar hijos; en caso contrario, habría ordenado vuestra muerte.

Tras decir esto, salió con porte altivo y mirada triunfal.

Un fulminante pensamiento me atravesó mientras cerraba la puerta… jamás debía subestimar a una joven reina despechada o estaría perdida.

CONTINUARA

Ragnhild es de cuidado, ten cuidado Freya que esta reina es peor que todas tus enemigas juntas.

Yo la ignoraría y la saco a patadas, pero no, ella hace lo contrario y la ayuda .

Abrazo.

Aby