Capítulo 50
Juicio y condena.
A veces, cuando creemos no poder dar un paso más, cuando pensamos que todo ha terminado, cuando sentimos que las fuerzas nos abandonan y todo a nuestro alrededor languidece moribundo, no sospechamos que, antes de lo imaginado, nuestro ser resurgirá más poderoso, más beligerante y más vehemente que nunca, esgrimiendo el aplomo y la fortaleza necesarios para seguir recibiendo golpes.
Descubrimos, no sin cierto asombro, que ya no duelen igual, que nuestra resistencia a ellos se ha incrementado, y que, cobijados en la paciencia y en la astucia, serán devueltos.
Inmersa en mis cavilaciones, observaba al hombre del que pendía mi vida y la de Albert. Un hombre al que había planeado matar, y al que ahora necesitaba más vivo que nunca, a tenor del manifiesto encono que mostraban los asistentes al juicio en el que todas las pruebas me condenaban.
Habían transcurrido apenas tres jornadas desde lo ocurrido. Y cada noche, el fantasma de aquel bebé derramaba inclemente sobre mí su culpa. Yo lo había matado, y aquella certidumbre crecía con cada pensamiento. En mi mente, repasaba cada instante de aquel trágico suceso, revelándome detalles que se me antojaban esclarecedores. No albergaba duda alguna sobre la autoría de tan aberrante muerte, en la que había sido utilizada y engañada para ejercer de verdugo. Ahora entendía la advertencia del Oráculo… «aléjate del llanto de un niño»… Lo que desconocía era el motivo. Pero lo hallaría, y estaba segura de que ese motivo sería mi arma contra la mujer que me había arrastrado al oscuro abismo en el que me hallaba.
Clavé los ojos en ella y me prometí a mí misma arrastrarla conmigo. Nada temía ya, y era precisamente esa condición la que me liberaba, la que confería a mi lobo una nueva cualidad, la de ser letal.
Curvé los labios en una sonrisa dura y fría, dirigida a la dulce Ragnhild, atravesándola con una mirada amenazadora que la removió de su asiento, evidenciando su inquietud.
Paseé la mirada por la atestada sala principal.
A pesar de estar de rodillas, con las manos atadas a la espalda y vistiendo una tosca camisola de áspera sarga, adopté una posición altiva y confiada, envarando la espalda y alzando orgullosa la cabeza, devolviendo cada mirada cargada de ira por una retadora.
Ellos habían acudido para ajusticiar a una vil asesina, a una condenada, pero no era eso lo que veían en mí, pues, aunque en mi particular juicio interno había resultado ser culpable, por los dioses si asumía también sus cargos.
Que Albert no estuviera en la sala facilitaba la ardua tarea de mantenerme imperturbable.
Rollo bramó exigiendo silencio.
Los abucheos, las amenazas y los improperios se atropellaban en el tenso ambiente del abarrotado skáli. La muchedumbre, acalorada e impetuosa, se tornaba una gran masa oscura de ira que comenzaba a alzarse descontrolada sobre mí.
—Me asiste el ecuánime Forseti, dios de la justicia y la verdad —comenzó a decir a viva voz— y, como su representante en la tierra, desentrañaré este doloroso caso, prometiendo a la madre un justo castigo para los culpables, si se demuestra que lo son.
—¡Muchas la vieron huir de la cabaña! —vociferó una voz masculina—. ¡La desconsolada Sigrid presenció cómo mataban a su pequeño!
—¡A los perros! —gritó otra enfurecida voz—. ¡Son unos asesinos!
—No obstante —interrumpió Rollo con voz atronadora y regia, que reverberó en cada madero, flotando hasta el fondo de la amplia estancia y silenciando a los congregados—, ambos proclaman su inocencia. Convencidos de que el filtro era un remedio sanador, obraron con la única intención de salvar su vida, pero no llegaron a tiempo. El bebé agonizaba cuando ella, en su desesperación por obrar la sanación, le administró el brebaje. —Hizo una pausa, que aprovechó para fulminar con la mirada a los más beligerantes.
Con fingido ademán distraído, acarició la labrada superficie de la empuñadura de su espada enfundada, en un claro recordatorio de su poder sobre ellos, y añadió—Y os aseguro que ese remedio era en verdad una cura, pues fue mi reina quien lo recomendó. Por desgracia, el pequeño no recibió la cantidad necesaria y, cuando quisieron enmendar el error, ya fue demasiado tarde.
Sagazmente, supo que nadie de los presentes se atrevería a dudar de la palabra de una reina. Y así fue, ante las miradas turbadas, malhumoradas y asombradas que aquellas gentes intercambiaban entre sí, buscando quizá un valeroso paladín que defendiera la causa.
Nadie osó contradecir a su rey. Pero la insidiosa semilla que había germinado en el corazón de los aldeanos continuaría creciendo de forma peligrosa. En sus sombríos semblantes titilaba un clamor popular apenas contenido, ansioso de venganza.
Entonces, Ragnhild se incorporó de su trono y avanzó hasta su esposo con un doliente gesto ensombreciendo su rostro.
—Lamento profundamente lo acontecido —manifestó cogitabunda. Su voz, suave como el terciopelo, su faz apesadumbrada, su porte arrepentido, soliviantaron un poco los arrobados ánimos.
La reina se aproximó a la sufrida madre, que hervía de furia y frustración, y se arrodilló ante ella, apresándole la mano entre las suyas.
Un silencio sepulcral invadió la gran sala.
—Mi gentil Sigrid —musitó apenada—, no me atrevo a imaginar el duelo por el que estarás pasando. Mi única intención fue sanar a tu pequeño Ottar, sólo lamento la fatal decisión en la elección de la portadora. Desconocía tus recelos hacia ella, y que te negarías a aceptar nada que viniera de su mano. Por ello, te pido disculpas.
Que los cuervos de Odín, Hugin y Munin, devoren mis ojos si no expliqué con detalle los ingredientes a utilizar.
Un demudado suspiro escapó de casi todos los presentes. Cerré brevemente los ojos, en un intento por contener el torrente de cólera que amenazaba con ahogarme. Temblaba iracunda, sentía las mejillas arreboladas, la garganta seca y la mirada brillante. El fuego de mi interior crepitó de forma salvaje. Aquella arpía, aquella venenosa serpiente adornada con una corona real, acababa de sembrar una duda en una tierra fértil en exceso.
Rollo maldijo entre dientes, tenía la mandíbula desencajada y el rostro crispado. A grandes zancadas, se acercó a su esposa y, sin muchos miramientos, la cogió del codo obligándola a incorporarse y se dirigió a Sigrid, con gesto tenso.
—Todo ha sido fruto de la fatalidad —afirmó huraño—. El destino del niño estaba marcado. Eres joven y tu hombre, vigoroso; tendréis más hijos. Mi reina ya confesó que el único motivo del brebaje fue ayudar; por lo tanto, no hay condena ni culpable.
Sigrid, con los ojos inyectados en sangre, una mueca feroz descomponiendo sus facciones y tan lívida como una aparición, comenzó a negar con la cabeza con inusitada violencia.
—¡No! —exclamó furibunda—. Esa… esa perra lo mató ante mis ojos. —Su voz estirada se quebró, y cerró los ojos con fuerza en un gesto de infinito dolor que me sacudió el alma—. Y voy… voy a demostrar que lo hizo adrede; no dudo de la bondad de vuestra señora, más sí del odio y la venganza que ella —alzó su dedo acusador hacia mí— ha descargado en un ser indefenso, en un inocente bebé, malogrando además el hijo que ya gestaba de mi Albert. No existe venganza más cruel que ésta, he perdido dos hijos al mismo tiempo…
Y entonces, su voz se rompió en un sollozo desgarrador. Cayó de rodillas y gimió desaforada clamando justicia. La muchedumbre se avivó, como un incendio virulento devorando un pasto seco y marchito. La voz del pueblo se alzó, mostrando su apoyo a la joven madre.
Los ánimos se exacerbaron tanto que los guerreros que componían la hird del rey desenvainaron casi al unísono sus aceros y apuntaron a la multitud; el eco metálico hambriento de sangre me erizó la piel.
—¡Justicia! —entonaban coléricos los hombres mientras avanzaban con decisión. Las mujeres y los niños se dispersaron a los rincones, buscando protección de la revuelta que estaba a punto de estallar.
—¡¡Calmaos!! —rugió Rollo, alzando su propia espada—. ¡¡O por la lanza de Odín que hoy rodarán cabezas!!
Me puse en pie y me acerqué a la plebe, sosteniendo sin doblegarme el odio que desprendían sus miradas, tan afiladas y ardientes como una andanada de flechas incendiarias.
—Jamás sesgaría la vida de un inocente —comencé a decir alzando potentemente la voz—. Jamás utilizaría tan infame arma contra mis enemigos y jamás pasó por mi cabeza vengarme de la mujer que tanto me arrebató. ¿Y sabéis por qué?
La muchedumbre, arrebolada y tensa, se apiñó, más pendiente de los guerreros que los apuntaban que de mí.
Conteniendo a la turba, vislumbré a Hiram, a Sigurd, a Thorffin, a Erik, a Ragnar, a Asleif, a Jorund y a Valdis.
—Porque sé el insoportable dolor que conlleva la pérdida, porque sé que la muerte no devuelve vida… y que contra los dioses nada se puede. —Hice una pausa y clavé la mirada en Sigrid—. Yo no maté a tu hijo, mi única intención fue salvar su vida. Lo juro por los dioses.
De los claros ojos de la mujer, inflamados y enrojecidos, siguió manando toda la rancia animadversión que sentía por mí.
—¿Y por qué habrías de querer salvarlo, cuando era el único obstáculo que te separaba de Alber? —increpó escupiendo su desprecio.
Respiré hondo, buscando el sosiego que necesitaba para continuar.
—Porque había decidido regresar a mi tierra —confesé sincera— y quería que él tuviera algo a lo que asirse. Y porque tengo corazón.
De pronto, los soterrados y malintencionados murmullos que habían estado flotando en la sala se diluyeron en un silencio cortante.
—¡También yo lo tengo!
Aquella exclamación me heló la sangre. Desvié la mirada hacia el portador de aquella gutural y grave voz y el corazón se detuvo en mi pecho.
Albert avanzaba con decisión por el pasillo de cuerpos apretados que se apartaban a su paso.
Vestía una túnica negra, calzas de piel curtida y una capa de piel de oso pardo; su larga melena dorada desgreñada y alborotada cubría sus anchos hombros, y una barba poblada un tono más oscuro que su melena resaltaba sus mullidos labios. Mostraba semblante torvo y rictus herido. Portaba un pequeño saco en la mano derecha que se balanceaba con cada zancada.
Se plantó frente a su rey, pero sus penetrantes ojos celestes, de la intensidad del cielo acariciado por el sol, se posaron en mí iluminados por una aciaga desilusión.
—Y mi corazón también exige saber la verdad de lo ocurrido —musitó con aspereza en tono elevado—. Ni mi… —frenó sus palabras abruptamente, tragó saliva con dificultad y continuó—… ni Freya ni yo tememos a la verdad, pues, como bien has dicho, mi… —hizo otra pausa incómoda que tensó las facciones de Rollo—… mi rey, somos tan inocentes como el frío cadáver de Ottar. Y como sé que las palabras no gozan del poder de las evidencias, aquí os las traigo.
Cogió el saco con las manos y extrajo de él una pequeña seta blancuzca. Esta vez se dirigió a Ragnhild.
—Éste es el hongo que recomendasteis a Freya, ¿verdad, mi reina?
Albert, tan astuto como un zorro, había conferido a la pregunta un cariz afirmativo.
Por un instante, la joven permaneció en silencio, sopesando su respuesta. Rollo la fulminó con la mirada, impeliéndola a contestar.
Apenas asintió levemente, torciendo el gesto. La inquietud bailaba en su faz, frunciendo su ceño; su aniñado rostro enrojeció.
Albert, complacido con esa tibia señal de aceptación, se volvió hacia sus convecinos y les mostró el peculiar hongo mientras lo alzaba sobre su cabeza.
—Éste es el hongo del que se extrajo el filtro, y el que hubiera salvado la vida de mi hijo con las debidas dosis, el que tan sabia y bondadosamente recomendó la reina. Resulta pues evidente nuestra inocencia… y la de nuestra reina.
Al incluir de un modo tan sagaz a Ragnhild en su defensa, se aseguraba que nadie volviera a cuestionar la acusación. Y así fue; los ánimos se calmaron, y hasta Rollo relajó su expresión y su porte. Las espadas se envainaron y la gente se disgregó en reducidos grupos, expresando de forma más íntima sus opiniones.
Ragnhild desapareció discretamente con mirada huidiza.
—Aclarado este peliagudo asunto —manifestó Rollo—, no toleraré que nadie caldee los ánimos con acusaciones injustas o mi cólera recaerá sobre ellos. Y ahora, que corra la cerveza, nada lima mejor las asperezas que su espuma.
Me echó un fugaz vistazo, dirigió a uno de sus guerreros un gesto urgente y el hombre se apresuró a liberar mis muñecas cortando la cuerda que las apresaba. A continuación, Rollo se retiró a sus aposentos privados, dejándome ante un Albert que permanecía inmutable. Me contemplaba hierático, envarado y distante.
Hice ademán de acercarme a él, pero retrocedió unos pasos y yo me detuve.
—Albert…
Negó con la cabeza, su mirada se oscureció y su rictus se contrajo en una mueca dolorosa que se esforzó por estrangular.
Recompuesto, logró mantener una mirada dura e impenetrable.
—Sólo… quería —mi voz sonó quebrada y débil— agradecer tu…
—No —musitó con frialdad—. No tienes nada que agradecerme, como tampoco yo a ti. A partir de este momento, ambos somos libres; puedes regresar a tu tierra como es tu deseo, o servir… a un rey, tú eliges.
—No —me apresuré a replicar cuando él ya se daba la vuelta—. No te equivoques, yo no elijo, ya no. Todos lo hacen por mí.
Resopló y sacudió exhausto la cabeza, hundió los hombros y asintió; sus hombros temblaban, todo su cuerpo se tensó.
—Decidiste huir de mi lado —siseó entre dientes, con unos ojos entrecerrados llameantes de furia—. Renunciaste a mí, maldita seas, y conseguiste derrotarme. Esto se acabó. Los dioses ganan; como bien dices, todos ganan… menos nosotros. Eres libre, Freya, haz con tu vida lo que te plazca.
Y se volvió dejándome temblorosa, llorosa e irascible.
—¡No, jamás seré libre —le grité contrita—, ¿me oyes, maldito bárbaro del demonio?! Por muy lejos que me vaya, nunca lo seré, porque me esclavizaste a ti; debería odiarte.
Me miró de soslayo, sin atreverse a enfrentarme. Por la desgarradora tensión que contorsionaba sus facciones, supe que estaba a punto de derrumbarse.
—Ódiame entonces, poco me importa.
Y salió a grandes zancadas, abatido, derrotado y roto.
Liberé un hondo sollozo, y me volví para que nadie viera mi dolor, aunque mis hombros se sacudían y el pecho me ardía devorado por lenguas de fuego en el que se entremezclaban una rabia insana y venenosa, un sufrimiento atroz y el pleno convencimiento de que todo había acabado definitivamente.
Unos brazos me cogieron, un pecho me cobijó, unas caricias me reconfortaron. Rollo me susurró palabras dulces que no aligeraron mi amargor y se esforzó en otorgarme un solaz que no disipó una brizna de la pesadumbre que me oprimía. Sin embargo, su calor sí evaporó mi frío.
CONTINUARA
