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Capítulo 53
A merced de una araña
Cuando Inga me mandó llamar, para acudir a la entrada del frondoso y sombrío bosque de grandes arces, no atiné a pensar en lo extraño del lugar para un encuentro, a pesar de que en sus palabras se adivinaba urgencia y temor por revelarme una posible amenaza. Pero, una vez allí, tan sólo acompañada de Fenrir, cuestioné su inquieta conducta. Pues si le urgía avisarme de un peligro inmediato, le habrían bastado en ese preciso instante unas breves palabras susurradas.
No obstante, iba armada: llevaba mi espada al cinto, una daga en la bota, los dientes de Fenrir y los míos.
Recelosa y alerta, oteé mi alrededor.
Brillantes y tupidos helechos poblaban el lecho del bosque, acariciando los añosos e imponentes troncos de tan majestuosos árboles. Rodales de nieve blanqueaban oquedades y hondonadas, y el penetrante aroma a humedad y a pino perfumaba la quietud boscosa que se abría ante mí.
Todo parecía en calma, y me relajé parcialmente. Cualquier crujido alertaría de pasos y, aunque la amenaza acechara tras la espesa vegetación desde cualquier punto, confié en mis sentidos. Decidí apoyarme en un rugoso y grueso tronco para cubrir mis espaldas.
Oblicuos haces solares se filtraban entre las apretadas copas de los arces, dorando alternativamente el mullido, herboso y oscuro manto del bosque, creando charcos de luz que atrapaban la mirada, en el que se suspendían motitas brillantes como si lloviera oro molido, y del que era fácil imaginar emerger de ellas la figura de alguna esbelta diosa.
Envuelta en el hermoso misticismo de aquel lugar, no me apercibí de la más clara señal de un inminente peligro: el silencio.
No cantaban las cornejas, ni zumbaban los insectos y no se apreciaba el más leve rumor que todo bosque viviente emitía. El silencio parecía casi sepulcral.
Cuando quise reaccionar, alertada por una extraña comezón en mi nuca y un agudo escalofrío recorriendo mi espalda, el gruñido de Fenrir constató aquello que temía… era una trampa.
Desenvainé mi espada y observé al animal, confiando en su agudo instinto. Sus orejas estaban casi alineadas con el cráneo; sus labios, alzados y fruncidos, mostrando una aterradora dentadura. Su cuerpo se envaró, tenso y acechante, dispuesto para el ataque. Dirigí la mirada hacia donde Fenrir clavaba la suya.
Tras un peñasco entre los árboles me apercibí de un fugaz destello, justo frente a mí. Mi primer impulso fue tirarme al suelo, pero no fui lo suficientemente rápida.
Tras un cortante silbido, algo punzante se clavó en mi brazo izquierdo.
Exhalé un gemido sorpresivo y en el suelo aceché entre el tupido aligustre. Agarré con fuerza la empuñadura, presta para un ataque, pero nada se movió ante mí. Fenrir ladró furioso y saltó hacia delante, persiguiendo a mi invisible agresor.
Examiné mi hombro, del que brotaba un ardor extraño. Un afilado dardo leñoso se había hundido en él. Intenté extraerlo, mas el mero ademán de moverlo dentro de mi carne provocó una aguda punzada que me dejó jadeante. Apreté los dientes maldiciendo para mis adentros.
Más allá, el ladrido de Fenrir se perdía en el interior del bosque.
Intenté incorporarme, oteando con extrema precaución, e impávida comprobé el desconcertante entumecimiento del brazo izquierdo; algo semejante a un reguero de hormigas cosquilleaba mi piel, anulando por completo su movilidad. ¡Veneno! Aquella palabra abotargó mi mente de un pavor que heló mi sangre.
—¡¡¡Fenrir!!!
Distinguí en mi voz un acceso de pánico que aceleró mi corazón.
Me erguí con toda la premura de la que fui capaz, y corrí a trompicones hacia la entrada de la aldea. Mis sentidos se embotaron, y un dolor flameante comenzó a extenderse por todo mi cuerpo. No tenía mucho tiempo.
Los ladridos de Fenrir ganaron intensidad en su veloz carrera de retorno. Cuando llegó hasta a mí, el doloroso letargo que se adueñaba de mi cuerpo me hizo trastabillar hasta caer desplomada en mitad del sendero.
—Ve por ayuda, viejo amigo… no puedo… levantarme.
Mi voz también se perdía en el gradual y atenazante sopor que me invadía.
El animal me olisqueó, me regaló dos húmedos lametones, se agitó alterado y ladró de nuevo.
Palmeé su robusto cuerpo con desesperada impaciencia.
—¡Rápido, busca a Eyra!
Y el perro salió impelido y veloz hacia la aldea. Por algún motivo supe que no debía quedarme quieta. Comencé a arrastrarme penosamente con los codos, gimiendo de dolor, maldiciendo mi estupidez y jurando venganza.
Me aferré a la rabia para lograr seguir avanzando, pero mis fuerzas flaqueaban, el dolor obnubilaba mi juicio y paralizaba mis miembros.
Un gruñido con visos de grito escapó de mi garganta antes de que una opresiva extenuación me detuviera.
El dolor me fustigaba inclemente.
Atrapaba entre mis puños manojos de hierba en cada punzante acceso, arrancándola de cuajo, y entonces hundía los dedos en la tierra, crispados y agarrotados, mientras me retorcía como si me marcaran con un hierro candente.
De repente, oí unos pasos acercándose a mí. No parecían precipitados, más bien recelosos. Fuera quien fuese, estaba a su completa merced.
Sentí cómo alguien se inclinaba sobre mí. Fui incapaz de moverme, tan siquiera de emitir el más leve sonido. Jamás en toda mi vida me había sentido más atrozmente indefensa.
En la lejanía, alboroto, pisadas aceleradas y un ladrido imperante.
La cercana presencia pareció reaccionar, alejándose a la carrera. Otra punzada me apuñaló, más aguda que las anteriores; cerré con fuerza los ojos y me dejé llevar.
Cuando desperté, temblaba violentamente.
—¡Aprisa, bebe!
Me irguieron la cabeza y me obligaron a beber.
Un líquido espeso y nauseabundo bajó por mi reseca garganta, revolviéndome las tripas. Pero, si aquello resultaba repugnante, la fetidez que desprendía lagrimeaba mis ojos.
Una arcada me dobló en dos.
—¡Vamos, muchacha! —alentó agitada Eyra—. ¡Expúlsalo de tu cuerpo!
Me arqueé de un modo brusco, alguien acercó un hediondo cubo a mi boca, que olía a estiércol y a podredumbre, y vomité de forma ininterrumpida hasta que mi cuerpo se derrengó desmadejado.
—¡Sujetadla! —Oí la orden con los ojos cerrados. El tono de Eyra revelaba la gravedad de mi situación.
Me posicionaron de lado, de nuevo me acercaron el cubo lleno de inmundicia. Me escocían los ojos, y las arcadas regresaron.
Nuevamente me doblé en dos, acometida por violentas náuseas. Me sujetaron la frente mientras las arcadas me convulsionaban.
Los temblores se acentuaron, temí morderme la lengua. E igual que una insignificante muñeca de trapo, fui zarandeada por espasmos tan frenéticos que lograron arrancar de mi garganta un grito desgarrador.
—¡Maldición, hay que amputar!
—¡No! —exclamó una familiar voz grave proveniente del hombre que me sujetaba.
—¡El veneno corre raudo por sus venas; si no lo atajamos, está perdida! —sentenció Eyra. La angustia y la pesadumbre tildaban su voz.
—¡He dicho que no! —insistió la otra voz, con un marcado deje desesperado—. ¡Intentaré otra cosa, y te juro por Odín que quemaré el Valhalla si se la lleva!
Otro rostro desdibujado se inclinó sobre mí. Acercó una vara de madera a mi boca, encajándola en mi dentadura.
—Pon el filo de mi cuchillo al fuego —apremió la voz masculina.
Veía tan sólo difusas y oscuras siluetas moviéndose a mi alrededor, recortadas por el resplandor del hogar. Era incapaz de enfocar la vista, el corazón galopaba violento en mi pecho y la piel me ardía como si estuviera dentro de una fragua.
Movimiento, manos sobre mí, gritos confusos, y un restallante látigo de dolor en mi hombro.
Mis dientes quebraron el palo de madera, y de mi boca escapó un alarido estremecedor que hirió mi garganta.
—¡Sujetadla, maldita sea! —bramó aquella voz grave.
—¡Por los dioses, va a desangrarse! —murmuró la acongojada voz de otra mujer.
—Si no lo consigues —musitó Eyra—, no habrá tiempo de atajar el mal. Su brazo está azulado; si no es el veneno, el dolor la matará.
—¡No pienso dejar que muera, no de nuevo!
Poco a poco los sonidos se apagaron, el dolor se mitigó, la luz se extinguió y la paz me invadió.
Una lengua cálida paseaba por mi rostro, un aliento infernal me golpeó. Abrí los ojos y sentí la humedad del hocico de Fenrir en mi cuello sacudiéndome suavemente.
—¡Aléjate de ella, bestia inmunda! —exclamó Eyra.
Su meloso tono quitó brío a sus palabras. Acarició la cabeza del perro y lo apartó con mimo para sentarse al borde de mi camastro.
—Puedes estar agradecida, los dioses te han proveído del mejor de los guardianes. No deja que nadie se acerque a tu lado.
—Tengo… hambre.
Mi reseca garganta se laceró ante mi penoso esfuerzo por hablar.
—Es lo más natural, llevas más de tres jornadas sin ingerir más que algunas gotas de caldo. Aprovechaba tus delirios para alimentarte. No recuerdas nada, ¿verdad?
—Dolor…
La anciana asintió, su mirada se oscureció y su rictus se estiró en una mueca preocupada.
—Sufriste fiebres muy altas, temimos un fatal desenlace, pero aquí estás de nuevo. Empiezo a pensar que gozas de la inmortalidad de los dioses.
Intenté incorporarme, pero una punzada en mi hombro congeló mi gesto.
—Tienes una larga brecha en el brazo izquierdo. Albert te abrió la herida e intentó absorber con la boca la sangre emponzoñada que luego escupía en un balde. Con sumo mimo, te lavó la herida con un preparado de acedera y tomillo. Él mismo se empeñó en suturar la herida y luego te colocó unas hojas de salvia antes de vendarte el brazo, para evitar la supuración. Si todavía lo llevas pegado al cuerpo es por él.
—Quiero… agradecérselo…
Eyra negó con la cabeza, su mirada se oscureció.
—No vendrá.
Aquella tajante respuesta me golpeó. Permanecí en silencio, mirando el fuego, pensando en todo lo sucedido, intentando centrar mis pensamientos en la identidad de mi agresor para alejarlos de Albert. Sin embargo, las emociones comenzaron a aflorar en un manantial incontenible de lágrimas que resbalaban por un rostro extrañamente pétreo, como si fuera incapaz de gesticular. Quizá las lágrimas eran cuanto quedaba vivo dentro de mí, quizá mi alma seca había paralizado mi cuerpo, quizá ni siquiera estaba viva, tampoco me importaba.
—Freya, durante tus delirios… Albert oyó cómo nombrabas a Rollo… y bueno… no eran frases coherentes… también… mencionaste a Rashid… y llamaste a tu madre.
Agrandé los ojos todavía aturdida por lo que escuchaba.
—¿No… no lo nombré a él?
—Sí, muchas veces, tantas, que decidió dejarte a mi cuidado.
—No… lo… entiendo.
Eyra bajó la mirada hacia el vendaje de mi brazo y se encogió de hombros con gesto confuso.
—El corazón de Albert lleva mucho tiempo sangrando —pronunció con pesar—, tanto que está exiguo, débil y moribundo. Necesita una chispa, lo bastante esperanzadora como para hacerlo latir de nuevo.
—Mi corazón… no está mucho mejor.
—Lo sé, pequeña. —Se puso enérgicamente en pie tras dirigirme una amplia sonrisa, cogió una escudilla de la mesa y se dirigió a la marmita que humeaba sobre el fuego—. Pero ahora es tu vigor y tu movilidad lo que más me interesa, pues, si estás a merced de una araña, has de recuperar cuanto antes tus fuerzas para enfrentarte a ella, porque volverá a intentar picarte.
Colmó la escudilla de sopa y se sentó de nuevo a mi lado.
—¿Una… araña?
Asintió rotunda; su semblante adquirió una desazonadora gravedad.
—El dardo venenoso que te lanzaron iba empapado en veneno de araña —explicó—. O no querían matarte, o no pusieron la cantidad suficiente, porque el veneno de esa araña es letal.
—Eso, o los dioses se divierten con mi sufrimiento.
Eyra soltó una carcajada mostrando en ella la alegría de verme resurgir de nuevo.
—En tal caso, muchacha, ya tengo otra cosa que agradecerles.
Irguió con cuidado mi cabeza e inclinó el cuenco para que yo bebiera el contenido. Sentí el cálido y delicioso líquido revitalizar mi cuerpo, cerré los ojos y me dejé alimentar. Tras cada sorbo, Eyra me regalaba una almibarada mirada maternal. Y, entonces, reparé en algo nuevo que brillaba en ella, como lo hace el reflejo de la luna en la apacible superficie de un lago. Se sentía plena, liberada, fuerte y orgullosa; desprendía poder, confianza y amor, pero con tal fuerza que me asombró.
—¿Ha ocurrido algo más? —inquirí tras el último trago.
La sonrisa que me dirigió me contestó, caldeando al tiempo mi corazón.
—Sí, que por fin tengo un hijo. Y ahora vuelve a dormir.
Sonreí; en nuestras miradas enlazadas se prodigó tal amor, tal complicidad, tal ternura, que supe en ese preciso momento que no necesitaba de nada más para sanar, ni para luchar.
¿Cuántas picaduras más habría de sufrir?, me pregunté cerrando los ojos. ¿Cuánto más tendría que luchar para ganarme la felicidad?
No lo sabía, ni siquiera sabía si lo conseguiría, pero de lo que estaba segura era de que no cejaría en mi empeño, pues mi felicidad no era más que la de la gente que amaba, y por ellos me enfrentaría a la muerte cuantas veces fuera necesario.
CONTINUARA
