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Capítulo 52

¡Maldito corazón!

Albert salió atropelladamente de la sala, preso de un fuego tan inclemente que pensó que todo su cuerpo ardería colérico, devorando el skáli, a los allí presentes y devastando incluso la región.

Jamás había sentido tan demoledor acceso de ira. Esa cólera salvaje todavía incendiaba su ánimo, impeliéndolo a entrar de nuevo en la sala, agarrar a Rollo por el cuello y estrangularlo hasta morir. Se detuvo, aferrado a la baranda de la escalera, tembloroso y ofuscado, y se obligó a inhalar una gran bocanada de aire fresco.

Ya era suficiente tortura imaginarla en el lecho de su rey; suficiente frustración el perder cada día la patética batalla de alejarse de ella; suficiente impotencia el reconocer que mendigaba sus miradas, casi de manera pueril y lastimosa; suficiente angustia despertar jadeante e ilusionado para descubrir que tenerla entre sus brazos había sido sólo un sueño.

Un sueño imposible ya.

Daba igual la cantidad de veces que se repitiera que ya no le pertenecía, que ella ya no era la misma, que debía olvidarla y enterrarla en lo más profundo de su corazón, que pertenecía a otro hombre, uno que la protegería por su condición de rey. Todo daba igual, porque su maldito corazón no entendía más que de la abrumadora y dolorosa necesidad de tenerla cerca.

Incluso en su mente se dibujaba, con peligrosa nitidez, la imagen de ambos huyendo juntos. La posibilidad de secuestrarla de nuevo era tan acuciante que en más de una ocasión había avanzado hacia ella, mientras entrenaba tan apasionadamente, frenándose en seco a tan sólo unos pasos, ante tamaña necedad. Y, entonces, se daba la vuelta con los puños apretados y se alejaba rumiando su estupidez.

Adoraba comprobar sus progresos en el manejo de distintas armas, se deleitaba en sus gráciles y sensuales movimientos, en el poder que rezumaba, en esa pasión que derrochaba en cuanto hacía.

Y se enorgullecía de su rapidez en el aprendizaje, de su encomiable tesón y de ese endiablado coraje que había robado su corazón mucho tiempo atrás, el primer día que reparó en ella, en aquella lejana Isbiliya, cuando la vio recorrer las calles con una espada curva en la mano y una expresión decidida. Fue su porte, su actitud, lo que lo prendó. Caer rendido ante su belleza, y comprobar maravillado que sus ojos eran como los del lobo de sus sueños, el destino que vaticinaban las runas, fue el aporte a algo que ya había nacido en él: la desesperada necesidad de hacerla suya.

Como una vez le dijo, tenerla, amarla, no era un camino apacible y seguro, pero era el único camino que deseaba recorrer. Y, ahora, ese camino estaba cercado, ese sendero lo transitaba otro hombre, y él ya no quería emprender uno nuevo.

Intentaba odiarla; se repetía incesante que la voluntad de los dioses era inamovible y, como tal, había de asumir sus designios; se convencía de que la Freya que una vez amó ya no estaba, que se había convertido en una mujer fría, manipuladora y sibilina. Sin embargo, todas sus conjeturas se desplomaban ante una certeza sobrecogedora: todo cuanto había hecho ella, acertado o no, como le confesó, había sido por él.

Y esa certeza se clavaba en su corazón cada mísero instante de su vida, esa certeza se revelaba cada vez que sostenía sus bellos ojos esmeraldas. Lo amaba, lo deseaba incluso con más intensidad, y era eso lo que estaba acabando con su juicio. Y perdido en esas miradas, lograba aguantar su existencia.

Y, aun así, estaba furioso con ella, reprochándole en su mente que podría haber obrado de diferente manera, alejándose de la lujuria del rey, manejándolo de otra forma. Y alimentaba esa furia, pues de ella dependía para mantenerse apartado, a ella se agarraba para no cogerla entre sus brazos y huir de todo y de todos. No obstante, reconocía que nada horadaba más su pecho que su renuncia. Ella había intentado huir de él, regresar a su tierra, se había cansado de luchar, y eso… eso era su mayor condena, el tormento que arrastraba, desangrándolo. Eligió amarlo en la distancia, y así sería para ambos.

Todavía ardía, sintiendo el irrefrenable impulso de entrar en el skáli y asesinar a su rey. Gruñó frustrado y avanzó a grandes zancadas hacia los establos.

Montaría su caballo y cabalgaría sin rumbo, hasta que su ánimo se enfriara y sus pensamientos se ordenaran nuevamente. Se dirigió a su gran alazán castaño y palmeó su robusto cuello. El animal cabeceó y relinchó complacido. Apoyó la frente en la del caballo y cerró los ojos mientras enterraba los dedos en las largas crines.

Desolado y roto, se preguntó por qué lo castigaban los dioses. Había perdido a su pequeño Ottar, a su hijo, a aquel ser que había acunado, sonreído, hablado y cuidado, volcando en él esa parte de su corazón pura, tierna y protectora que había logrado rescatar de las garras de Loki. No sabía si era de su sangre o no, tampoco le importaba; aquel bebé había sido el receptáculo de todo su amor, su ancla a este mundo. Y ahora… ahora nada lo asía.

Mientras ajustaba la silla a su montura, un leve quejido lo alertó. Se volvió y se topó con su madre, que lo miraba de manera tan penetrante que sintió que desnudaba su alma.

—No te rindas —musitó con voz ajada, pero firme.

Sacudió la cabeza y le dio la espalda.

—Ella ya lo hizo.

Oyó sus pasos crujiendo sobre el heno esparcido por el suelo.

—Pues lucha tú por los dos.

Sintió una pequeña mano en su hombro, oprimiéndolo suavemente. Su corazón se encogió.

—No, madre, nuestro destino ya se decidió.

—¿De veras lo crees?

Se volvió hacia ella, encontrando en su mirada el consuelo y la esperanza que necesitaba, pero que se negaba a recibir.

—Todo indica que sí.

Eyra alzo el brazo y apuntó a su pecho, señalando su corazón.

—¿Y esto qué indica?

Negó con la cabeza, incapaz de hablar.

Su madre se acercó y lo cogió titubeante por los hombros; era la primera vez que lo tocaba. Descubrió en los ojos de la mujer un conmovedor tinte emocionado.

—Hijo —pronunció paladeando aquella palabra—, el destino lo marcan los dioses, pero nosotros lo moldeamos, lo elegimos con cada acto y, si esos actos salen del corazón, son los acertados. Y yo sé mejor que nadie lo que sale de él. —Hizo una pausa, suspiró y dibujó una cálida sonrisa en sus delgados labios—. El dolor lo ensombrece todo, confunde y distorsiona, pero debes disiparlo, aclarar tu mente y luchar por lo que grita tu corazón.

Albert bajó la cabeza; sus ojos se humedecieron aferrándose a su negación, al convencimiento de que ya nada podía hacerse; el dolor por el rechazo pesaba demasiado.

—No, madre, ella ya eligió, y decidió alejarse de mí —insistió con voz rasgada—. Y, contra eso, no puedo hacer nada.

—¿Sabes por qué tomó esa decisión? —inquirió ella.

—El motivo ya no importa, sólo sus consecuencias.

—Es precisamente el motivo el que puede derrumbar las consecuencias.

Albert se volvió, ignorando las palabras de su madre.

—¡Maldita sea, eres tan testarudo como tu padre!

Aquello lo envaró, pero no fueron las palabras en sí, sino el tono utilizado, mostrando el dolor que rezumaban los recuerdos de su aciago pasado. Sintió un pellizco en el corazón. Se volvió de nuevo, contempló el rostro de su madre y, en un arrebato, la estrechó contra su pecho.

Notó cómo el frágil y pequeño cuerpo de su madre temblaba entre sus brazos y, así abrazados, descargaron todo el dolor acumulado, la historia compartida y el inefable lazo que los unía, y que no era sólo de sangre, era de amor.

—Siempre te quise, madre, incluso sin saber que lo eras, pero jamás te lo demostré. ¿Podrás perdonarme?

Eyra alzó la vista, nublada por las lágrimas derramadas. Con el rostro constreñido por una emoción intensa, sonrió con infinita ternura.

—Esa pregunta me correspondía a mí.

—¿Por darme la vida, velar por mí, sacrificarte, quererme y protegerme? No, madre, no hay perdón que otorgar, mas sí agradecimiento.

—En tal caso, exijo un pago.

Albert paseó la mirada por el ilusionado rostro de su madre, y esbozó una tibia sonrisa. Sacudió la cabeza y acarició con el dorso de los dedos la mejilla de Eyra.

—Creo adivinar lo que vas a pedirme —confesó, deleitándose en su conmovido semblante ante aquellas caricias.

—Albert, la vida me regaló algo maravilloso que ensombrece todo cuanto pasé, cada lágrima, cada punzada, cada momento de desesperación. Mi corazón siempre me condujo hacia él, y a su lado permanecí. Y, ahora, ese gran regalo me mira como siempre deseé que me mirara, me acaricia como siempre anhelé que lo hiciera. Y lo mejor de todo: me ha fundido en el abrazo que soñé desde que te arrancaron de mis brazos. Y todo, absolutamente todo, ha valido la pena por vivir este momento, y los que vendrán.

Albert la estrechó de nuevo contra sí, sollozando en silencio, agradeciendo a los dioses que aquella mujer enjuta, tan sabia como los tiempos, y con el corazón más grande de cuantos había conocido, fuera su madre.

Los delgados brazos que no lograban abarcarlo lo ceñían con fuerza. La cubrió con su cuerpo, con extremo mimo, pero con firmeza y con un sentimiento que no experimentaba desde niño. Y aunque aparentemente parecía que cobijaba a un pájaro herido y frágil, era él el cobijado, él el consolado, él el arropado.

Entre sus brazos se quebró de nuevo, y se sintió tan pequeño como una hormiga, una que habían pisado demasiadas veces.

Tras un largo e inolvidable instante, ambos se dijeron con gestos y arrumacos cuanto sentían.

—Que hoy me hayas hecho la mujer más feliz sobre la faz de la tierra —comenzó a decir secándose el reguero de lágrimas de su rostro con las manos— no significa que olvide tu deuda, muchacho.

Albert sofocó una carcajada, su corazón se caldeó. Cogió las manos de su madre e hincó una rodilla en tierra, mirándola con adoración.

Eyra lo contempló arrobada, con la sonrisa más luminosa que le había visto nunca.

—Eres tan condenadamente apuesto como tu padre —murmuró orgullosa, cogiendo su rostro entre sus pequeñas manos—, quizá más, porque en tu mirada brilla tu corazón como una gema pulida. Puedes intentar ocultarte tras esta horrible barba, tras esta melena enmarañada, tras tu gesto torvo y tus duras miradas, pero, muchacho, tu corazón escapa por tus ojos cuando la miras.

Albert suspiró apesadumbrado; su expresión se tensó.

—Escúchame bien, hijo mío —continuó en tono dulce, pero aplomado— ella es tu regalo y, si tienes que atravesar mil infiernos, lo harás, porque una cosa es recorrerlos y sufrir y luchar por dejarlos atrás, y otra muy distinta es aceptar, derrotado, vivir en ellos. Mi único ruego, mi férrea exigencia, es que luches por ella. Hay muchas piedras entre vosotros, pero siempre las hubo, y quizá siempre las haya; sin embargo, ninguna de esas piedras es más grande de lo que sentís el uno por el otro. Porque, si ella ha renunciado a ti, es porque neciamente creyó que sólo así serías feliz. Se sacrificó por tu hijo, y, ahora, está atrapada en una letal tela de araña; liberándola, te liberarás a ti mismo. Eso es lo que quiero: tu libertad y la de ella.

Eyra se inclinó con lentitud y beso su frente. Lo abrazó de nuevo, acunándolo en su pecho, acarició su cabello y, cuando se separó de él, le dedicó un mohín impaciente y alentador.

—Vamos, guerrero, ponte en pie; te espera una dura lucha, pero no estás solo.

Le guiñó un ojo, palmeó vigorosamente su brazo con una triunfal sonrisa iluminando su rostro y se alejó con paso firme, erguida y llena de una vitalidad que lo subyugó.

Necesitaba reflexionar, precisaba alejarse y trazar un plan. Pero, sobre todo, necesitaba alejar el dolor, el rencor y la rabia; con semejante carga encima, no conseguiría avanzar.

Colocó el bocado, ajustó las cinchas y se encaramó sobre su montura. Galopar sin rumbo siempre había aclarado su mente. Para luchar por la libertad, antes debía sentirla cerca, saborear su efluvio y degustar su sabor. Y nada otorgaba más libertad que recorrer los páramos como el dios del viento, a lomos de una criatura casi alada.

Arreó vehemente a su montura, dejando atrás la aldea. Y en su galopada acudió un recuerdo que reventó su pecho. Sintió a Freya delante de él, con los brazos extendidos y la cabeza alzada al viento y apoyada contra su pecho, mientras la conducía a los grandes acantilados, aquel inolvidable día de pesca.

Había rememorado tantas veces cada instante a su lado… Sin esos recuerdos, él no habría logrado sobrevivir.

Un pensamiento se asentó en su mente, doloroso, opresivo y acuciante.

«¡Por los dioses, cuánto te necesito!».

CONTINUARA