.
.
Capítulo 46
En las enamoradas garras del destino
Comía en silencio; el ambiente a mi alrededor resultaba tan apático como mi ánimo. No supe si quizá fue mi presencia lo que oscurecía el ceño de aquellos que compartían mi mesa, o la inminente batalla que se acercaba abriendo sus negras alas, como las del cuervo que desde su sitial me observaba con tanta avidez.
Hiram conversaba soterradamente con Valdis. Me animaba saber que habían enterrado animadversiones, y que los comenzaba a unir una incipiente amistad. Thorffin había marchado a Agder, para estar el mayor tiempo posible con su esposa Helga. Erik y Ragnar deseaban estar junto a Albert. Y Eyra no dudó en acompañarlos con mis indicaciones sobre el preparado que portaba y que podría salvar la vida a ese niño.
Ardía en deseos de ofrecer a Albert todo el cariño que había mantenido escondido dentro de ella desde que lo engendró.
Albert estaría en este momento rodeado de aquellos que lo amaban y, aunque esa certeza soliviantaba mi corazón, también me susurraba maliciosa que no me necesitaba.
Rogaba de forma incesante por la vida de su hijo, deseaba con fervor su recuperación y, si los dioses me hubieran pedido alejarme para siempre con tal de salvarlo, lo habría hecho con total convencimiento. Sin embargo, mi misión era otra.
Mastiqué despacio; apenas reparé en la conversación que mantenían Jorund el Gruñón y Sigurd el Duende, sobre técnicas de combate, a pesar de que se esforzaban por incluirme en ella. Tragué el último bocado y me puse en pie para llenar la jarra vacía de cerveza.
Rumbo a la gran tinaja, clavé los ojos en Rollo, intencionadamente, y le sonreí comedida, aunque con dulzura.
Aquel gesto fue recibido con una expresión de asombro y confusión bastante burlesca.
Cuando logró recomponer su sorpresa, me regaló un semblante desconfiado y huraño.
La única manera de conseguir engañar a un hombre tan ladino como él era siendo sincera. Y, para poder serlo, tuve que buscar dentro de mí dos emociones que a pesar de todo habían surgido por él. La piedad y la compasión.
Yo mejor que nadie conocía la marca que dejaba el despecho y el desamor en el corazón de un hombre. Era indudable que, para un rey, para alguien que lo había obtenido todo en la vida, que rezumaba poder y sabiduría, que no creía en imposibles, para quien la ambición y el control eran su estandarte, topar con algo que no podía manejar, que no podía conquistar, que ni siquiera podía rozar, lo tendría sumido en una sufrida impotencia.
Era tan fácil ver su sufrimiento, tan sencillo adivinar que había entregado contra su voluntad una parte de él… una parte, además, que ni siquiera creyó poseer, que incluso lograba conmoverme. El hecho de que no tomara por la fuerza, aunque sí lo intentara con argucias, aquello que tanto ansiaba, me inspiraba también un leve deje de respeto por él.
Desconocía si aquellos sentimientos recién descubiertos me ayudarían en mi empresa, lo que sí sabía era que utilizarlos me dejaba en muy mal lugar, definiendo, para mi completo malestar, la mujer en la que me estaba convirtiendo.
Llené mi jarra y luego la alcé frente a él; las comisuras de mis labios se elevaron quedamente, en un guiño casi cómplice, y entonces bebí a su salud.
Sus ojos se iluminaron, resurgiendo en ellos una esperanza moribunda. Sostuve su penetrante mirada antes de regresar a mi mesa. Por la expresión acusadora que me dirigió Hiram, supe que no había pasado inadvertido mi gesto.
—Brindemos por el destino —propuse—, ese que nos maneja a su cruel capricho.
Di un buen trago y permanecí en silencio, ausente de todo… intentando cerrar esa maldita puerta por la que escapaba mi sosiego. Ignoré las pertinaces miradas de mis compañeros de mesa, y me asenté en una decisión cada vez más abrumadoramente punzante.
Albert, Albert, Albert… no podía dejar de pensar en él, en cómo se sentiría en ese instante, en aquel pequeño enfrentándose a la muerte, en lo que ocurriría a partir de ahora. Y las ganas de correr a su lado comenzaron a devastarme. Sentía que me faltaba el aire, que me sofocaba y me mareaba. Tenía que salir de allí.
Cuando me puse en pie, Hiram me imitó. Su semblante mostraba su profunda preocupación por mí.
—Temo que he bebido demasiado, necesito despejarme —argüí a modo de explicación.
—Te acompañaré —se ofreció solícito.
—No, no es necesario, también preciso estar sola.
Todos me observaron con la misma expresión en sus rostros: inquietud.
—No te alejes mucho, el bosque de noche es traicionero —recomendó Sigurd.
—Fenrir me acompañará, no necesito más guardián que él.
Me cubrí con mi espesa capa de pelo de nutria, chasqueé los dedos y el gran perro lobo salió tras mis pasos, fuera de aquel gran skáli.
Salimos a la gran explanada circular, que se bifurcaba en diversos ramales de los que surgían callejuelas salpicadas de cabañas con techo de turba y paredes de piedra caliza.
La luna, radiante y majestuosa, pincelaba de plata cada relieve, iluminando la noche, dotando de magia cada rincón del poblado y guiando mis pasos hasta el bosque.
Desconozco qué me llevo a adentrarme en él, sólo sé que me llamaban sus grandes árboles, sus susurrantes helechos, sus aligustres apretados, sus puntiagudos montículos rocosos, sus sonidos, su perfume y su misterio. Como sí allí, en lo profundo de su vasta extensión, fuera a encontrar las respuestas que buscaba.
Abrazada a mí misma, caminé sin rumbo, contemplando cómo mi resuello se elevaba en volutas, cómo los búhos saludaban mis pasos y cómo un engañoso letargo despertaba bajo mis pies.
Y ante mí, en un claro despejado, una roca en la que refulgía la luna llamó mi atención. Me dirigí hacia ella y me senté en su plana superficie, suspiré y aguardé como si aquel baño de luna que me acariciaba fuera la fuente de conocimientos que tanto ansiaba.
Bajo aquel nacarado halo, cerré los ojos y alcé la cabeza hacia el cielo.
«Albert, Albert, Albert… ¡Oh, Dios… cuánto te amo… quizá demasiado para seguir haciéndote sufrir…!».
Lo imaginé detrás de mí, cerrando los brazos alrededor de mi cuerpo, apoyando el mentón en mi cabeza, estrechándome tan fuerte que incluso dejé escapar un suspiro de puro alivio y sentí el impulso de reclinarme contra su pecho. Lo sentía tan cerca, tan presente, tan real, que no me sobresalté cuando oí pronunciar mi nombre.
—Freya.
Inspiré profundamente antes de abrir los ojos. Reconocí de inmediato esa voz, aunque su tono era distinto, nuevo para mí.
—No pareces de este mundo.
—Quizá no lo sea —respondí en un hilo de voz—, quizá nunca lo fui.
Rollo emergió de entre las sombras y atravesó el rodal; la luna lo iluminó con tanta claridad que pude interpretar a la perfección el brillo de sus ojos.
En verdad me miraba como si fuera una criatura mística. Se hallaba impresionado y abrumado por mi presencia.
—Tal vez por eso no logro arrancarte de mis pensamientos.
Clavé los ojos en los suyos, recibiendo de ellos la magnitud de lo que sentía.
—Quizá no lo intentas lo suficiente.
—O tal vez lo intente de la manera equivocada.
—Es posible —musité— quizá intentando amar a tu esposa resulte más fácil de conseguir. Quizá un hijo centre tus pensamientos en el camino correcto.
Suspiró ruidosamente y sacudió la cabeza como desechando una propuesta vacua.
—Todo es posible, loba. Pero a veces un cuervo se obceca en el más brillante anillo de plata que haya visto jamás, y todo lo demás pierde intensidad. A veces también ocurre que tomas un rumbo, el que sabes adecuado, pero, cuando lo recorres, comprendes que ese sendero marcado no es el que esperabas.
—Dejó escapar el aire contenido con visible esfuerzo; su voz se apagaba—. En ese momento, compruebas que tus pies se detienen tercamente y tu corazón te obliga a dar la vuelta. ¿Qué hacer entonces?
Me sumergí en su mirada, permitiendo que mi compasión y comprensión lo arroparan.
—Imagino que lo más sensato es dar la vuelta, guiarte por el corazón y comprobar por ti mismo que, por desgracia, ese sendero que anhelas no conduce a lugar alguno. Sólo así podrás reconducir nuevamente tus pasos hacia donde deben estar.
—¿Y si, aun sabiéndolo, eres incapaz de salir del camino que ha elegido tu corazón?
Su desgarradora expresión, tensa y esperanzada, me conmovió más de lo que hubiera deseado.
—Lo correcto es dejarse guiar por el corazón, hasta que se convenza por sí solo de que está equivocado.
—El corazón nunca se equivoca —afirmó afectado— que ese camino no sea para mí, no significa que no sea el adecuado, el único que me haría feliz.
Bajé la mirada; cada respiración quemaba mi pecho.
—Rollo… —susurré con voz estrangulada.
—No soy un necio, sé que no puedo robar tu corazón —murmuró en tono enronquecido. Apresó mi barbilla y la alzó buscando mi mirada—. No obstante, que sepa que no puedes amarme no impide que yo lo haga, y lo que más me sorprende descubrir es que soy capaz de conformarme con lo poco que quieras darme.
—¿Con qué te conformarías?
Deslizó la mirada por mi rostro, absorbiendo cada detalle, deteniéndose en cada proporción, embebiéndose de él con tal intensidad que me secó la garganta.
—Con una sonrisa, con una mirada, con una conversación, quizá.
No pude evitar sonreír, aunque con acusada tristeza; el hombre imitó mi gesto.
—Pero ahora, Freya, necesito un beso o moriré de sed.
Y cuando se inclinaba lentamente sobre mí, descubrí que yo también lo necesitaba.
Los tibios y suaves labios del hombre rozaron los míos con extrema delicadeza, como si me acariciaran las alas de una mariposa, como si me rozara una tímida brisa primaveral, como si los cosquilleara la levedad de una pluma. Me estremecí.
Volvió a tantear de forma huidiza y esquiva el beso, como si pidiera permiso, como si llamara con inseguridad, con tan emotiva y exquisita entrega que me sobrecogió.
Aquella inusitada dulzura me caló por lo inesperada. Resultaba inconcebible que un hombre de su condición y carácter lograra imprimir tanta ternura, tanto respeto y tanta dedicación en un simple beso. Aquel que posaba los labios sobre los míos no era el Rollo que conocía, y ese simple detalle, unido a mi necesidad de calor, de cariño, abrieron mi boca para él.
Se introdujo en el cálido y húmedo interior de mi boca, tembloroso, afectado y agradecido. Su lengua buscó la mía, pero sin urgencia, sin pasión, sin imposiciones, con tan conmovedora ternura que me dejé llevar por cada sensación. Y, de repente, sus brazos me abarcaron, ciñéndome contra su pecho, pero como una protectora ave arropando a su polluelo.
Aquel calor, aquel refugio, fundieron mis defensas, mis recelos, mis miedos y mi frío.
En ese beso el hombre volcó cuanto sentía, abriendo las puertas de su corazón, y el torrente que fluyó fue tan intenso, tan abrumador, que sentí ganas de llorar. Buscaba en mí algo a lo que anclar su esperanza, un asidero al que agarrarse en su caída al vacío, un haz desvaído que abriera la oscuridad en la que se hallaba su corazón. Y yo sabía que nada hallaría, pues mi pecho estaba desierto; mi ser, exiguo, y mi destino, muy lejos de él.
Sentí lágrimas en mis mejillas, y no pude descifrar a quién pertenecían. Rollo se estremecía trémulo sobre mí, liberando sus emociones, aceptando su derrota, ahogando su pena en mi boca, y yo… yo sólo lloraba por no estar en otros brazos, por ser causante de tanta tragedia, y por la maldita decisión que crecía de forma paulatina en mi interior.
Cuando logró separarse de mí, no me ocultó su silencioso llanto, tampoco yo el mío. Alcé poco a poco un brazo y acaricié con exquisito mimo su mejilla rasposa y oscurecida por una barba incipiente. Ante aquel contacto, el hombre cerró los ojos y suspiró sufridamente.
—Freya… daría mi vida y mi reino por ti —comenzó a decir en un desgarrado hilo de voz—. Sacrificaría mi descendencia y renegaría de mi destino. No logro imaginar qué hizo Albert para robar tu corazón.
Aspiré una gran bocanada de aire, luchando contra los sollozos que pugnaban por salir.
—Albert renunció a su propio corazón por mí. Me abrió su pecho desde el principio, demostrándome, en cada acto, un amor tan puro, tan inmenso, tan generoso y tan sacrificado que le entregué el mío incluso antes de ser consciente de ello. Estamos unidos más allá de la muerte, del destino, de los siglos y de los dioses. No sé… si es mi presente, pero sé que es mi futuro. Quizá en otro tiempo, en otra vida, en otro mundo, porque soy más suya que mía y siempre será así.
El nudo estrangulado de mi garganta se deshizo por fin en un sollozo grave, profundo, que me desgarró por dentro.
Rollo me cobijó nuevamente entre sus brazos, sofocando mis sollozos, consolando mi dolor y asimilando el suyo.
—Maldigo a los dioses —profirió rotundo— por no ser él.
Me tomó en brazos, me estrechó con fuerza y me llevó con él.
Apenas tuve consciencia de que salíamos del bosque, de que la luna iluminaba cómplice nuestra pena, y del extraño vínculo que había nacido entre nosotros.
Me condujo en silencio a la cabaña que compartía con Eyra, y me depositó en el suelo frente a la puerta.
—Saber que no puedo tenerte me hace amarte más —susurró grave—, pero no porque no estés a mi alcance, sino por la profundidad de tu entrega, por tu lealtad, y por tu corazón.
—¿Por qué? —inquirí, escrutando su compungido rostro—. ¿Por qué me abres tu corazón? ¿Por qué has decidido ser franco, dulce y comprensivo, si sabes que no hay modo de conquistarme?
Indagó en mi mirada un instante, y pareció meditar su respuesta antes de suspirar derrotado.
—No diré que me he cansado de pelear, porque no es cierto. Tampoco reconoceré que tu sagacidad supera en ocasiones la mía. —Hizo una pausa que aprovechó para esbozar una sonrisa velada y otro suspiro, éste más frustrado—. La otra noche… cuando casi te tuve, cuando desperté con un terrible dolor de cabeza, cuando fui incapaz de rememorar nuestra culminación, supe que me habías envenenado con alguna hierba. Y entonces, a pesar de la cólera que me despertaste, comprendí una cosa: nada obtendría ni con la fuerza ni con tretas. Puedo tomar tu cuerpo cuando me plazca, y eso ambos lo sabemos, y no niego que me sienta tentado demasiado a menudo de forzarte.
Sus ojos fulguraron con una pasión tan insatisfecha y contenida que me paralizaron.
—A veces —continuó casi en un susurro— incluso pienso que quizá tenerme dentro de ti te haga ver con claridad todo lo que me haces sentir, pero ¿de qué serviría? Que sepas eso no entraña que tú logres abrir tu corazón al mío… y, por el martillo de Thor, la flecha que atravesó el corazón de Balder y la astucia de Loki, te juro que es cuanto deseo.
Cogió mis manos con las suyas y clavó su oscurecida mirada en la mía con una intensidad que me arrobaba y estrujaba el corazón.
—Curiosa situación —afirmé con pesadumbre—. Yo soy el obstáculo que se interpone en tus deseos, y tú eres el mío.
—Cuando haya acabado con la revuelta, y haya extendido mis territorios, liberaré a Albert —prometió en tono resuelto.
—Veo con pesar que tus sentimientos, o no son verdaderos, o carecen de la intensidad que se le presupone al amor.
Aquello lo tensó, soltó mis manos con ofuscación y me apresó por los hombros acercándome a él.
—No te atrevas a dudar de cuanto acabo de confesarte —masculló ofendido e iracundo.
—Pues lo hago —rebatí con aplomo— pues, si en verdad me amas, sacrificarías tus intereses en favor de los míos, algo que siempre hizo Albert.
Me atravesó con una mirada dura y sesgada, cargada de reproche.
—No soy Albert, algo que ambos lamentamos, por cierto. No obstante, que te ame como jamás creí posible no nubla mi juicio lo suficiente como para permitir que Aĺbert recupere el suyo, descubra mis ardides con su esposa y me atraviese con su acero.
—¿Qué le impedirá hacerlo cuando lo descubra, por muchos reinos que hayas conquistado?
—Cuando lo descubra, yo reinaré sobre Jutlandia, seré más poderoso y, por lo tanto, más inaccesible para él. Además, cuento con que lo alejes de mis dominios o me veré obligado a ordenar su muerte. Por no mencionar que lo necesito entre mis filas: su fiereza y habilidad me son imprescindibles en este crucial momento; luego… será tuyo.
Posé las palmas de las manos en su pecho y lo alejé de mí. Apreté los labios, tensé la mandíbula y clavé en él una mirada retadora.
—¿Tienes idea de cómo me siento cuando me tocas? —murmuró con mirada turbia y semblante tirante—. ¿Puedes llegar a imaginar lo mucho que tengo que controlar mis instintos para no caer sobre ti?
En el hombre crepitaba el deseo con la fuerza de una tea ardiente prendiendo un barril de brea.
—¿Y tú puedes alcanzar a comprender que esta distancia que nos impones me empuja a otro destino? ¿Eres capaz de albergar en tu mente el daño que nos haces?
—¿Qué destino? —inquirió alerta.
Sus ojos se abrieron, titilando en ellos un fugaz atisbo esperanzado.
—Uno muy lejos de ti, de Albert y de todos.
Me escrutó con extrañeza; la incomprensión resplandeció en su semblante.
—¿Por qué habrías de alejarte del hombre que amas?
—Justamente por eso, por amor.
Frunció el ceño, agitó confuso la cabeza y resopló absolutamente desconcertado.
—Que Loki me enrede en sus juegos si logro entenderte.
—Aléjate, Rollo —aconsejé apática— sea cual sea mi destino, tú no estás en él.
Entonces me ciñó a su pecho, rodeó mi cintura, abarcó mi mentón y acercó su rostro al mío.
—No me importan los vaticinios de los dioses ni los tuyos, mujer, sino mis deseos —siseó con determinación—. Y uno de ellos eres tú. Así que, pequeña loba, tienes ante ti dos caminos y una decisión. Elige esto…
Apresó mi boca con inusitada dulzura, con extrema delicadeza, regalándome un beso tierno, cargado de sentimientos, suave y gentil.
Se despegó de mis labios para fijar su hambrienta mirada en mí.
—O esto…
Y se abalanzó nuevamente sobre mi boca. Esta vez imponiéndome un beso duro, exigente, ardiente y salvajemente atroz, cercando mi lengua, dominándola y desplegando toda la lujuria que bullía en él.
Cuando se apartó de mí, los ojos encendidos que prendían su mirada me retaron con apremio.
—Decide tú el modo, porque tu destino ya lo he decidido yo.
Y sin más, se dio la vuelta y se alejó a grandes zancadas, con la espalda envarada y los puños apretados.
Trémula y angustiada, me dispuse a entrar en la cabaña, con una aguda sensación acicateando mi espalda. Alguien me observaba, alguien oculto en la noche, tan cierto… como la mirada preocupada que me recibió junto al fuego del hogar.
CONTINUARA
