.

.

Capítulo 49

Morir de nuevo

Lo primero que lamenté al abrir los ojos fue precisamente poder hacerlo.

Lo acontecido restalló ante mí, como un relámpago impactando en un páramo desolado, iluminando de nuevo toda la pena que anidaba en mi pecho, como la larva de un gusano horadando una jugosa manzana.

Miré en derredor. Varios rostros difusos se inclinaron sobre mí; distintos susurros velados flotaron perezosos como una neblina pesada y brumosa, que pendía inquietante y tensa en el sofocante ambiente.

Parpadeé confusa, hasta que mi visión se aclaró lo suficiente como para reconocer la grisácea mirada que me escrutaba con honda preocupación.

Me escocía el moflete y la parte interna del labio, me latía la espalda en un pulso doloroso, y me sangraba el corazón.

—¿Cómo te sientes?

Rollo apartó con mimo un mechón de mi frente y delineó mi rostro con suave cuidado.

—Peor que cuando estuve muerta.

Su boca se curvó en una sonrisa dulce y negó con la cabeza. Con extrema gentileza, cogió mi mano entre las suyas y se la llevó a sus labios, exhaló un cálido resuello y me las frotó con suma delicadeza.

—Estás tan helada como si lo estuvieras.

—Lamentablemente, no lo estoy.

Rollo frunció el cejo, componiendo un gesto reprobador, negó con la cabeza y apartó a su espalda un largo y oscuro mechón de su melena.

—Si no lo estás, es porque no es el momento de partir. Sólo los dioses lo deciden, aunque, en este momento, tu destino depende de mí.

—No me importa la decisión de los dioses ni la tuya.

Su mirada relampagueó furiosa, con un deje turbado en su tenso rictus.

—Escúchame bien, Freya: lo único que te separa de morir, soy yo. Y no sería una muerte dulce, te lo aseguro. Se te acusa de sesgar la vida de un bebé, la condena por eso es lanzarte a un foso con perros rabiosos; he visto a guerreros curtidos despedazados por una jauría suplicando piedad como indefensos infantes.

Me sobrecogí asaltada por un violento escalofrío que erizó mi piel y pellizcó mi vientre.

—Yo… no lo maté, al menos siendo consciente de ese acto.

—La madre no alberga duda sobre tu intención —rebatió con firmeza—. Cogiste a su bebé y lo envenenaste ante sus ojos. Albert te ayudó a semejante atrocidad, por lo que se le aplicará el mismo castigo que a ti.

Me envaré, tragué saliva y me incorporé con dificultad, débil y dolorida, entre amortiguados quejidos y estrangulado pavor.

—¡No! Albert me ofreció el brebaje y yo se lo di al niño porque ambos pensábamos que era la cura. Albert amaba a su hijo… él solo…

—¿Quién te proporcionó el filtro? —interrumpió con hosquedad.

—Tu reina —confesé—. Me aseguró que libraría al niño de la ponzoña que apresaba su cuerpo.

Los ojos del hombre se entrecerraron perspicaces; me escrutó con recelo y evidente desconfianza.

—¿Por qué diantres querría mi reina ayudarte?

Su faz se oscureció amenazante, sus labios se fruncieron con acritud.

—Deberías preguntárselo a ella, mi rey; temo que guarda más respuestas sobre esta tragedia de lo que ambos imaginamos.

—No me atrevo a imaginar las tretas que juntas habréis urdido a mi espalda —gruñó irascible.

Su faz se oscureció. Se puso en pie y me contempló con dureza.

—Es cuanto nos une —mascullé con rencor— tretas, intrigas, confabulaciones y ambición.

—A mí, por desgracia, me unen más cosas a ti. Pero nada que un perro rabioso no pueda solucionar, loba.

Lamenté en el acto mi altanería. Encararlo, disgustarlo, no era lo más juicioso en la delicada situación en la que me hallaba. Mi vida y la de Albert dependían de ese hombre. Y si ya había esgrimido antes mis armas, unas que me habían ensuciado, de nada valía limpiar un honor mancillado, de nada servía el orgullo, ni los remilgos, cuando la muerte esgrimía tan fieros colmillos.

—Lo lamento, Rollo —proferí arrepentida. Ante la mención de su nombre, se distendió parcialmente complacido—, disculpa mi osadía. Me has salvado la vida, y te lo agradezco de corazón.

Su rictus se suavizó, aunque su mirada permanecía despechada.

—Salí en tu busca porque robaste mi caballo. Y te encontré tirada sobre la nieve, aterida y acechada por lobos. Mi corcel de batalla, Tyr, coceaba inquieto y relinchaba para apartar a las bestias de ti. Gracias a él, logramos encontrarte. En un principio, te creí muerta.

Me pareció ver un deje apesadumbrado en su mirada de acero.

—Estoy en tus manos, soy consciente de ello, y pagaré gustosa esta deuda, si, además, muestras tu conmiseración hacia Albert.

La sombra de una incipiente sonrisa apenas sesgó sus labios. Su apuesto rostro volvió a iluminarse.

—Conoces mis deseos, pero me siento en la obligación de precisarlos —comenzó a decir en tono grave—quiero que seas mi amante, mi skjaldmö y consejera. Quiero que seas la nodriza de mis hijos, y la sirvienta de mi reina. Quiero tu pasión, tu ternura y tu lealtad. Y, por ende, que te alejes de Albert. A partir de hoy tu camino está a mi lado y, si deseas que el hombre que amas siga respirando, nada ha de unirte a él.

Aquello constataba el destino que a partir de ese momento sentenciaba la vida que me aguardaba.

Los dioses ganaban, lo había sabido en mi fuero interno desde que vi a Albert con su hijo en brazos, y ahora que lo enterraba se confirmaba esa intuición. Él no era mi presente; desconocía si sería mi futuro, pero, aunque me iluminara esa certeza, no aliviaría un ápice el agónico dolor que se expandía por mi pecho, como si un veneno lo corroyera lentamente, deshaciéndolo en un charco de insondable desesperación.

—Tú salvas mi vida y yo, la de Albert —acepté con un acusado regusto amargo en la garganta y acerbas lágrimas en los ojos.

Asintió y se sentó de nuevo a mi lado. Entonces, reparé dónde me hallaba, en su regio lecho. Dos parpadeantes lucernas doraban la estancia, otorgándole un ambiente acogedor y cálido; no obstante, no fueron capaces de disipar la opresiva gelidez instalada en mi pecho. El rey se acomodó y me cogió con firmeza por los hombros, clavando su triunfal mirada en la mía.

—A pesar de mi condición de rey, no puedo negarme a someterte a juicio, o el pueblo se alzaría —aclaró con semblante severo—. Lo que sí puedo es procurar las pruebas necesarias para librarte de esa acusación. Si consigo demostrar que obrasteis pensando que el brebaje era en efecto un remedio sanador, todo se habrá resuelto.

—¿Y si no se puede probar? —inquirí angustiada.

Acercó el rostro al mío, sentí su fuerza, pero también su contención. En su mirada prendió un deseo oscuro y hambriento.

—Se podrá, si yo lo deseo —susurró con voz rasgada y tensa—. Y lo deseo, tanto como probar tus labios ahora. En adelante, habrás de ser tú la que me asalte como yo lo voy a hacer ahora, para complacerme debidamente.

Aprende bien cómo has de hacerlo.

Y se cernió sobre mis labios con una voracidad salvaje. El asalto de su lengua, imperante y exigente, encontró sumisión y derrota. Barrió el interior de mi boca, imponiendo su dominio, exaltado por el triunfo, y, embargado por un deseo fervoroso, paladeó con delirio cada rincón, derramando en mi garganta gemidos ardorosos y gruñidos insatisfechos.

Cuando se apartó, ambos jadeábamos. En su faz, la complacencia; en la mía, la aceptación.

—Voy a confesarte mi último deseo a los dioses, un deseo al que ofrecí un sacrificio de sangre, un deseo casi desesperado. —Su penetrante mirada me erizó la piel—. Pedí a los dioses que me saciaran de ti lo suficiente como para poder alejarte de mi lado. Nada me haría más feliz que arrancarte de mi pecho.

Y entonces se alejó, atravesando los pesados cortinajes carmesís, aparentemente abatido, como si en lugar de una victoria asumiera una derrota, como si hubiera cargado sobre sus hombros un peso difícilmente soportable.

Aquello era yo para él, una condena de la que no podía librarse, pero sin la que no podría vivir.

Resoplé y me tumbé en el lecho; mi carga era mayor que la suya. Mi corazón se había convertido en piedra y mi esperanza, en desánimo. Lo único que me anclaba a esta vida era la de Albert, aunque estuviera muy lejos ya de mí.

Al cabo, un susurro de trapo y unas ligeras pisadas anunciaron una visita.

Abrí los ojos, para encontrar el soliviantado rostro de Eyra. En su hundida, apagada y sabia mirada, rezumó una tristeza tan honda que terminó de quebrar mi alma ya desgastada y yerma.

—Aguardo tus reproches —musité con un hilo de voz.

La anciana negó con la cabeza; su abatimiento era tal que sus arrugas se me antojaron más profundas y su añosa consistencia, más endeble.

—Obraste con el corazón, no con la cabeza —repuso sentándose a mi lado—. No he venido con reproches, sino a ofrecerte el consuelo que no pude ofrecer a mi propio hijo.

Se inclinó hacia mí y me abrió sus brazos. Me incorporé y me entregué a su abrazo, posando el rostro en su pecho, rompiéndome en un agudo sollozo, que abrió la compuerta nuevamente al tormento que me constreñía como una gran serpiente enroscada a mi cuerpo.

—Ssshhhh… pequeña, llora, libérate —susurró con dulzura, mientras acariciaba mi cabello y sostenía mi cuerpo con una ternura que acentuaba mi extrema debilidad.

Sollocé, me lamenté y me derrumbé entre hipidos, gemidos y espasmos… maldiciendo al destino, a los dioses y a mí misma, por no haberme mantenido apartada de él, por no haber huido a mi tierra cuando tuve la oportunidad, por aferrarme al pasado, por luchar por un amor que ahora comprendía maldito. Y, tras un largo instante, cuando mi llanto se consumió, cuando mi cuerpo languideció y mi ánimo se aligeró, supe que, tal como Albert había temido, yo no era la misma Freya. No, una vez más, la mujer que fui moría de nuevo, para renacer, esta vez con el mismo nombre, pero no con el mismo corazón, porque ése estaba tan muerto como mi esperanza de ser feliz. Y entendí que, a pesar de lograr resurgir de cada tragedia, en cada varapalo quedaba parte de nosotros mismos. Tras cada vivencia dolorosa, yacía una buena parte de ilusión, de ingenuidad, de confianza, muriendo en nosotros esas virtudes en favor de las necesarias para continuar: recelo, prudencia, amargura, frialdad, fortaleza y rencor. Al menos yo tenía una razón para continuar, para mostrar los dientes y seguir luchando, y por los dioses que lo haría.

Me enjugué las lágrimas con ademán tosco y semblante sobrio. Me separé de Eyra, con un rictus decidido y mirada firme.

—Ahora, Eyra, que me someto a la Providencia, que acepto sus crueles designios, te juro que devolveré golpe por golpe, que morderé con saña, y que no habrá piedad en mi corazón para mis enemigos. Ahora, nada contiene al lobo que hay en mí, ahora sigo sus huellas… ahora, él me gobierna.

Eyra, con la mirada arrasada en llanto, pero semblante impertérrito, asintió queda, cogió mi mano y la estrechó con fuerza.

—Hubo un día en que llegué a pensar que nadie podía sufrir más de lo que yo lo había hecho —hizo una pausa y bajó la cabeza, buscando las palabras en su interior—, pero estaba equivocada; sin embargo, no sé cuál de vosotros sufre más, si él o tú.

—No hay diferencia entre él y yo —repliqué en tono estrangulado—. Somos uno, aunque nos obliguen a vivir separados.

Eyra ahondó en mi mirada, escrutando en ella, vaticinando mis pensamientos, mi decisión, como tantas otras veces. Siempre pensé que aquella enjuta mujer, sufrida y tan sabia como los tiempos, en realidad escondía en su interior a una poderosa völva, una hechicera que leía la mente y abría el alma.

—Pagas con tu vida la de Albert —adivinó con hondo pesar—. Y, aunque mi corazón de madre rezume agradecimiento, llora de pena al tiempo.

Resopló, exhalando un aliento largo y contrito, como si fuera su alma la que escapara de su cuerpo en aquel profundo y árido resuello.

—Y aun así —agregó en un hálito de voz—, me agarro a la esperanza, aunque ni tú ni él lo hagáis. Porque un amor como el vuestro siempre encontrará la manera de unir sus destinos, porque, aunque se abra la tierra y se caiga el cielo, aunque los mares se enfurezcan y los dioses bramen, la magia que os une jamás se disipará. El agua siempre halla un cauce, y más si corre de manera tan torrencial.

Palmeó el dorso de mi mano, forzando una sonrisa confiada que no llegó a sus ojos. Echó hacia atrás su larga trenza plateada y se puso en pie con intención de marcharse.

—¿Cómo… cómo está él? —inquirí, conociendo la respuesta.

—Tan convencido como tú de lo imposible de vuestro amor. Llorando dos pérdidas irreparables, la de su hijo y la de la mujer que ama, otra vez. Pero también hay un animal en él, que lo impelerá a continuar.

—Un león —murmuré más para mí misma.

Eyra frunció el ceño con extrañeza, sacudió un poco la cabeza, me dedicó un gesto impreciso y salió con paso derrotado.

Me derrumbé en el lecho pensando que era completamente imposible que de mis ojos brotaran más lágrimas, pero brotaron.

Mi fiel Fenrir emitió un leve quejido lastimero, revelando aquella extraña conexión que lo unía a mí.

CONTINUARA