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Capítulo 45
Una decisión entre helechos
Aquella mañana, gélida y brumosa, acompañada por mi fiel Fenrir, practicaba con el arco con denodado tesón.
Una y otra vez tensaba la cuerda de mi arco de madera de tejo. Apuntaba con extrema concentración, y dejaba escapar la flecha hacia el agujereado tronco de un árbol.
Aquella repetitiva práctica afinaba mi puntería y alejaba funestos pensamientos.
Las espesas ramas de los arces se agitaban entre susurros, mecidas por un viento ruidoso y caprichoso que me obligaba a replantear la trayectoria de mis lanzamientos una y otra vez.
Agotaba las flechas que contenía mi carcaj, las recuperaba y repetía la práctica sin descanso; nada interrumpía aquel proceder, ni el hambre, ni el frío, ni el desánimo.
El tiempo urgía, e incongruentemente era justo aquél lo que parecía alargarse hasta la locura.
El plan había resultado. Hiram había logrado embaucar a la joven ayudante del Oráculo, y Eyra pudo cambiar el pote que contenía las raíces y los hongos molidos por unos inocuos.
Habíamos decidido aguardar unas jornadas más, antes de que Eyra se presentara en Agder frente a Albert y lo pusiera en situación.
Mis deseos de volver a verlo, de estar entre sus brazos, de amarlo hasta con mi último aliento, eran tan devastadores que necesitaba mantenerme constantemente ocupada para no perder el juicio.
Cuando tensaba con brazo firme y grácil manejo mi arco, una presencia me desconcentró y la flecha partió sin rumbo fijado, perdiéndose entre agrisadas y hurañas nubes. Fenrir ladró con fiereza hacia un punto en concreto.
Clavé mi molesta mirada en unos inquietos ojos azules, grandes, redondos y atentos.
—Sea lo que sea, mi reina, no contéis conmigo.
Llevé el brazo al carcaj colgado en mi espalda, extraje otra flecha y acoplé el engarce del astil en la tensa cuerda.
—Te traigo una nueva que quizá te interese.
Bajé lentamente el arco, respiré hondo y la miré de nuevo.
Su larga y trigueña melena ondeaba tras ella; su hermoso rostro, de altos pómulos, barbilla altiva, líneas regias y boca exquisitamente tallada, se me antojó el retrato de alguna virgen que había venerado en mi niñez.
No obstante, el malicioso, aunque efímero, brillo que se intuyó en su mirada alejó de súbito aquella aura celestial que acompañaba su porte.
No sabía si ser conocedora de que a menudo la perversa naturaleza humana podía cobijarse en el interior de criaturas en apariencia indefensas, lograría protegerme. Desconocía si haber sufrido en carne propia la traición, la intriga, la envidia y la obsesión, me alertaría con la suficiente antelación de cualquier ataque. Lo que sí sabía era que esgrimiría la desconfianza como escudo, me cubriría con la capa de la prudencia y enarbolaría la astucia como espada. Y, armada con tan cuidada equipación, me dirigí hacia ella.
—Si el pago por conseguir que soltéis vuestra lengua dirige mis pasos hacia vuestro esposo, ya os lo advierto: no me interesa en absoluto —anoté secamente.
—Mi esposo me aparta cada noche de su lado, mi lugar lo ocupan dos esclavas. —Hizo una pausa, tragó saliva y continuó con voz estrangulada—. Está tan furioso por el engaño contigo como conmigo. Mi ardid no ha servido más que para alejarlo de mí. Dice que ahora no soporta tocarme sin pensar en ti. —Su voz se apagó en un débil sollozo que no conmovió un ápice mi corazón—. Y no imaginas las cosas que llega a hacer por apartarte de sus pensamientos. Empiezo a pensar que ha enloquecido.
—Mi señora, vuestras palabras pasan sobre mí como este viento, con una salvedad: ni siquiera me acarician.
Ragnhild endureció el rictus y frunció levemente el ceño, molesta y ofendida por mi cruda sinceridad.
—No olvides que soy tu reina —recordó con tirantez— y, aunque no comparta el lecho de mi esposo, sí tengo acceso a otras cosas.
—¿Como cuáles?
—Como información sobre tu querido ulfhednar.
Enderecé la espalda y contuve el aliento, intentando mostrar la más fría indiferencia.
—Os escucho.
Ragnhild no fue capaz de ocultar el sutil regocijo que asomó a su mirada.
—Dime, Freya, ¿hasta dónde serán capaces de llegar tus pasos para soltar mi lengua?
Sostuve su ladina mirada, y en mi fuero interno me cuestioné esa pregunta.
Aquella mujer era sagaz, despierta, ambiciosa y taimada; si conseguía gestar al hijo de Rollo, no me cabía duda alguna sobre la clase de rey que ambos forjarían. Era indudable que gozaría de las virtudes necesarias para unificar todos aquellos belicosos reinos del norte, como vaticinaban las profecías.
—Desconozco la magnitud de esa información para arriesgarme a dar algún paso —respondí con aparente seguridad.
—Puedo adelantarte que tu suerte comienza a mejorar. A mi parecer, eso se merece que seas piadosa conmigo.
—Depende de a lo que os refiráis por piedad.
La reina dibujó una sonrisa relamida, se inclinó ligeramente y acarició con mimo la enorme cabeza peluda de Fenrir. El animal se mantuvo inmóvil, pero alerta. Algo en ella no le agradaba.
—A compadecerte por haber hechizado el corazón de un gran rey, y de privar a una reina de su vástago.
—No os atreváis a culparme de vuestras dificultades, señora. Si en vuestro vientre no germina semilla alguna, recordad que una se plantó gracias a mí. Y si vuestro esposo aqueja un hechizo, ya le ofrecí el filtro adecuado para curarse.
Me observó inquisidora, su gesto se oscureció.
—Alejarme de él —respondí a su muda pregunta.
La reina negó suavemente con la cabeza; casi me sorprendió ver un atisbo de congoja y sufrimiento en su semblante.
—Si te alejaras, él te seguiría. Y, créeme, aborrezco confesarte esto.
Cerré los ojos; un peso invisible, pero tan opresivo que encorvó mi espalda y dejó escapar un resuello de mi garganta, se instaló en mí, como una carga más a todas las que ya afrontaba a diario.
—Y yo aborrezco saber eso.
—Sea como fuere, mi vientre requiere más semillas, y tu futuro, más luz. Y, por algún extraño designio divino, nuestros destinos se han cruzado.
—No voy a volver a vuestra alcoba —afirmé con contundencia.
—Y no es lo que te pido.
—Concretad, entonces —exigí, cada vez más impaciente.
—Te pido que lo trates con dulzura, con benevolencia, que suavices su carácter, no que cedas a su pasión.
El viento silbó entre el frondoso ramaje, como un pájaro de mal agüero. De repente, un escalofrío me recorrió, me abracé a mí misma y la contemplé con franco estupor.
—No logro entender vuestra petición —confesé confusa.
Ragnhild llenó el pecho de aire con evidente incomodidad y asintió; más para convencerse a ella misma, supuse. Entonces, advertí que aquello que me pedía le suponía un duro esfuerzo.
—Hazle creer que cedes a su conquista, que sucumbes a sus encantos. Esperará, se acercará a ti, no te forzará, lo sé. —Desvió la mirada; sus ojos brillaban afectados—. Y lo sé porque, aunque anhela tu cuerpo, anhela mucho más tu corazón.
El aire a nuestro alrededor crepitó ante la tensión que nos envolvió en su abrazo. Y en aquel preciso instante, todavía envuelta en la capa de la prudencia, bajé el escudo de la desconfianza y enfundé la astucia, dejando asomar un nuevo elemento a cuanto portaba, la compasión.
—Deseáis que lo seduzca y que finja dejarme seducir… ¿Y en qué puede eso favoreceros?
—Mientras te conquista, su ánimo y su esperanza crecerán gracias a tu… buena disposición… Él acudirá a mí en el lecho, aunque me tome imaginando que eres tú.
Aquella petición era sin duda desesperada. Apenas llegaba a concebir mínimamente lo duro que debía de ser para ella, depender tanto de alguien a quien envidiaba y odiaba en igual medida.
—Y, ahora, quiero saber en qué me beneficia a mí.
Ragnhild volvió a centrar la atención en el perro, antes de enfrentarme.
—Mi más ardiente cometido es reunirte con tu esposo, pero, mientras tanto, y por muy humillante que sea para mí aceptar esta situación, tendré que manejar mi posición sacando de ella el mayor provecho posible. Si pasan más lunas sin que logre dar vida a la descendencia de Rollo, acabará desterrándome, en el mejor de los casos. Ayúdame y yo te ayudaré, no hay artimaña alguna en mi ofrecimiento.
Guardé silencio, meditando sobre aquello. ¿Cuánto más habría de bajar a los infiernos para recuperarlo?, me pregunté angustiada.
—De acuerdo, daré algunos pasos hacia vuestro cometido, pero antes desvelad ya la luz que tanto necesito.
—Esa luz es una decisión que pongo en tu mano. Haz lo que mejor consideres con ella.
—Así lo haré —concedí cada vez más inquieta.
—El hijo de tu esposo ha caído gravemente enfermo. Tengo entendido que Albert está desesperado. Si el niño muere, será más fácil desvincularlo a él de la madre. Si vive, te será difícil arrancarlo de su vida. Puede que te ame mucho, pero el amor que un hombre siente por su vástago, ese sentimiento de orgullo, de satisfacción, de plenitud, es difícilmente sustituible. Y más al lado de una mujer que nunca podrá proveerlo de descendencia. La sangre, Freya, es el más fuerte de los vínculos terrenales.
Aquellas palabras reavivaron una daga que ya tenía clavada por mi propio puño. Una daga que se hundió en mi pecho, cuando lo vi acunando a aquel bebé.
—Es posible que no sea hijo de Albert.
Y entre aquel dolor rancio e insidioso que despertaba, la compasión, esta vez dirigida a mí, se sumó a la inmensa tristeza que ya campaba con indolente soltura en mi interior.
—Sea o no, ya lo es en su corazón.
La daga se hundió más en mí.
Y recordé aquella vez que Albert me narró anécdotas de su madre, la mujer que lo crió. No, no importaba tanto la sangre, cuando se estrechaba entre los brazos a quien se tomaba por hijo, pues el amor hacía el resto. Y no un amor cualquiera, sino uno lo suficientemente grande incluso como para compensar esa falta de lazos sanguíneos.
Para Albert, era su hijo, y yo, apenas era capaz de imaginar su sufrimiento si el niño moría.
La daga giró y me atravesó el corazón.
—Tú puedes salvarlo.
La miré trémula, angustiada, con la mirada nublada y el pecho constreñido.
—¿Có… cómo?
—Sé lo que le ocurre al niño; a la segunda esposa de mi padre le sucedió lo mismo con su primer hijo. Tos continua, altas temperaturas, manchitas rojas en la piel. Una curandera que nos visitó poco después de enterrar al pequeño nos explicó que ella conocía un remedio, un hongo muy delicado que, triturado y mezclado con una infusión de melisa, hubiera salvado la vida del pequeño. Sé dónde crecen esos hongos.
—Quiero al menos intentar salvarlo —declaré decidida.
—¿A pesar de saber a lo que te expones?
—Yo no importo ahora; la vida de ese niño y la felicidad de Albert son lo único que importan.
Creí ver un deje de admiración en su mirada. La gravedad de su semblante y una leve mueca de conformidad me llevaron a seguirla.
Caminé un buen trecho tras ella, en silencio. A cada paso dejaba brotar mi dolor, a cada paso se abría un poco más esa puerta que nunca llegó a cerrarse. Esa puerta que nos ofrecía la posibilidad de deambular en vidas separadas, en mundos distintos quizá, si yo decidía alejarme, dándole la oportunidad de ser padre, de olvidar, de volver a empezar, de dejar atrás un doloroso pasado.
Me detuve; los sollozos estrangulados se acumulaban en mi garganta ante la imagen de Albert lejos, muy lejos de mí. ¿Podría soportar esa vida, incluso en mi querida Toledo, arropada incluso por mi madre, por los míos, si acaso seguían estando para mí? ¿Podría vivir sin corazón? ¿Podría respirar sin tenerlo cerca? ¿Podría soportar estar en un mundo del que él no formaba parte?
Sabía la respuesta y, por eso, todo mi cuerpo se agitó de dolor.
Cuando la joven reina se detuvo al pie de un gran abeto y me miró, yo ya estaba embargada en un silencioso llanto.
—¿Tengo tu palabra?
—La tenéis —respondí—, es cuanto me dejan conservar.
Se agachó y, apartando brillantes y frondosos helechos, me mostró un rodal de hongos pálidos, cubiertos por una especie de vello extraño y blancuzco.
—Sólo hay que aplastarlos y extraerles el jugo —explicó mientras arrancaba uno y me lo ofrecía.
Tan sólo asentí, mientras me contemplaba con detenimiento.
—Permite que te pida disculpas.
Sostuve su perspicaz mirada, impávida y contenida.
—Por atreverme a comparar mi sufrimiento con el tuyo —añadió conmovida—. Nada de lo que yo haya vivido, o quizá de lo que viva, creo que pueda superar el dolor que desgarra tu rostro en este instante.
—Entonces, señora mía —musité—, es porque ni amáis ni amaréis como yo lo hago.
Ragnhild agrandó los ojos y me contempló un largo instante, quizá asombrada, quizá decepcionada, o tal vez agradecida. No lo supe, tampoco me importó.
Arranqué varios hongos, y le di la espalda alejándome de ella. Caminé erguida, aunque mi interior se desmoronara ante cualquiera de las posibilidades que se me presentaban. Me permití llorar, pero sin recrearme, sin abandonarme a los sollozos. Pues por algún motivo supe que, si bajaba esa barrera, no podría detenerlos.
Quizá Eyra nunca me salvara, pensé; quizá seguía muerta. No, me dije de inmediato, la muerte no podía doler tanto.
CONTINUARA
Sinceramente, esta mujer no aprende y sigue confiando en serpientes venenosas, ahora me imagino que mata al hijo de la tarántula y Albert la va a odiar...Hay Freya donde has dejado tu inteligencia? Esta mujer te manipula como un títere, que culpa tienes que está reina no le provoque deseos sexuales a su rey? Porque no usa esos hongos para ponerlo cachondo si tanto quiere quedar embarazada?
Ella es impulsiva y no piensa las cosas antes de hacerla, que se acuerde de lo que le dijo el oráculo sobre el niño que llora y que tiene que ignorar.
Pero no, vuelve la burra al trigo y mete otra ves la pata, más bien todo el cuerpo.
Yo siendo ella me pintó de colores y dejo esa vida de intrigas, celos, sometimiento, maldad y el tonto que ha dejado ser un hombre valiente para convertirse en el juguete sexual de una tarántula que lo tiene atrapado en su telaraña.
Vete de ahí Freya, vete con tu madre y trata de ser feliz, un hombre no es todo en la vida para arriesgarse tanto, no vale la pena.
