.

.

Capítulo 51

Viviendo sin corazón

Las jornadas pasaban lentas y tediosas y el crudo invierno comenzaba a apagarse y, con la primavera, muchas cosas cambiarían. Brotaría una guerra como brotarían flores en el valle; el sol bañaría los campos, como lo haría la sangre de los enemigos; la brisa viajaría perfumando las praderas, como viajarían las traiciones y las intrigas emponzoñando el aire, y los pájaros sobrevolarían los densos bosques, como yo navegaría a través del ancho mar.

Con la llegada de la Ostara, como llamaban ellos a la primavera, también llegaba la bendición más brillante del año, en la que celebraban la victoria de Thor sobre los gigantes, del Sol sobre los lobos que lo persiguen y del verano sobre el invierno. Harían sacrificios a los dioses para ser bendecidos con cosechas fértiles, dando comienzo a la mejor época del año. Una vez que las tierras estuvieran cultivadas, y el ganado engordado, marcharían de nuevo a la conquista de nuevos territorios, sembrando el terror en las costas enemigas, sometiéndolas con sangrientas incursiones.

Y mientras Rollo planeaba su conquista de Jutlandia para enfrentarse al rey Horik; los guerreros se entrenaban con denuedo; los campesinos y siervos se entretenían jugando al Hnefatalf, un curioso juego de mesa; las mujeres hilaban en vastos telares, y los niños se sumergían en sus correrías… yo perfilaba con cuidado mi venganza, antes de partir hacia el puerto de Haithabu, donde embarcaría rumbo a mi añorado Toledo.

Albert, por su parte, había abandonado Agder y a Sigrid, y ocupaba una cabaña en Hedemark. Verlo diariamente era la más dura penitencia que podía imponerse al más pecador de los prelados.

Eran tantas las veces que nuestras miradas se encontraban, tan duros su rechazo y su indiferencia y tan grande mi anhelo de asaltarlo y besarlo hasta desfallecer, que, cuando acababa el día, desgastada y abatida, solía dormirme llorando, rogando y rezando para que la distancia y el calor de los míos lograra aligerar esa condenada presión que me atenazaba de forma tan implacable.

Mi insoportable frustración me llevaba al campo de adiestramiento diariamente, donde pasaba la mayor parte de la mañana, acompañada de mi fiel perro y de mi querida adiestradora.

Lena me enseñaba a manejar la lanza, un arma que jamás imaginé empuñar, y que bien esgrimida ofrecía una amplia gama de posibilidades en ataque y defensa. Era ligera, maniobrable y mantenía a una más que prudencial distancia a los enemigos. Cada movimiento era como una danza, en la que la habilidad, la gracia y la rapidez eran los valores perseguidos. La complejidad y floritura de cada posición exigía un alto poder de concentración. Memorizaba enrevesados giros, cambios posturales y tácticas de bloqueo.

En mi aprendizaje, perdía la lanza de continuo, me golpeaba de un modo accidental con ella o era embestida y derribada por la de Lena, cuya habilidad con ella rayaba lo sobrenatural. Poseía ademanes tan elegantes y letales a un tiempo, era tan endemoniadamente veloz y tan sagazmente avezada en aquella peculiar danza, que cortaba el aire y mi aliento, y redoblé mis esfuerzos y mi concentración, acicateada por el empeño de ganar un combate.

Chocábamos nuestras lanzas, cruzándolas, y, cuando sosteníamos un pulso por liberarlas, me lanzó una fuerte patada en el vientre que me derribó de espaldas al suelo.

—Que tus manos estén ocupadas no impide que tus piernas hagan algo —apuntó jadeante y sonriente.

Me levanté dolorida y le devolví la sonrisa, cogí de nuevo mi lanza, afiancé mis manos una a cada extremo de la parte central y me puse en guardia dispuesta para otro combate.

—¿No te cansas nunca? —preguntó con un deje de admiración en la mirada.

—Estoy exhausta —confesé—, pero no lo suficiente como para detenerme.

—He de recordarte algo, Freya: en la lucha, y más en el campo de batalla, no hay reglas. Cuando tengas enfrente a tu oponente, sólo podrás valerte de las tácticas aprendidas, de tu frialdad, y de tu astucia. Cualquier artimaña que logre romper un pulso con tu rival que sepas perdido, úsala. Como ya mencioné en tu entrenamiento con la espada, la mejor táctica para derrotar al contrincante es sorprenderlo. Si haces algo que no espera, ese brevísimo instante de desconcierto puede darte la victoria.

Aquella última frase se grabó en mi mente; de algún modo intuí que aquel sabio consejo me sería de gran ayuda.

Asentí, deslicé mi lanza en gráciles círculos, adelanté la pierna derecha, manteniendo la izquierda estirada hacia atrás, para conservar un necesario punto de apoyo en mis lances, y le guiñé un ojo, a la espera de su ataque.

—Te queda mucho por aprender —masculló mientras componía un movimiento ofensivo—, pero compruebo complacida que posees una habilidad natural para la danza. Así pues, bailemos.

Y se cernió sobre mí girando la lanza y su elástico cuerpo.

Esquivé varios golpes, me agaché, salté y choqué el cuerpo de mi lanza con el suyo, en repetidos toques violentos que reverberaban por mis brazos hasta punzar mis hombros, como las ondas producidas por una piedra lanzada sobre la quietud de un lago.

Asimilaba cada movimiento, mientras me esforzaba en cubrirme, gruñendo por el esfuerzo, intentando esquivar cada ataque.

Aquella maldita valquiria se asemejaba a un ciclón nevado, blanco y mortífero. Contener su fiero avance, sus continuos lances, sus patadas, zancadillas, rodillazos y violentos empellones amenazaron desgastarme hasta la más completa extenuación. El que me sacara una cabeza, y que su corpulencia a pesar de su esbeltez duplicara la mía, no sirvió más que para redoblar mis esfuerzos, buscando en mi interior la más ínfima brizna de resistencia a la que asirme.

—Bien, pequeña bondi, así me gusta, saca la furia de tu interior.

En un fogonazo de inspiración, y aprovechando mi menor estatura, jadeante, sudorosa y débil, fingí arremeter contra sus rodillas, inclinándome ligeramente, fijando la vista en ellas, y, cuando ella hizo amago de agacharse para anteponerse a mi ataque, alcé el extremo romo de mi lanza y le asesté un fuerte golpe en la mandíbula que la impelió hacia atrás, desestabilizándola. En mitad del traspié, asesté de nuevo otro golpe a su lanza y la desarmé. Cuando cayó despatarrada en el suelo y me acerqué a ella para marcarla con la afilada punta de la mía, apresó mis tobillos en el cepo de los suyos, giró y caí de bruces. Rápida como un rayo, se abalanzó sobre mi espalda, inmovilizando con el antebrazo mi cabeza, y apuntó el lateral de mi cuello con una daga.

—Buen intento, pero nunca subestimes a un enemigo, ni estando en el suelo; fingirse vencido es otra treta muy usada —susurró en mi oído.

Me liberó, se incorporó y me ayudó a ponerme en pie.

—Ha estado cerca —murmuré orgullosa, mientras me sacudía las ceñidas calzas.

—Esas calzas vuelven a hacer de las suyas —comentó Lena mirando hacia el cercado.

Seguí su mirada para encontrarme con dos gemas celestes refulgentes que me secaron la garganta. Afilaba su espada junto a la valla, con el pie sobre un tocón y la cabeza vuelta hacia nosotras mientras trabajaba. Sentí sus ojos acariciando mi cuerpo, y todo mi ser se estremeció.

—Siempre encuentra la manera de mantenerse ocupado cerca de donde tú estés —afirmó Lena, recogiendo las armas del suelo.

No pude moverme hasta que él desvió la mirada; su largo cabello ocultó su rostro, y mi corazón volvió a latir con normalidad.

Llené mis pulmones en un suspiro largo y profundo, cargado de tristeza y anhelo, y seguí a Lena a través de las parejas de guerreros que entrenaban con la misma virulencia que si estuvieran en el campo de batalla. Fenrir caminaba casi pegado a mi pierna, desplegando su fiero instinto protector.

Conforme me acercaba a donde estaba él, mi pulso se aceleraba y tenía que recordarme que ya no éramos nada, y que jamás lo seríamos por el bien de ambos.

Antes de llegar a su altura, él envainó su reluciente acero y se alejó presuroso.

Solté el aire contenido ante la compasiva mirada de Lena.

Entramos en el gran skáli justo cuando servían el hadegi, la comida de mediodía. Lena se reunió con el resto de las skjaldmö y yo me dirigí a la mesa ocupada por Hiram, Sigurd, Valdis, Jorund y Eyra.

—¿Un entrenamiento duro? —masculló Hiram masticando un trozo de pan ácimo, mientras me miraba de soslayo sobre su humeante escudilla de sopa.

—Un día duro, como cualquier otro —rezongué tomando asiento.

—Seguro que las noches son mejores —barruntó mordaz.

Le arrebaté el cuenco y bebí todo su contenido. Se lo devolví vacío, y lo fulminé con la mirada.

—Apuesto a que tus noches son bastante mejores que las mías, el problema es que no sé a quién de tus muchas amantes preguntar.

Hiram se envaró, frunció los labios y con un mohín malhumorado me contempló ceñudo.

—Sólo estoy con Valdis —aseguró con acritud—, puedes preguntarle a ella.

Sostuve la mirada ofendida de Valdis, lamentando mis palabras.

—Me alegro por los dos —proferí a modo de disculpa.

Sentí la mirada de Eyra sobre mí, escrutándome reprobadora. Nuestra relación se había enfriado considerablemente; yo la evitaba y ella permanecía distante, sólo se dirigía a mí cuando alguna labor requería nuestra colaboración conjunta, reduciendo nuestras conversaciones a cosas triviales.

Sin embargo, leía en su mirada con tanta claridad que hasta evitaba sostenerla. Temía sus reproches, pero temía más que me hiciera cambiar de opinión.

Sólo ella sabía que pensaba escapar de este mundo para regresar al mío.

Era demasiado arriesgado que Rollo supiera mis planes, pues seguro que me colocaría unas argollas y me anclaría a su cama. Y aunque su premisa fue que me mantuviera lejos de Albert, y en eso sería más que obediente, no se permitiría perderme, aunque en realidad no me tuviese.

A decir verdad, tenía algo de mí: un cuerpo sumiso que soportaba sus embistes y luego su frustración. Tenía mi apatía, mi indiferencia y mi rabia, y, aunque me costara reconocerlo, también poseía mi compasión y en ocasiones mi simpatía. No sabía cuánto tiempo tardaría en comprender que nunca me conquistaría, aunque acariciara mi piel y tomara mis labios, aunque yaciera conmigo e intentara despertar una pasión que nunca llegaba. Como tampoco lograba adivinar su reacción cuando aceptara su derrota. No obstante, poco a poco veía cómo se obraba un cambio en él. Su orgullo, su altanería, se apagaban a favor de una amargura que lo roía por dentro, tornando en irascible su ánimo, ensombreciendo su rostro y borrando de su faz aquella media sonrisa ladina y pícara que lo caracterizaba. Se estaba convirtiendo en un hombre atormentado empeñado en atarse a su tormento, como el que se lanza al mar abrazado a una gran piedra. Tenerme así comenzaba a ser su mayor derrota; era cuestión de tiempo que lo asumiera y entonces… entonces todo podría pasar.

Fijé la mirada en Ragnhild, que complacida miraba a su esposo arrobada, mientras se acariciaba el ya incipiente vientre redondeado. Parecía no importarle no poseer su corazón, y no compartir ya su cama. Aquel niño que gestaba su vientre era cuanto ambicionaba, sólo una cosa faltaba para que su felicidad fuera completa: que fuera un varón.

Jora, la esclava, me ofreció una escudilla colmada de guiso de pescado, y llenó la jarra de Hiram mientras lo miraba con invitadora lascivia. El guerrero cometió el tremendo desatino de sonreírle, atrayendo toda la furia de Valdis sobre él.

—Quizá quieras recordarle a esta… esclava lo que le has dicho a Freya —prorrumpió ofuscada.

—Todos lo saben, Valdis, y créeme que temen tu apodo, tanto como yo.

—Pues me temo que Jora parece olvidarlo —replicó irguiéndose y encarándose con la muchacha.

—Sólo he llenado su copa —se defendió Jora.

—Sí, mientras te lo comías con los ojos —acusó con las manos en la cintura y mirada llameante.

—Si tu hombre es hermoso, habrás de aguantar que las demás lo admiremos; si no, haber seducido a Sigurd el Duende —adujo la chica malhumorada.

El aludido chasqueó la lengua y sacudió la cabeza.

—¡Vaya suerte la mía! —exclamó Sigurd—. La primera vez que me mencionan en una pelea de gatas y es para echarme por tierra.

Hiram bajó la cabeza para esconder el rostro; sus hombros se sacudían en un fútil esfuerzo por contener una carcajada.

—¡Tú te callas, mentecato! —ordenó Valdis—. No hablo contigo.

Sigurd se puso en pie y se limpió la boca con la manga de su túnica, dispuesto a enfrentar a Furia Roja.

—Escúchame bien, niña —comenzó a decir arrastrando las palabras, como si le hablara a una atolondrada—, con el permiso de tu padre, aquí presente…

—No, no, no… a mí no me metas en esto —se apresuró a replicar Jorund, sacudiendo la mano—, bastante tengo con aguantar su humor desde que nació.

—¡Padre! —exclamó Valdis enfurruñada.

—¿Ves? —se lamentó dirigiéndose a Sigurd—. Ya me has metido en un buen lío.

Los hombros de Hiram se agitaron esta vez más violentamente; las sofocadas risas que se empeñaba en dominar escapaban en extraños ruidos velados que atrajeron la atención de toda la mesa.

—¿Yo? —inquirió Sigurd agrandando los ojos disgustado—. Que la ira de Loki caiga sobre vosotros, sólo pretendía decir que…

—¡He dicho que no vuelvas a mirarlo! —exclamó de repente Valdis, clavando su amenazante mirada en Jora—. Porque, si vuelves a hacerlo, te juro por Var que te arrancaré los ojos.

—¿Alguien me escucha? —profirió Sigurd frustrado.

—Ah, ¿sí? —respondió Jora—. Pues ya puedes arrancárselos a todas las mujeres de Hedemark, deberías escuchar lo que dicen de él.

Valdis apoyó las palmas de las manos en el rugoso tablero de la mesa y se inclinó colérica hacia Jora.

—¿Y qué dicen? —alentó echando fuego por los ojos.

—No, Sigurd —intervino Jorund con una sonrisa bailando en sus labios, una sonrisa que se esforzaba por estrangular—. Nadie te escucha, creo que sólo yo y quizá… espera… Freya, ¿tú lo escuchas?

Asentí conteniendo la risa; ver a Hiram frente a mí, rojo como una baya, intentando cubrirse el rostro con las manos y sacudido por carcajadas reprimidas era más contagioso que una plaga.

—Dicen todas las cosas que estarían dispuestas a ofrecerle en el lecho —soltó Jora con una sonrisa perversa curvando sus labios—, dicen que matarían por tenerlo entre las piernas, dicen que…

No acabó la frase: Valdis saltó por encima de la mesa y se arrojó literalmente sobre la esclava.

Las mujeres se enfrascaron en una pelea mientras rodaban por el entarimado. Varios hombres las jaleaban, alentándolas, y otros pocos comenzaron a hacer apuestas.

—¿Nadie va a separarlas? —mascullé cogiendo mi escudilla.

—Creo que tengo que ser yo —musitó Hiram, aún lagrimeando.

—Déjalas un rato más —arguyó Jorund—. Una tiene que aprender a no ser tan descarada, y la otra, a suavizar su carácter. Nada sosiega más los ánimos que una buena pelea. Además, por lo que puedo ver gana mi hija, así que voy a apostar.

Y se levantó rebuscando en sus bolsillos.

—¿Qué… qué querías decir… Sigurd? —preguntó Hiram, entrecortado, aguantando la risa.

—Pues iba a decir que puede que no sea guapo, pero que tengo la tranca de un caballo.

Esta vez Hiram sí se permitió soltar una sonora carcajada que lo dobló en dos. Aporreó la mesa, tumbado sobre ella, mientras reía a mandíbula batiente.

—Tal vez, si la enseñaras más a menudo, esas dos estarían peleando por ti —apuntó Eyra sonriente.

Hiram aumentó las carcajadas, y yo las compartí.

—Te aseguro, Eyra —añadió Sigurd—, que si no la llevo fuera es porque sé que estos malnacidos envidiosos me la cortarían.

Entre risas, apuestas y peleas, me topé con la mirada de Rollo prendada en mi risueño rostro.

Aparté la vista de inmediato, rogando porque esta noche no me llamara a su lado. Parecía librar una batalla consigo mismo, espaciando las obligadas visitas que me imponía, quizá para lograr aquello que ambicionaba tanto como conquistar Jutlandia: arrancarme de su pecho.

—Mirad, ahí viene uno que ni su cara ni su verga provocarían una pelea de mujeres —anunció Sigurd sentándose de nuevo.

Me volví siguiendo su mirada y vi cómo Erik Cabello Hermoso avanzaba mostrando su maltrecha dentadura a cuanta moza se encontraba a su paso, tan engreído y seductor que tuve la certeza de que poseía algún oculto don para la conquista.

No se dirigió a nuestra mesa, sino a una situada en el lado opuesto, y supe el motivo cuando comprobé que, tras él, marchaban Thorffin, Ragnar y, en último lugar, Albert. De forma inconsciente, me envaré; me esforcé en apartar mi vista de él, centrándola en mi escudilla. Pero una y otra vez oteaba en su dirección, miserablemente hambrienta de su atención.

Para mi desgracia, no se sentó de espaldas a mí, sino de frente, estratégicamente situado para poder observarme desde su lugar sin tener que acechar entre los corpulentos cuerpos de sus guerreros.

Cuando nuestros ojos se encontraron, me perdí en aquella profunda laguna azul. Me embebí de su rostro, casi oculto por su abundante cabellera del color del oro, y esa barba espesa que ya se había convertido en su eterna compañera. Aun así, mi mirada viajaba inquieta de sus labios a sus ojos, preñada de una necesidad tan acuciante que dolía. La suya, en cambio, era serena, fría e imperturbable; tan sólo me contemplaba con acusada gravedad, sin expresar ninguna emoción en particular.

Esa indiferencia me hería más que mi esforzada contención. Una indiferencia a la que debía agarrarme para reforzar la decisión de marcharme, una indiferencia que nos mantenía sabiamente a salvo, una indiferencia que debía agradecer pero que odiaba con toda mi alma inmortal.

No sé qué me poseyó, pero le regalé una mirada airada, frustrada y rabiosa, que lo desconcertó.

Hiram me observaba con semblante confuso y, cuando se volvió, adivinó de forma somera mi malestar; eso, y que Valdis arrastraba del pelo a Jora, como si se tratara de una pieza de caza.

Cuando la soltó triunfal, alzó los brazos victoriosa y todos la vitorearon. En ese momento, Jorund tomó asiento de nuevo con gesto de padre orgulloso.

—Mi pequeña ya es una mujer —masculló casi con nostalgia.

Hiram puso los ojos en blanco y resopló hastiado.

En ese momento, la aludida también tomó asiento, sonriendo jactanciosa. Tenía marcas de uñas en la sien; el rojo cabello, anudado y alborotado, y la mejilla derecha enrojecida y algo inflamada, mostrando la huella de la pequeña mano que se había estampado en ella.

—De ahora en adelante, más de una se pensará acercarse a ti —aseveró intentando arreglarse con las manos los mechones revueltos, todavía titilando en sus labios una sonrisa vanidosa.

—Eso espero —opinó Sigurd, fijando la mirada en la revuelta melena roja de Valdis—, porque, a este paso, acabarás pareciéndote a Ragnar.

—Y si tú continúas metiéndote donde no te incumbe, ya me encargaré yo de que te parezcas a Erik —contraatacó la belicosa Valdis.

—¡Basta ya! —exclamó Hiram indignado—. Ya estoy harto de lidiar con tu condenado genio, mujer. Estarás en mi cama hasta que yo lo permita, pero, si tu intención es ganar mi corazón, ya te adelanto que el camino no es ése.

Valdis enmudeció, agrandó los ojos impactada y bajó la mirada asimilando el golpe que acababa de sufrir y que no revelaría su apariencia como los otros.

—Muchacho —medió Jorund—, es el amor que siente por ti lo que la ciega, habrías de sentirte orgulloso y mostrarte más comprensivo.

—Ese amor asfixia —reveló Hiram con gesto adusto—, es lo que quiero que entienda. Y si yo no puedo respirar, tampoco puedo sentir. Habrá de confiar en mí, habrá de permitir que otras mujeres sean libres de obrar como deseen, porque soy yo, entiéndelo bien, Valdis, soy yo quien elige con quién estar.

—Sí —intervine con un nudo en la garganta—. Y no hay nada mejor que poder elegir a tu pareja y que él te elija. —Busqué los ojos de Albert mientras hablaba, no me sorprendió tenerlos sobre mí—. Valdis, aleja tus miedos y disfruta de estar con él, pues nunca se sabe hasta cuándo podrás hacerlo. El amor no se exige, no se cela, no se apresa en una jaula, no se justifica y no se reprocha… el amor… sólo se siente.

Y fue el amor lo que brotó de mis ojos, inundando los de Albert, que me contemplaba con harto asombro. Su rictus se endureció en el acto.

Hubo un silencio tenso en el que flotaron toda clase de pensamientos y emociones. Al semblante de Valdis asomó el arrepentimiento y la comprensión; al de Hiram, algo parecido a la envidia, por no poder conocer ese sentimiento que parecía esquivarlo, y al de Eyra, un convencimiento tan pleno que incluso perfiló en sus labios una sonrisa confiada, tiñendo su faz de tal complacencia que me inquietó.

La anciana, sentada junto a mí, presenciaba, percibía e interpretaba con apabullante claridad el penetrante intercambio de miradas entre nosotros, ensanchando su sonrisa sin ningún disimulo.

Un cuerpo se interpuso en mi campo de visión. Cuando alcé la vista, me enfrenté a la torva expresión de Rollo, que me dedicaba una mirada turbia y furibunda.

—Quiero que comas en mi mesa —exigió ceñudo.

Por la tensión en su porte, y la sesgada y amenazante mirada que derramó sobre mí, comprendí que aquella orden no podía refutarse.

Me incorporé, rodeé la mesa y me acerqué sumisa a él. Cogió con hosquedad mi muñeca y me llevó tras él, casi con la misma actitud que había enarbolado Valdis cuando arrastraba a su presa. Y eso era yo, su botín, un mero objeto de su propiedad que pretendía ingenuamente moldear a su gusto. Pero yo no era una simple pieza de barro, ni él un alfarero, y su insistencia sólo conseguiría romper a uno de los dos, o quizá a ambos. Recé para mis adentros por lograr huir antes de que eso ocurriera.

Me senté a la gran mesa principal, a su lado, cabizbaja y apática. Rollo respiró hondo, ya más sosegado ante mi docilidad, y vació su copa de un solo trago.

Y así, plenamente satisfecho, entre su esposa y su amante, alzó la copa y sonrió a sus súbditos.

Logré atisbar, a contraluz, cómo una silueta, grande y fornida, abría los portalones y desaparecía de la sala. Supe quién era, alguien que simulaba una indiferencia que no sentía.

CONTINUARA