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Capítulo 43

El influjo de una loba

Me adentré en el skáli avanzada la noche; caminé despacio, todo lo silenciosamente que pude, cubierta por una gruesa capa de lana gris, la capucha sobre la cabeza ensombreciendo intencionadamente mi rostro, y arropada por toses, ronquidos y respiraciones acompasadas. Tan sólo iba armada con una fiera determinación y el pequeño ardid que había cosido a los bajos de mi camisola.

Los espesos cortinajes corridos, de un marrón pardusco, ocultaban a la mayoría de los durmientes, pero otros muchos lo hacían sobre los bancos de la mesa, e incluso sobre la larga mesa. Distanciadas lucernas y un adormecido fuego del hogar apenas alumbraba los rincones, donde se perfilaban cuerpos amontonados, cubiertos por tupidas mantas.

Ojeé a izquierda y derecha mientras aceleraba el paso. Nadie debía advertir mi presencia allí.

Era un riesgo que tenía que correr, como lo que estaba a punto de hacer. No obstante, necesitaba la ayuda de Ragnhild y la necesitaba sin pérdida de tiempo.

Sentía el pulso acelerado y unas terribles ganas de darme la vuelta y huir. Me obligué a avanzar y me prohibí pensar cuando me adentré en la alcoba real.

Rollo dormía boca arriba, con un brazo flexionado, y cubría sus ojos con el antebrazo. La manta de pelo se arremolinaba en sus caderas, dejando su magnífico torso a la vista. El tenue resplandor del hogar bañaba sus poderosos músculos de oro, remarcando su cuadrado mentón y la plenitud de sus labios. Era un hombre imponente, fieramente masculino y apuesto y, aun así, a pesar de que sus cualidades físicas resultaban atrayentes, supe que tendría que imaginar que sus ojos eran celestes, y su cabello rubios dorados. Incluso logrando tan ardua empresa, era probable que no consiguiera solapar el agudo rencor que me provocaba.

A su lado, una hermosa y joven reina se incorporó abruptamente de la cama, me saludó con una sonrisa aliviada y salió del lecho con entusiasta premura.

—Ocupa mi lugar —pidió, cubriéndose con una manta—. Esperaré en la parte de atrás, atenta a tu llamada.

Tan sólo asentí. Aguardé a que desapareciera por una pequeña puerta situada al fondo de la estancia y me dirigí al lecho.

Inmóvil frente a él, de pie, me debatí de nuevo con los urgentes deseos por escapar de allí. Me mantuve ahí, observándolo, preparándome para lo que estaba dispuesta a hacer. Controlaba mis latidos, mi respiración y mis miedos, cuando él abrió de golpe los ojos.

Vi sorpresa en su rostro, que mutó casi de inmediato en un agudo recelo. Se medio incorporó en el acto y se frotó los ojos.

—¿Eres un sueño? —inquirió confuso.

Su voz grave y ronca llegó hasta mí en apenas un susurro.

—No —respondí—. Soy tan real como el deseo que veo en tus ojos.

Descubrí mi cabeza, y me despojé de la capa sin despegar mi mirada de la suya.

Mientras aflojaba los cordones de mi túnica, sentí sus ojos acariciándome.

—Veo que por fin has recapacitado, loba.

Sonreí seductora; los ojos del rey brillaron anhelantes.

—Me apetece jugar, cuervo.

Rollo alzó una ceja sorprendido, sonrió de medio lado y sus ojos se prendaron del cordel que deslizaba con intencionada lentitud.

—Juguemos, pues —aceptó relamiéndose.

Encogí los hombros y tiré de las mangas hasta que la pesada túnica roja cayó a mis pies. Una liviana camisola apenas dejaba nada a la imaginación; abrí el escote lo suficiente para mostrar una buena parte de mis pechos.

Rollo se acercó a mí con mirada depredadora. Por primera vez me pregunté si sería capaz de manejar la ansiosa fiereza que contorsionaba su regio rostro.

—¡Por los dioses, mujer, el deseo me quema las entrañas como nunca antes!

Se puso de rodillas en el lecho frente a mí, completamente desnudo y tan enhiesto como los postes de la entrada. Alargó el brazo, atrapó mi cintura y me ciñó a él con impaciente hosquedad.

—Voy a demostrarte de lo que es capaz un rey.

Inmovilizó mi mentón y tomó mi boca con tanta urgencia, con tanta brusquedad, que me sobrecogió. Su lengua se impuso a la mía, rozándola en círculos, succionándola, paladeándola con denodado delirio. Exploró cada rincón de mi boca, gruñendo en ella, conquistándola con tanto ahínco, con tanta pasión, que sólo fui capaz de dejarme hacer.

Cuando me liberó, ambos jadeábamos. Su plomiza mirada, nublada por el deseo, brillaba con una emoción que no supe nombrar.

—Cuando acabe contigo, loba —susurró con gravedad—, no querrás escapar de mi lecho, no desearás salir de mis brazos ni ansiarás más aire que el que te concedan mis besos.

Me tumbó en el lecho y se cernió sobre mí, acomodándose entre mis piernas. No sé si fue la intensidad de su mirada, el atisbo de ardiente dulzura que traslucieron sus ojos o su hábil boca depositando húmedos besos en mi garganta… un beso, una mirada, y así de forma alternativa, como si marcara cada palmo de mi piel con su esencia, como si quisiera conquistar algo más que mi cuerpo y mi voluntad. No sé bien qué fue, pero me estremecí presa de un hormigueo que me desasosegó.

Sabía despertar el deseo de una mujer, de eso no me cabía duda, pues mi cuerpo traidor ya estaba reaccionando a su artera seducción, y fue precisamente esa atracción física la que entró en conflicto con todos los planes que traía conmigo. Me había prohibido pensar, y en este preciso momento era lo que más necesitaba para enfriar mis ánimos y obrar con juicio.

Cuando el hombre atrapó uno de mis endurecidos pezones a través del delgado lino de la camisola, un gemido escapó de mi garganta. Llevé las manos a su cabeza y atrapé en ellas oscuros mechones de su abundante cabellera. Apreté los dientes negándome el placer que sentía.

Rollo pasaba de un pecho a otro, mordisqueando y succionando, frotándolos repetidamente con su cálida lengua, una lengua que estaba devastando todas mis barreras. Y, de repente, me apercibí de que apretaba su cabeza contra mis senos, en lugar de alejarla. Tenía que detener aquello o caería en mi propia trampa.

Logré frenarlo tirando suavemente de su pelo. Rollo me miró arrobado y abrió con vehemencia el escote de la camisola, rasgando la suave tela.

—Jamás sufrí en mis carnes la inmisericorde punzada del hambre, Freya, hasta que te conocí. Sin embargo, ahora que te tengo a mi alcance, estoy convencido de que no me saciaré nunca de ti.

Posé las palmas de mis manos en su fornido pecho; percibí con claridad cómo él se estremeció ante el contacto.

—La noche que presencié cómo complacías a dos esclavas ante mis ojos, deseé participar, pero el pudor, mis recelos y mi condición me lo impidieron —mentí—. Sin embargo, ahora… —Deslicé los dedos por sus mullidos labios, dejando que apresara uno de ellos en su boca—. Ahora, deseo compartirte.

A través del lujurioso fuego que irradiaban sus grises ojos, asomó un deje de asombro y un atisbo de orgullosa complacencia.

—Preferiría dedicarte esta noche toda mi atención. En otra ocasión satisfaré tus deseos.

—No. —Sonreí sensual, entornando la mirada y pasando intencionadamente la lengua por mis labios—. Me he tomado la libertad de organizar este encuentro. —Giré la cabeza y exclamé en tono más alto—: ¡Ragnhild!

Rollo se envaró y, siguiendo mi dirección, descubrió a su gentil y joven esposa junto a la estrecha puerta por la que había salido instantes antes.

—¿Qué argucia es ésta? —gruñó confuso.

Abarqué su rostro entre mis manos y le sonreí melosa.

—Es mi deseo —expliqué en un susurro sugerente—. Y sé que el tuyo, mi rey. Tenernos a ambas, y ambas consentimos en ello.

Alzó las cejas con asombro y dirigió una mirada a su esposa, que se acercaba a nosotros desnudándose a cada paso.

Era menuda para ser una mujer del norte, pero de proporciones exquisitas. De cremosa y tersa piel, pequeños pero lozanos pechos coronados por rosados y constreñidos pezones y piernas bellamente torneadas. Hermosa y dotada de esa candidez que otorgaba la juventud y la inexperiencia, acentuada por el rubor de sus mejillas.

Cuando llegó hasta nosotros, se tumbó a mi lado y acarició la mejilla de su todavía dubitativo esposo.

Pude ver cómo Rollo se debatía entre el deseo que lo corroía y la inesperada intromisión de su reina. Intentaba asimilar esa nueva situación, así que decidí ayudarlo.

Lo aferré de la nuca y atrapé su boca con ardorosa vehemencia.

El hombre gruñó lascivo y respondió con idéntico fervor. Me contoneé bajo su cuerpo, encendiendo su deseo y, cuando liberé sus labios, dirigí su cabeza hasta la de Ragnhild. Ésta supo en el acto lo que se esperaba de ella. Imitó mi beso, removiéndose lujuriosa y anhelante.

Cuando Rollo se separó de ella, clavó la mirada en mí, devorándome con los ojos.

Acomodado entre nosotras dos, mientras besaba uno de mis pechos, acariciaba el de su esposa. Era un hombre tan avezado, un amante tan experimentado, que fui incapaz de negarme el placer que me proporcionaba.

No pensé en nada, cerré mi mente a cualquier pensamiento perturbador, a cualquier juicio de valor. Pues ahora, a estas alturas de mi vida, nadie mejor que yo sabía que lo único importante era el fin, no los medios. Ya no era una mujer, era una loba sibilina que devolvía dentellada por dentellada, que clavaba sus garras sin piedad en sus enemigos, que engatusaba, manipulaba y utilizaba sus armas sin remordimientos ni dudas, sin compasión, ni reparos.

Mientras besaba de nuevo a Ragnhild, acercó mi cabeza a ellos, obligándome casi a rozar con mis labios la mejilla de la reina. No esperaba que se separara para empujar la boca de la mujer contra la mía. Como tampoco supe reaccionar cuando sentí cómo la lengua de la reina entreabría mis labios y, con exquisita dulzura, tanteaba mi lengua.

Me envaré incómoda, intenté revolverme, pero el muy rufián sujetaba nuestras cabezas impidiendo cualquier retroceso.

Noté la húmeda calidez de la mujer acariciando mi lengua, suave y delicada, con tan prolija dedicación, con tan almibarado tacto, que me sorprendió. No sentí pasión, ni deseo físico, pero tampoco repulsa. Acepté el beso sin responder como debiera, trémula y confusa, con una amalgama de emociones dispares y contrapuestas.

Cuando nos separó Rollo y logré enfocar la mirada sobre él, no fue un hombre lo que vi, sino un animal desquiciado y desgarrado por una pasión que lo consumía.

—He sido bendecido por los dioses —siseó en un susurro contenido—. Y ahora, loba, voy a descargar en ti todo mi poder.

Ya se abalanzaba sobre mí cuando lo detuve apoyando de nuevo las manos en su férreo y agitado pecho.

—Tómala a ella primero, mientras contemplas cómo me preparo para ti —sugerí ardiente.

Rollo entrecerró sus brunos ojos, y finalmente esbozó una sonrisa maliciosa.

—Esta vez no escaparás de mí —advirtió artero—. Dejaré que veas el goce que voy a procurarte; así alimentaré tus ganas, y me recibirás con el mismo anhelo que me rompe por dentro.

Apenas asentí, él se cernió sobre su esposa, que ya lo aguardaba con las piernas abiertas y mirada hambrienta. Y medio incorporado, apoyado en las manos, con los poderosos brazos tensos y sus ojos devorándome, embistió a Ragnhild con tal brusquedad que la mujer emitió un grito sofocado, en el que flotó un leve matiz triunfal.

En cada embestida, su larga melena negra se agitaba ocultando parcialmente su rostro, pero, entre las oscuras guedejas, sus ojos refulgían con una intensidad que me secaba la garganta. Arremoliné mi camisola en torno a mis muslos, haciéndole creer que mi gesto era provocador y ansioso. Pero, en verdad, sólo rebuscaba entre el bajo de la prenda la pequeña abertura por la que había introducido el diminuto saquito de sarga con aquellos polvos ocres.

Raíz de mandrágora, un preparado que sustraje de los potes de Eyra. Recé para que surtiera el efecto inmediato que se le atribuía. Si no lograba arrebatarle la consciencia a Rollo, él lograría arrebatarme algo que no estaba dispuesta a entregarle por voluntad propia.

Me arqueé, cerré los ojos y gemí, hundiendo una de mis manos en mi entrepierna, mientras con la otra sujetaba fuertemente el saquito con el preparado. Los turbios ojos del hombre me devoraban con una voracidad tan atroz que casi pude sentir sus manos en mi piel, su boca en la mía, y su virilidad penetrándome.

¿Era tan poderoso su deseo que lo percibía de modo tan tangible sobre mí? ¿Sería realmente capaz de contener a aquel hombre que rezumaba tan abrumador anhelo? ¿Podría besar de nuevo a Albert sin pensar en este momento? La última pregunta me sacudió con fuerza y la repulsa que no sentí ante ninguno de mis recientes actos me sepultó de pronto.

Entre los jadeos entrecortados de Ragnhild, los sofocados gruñidos de Rollo y mis gemidos, que ya casi eran lamentos incontrolados, supe de alguna manera que acababa de traspasar una frontera demasiado peligrosa, adentrándome en un mundo incierto y oscuro del que quizá no sabría escapar.

Mis ojos se encontraron con los de Rollo y, asaltada por un impulso, me erguí hacia él y lo besé. Tenía que asegurarme de que no se reservaba para mí.

Enredé mi lengua en la suya y la froté con urgencia. Y, aferrada a su cuello, sacudida por sus embistes, sentí la inminente tensión del hombre.

Clavé las uñas en su espalda, se arqueó hacia atrás y gimió su liberación en mi boca. Se detuvo todavía hundido en Ragnhild, pero sin dejar de besarme.

Cuando logré separarme, el brillo de su mirada puso finalmente nombre a aquello que me negaba a creer.

Sentí deseos de llorar, sentí el irrefrenable impulso de salir corriendo de aquel maldito lugar, de gritar a la noche y de maldecir el día, pero en cambio sonreí.

—Descansa, gran rey —murmuré con fingida dulzura—. Aguardaré a que recuperes tu vigor.

Rollo negó con la cabeza, dibujó una inclinada sonrisa ladina, se separó de su esposa y se abalanzó sobre mí, obligándome a tenderme de nuevo en el revuelto lecho.

—No, gran loba, no tendrás que esperar, uno solo de tus besos resucitarían a un muerto. Es tu turno y, por fin, el mío.

Alarmada y temerosa, manipulé torpemente entre los dedos el saquito, entreabriéndolo lo suficiente para untar la punta de mis dedos en el interior.

—Tenemos toda la noche —susurré perfilando con la otra mano su marcado mentón—. No nos apresuremos, nos queda mucho que jugar.

—Pero, esta vez, será un juego sólo entre tú y yo —musitó rotundo.

Y haciendo un desdeñoso gesto con la mano, despidió a su joven reina, que me dedicó una mirada indescifrable antes de obedecer.

Lo empujé traviesa para ganar tiempo y movilidad, y conseguí rodar sobre él, para invertir las posiciones. Y a horcajadas encima de sus caderas, me tumbé sobre su pecho, mordisqueé coqueta sus labios, y me alcé de nuevo para observarlo. Dejé que se embebiera de mi cuerpo; el escote rasgado mostraba completamente mis senos, que capturaron toda su atención. Era justo lo que buscaba. Cuando alargó las manos hasta mis pechos y los cobijó en ellas, aproveché para acercar las mías a su rostro.

—Por Odín, Freya, me secas la garganta.

Su tono fue acariciador, casi conmovedor. Mi nombre en sus labios, pronunciado de aquella forma, como si paladeara con deleite cada letra, evaporó cualquier atisbo de duda respecto a lo que albergaba su pecho. Era mío, sin yo pretenderlo, sin yo quererlo, sin ni siquiera soportarlo. Sin embargo, lo valoré, y mucho; era mi herramienta y yo la mano que la empuñaría.

No presté atención a su profunda mirada, ni a su respiración entrecortada, ni a la contundencia de sus caricias. Sólo me centré en pasar la yema del dedo untada con el polvo de raíz de mandrágora por debajo de su nariz.

—Deja que baile para ti, mi rey —susurré ondulando las caderas provocadora sobre él. Intentaba ganar tiempo, mientras escrutaba expectante su semblante. De nuevo, y con gesto casual, volví a repasar sus labios, depositando sutilmente el volátil polvo amarillento.

Rollo atrapó mis caderas y las afianzo contra las suyas. Advertí asombrada la palpitante dureza que mostraba su delirante deseo por mí.

—Temo acabar acostumbrándome demasiado a tus caprichos —gimió afectado—. Todo cuanto haces me atrapa en tus deliciosas redes. Sin embargo he de confesar que claudiqué ante ti la primera vez que te robé un beso.

—Permíteme entonces que robe cuanto desee de ti.

—Me has robado ya tantas cosas que apenas queda nada de mí —afirmó con abrumadora sinceridad—. Y, aun así, quiero que sigas haciéndolo. Convertiste a un rey en un hombre desesperado, y ahora, después de esta noche, ese hombre pasará a ser tu esclavo. Ése es tu poder, loba, el influjo que te otorgaron los dioses para dominar a los hombres. Me rindo ante ti, a pesar de saber lo dolorosos que son tus mordiscos.

Ése era el poder del que me habló Rashid, hacía ya lo que parecía una eternidad. Entonces no comprendí la magnitud de aquella revelación, pero ahora no sólo era terriblemente consciente de ella, sino que actuaba en consecuencia.

—Eres mío, Rollo Svarte el Negro, de la misma forma que yo nunca seré tuya.

Su mirada se oscureció, sus dedos se clavaron en mis caderas y su gesto se torció en una mueca furiosa.

—No aspiro a poseer tu corazón, mujer —replicó con gravedad—, pero que desaparezca el Valhalla si hoy no tomo tu cuerpo hasta que desfallezca.

Percibí un ligero enturbiamiento en su mirada, su gesto se relajó y arrugó incómodo la nariz. Llevó la mano a ella y la frotó con insistencia.

La mandrágora comenzaba a afectarlo.

—Tendrás mi cuerpo, y nosotros la libertad —le recordé.

Los párpados empezaban a pesarle, los brazos cayeron laxos a sus costados y la respiración comenzó a ser más lenta y pausada. Sin embargo, consiguió asentir.

—A cambio, perderé la mía —susurró pesadamente.

Y, sin más, se desvaneció, sumido en un letargo sorprendente.

Salí de la cama, recogí mi capa del suelo y me cubrí con ella.

Entonces llamé a Ragnhild.

—Lavadle el rostro —le pedí cuando apareció de nuevo—, que no quede rastro del polvo amarillo. Y hacedle creer que fui suya.

La mujer me observó demudada, con una pincelada cogitabunda titilando en su aniñado semblante.

—Y, ahora, cumplid de inmediato vuestra parte del trato, no quiero pasar aquí más tiempo del necesario —exigí, componiendo mis ropajes—. ¿Quién prepara el brebaje que bebe mi esposo?

—El Oráculo —respondió.

Y, de repente, rememoré el intenso hedor que flotaba en la cabaña del Oráculo. Un aroma a bosque, a humedad, ácido y pesado, y, tras esa capa almizclada, el inconfundible efluvio de las hierbas tratadas, de aceitosos ungüentos y de remedios macerados.

Y, con ese recuerdo, me golpeó la última frase del anciano… —«Y ahora marcha, mujer loba; lo último que veré ya de ti serán tus colmillos».

Abandoné el skáli con un pregunta triunfal regocijándose en mi cabeza… ¿Desaparecería el Valhalla esa noche?

CONTINUARA

Ese rey es una porquería, pero de que es guapo nadie lo puede negar y por lo que me doy cuenta es que Freya no le es tan indiferente...