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Capítulo 48

No vuelvas nunca

Caminó a grandes zancadas hacia mí y me enfrentó con mirada colérica. Tenía los ojos enrojecidos e hinchados, era fácil imaginar la causa. A pesar del acerbo odio que despertaba en mí, un deje misericordioso suavizó mi voz.

—Nada has de temer de mí —comencé a decir—. He venido sólo con una recomendación para tu pequeño. Es vital que continúes dándole el remedio para que mejore.

—¿Una recomendación de la mujer que viene a arrebatarme lo que es mío? —escupió furiosa.

—Aleja tus recelos, Sigrid, dudo que sean mayores que los míos. He venido para intentar salvar la vida de tu hijo, nada más.

—Has venido por Albert, a embaucarlo de nuevo en tus viles redes —acusó.

—Sí —concedí—, he venido por él, y por el pequeño, pero no para arrebatártelos, pues si algo sé es que lo único que en verdad se posee son los sentimientos, las personas que los despiertan son tan libres como este viento.

Entrecerró los ojos y tensó el rictus. Sus mejillas enrojecieron en el ardor de la furia que la sacudía.

—¡Lárgate de inmediato, maldita perra! —exclamó furibunda.

Avancé un paso, mostrando la firme decisión que me había llevado hasta ahí.

—No voy a permitir que entres —afirmó con la inquina brillando en su mirada.

—El rencor te ciega, cuando debería ser yo su portadora. Eres tú quien se interpone en mi felicidad, tú quien ayudó a segar la vida que latía en mi vientre, tú sobre quien recae la matanza de todo un poblado. Y aun así, te juro por los dioses que no descargaré mi venganza en un ser inocente. Si vengo hasta tu puerta es para ofrecerte la vida de tu hijo, pero no por ti, por ti ni siquiera pestañearía, sino por Albert. Comprendo que no entiendas de lo que hablo, pues un corazón yermo, oscuro y sibilino como el tuyo desconoce las buenas intenciones. Me iré cuando me asegure de que el niño recibe su remedio durante varios días.

—Nada se acercará a los labios de mi hijo que proceda de ti —insistió con crispación.

—En tal caso, habré de dejar mi recomendación en su padre.

—Si osas acercarte a ellos, juro que terminaré lo que el destino dejó a medias —amenazó—. ¡Conozco de sobra tus intenciones, perra: acabar con mi hijo para alejar a Albert de mi lado!

Negué pacientemente con la cabeza, aunque la ira inflamaba mi ánimo y hervía la sangre de mis venas.

—Sin duda, ése fue tu plan cuando Ada, Eliza y tú tejisteis la matanza de Skiringssal. Pero yo no soy como vosotras; antes prefiero morir a guardar semejanza alguna. Y ahora, apártate, tengo un mensaje que entregar.

Avancé con firmeza y en un movimiento raudo e inesperado la mujer me lanzó el cubo repleto de nieve. Me incliné a un lado para zafar el impacto; sin embargo, lo recibí en el hombro izquierdo, impeliéndome hacia atrás. El dolor me sacudió en oleadas que se extendieron por todo el brazo; maldije entre dientes. Todavía tambaleante, oí un alarido que me estremeció y, acto seguido, como si de la maléfica diosa Ran se tratara, se abalanzó sobre mí con los brazos extendidos y una mirada cegada por un odio visceral.

Caí sobre la nieve, con ella encima intentando estrangularme. Me debatí con denuedo, sintiendo cómo sus dedos se clavaban en mi piel y oprimían mi garganta. Rodamos forcejeando, logré golpearla en un costado y ella se retorció; aquel movimiento liberó mi cuello y aproveché para invertir las posiciones; a horcajadas sobre ella, le asesté dos fuertes bofetones en ambas mejillas, llevé las manos a su garganta y la cerqué con ruda firmeza.

—Escúchame bien, maldita: no vas a impedirme llevar a cabo mi cometido. Después me iré y no volverás a verme… —siseé jadeante. El dolor del hombro me flagelaba en un opresivo pulso llameante—… pero, o me dejas intentar salvar la vida de tu hijo, o soy capaz de acabar con la tuya.

Sostuve su incendiada mirada, de la que brotaban letales lenguas de fuego, con aparente imperturbabilidad.

—¡Suéltala!

La potente y grave voz que llegó hasta mí me paralizó. Giré lentamente la cabeza para encontrarme con el contrariado y furioso semblante de Albert.

Mi corazón se detuvo, mis ojos se agrandaron hambrientos de su imagen, y todo mi cuerpo se tensó temeroso de lo que brillaba en su turbada mirada.

Me incorporé soltando mi presa y lo encaré, intentando sofocar la miríada de emociones que me asaltaban.

—Ha sido ella quien me ha atacado —me defendí ante la acusación que manaba de su mirada como una daga afilada.

Aquella situación evocó otra pelea en la orilla del mar, con Eliza de contrincante; recordar lo que hizo Albert cuando me separó de ella me estremeció, anhelando una escena similar.

Sentí cómo me recorría con la mirada, pude ver la mezcolanza de sentimientos que se desplegaban en ella, muchos de ellos enfrentados entre sí.

—Mandé llamarte —comenzó a decir con tirantez—, pero parece ser que estabas muy ocupada para acudir ante mí. Compruebo ahora lo desacertado de mi decisión.

—Albeet —mi voz sonó tan necesitada, tan suplicante, que casi se extinguió llevada por el viento—, he venido con un aviso sobre el remedio que os procuró Eyra. El niño ha de tomarlo durante varias jornadas consecutivas para que surta efecto.

Su mirada se nubló con algo similar a la decepción; escondió su pesar tras una mirada hierática y fría.

—Por favor, te ruego que confíes en mí —proferí con voz desgarrada—si no lo hacéis, su vida corre grave peligro.

—Entregaste tu mensaje —observó impertérrito—. No me queda más remedio que confiar en el criterio de tu informante. Si no has venido a nada más… ya puedes marcharte.

Cerré los ojos en un fútil intento por detener el torrente de lágrimas que se acumulaban desbordando y nublando mi mirada.

Sigrid, que se había puesto en pie, se acercó a Albert, posicionándose a su lado, con una sonrisa triunfal que curvaba sus labios.

Verlos juntos, como una fuerza en mi contra, fue tan demoledor que cuanto quise decir murió en mi garganta sofocado por los sollozos que luchaba por contener.

—Ya lo has oído, nada tienes ya que hacer aquí —resaltó Sigrid, mientras enredaba su brazo en el de Albert.

Cada bocanada de aire inspirada me quemaba con un dolor tan grande que incluso temí desvanecerme. Llorosa y trémula, clavé la mirada en la de Albert, penetrante y dura, reprimiendo las ganas de gritarle cuánto lo amaba. No, ya había tomado una decisión, ya no había nada que aclarar, ni justificar. De nada servía enarbolar la defensa ante los rumores que habían mancillado mi imagen ante él. No cuando la separación era cuanto nos uniría ya.

Abatida y hundida, asentí entre lágrimas y les di la espalda con el corazón sangrante y un dolor punzante, esta vez masacrando en profundas estocadas mi lastimado corazón.

—¡Aguarda!

Me detuvo su voz, y quizá ese moribundo resquicio rebelde de esperanza que se negaba a desaparecer.

El llanto de un bebé llegó hasta mí. Me volví de nuevo. Sigrid corrió al interior de la cabaña. Al cabo, el llanto cesó.

Albert avanzó hasta mí. En su rostro se entreveía el sufrimiento y los desvelos. Una espesa barba cubría su mentón, y su largo cabello caía desgreñado cubriendo sus hombros y parte de su espalda. Oscuras ojeras cercaban sus ojos, y el cansancio y la preocupación abotargaban su tenso rostro. Contuve el impulso de correr a sus brazos.

Cuando llegó a mi altura y su celeste mirada me penetró, distinguí con claridad su propia lucha.

—Pareces arder en deseos de regresar junto a tu rey —reprochó dolido.

—Es más bien el deseo de alejarme de la condena que veo en tus ojos —respondí con un hilo de voz.

—¿Y tiene mi condena razón de ser?

—Si todavía eres capaz de mirar dentro de mi corazón y ves lo que hay en él, no.

Sus ojos deambularon por mi rostro; cuando se detuvieron en los míos, brillaron afectados.

—Ahora mismo, Freya, estoy partido por la mitad. Ya no sé qué veo, ya no sé qué pienso, ya no sé qué hacer, sólo sé una cosa y es lo que siento. Y es justamente eso lo que me está matando en este momento.

—Aquí —comencé a decir con voz entrecortada— hay algo que yo jamás podré darte. Ahora comprendo que nuestras vidas no están destinadas a estar juntas… que el sufrimiento que nos regala el destino nos priva de la paz y el sosiego necesarios para alcanzar la felicidad.

Albert cogió con hosquedad mi muñeca y posó la palma de mi mano en su pecho. A través del grueso tejido de su jubón, pude sentir su tibieza y los amortiguados latidos de su corazón.

—No hay nada que no puedas darme, porque cuanto deseo y necesito eres tú.

Sentí un pellizco en el corazón, un nudo en la garganta y un aleteo en mi vientre. Dejé escapar un desgarrado sollozo y bajé la mirada.

—Albert… yo…

Él alzó mi barbilla e indagó en mis ojos, tan húmedos como los suyos.

—Pero saber de tu boca que renuncias a mí, saber que has seducido a un rey, que entregas tus labios y tu ardor a otros, por el motivo que sea, me rompe por dentro. Hay en mí tal furia, tal dolor, tal impotencia… que temo enloquecer de nuevo.

Su voz se rasgó; el rictus tenso de su mandíbula se acentuó, conteniendo sus propias emociones.

—El único motivo que mueve todos y cada uno de mis actos, acertados o no, eres tú —musité con voz estrangulada.

—¿Puedes llegar a adivinar cómo me siento, Freya? —pronunció con voz rota—. Morirme de ganas por besar tus labios, sin poder olvidar que no hace mucho los besaron otros. Desearte con tanta fuerza que no me importaría tomarte sobre la nieve como un loco, si pudiera borrar de mi mente las manos de ese mísero rey sobre ti. Pero no puedo, porque en mi cabeza sólo soy capaz de verte con él. Te veo con él, tal y como me contaron, desnuda a horcajadas sobre sus caderas, gimiendo bajo sus caricias, y con su esposa presente. ¿Eres capaz de concebir mínimamente cómo me siento?

Sofocó un sollozo, hundió los hombros e inclinó derrumbado la cabeza.

—Freya —continuó, desgarrado y trémulo—, te juro que me agarro a creer que todo cuanto hiciste fue para llegar a mí, para liberarme del yugo de esas mágicas hierbas. Pero hay algo… algo que me consume, y es pensar que no eres la misma Freya, que la que ha regresado de la muerte no es la que yo conocí, la que yo amé… Y eso… eso está acabando conmigo.

El corazón me sangraba, el dolor me rompía y mis sollozos apenas eran capaces de liberar todo el sufrimiento que nacía de mi interior.

Hice ademán de posar las manos en su pecho, pero él retrocedió un paso. Con la cabeza inclinada, largos mechones cubriendo parcialmente su rostro y el infinito e implacable dolor que asomaba a su mirada, supe que mi decisión era la acertada.

Asentí entre amargas lágrimas, y me aparté de él.

—Quizá no sea yo porque no me dejan serlo, o quizá sea la nueva yo, no lo sé. Lo único que sé es que mi corazón es el mismo y que, a partir de ahora, ha dejado de latir.

Los ojos de Albert destellaron con una punzada agónica que empañó su mirada; apretó con fuerza los labios como impidiendo que las palabras escaparan de su boca; su mentón se tensó, sacudió la cabeza con resignación y asintió con semblante desgarrado.

No necesité nada más.

Me volví completamente devastada y rota, buscando la voluntad necesaria para no echarme en sus brazos, por no suplicarle que me besara, y hallé la pujanza que me hacía falta para caminar hacia mi caballo, sin tambalearme.

Justo cuando alcanzaba mi bruno corcel, y desataba las riendas, un rugido a mi espalda me sobresaltó.

—¡No!

Aquel grito provenía del interior de la cabaña, y aquélla era la voz de Albert. Solté de inmediato las riendas y corrí a través de la nieve hasta allí.

Cuando me adentré en ella, Albert forcejeaba con Sigrid frente al fuego del hogar. Me detuve en el umbral, confusa, y dirigí los ojos a la cuna de madera donde lloraba el bebé.

Sentí el impulso de calmarlo y, sin pensarlo mucho más, seguí mi instinto. Cogí al rubicundo niño en brazos y lo acuné chistando; me apercibí de la sobrecalentura que lo congestionaba, mientras observaba cómo Albert le arrebataba a Sigrid una pequeña vasija de las manos.

Cuando Albert se volvió y se topó conmigo, algo en su semblante se quebró. Con un brazo intentaba sujetar a la furibunda mujer que trataba de alcanzar de nuevo aquel recipiente.

Inmovilizó como pudo a Sigrid, que chillaba de rabia y frustración, y me alargó el frasco con mirada apremiante.

—Dáselo al niño, su madre estaba vaciando el contenido en la hoguera. Habrá que preparar más.

Tomé el frasco, asentí, y sin más dilación lo incliné hacia la boca del pequeño, derramando en ella unas gotas que tragó en el acto. El rostro del niño se congestionó, imaginaba que por el amargor del brebaje. Lo incorporé y, posándolo en mi pecho, palmeé su espaldita con ternura.

Albert tenía la mirada fija en mí; encontré en ella un atisbo de ternura que me abrumó. Podía leer tan abiertamente sus pensamientos que me fustigaron como latigazos.

La mujer que tenía en sus brazos se debatía colérica como una gorgona despiadada.

Continué acunando con suavidad al bebé, acariciando su cabecita y besando su frente, pero el pequeño se convulsionaba en extraños espasmos. El pavor me asaltó.

—¡Algo le pasa! —exclamé aterrada.

—¡¡¡Mi hijooo!!!

Deposité al niño en la cuna y me arrodillé sobre él, sin saber qué hacer. Lo acaricié con un nudo en la garganta; su temperatura corporal era alarmantemente alta. Mi intuición me llevó a despojarlo de la manta que lo cubría y a zafarlo de su pequeña camisola. Temblorosa, cogí un paño, lo sumergí en un balde de agua cercano a la puerta, lo empapé en él, lo escurrí y se lo coloqué al pequeño en la frente y en el jadeante pecho.

Albert soltó a Sigrid, que corrió junto a su hijo, lo cogió en brazos y lo apartó de mí sollozando asustada.

De repente, el niño dejó de llorar.

Mi corazón galopaba en mi pecho, y la angustia que me atenazaba casi me impedía respirar.

El cuerpo del bebé quedó flojo en los brazos de su madre, que lo zarandeaba completamente desquiciada.

—¡¡¡Mi Ottar, mi niñoooo…!!! —gimió desgarrada.

Albert se lo arrebató, lo fundió en su pecho y lo sacudió con suavidad, cada vez más desesperado. Acercó la oreja al pecho del niño, y negó con la cabeza.

—¡¡¡Noooooooooooo…!!! —bramó la mujer.

Sigrid cayó de rodillas y sollozó con violencia, hundida y desolada.

Albert cogió la mano del pequeño Ottar y la llevó a sus labios. Sollozaba en silencio; la pena y el dolor contorsionaban su rostro, todavía acunando el exiguo cuerpo sin vida del bebé.

Creí morir. Presenciar su lacerante sufrimiento sin poder acercarme a él, verlo llorar tan abiertamente, tan impotente y tan desolado, me derrumbaron.

De repente, Sigrid clavó sus enrojecidos ojos en mí, y de ellos brotó todo su encono en forma de alarmante acusación.

—¡Túuu…! —escupió furibunda, con el rostro arrebolado y constreñido por una cólera letal—. ¡Tú has matado a mi pequeño, tú, maldita zorra inmunda, y ahora voy a matarte yo!

Se abalanzó sobre mí, con la locura tiñendo su gesto. Albert se puso en medio, la abrazó con fuerza contra su costado, aprisionándola, mientras sostenía a su hijo en el otro brazo, y clavó su dolida mirada en mí.

—¡Márchate, rápido! —aconsejó—. Ahora más que nunca, necesitas de la protección de un rey.

—Albert… yo… no… —gemí entre sollozos.

Negó con la cabeza, a su semblante asomó un brillo preocupado.

—¡Vete, Freya, temo no ser capaz de evitar un linchamiento si se enteran de lo que ha ocurrido! ¡Pronto correrá la voz, huye!

—¡¡¡¡Malditaaaa!!!!

Sigrid berreaba, gritaba y pataleaba, presa de un llanto violento que la sacudía en quebrados sollozos.

Los lamentos, el odio, el inmenso dolor de la mujer me desgarraron el alma. Me sobrecogí de dolor y trastabillé hasta la puerta.

Aturdida, me agarré a la jamba intentando anclarme a algo.

Un nuevo grito me envaró, dejando mi alma en carne viva. Me volví trémula y la imagen de Sigrid con la mirada agrandada por el horror me golpeó. Bajo ella, se formaba un charco de sangre cada vez mayor; cayó de rodillas pálida, hipando y estremeciéndose violentamente.

Hice ademán de socorrerla, pero Albert me detuvo alzando la mano.

—¡Por los dioses, huye! —gimió suplicante.

El apremio de su rictus y la angustia de su mirada aceleraron mis pasos, y salí al deslumbrante y gélido exterior envuelta en una nube sofocante de dolor.

Conseguí llegar a mi montura, y me alcé sobre la silla entre temblores. La gente, alertada por los alaridos, salía de sus cabañas asustada.

Un grito de mujer me siguió, consiguiendo que todos los ojos se posaran sorpresivos en mí.

—¡¡¡Detenedla, es una asesina!!!

Azucé a mi caballo, sacudí las riendas vehemente y, justo cuando mi montura iniciaba la marcha en un trote ágil y apresurado, un hombre me arrebató las riendas, el caballo se detuvo en seco abruptamente y yo fui impelida hacia delante, cayendo de forma aparatosa por encima de la testa del animal hasta el suelo. La nieve amortiguó el impacto, lo que no impidió que me sintiera mareada, aturdida y dolorida. Ya me incorporaba cuando el hombre que había provocado la caída me aferró del pelo y me alzó con hosquedad.

Grité y me revolví contra él, pataleando y debatiéndome con fiereza. Lo único que conseguí fue recibir un violento bofetón que giró mi cabeza como si fuera de trapo. Sentí el sabor de la sangre en el interior de mi boca, y un dolor sordo en mi oído izquierdo.

Me zarandeó con brusquedad y me arrastró, llevándome a trompicones hacia la cabaña de nuevo.

Obligada a caminar inclinada para que no me arrancara el cuero cabelludo, sólo pude vislumbrar unas piernas que corrían hacia mí.

La figura que se aproximaba a la carrera se cernió sobre mi asaltante y lo golpeó con dureza. Oí un gemido sofocado y el hombre que me sujetaba cayó inerte sobre la nieve.

Albert me cogió en brazos e intentó correr hasta mi montura. Tras él, gritos alarmados y furiosos clamaban venganza.

Antes de subirme al caballo, me miró con sobrecogedora intensidad.

—Busca la protección de Rollo —murmuró entrecortadamente—. Sólo él puede salvarte esta vez.

Me depositó sobre la grupa y miró alerta hacia la masa de convecinos que acudían en tropel.

—Albert… te juro que…

Negó con la cabeza, su mirada se oscureció como un paño mortuorio.

—Vete, Freya, y no regreses nunca.

Palmeó vigorosamente el anca de mi caballo y nos sacudimos en un agitado trote.

Me incliné sobre la silla y jaleé a mi montura, enfilándola fuera del poblado. Con lágrimas en los ojos, me atreví a mirar atrás. Albert enfrentaba con sus puños a todo aquel que pretendiera seguirme. Agité de nuevo las riendas y presioné los talones en el vientre del caballo para agilizar la galopada.

No sé el tiempo que estuve abrazada al cuello del animal sollozando mientras él galopaba sin rumbo fijo. Sólo supe que el caballo resollaba exhausto y asustado, que el ocaso comenzaba a sombrear cada rincón y que el bosque por el que transitábamos era cerrado y lóbrego, plagado de inquietantes sonidos.

No sabía dónde estaba, pero tampoco me importaba, nada tenía sentido ya para mí. La tragedia me había golpeado sin cesar desde que el destino me trajo a estas gélidas tierras.

El dolor arrasaba mi pecho barriendo toda esperanza; jamás borraría de mi mente el rostro de Sigrid sosteniendo a su hijo muerto, ni el tormento estrangulando la mirada de Albert. La gente me buscaría para ajusticiarme, y mientras cavilaba sobre el deseo de abandonar esta mísera vida, mientras barajaba la idea de regresar y entregarme, un pensamiento pendió indeciso en mi mente, suspendido en una telaraña de preguntas. ¿Había sido el remedio el que había matado al niño, o la Providencia eligió ese momento en particular para llevárselo?

Y a esa cuestión se sumaron otras. Rostros, conversaciones y miradas comenzaron a desdibujarse ante mí, en una amalgama confusa y turbia de la que surgían inquietantes revelaciones. Un rostro en particular resaltó entre el resto, de faz aniñada, suaves y rojos labios, de pálidas mejillas y dulce mirada azul.

De pronto, mi ofuscada mente se enturbió y la nieve se volvió roja, y vi a Sigrid cubierta de sangre… y ese hijo que ya no nacería, y que sin duda era de Albert, yacía en el suelo convertido en un despojo sanguinolento.

¡Oh, Dios! ¿Qué había hecho?

Un lobo aulló a la luna, el caballo se encabritó, alzándose sobre sus cuartos traseros, relinchando agitado. Y una vez más, mi cuerpo se hundió en la nieve, arrastrándome compasivamente a una agradecida negrura.

CONTINUARA