.
.
Capítulo 55
Sin escudos
A veces, cuando más negro y profundo es el abismo en el que caemos, la más ínfima y parpadeante hebra de luz es capaz de iluminar lo suficiente para que distingamos algún resquicio al que agarrarnos y podamos comenzar a ascender. Y ese fugaz destello, débil y tímido, brotó de la mirada de Albert aquella mañana.
Me topé con sus impactantes ojos celestes mientras me adiestraba con la lanza. Sola, hilando mi propia y mortífera danza, ejecutando los movimientos que Lena me había enseñado.
Me detuve exhausta, sin romper el hechizo que enlazaba nuestros ojos, sosteniendo su brillante y reveladora mirada.
Incluso a esa distancia, pues él estaba apoyado indolente en el cercado, pude sentir la escalofriante intensidad de sus sentimientos. Trémula, me encontré avanzando en su dirección con un anhelo tan grande prendido en mi semblante que Albert se envaró y retrocedió.
Sin embargo, no fue capaz de alejarse como solía hacer, y tampoco lograba romper nuestras miradas.
El amor que derramaba me caldeó tan gratamente que me descubrí estirando los labios en una sonrisa emocionada. Aquel gesto fue absorbido por él, como al que le ofrecen un odre de agua y arrastra una acuciante sed.
Aquello encadenó otra sonrisa y él pareció hechizado y tentado.
Aquella inusitada rendición me infundió el arrojo necesario para dar otro paso en su dirección.
Albert retrocedió de nuevo; pude percibir su lucha, sus dudas y sentí la imperiosa necesidad de correr a sus brazos. Quizá percibió mi desgarrador anhelo o quizá logró encontrar las fuerzas que parecían esquivarlo, pero consiguió darse la vuelta y alejarse a grandes zancadas.
Permanecí un instante inmóvil, todavía temblorosa, respirando agitada, con el corazón aleteando en mi pecho, como si una mariposa revoloteara juguetona por mi interior. Y mi sonrisa se ensanchó con la sombra de algo que comenzaba a tomar forma en mi mente.
Durante toda la mañana, fui yo la que ejecutó sus tareas cerca de donde él hacía las suyas. No importaba qué fuera, pero me encontré buscando sus miradas, absorbiendo su presencia, admirando su cuerpo y embebiéndome de su rostro. A pesar de su barba rala y tupida, su apostura resultaba subyugadora. Sus ropas de algodón se pegaban a su cuerpo, mientras cortaba leña, levantaba un vallado o cavaba una zanja, ondulando sus abultados y definidos músculos bajo la tela. Y mi deseo prendió con la virulencia de una llama, incendiando cada palmo de mi piel. Con un ansia tan dolorosa, que permanecer inmóvil resultaba casi un esfuerzo digno de un titán.
Cuando se enjugaba con el antebrazo la sudorosa frente y posaba sus penetrantes ojos sobre mí, casi podía sentir sus dedos acariciando mi piel, y aquello desgastaba mi voluntad de un modo peligroso.
El deseo, palpitante, lujurioso y sofocantemente hambriento, nos unía con una intensidad estremecedora. Tan asolador que lograba hacer retemblar sus argollas y las mías.
Un pensamiento comenzó a titilar en mi mente tomando consistencia con abrumadora rapidez ¡Mío! Era sólo mío, y yo tan suya que nuestra separación era una condena a muerte lenta y agónica. En tal caso, ¿qué diantres temíamos, si cada instante separados moríamos un poco? Y así, entre constantes miradas, y gestos contenidos, murió la última cadena que me ataba al temor. Y sin temor, sin cadenas… era un lobo furioso, hambriento y vengativo.
Tras dedicarle una última mirada, firme y segura, pero cargada de voracidad, conduje mis pasos hacia el skáli; allí estaban mis presas.
La gran estructura de madera albergaba a casi todas las almas de Hedemark, expectantes ante la inminente ordalía dirimida por su gran rey.
Se trataba de un juicio donde las gentes apelaban a la justicia divina, y regia, sobre todo tipo de casos: adulterio, desacuerdo en lindes de terrenos, injurias, robo de ganado… y casos de natural triviales, pero con curiosas resoluciones.
Dos hombres se disputaban una cabra; ambos aseguraban que era de su propiedad, cosa difícil de demostrar ante la ausencia de marcas que lo probaran. Ante casos así, el rey imponía que los enfrentados se sometieran al jernbyrd, o prueba de fuego: a ambos pleiteadores se les entregaba un hierro candente que habían de sostener con fuerza entre las manos, y el que más tardara en soltarlo se hacía con la razón; el perdedor no sólo perdería la cabra, sino todos sus bienes materiales. Una resolución desmedida dado el gran riesgo al que se exponían; no obstante, el honor en la palabra de aquellas gentes era tan valioso como la plata.
La ley vikinga era una ley rígida, sangrienta e inapelable.
Someterse a un juicio era, a menudo, enfrentarse a la tortura o a la muerte, pero, para estas gentes, el destierro y el deshonor eran la peor condena.
Los litigantes asintieron quedos, con semblante inexpresivo y mirada dura, mientras dos esclavos colocaban en las brasas dos varas de hierro.
Tras un tenso y silencioso instante, Rollo dirigió un preciso y adusto gesto a los esclavos, que de inmediato sacaron las varas con unas largas tenazas de herrero y las condujeron hacia donde aguardaban los hombres. A una señal del rey, ambos alzaron las manos y empuñaron los hierros al rojo vivo.
Pude oír cómo crepitaba la carne quemada al contacto con el acero candente. La expresión de los hombres resultaba desgarradora.
Dientes apretados, semblante distorsionado de contención y gesto de insoportable dolor. Gruñían, sudaban y temblaban, hasta que el más alto soltó el hierro con un alarido escalofriante. Ya habían dispuesto unos baldes de agua fría, y el perdedor se precipitó a meter las heridas manos en él. El ganador cayó de rodillas entre espasmos dolorosos, hombros hundidos y espalda encogida. Una mujer, que supuse la suya, emergió atropelladamente de entre los congregados, cogió el balde, se arrodillo frente a su esposo y le introdujo las temblorosas manos en el agua; el sonido me erizó la piel, y también el perturbador olor que se propagó por la sala.
Cerré los ojos y respiré hondo; cuando los abrí, la pareja se abrazaba dándose solaz.
Me topé con una inquietante mirada de Rollo sobre mí, que me desazonó sobremanera. Un nuevo gesto hacia el centro de la sala hizo que se abriera un pasillo de cuerpos, para dejar avanzar a una cabizbaja mujer llevada por dos guerreros.
Sigrid caminaba abatida y asustada, con las manos atadas en la espalda y semblante contrito.
Rollo se puso en pie y se dirigió a la acusada. Observé cómo Ragnhild se acomodaba inquieta en su trono. Me envaré temiendo lo que se avecinaba.
—Hoy, Sigrid —comenzó a declarar severo—, acudes ante mí por atentar contra la vida de una de mis skjaldmö. Es una acusación grave en extremo, y se agrava, además, por contravenir mis designios cuando se juzgó tu caso. ¿Tienes algo que decir antes de que anuncie mi sentencia?
Los claros ojos de la mujer, agrandados y llorosos, se clavaron en su gobernante con expresión suplicante.
—Juro por los dioses que no fui yo quien atentó contra vuestra… —me fulminó con una mirada rebosante de inquina—… skjaldmö, aunque la he matado en mi mente muchas veces —confesó audazmente con voz estirada.
—La amenazaste de muerte, y nadie aquí tiene más motivo que tú para ejecutar tal cobarde acto.
El rostro de Sigrid se tensó con una furia contenida; tenía los ojos enrojecidos y los labios apretado en una mueca rabiosa.
—¡No he sido yo, yo lo haría a la vista de todos, y disfrutaría de cómo se apaga su pútrida vida, no me escondería tras un árbol, ni me perdería tan esplendoroso espectáculo!
Rollo resopló, sacudió la cabeza y con gesto ofuscado se dirigió nuevamente a su sitial.
—Tu odio te ha condenado —manifestó apático—. Serás atada a un poste y fustigada con una vara hasta que quedes inconsciente; luego serás subida a lomos de un caballo que te conducirá lejos de mi reino, rumbo a un irrevocable destierro.
Un malestar general se alzó en la sala, un pesado resuello pendió insidioso sobre los congregados. Nadie aprobaba tan cruel castigo, ni siquiera yo. Movida por un temerario impulso, me adelanté, enfrentándome a Rollo. El rey clavó de forma admonitoria los ojos en mí, y su rostro se crispó temiendo mis palabras.
—Ella no es mi atacante —pronuncié con firmeza alzando considerablemente la voz.
El rey cerró un instante los ojos y respiró hondo, del todo contrariado y molesto.
—No oses cuestionar la voluntad de los dioses, ni la decisión de un rey —masculló entre dientes, oscuramente amenazador.
—Dudo que la voluntad de los dioses sea la de condenar a una inocente —repliqué con osadía—, y menos cuando esos mismos dioses ya la han golpeado bastante. Que haya recibido sus amenazas no implica que las cumpla, y más cuando soy consciente de que no es mi única enemiga aquí.
Clavé la mirada de modo intencionado en Ragnhild, que se agitó incómoda.
—Freya —musitó Rollo paciente—, tu misericordia y bondad nublan ahora mismo tu entendimiento. Por eso, y sólo por eso, voy a tolerar tu intromisión. Sal del skáli en este instante, antes de que se agote mi clemencia.
Su grisácea mirada me gritó con furibunda rotundidad que desistiera. Me mantuve firme e inmóvil, y en su expresión casi se dibujó una tirante súplica.
Era plenamente consciente de lo que suponía mi defensa, y de cómo habría de demostrarla. Podía irme, y permitir que Sigrid pagara la insidiosa maldad de su pérfida reina… pero, aunque no mereciera ni siquiera mi compasión, la tenía, pues yo había provocado la muerte de sus hijos. Sin intención de hacerlo, sí, pero era una carga que me perseguiría por toda la eternidad, unos fantasmas más que me acompañarían hasta el fin de mis días; quizá por eso la pugnante necesidad de salvarla a ella me superaba con la suficiente fuerza como para pelear por su defensa y vengar aquella injusticia.
—Estoy más que dispuesta para defenderla —sentencié ante el sorpresivo murmullo generalizado.
Rollo, lívido y angustiado, negó con la cabeza; pude ver cómo su rostro se ensombrecía preocupado. En ese momento, Ragnhild se puso en pie con una sonrisa ladina prendida en los labios y se acercó a mí.
—En tal caso, piadosa skjaldmö —comenzó a decir con voz dulce y tono calmo—, habrás de librar un holmgang, un duelo de armas; si ganas el combate, Sigrid se librará de su condena, pero, si lo pierdes, la compartirás. —Se volvió hacia su esposo y agregó sibilina— ¿No dicta eso la ley, mi buen rey?
Rollo asintió con esfuerzo. Sus labios se convirtieron en una fina línea blanquecina. Miró hacia su expectante concurrencia y, alzando la mano, llamó a su presencia a Lena.
Demudada, mi maestra asintió casi imperceptiblemente y acudió pálida a presencia de su rey.
—Mi fiel Lena, es el momento de medir tus habilidades contra tu pupila. No será un duelo a muerte —puntualizó—. La primera que ponga un pie fuera de la superficie acotada, será la vencida.
Ambas asentimos tensas. En los ojos de Lena pude leer su turbación; no podía dejarme ganar, pues sería una falta de honor que la perseguiría como un estigma, convirtiéndola en una niøingr, pero tampoco deseaba lanzarme a un aciago destino, uno al que me arriesgaba mi propia conciencia.
Aguardamos a que clavaran en el suelo una gran piel de bueyes cosida, que era sobre la que nos batiríamos, con cuatro postes terminados en calaveras, llamados tiösnur, que delimitaban el centro. La superficie de la capa era cuadrada, en cuya superficie se dibujaban tres cuadrados más pequeños concéntricos, separados pocos pies unos de otros. Finalmente, la afianzaron con otros cuatro postes, llamados höslur, en las esquinas exteriores.
Preparado el terreno, nos entregaron a ambas dos escudos circulares de colores llamativos, ya que no sería un duelo mortal.
Tomé el mío, Lena el suyo y nos dispusimos en el centro de la piel de buey sopesando nuestras miradas. Me incliné ligeramente, abriéndome de piernas para apuntalar mi equilibrio y prepararme para el ataque. Debía expulsar a Lena del manto a como diera lugar.
Le dirigí una mirada tenaz y fiera, y choqué de forma estrepitosa mi escudo con el suyo.
Al eco hueco y seco que las maderas tachonadas producían en cada impacto se unió el de los aldeanos jaleándonos.
Frené una atroz embestida de Lena; nuestros rostros estaban tan cerca que no vi venir su puño contra mi rostro. Mi cabeza giró con vehemencia y trastabillé hacia atrás por el impulso, pero, de inmediato, frené el retroceso apuntalando hacia atrás una pierna. En los glaciales ojos de mi adversaria pude leer con somera claridad sus recordatorios en cuanto a mi enseñanza. Aquel puñetazo a traición puso en mi mente sus sabias advertencias: usa cuanto tengas a mano, sorprende a tu enemigo y lo vencerás. Aquélla era su forma de ayudarme, de igualar el combate.
A pesar del dolor en mi mandíbula, la miré con agradecimiento; ella asintió con una velada sonrisa.
Al instante, nos enzarzamos en un nuevo pulso, escudo contra escudo. Esquivé un nuevo puñetazo, giré medio cuerpo, me agaché rauda y lancé con fuerza el canto de mi escudo contra su costado derecho. Oí un gemido sordo y una imprecación mascullada entre dientes, pero su sonrisa permanecía, esta vez con un matiz orgulloso.
Giramos en círculos, escudos en guardia, miradas sesgadas, alertas, trazando el próximo movimiento.
Fue Lena quien sagazmente emuló un ataque frontal, para conseguir que adelantara mi escudo; aquel amago provocó lo que ella buscaba, que me centrara en aquel engañoso movimiento. Veloz como un rayo, se lanzó de costado al suelo, atrapó mis tobillos con los suyos, giró sobre sí misma y me tiró con ella sobre la piel de buey. En la caída mi escudo salió rodando fuera del manto.
Lena me soltó y se puso en pie enarbolando su escudo. Me había desarmado, con lo que mis movimientos se reducían a una mera defensa. Sin embargo, mi inferioridad de condiciones podía convertirse en mi arma. Ella se confiaría y yo podría aprovechar sus ataques y tanteos para hacerme con la victoria. En mi mente se perfiló al detalle cada paso a seguir.
Esquivé sus ataques, rodeándola una y otra vez, agachándome y ladeándome ante cada carga. Sabía que ella estudiaba con detenimiento mi rostro para anticiparse a cualquier ataque. Por ello, procuré simular una expresión confusa y mantuve unos instantes mis huidizos movimientos, limitándome a evitar cada arremetida. Quizá por eso, no esperaba que repentinamente me abrazara a su escudo y empujara con todas mis fuerzas. Mi empuje la obligó a emplear toda su fuerza; se ancló estirando una pierna atrás, giró la cabeza para avistar lo cerca que estaba del borde y, cuando me miró de nuevo, alcé un puño y golpeé con el dorso su nariz.
Aquello la enfureció; sonreí para mis adentros, caía en mi trampa.
Redobló sus fuerzas con brioso ahínco y consiguió hacerme retroceder; aquel avance la envalentonó. Su fuerza física era sin duda mayor que la mía, así que con un simple escudo separando nuestros cuerpos comenzó a arrastrarme hacia el borde, con los dientes apretados, gruñendo por el esfuerzo, la nariz sangrante y mirada obcecada.
Opuse toda mi resistencia para conseguir que ella se empleara a fondo y, cuando atisbé de soslayo la calavera que culminaba uno de los postes que demarcaban la esquina exterior del manto, apreté los dientes y empujé con todas mis fuerzas, retándola con la mirada. Ella agachó la cabeza y casi volcó todo su cuerpo sobre el escudo y, por ende, sobre mí, convencida de su victoria. En ese preciso momento, solté su escudo y salté a un lado. Sin punto de apoyo, Lena se impelió abruptamente hacia delante, cayendo de forma aparatosa fuera del manto.
La victoria era mía, y el silencio fue mi premio. Un silencio plagado de asombro, indeciso y tenso.
Rollo sonreía admirado, maravillado y claramente aliviado. Cuando se puso en pie, un murmullo extendido recorrió de nuevo la sala.
—Bien; según la ley —se dirigió taimado a Ragnhild, impávida, aunque el brillo de sus ojos delató la magnitud de su indignación—, Sigrid se libra de su condena, y asombrosamente de manos inesperadas. Gracias a Freya, mujer —posó su adusta mirada en la condenada—, tienes una vida que agradecer.
La aludida prefirió ser astuta y no pronunciarse, al menos con palabras, pues la mirada que me dirigió dejó bien clara su postura respecto a mí: antes dejaría que los cuervos devoraran sus ojos que agradecerme nada.
Uno de los guerreros cortó la soga que ataba sus muñecas, y ella se volvió con vehemencia, ondeando su larga y lacia melena dorada. Con gesto brusco y ofendido, abandonó la sala con la cabeza erguida y porte altivo.
La mirada de Rollo se posó en un punto justo detrás de mí, oscureciéndose con nubes de tormenta y rayos fulminantes.
Me volví para encontrar la mirada de Albert, y su gesto torvo. Había tal amenaza en su expresión, tan abierta e insidiosa advertencia contra su propio rey, que fue como si una soga tensa y áspera uniera a ambos hombres hacia un funesto destino. Se sostuvieron la mirada un largo instante, en el que dejaron rezumar cuanto sentían.
Diferentes emociones con un punto en común… el odio.
CONTINUARA
