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Capítulo 42
Entre sueños y dolor
Albert cogió de las caderas a la mujer que danzaba sobre él.
Era su Freya, pues su cabello largo y rizado ondeaba al tiempo que su cuerpo se arqueaba preso del placer. Ya no sabía distinguir la realidad del sueño, porque a menudo los sueños eran casi más palpables que la realidad, y él lo prefería.
¡Cómo no hacerlo si en ellos estaba ella!
Sin embargo, se preguntaba por qué ya no volvía a hablarle desde aquella noche, en que incluso soñó que la llevaba ante sus hombres. Aquel sueño, aunque desdibujado, persistía en su mente con inolvidables recuerdos de una noche de pasión desatada.
Casi llegó a creer que aquello era verdad. Pero no, despertó en aquella conocida cabaña en Agder, junto a Sigrid y su pequeño Ottar. Y los siguientes sueños ya no habían vuelto a ser iguales. En efecto, ella lo acariciaba y lo besaba, lo excitaba y lo tomaba como suyo, pero era distinto. Él no sentía lo mismo, a pesar de que se dejaba hacer y lloraba mientras le suplicaba que le hablara de nuevo o que lo llevara de una maldita vez con ella al reino de los muertos. Pero, un día y otro, despertaba de nuevo en aquel mundo lóbrego y marchito, un mundo en el que ella no estaba.
Nada quedaba en él del hombre que fue; muerta la esperanza y la ilusión, no había nada en la vida que lo atara a ella, excepto su pequeño Ottar. Llevaba el nombre de su hermano, aquel que había fallecido hacía ya tanto tiempo.
En cuanto a la complaciente y dulce mujer que lo atendía tan diligente, esa que odiaba, a la que trataba con desdeñosa desidia y a la que toleraba por su Ottar, no se cansaba de recibir su desprecio, aguantando estoica un desplante tras otro. O al menos los que conseguía recordar.
Todo era tan confuso en su vida… tan sólo la muerte lo subyugaba, la muerte y los gorjeos de su hijo.
Dormía demasiado, se sentía apático y mareado, no discernía las crueles mañas de Loki de la realidad y, francamente, las anhelaba. Los escasos momentos de consciencia resultaban tan hirientes que huía de ellos bebiendo el brebaje que le ofrecía Sigrid, casi con desesperación.
Y así transcurría su lastimosa vida, entre sueños y dolor.
Cada noche, Freya aparecía ante él, desnuda, y a pesar de no verla con nitidez, de que su silueta se difuminaba como el espectro que era, y de que su alborotado cabello rubio cubría su rostro, agradecía que se entregara a él alejando el frío mortal que empapaba sus huesos.
Se derramó en un gruñido y, a pesar de que intentó retenerla abrazándola contra su pecho, ella siempre conseguía zafarse, dejándolo sumido en sollozos que terminaban rindiéndolo al sueño.
Y esta vez sus sueños fueron más crueles de lo habitual. La vio a ella, a su hermosa Freya, en brazos de su rey; lo vio a él devorando sus dulces labios, y una llama estalló feroz en su pecho.
Sigrid se quitó la peluca que ella misma había confeccionado con el cabello de una esclava y se tumbó en su jergón plenamente satisfecha.
Albert era suyo, como jamás imaginó que lo sería. Bien era cierto que tenía que recurrir al engaño y a esa bendita pócima que diariamente un mensajero le llevaba, pero no le importaba.
Ella tenía un hombre, y no a uno común, sino al que había deseado desde pequeña, y su hijo tenía un padre. Tras tantos sacrificios de sangre a los dioses, tras tantas intrigas y pactos, su tesón había dado sus frutos. Había perdido a su madre en la matanza de Skiringssal, pero era un precio a pagar por su triunfo. Sonrió ante el convencimiento de que su madre estaría orgullosa de ella.
Albert era suyo.
Todo seguiría siendo perfecto en su vida, si no fuera porque había descubierto, de boca de Inga la Roja, que esa despreciable perra árabe seguía estando con vida. Habría de ser cauta e idear la manera de acabar con ella.
Cerró las piernas cruzando los tobillos y se acarició el bajo vientre. Estaba segura de que pronto su cuerpo albergaría un nuevo hijo, y esta vez no habría duda sobre su progenitor. Y con el tiempo abrigaba la esperanza de derribar las barreras de Albert, y de conseguir al menos que asumiera su nueva vida, borrando de su mente su pasado y a ella.
Había enviado a Hedemark a Inga la Roja para hacer averiguaciones sobre Freya. No entendía por qué había viajado hasta Agder para encontrarlo y se había marchado sin enfrentarlo, y no le gustaba aquello. A buen seguro esa perra traicionera estaría tramando algo; resultaba de vital importancia averiguar sus movimientos para poder anticiparse a ellos.
Ya no contaba con los consejos de su madre, ni de sus fallecidas aliadas, Ada y Eliza, pero tenía de su parte a un rey y a los dioses, porque sin duda habían sido sus favores los que le brindaron a Albert en bandeja de plata.
CONTINUARA
