.
.
Capítulo 56
Tras los plateados hilos
A pesar de no necesitar pruebas sobre la autoría de mi atacante, me ofrecí a preparar el caldo que acostumbraba a tomar Ragnhild en su dagverdr. Solía ser muy precisa en sus indicaciones acerca de su primera comida del día, y sabía lo escrupulosa que era con su preparación. Por eso, procuré prepararla fuera de su vista, para no alertarla. La esclava que se ocupaba de tal menester se extrañó de mi insistencia, mas conseguí convencerla diciéndole que pretendía ganarme sus favores.
Sonreía mientras giraba el cucharón en la marmita, revolviendo suavemente su contenido. Era una sencilla receta de leche cuajada, excepto por un ingrediente en particular que le conferiría un amargor intencionado, los tallos comestibles de algunos cardos.
Cuando lo serví humeante en una escudilla de madera y se lo entregué a la esclava que solía servírselo, mi sonrisa se amplió.
Me alejé tras una columna cercana y la observé sentada a la mesa tomando el cuenco entre las manos y llevándoselo a la boca.
Ante el primer sorbo, su ceño se arrugó con extrañeza. Bebió de nuevo y su ceño se acentuó. Llamó furiosa a su esclava para que le rindiera cuentas, y entonces emergí de mi escondite, tras rebuscar en mi zurrón el pequeño hongo blanco que había cogido de la cabaña de Eyra.
Llegué justo cuando regañaba a voz en grito a la esclava que la miraba asustada y cogitabunda.
—¿Puedo ayudaros en algo? —pregunté en tono inocente.
Ragnhild clavó sus cerúleos ojos en mí con aguda frialdad.
—Esto no te incumbe —murmuró molesta.
La esclava me observó suplicante, aunque no se atrevió a replicar su inocencia.
—Me temo que sí, mi reina. Fui yo quien preparó vuestro dagverdr.
La expresión de pavor de Ragnhild fue tan evidente que tuve que estrangular una sonrisa de puro placer.
—Puedes regresar a tus quehaceres —aconsejé a la esclava, que contemplaba aturdida a su lívida señora.
Obediente, se alejó a buen paso.
Entonces, saqué mi mano del zurrón mostrando la seta, la misma que había provocado la muerte al bebé, y Ragnhild abrió la boca demudada y estupefacta.
El terror tiñó sus facciones, se puso en pie temblorosa y con mirada vacua contempló el cuenco.
—¡Maldita! —bramó, dándome la prueba que no necesitaba.
Con gesto crispado, trastabillante y dominada por el pánico, se metió los dedos en la garganta, profundamente, para provocar el vómito. Y allí, ante mí, y ante el asombro de sus súbditos, se convulsionó entre arcadas expulsando de su cuerpo el denso líquido ingerido.
Tosió y se abalanzó sobre la jarra de agua, bebiendo con desespero, mientras gritaba entre sorbos que había intentado matarla. Tan afectada y concienciada estaba de que el veneno recorría su cuerpo, que se dobló en dos, dando espeluznantes alaridos.
Acudieron Thorleif Spake el Sabio y el gran Orn Oso Pardo, espadas en mano, y me miraron confundidos, ante el brazo acusador de su señora señalándome.
Cuando apareció Rollo, se aprestó hacia ella y la cogió de los hombros con suavidad.
—¡Por Loki!, ¿qué te sucede?, ¿es el niño?
Ragnhild temblaba y sollozaba al tiempo, sin dejar de acariciar protectora su redondeado vientre con una mano y señalarme acusadora con la otra.
—Ha… ha intentado matarme.
Entonces me adelanté hacia ella con semblante grave.
—¿Por qué pensáis tal barbaridad de mí?
—¡Has envenenado mi comida, perra! —me acusó furibunda.
Rollo la sujetó con fuerza cuando hizo ademán de abalanzarse sobre mí.
—Eso no es cierto —me defendí—, pues, si así fuera, no sería tan ilusa de hacer esto.
Tomé la escudilla de su dagverdr y la bebí hasta vaciarla. Ragnhild me miró como si hubiera perdido el juicio.
—Algo amargo, quizá me excedí con el cardo —concedí con sorna—, pero no creo que mate a nadie.
Miré intencionadamente a Ragnhild, que me contemplaba atónita.
—¡Por los dioses!, ¿tanto alboroto por un caldo amargo?
Rollo miró a su reina con disgustada reprobación, sacudió la cabeza resoplando paciente y volvió a su rincón seguido de sus hombres.
Me acerqué a la trémula y pálida reina con una sonrisa malévola prendida en los labios.
—Esto sólo ha sido un aviso —le susurré amenazante—. A partir de ahora, no podréis comer tranquila, ni beber, ni pasear, ni respirar… mientras yo ande cerca. No pararé hasta que todos sepan lo que hicisteis.
—Nadie te creerá —espetó sin mucha convicción.
Sonreí fríamente y negué con la cabeza.
—No me importa, porque no pararé hasta que paguéis lo que hicisteis.
Y acto seguido, me alejé de ella, triunfal y complacida.
El lobo iría tras los plateados hilos de su telaraña, desgarrando hasta la última sedosa y pegajosa hebra, hasta conseguir que la araña cayera en sus fauces.
—Estoy orgullosa de ti, muchacha, casi tanto como lo está Albert.
Miré de soslayo a Eyra, mientras giraba la palanca del molino de piedra que molía los granos de cebada. Los mezclaba con suero de leche y frutos secos endulzados con miel, para confeccionar el pan que consumiríamos en el nattverdr, la última comida de la jornada.
—Creí que habías desistido de abrirme los ojos.
Eyra trabajaba la blanda y moldeable masa de pan con las manos; no me miró, pero intuí una sonrisa aviesa emergiendo de sus labios.
—Y lo he hecho —aseguró indiferente— que lo mencione no significa que hayamos hablado de ti, pero vi su expresión cuando venciste a Lena en el holmgang.
—Y lo nombras para…
Esta vez sí sonrió abiertamente, se retiró con el antebrazo un mechón pegado a su mejilla y chasqueó la lengua.
—Es mi hijo —respondió sardónica—, me gusta nombrarlo.
Esta vez fui yo la que mostró una amplia sonrisa.
—Te diré algo, mi buena Eyra: lo nombres o no, siempre está presente en mis pensamientos, y dudo que se sienta orgulloso de alguien a quien recrimina tantas cosas. Pero me esforzaré para que lo esté.
Palmeó de forma vigorosa la torta de masa para aplanarla y la lanzó a una plancha circular de acero sobre las brasas.
Un delicioso efluvio dulzón aguijoneó mi vientre; estaba famélica, aunque sorprendentemente plena de energía.
De pronto, se detuvo y me contempló fascinada.
—¡Repite eso! —rogó cogiéndome por los hombros.
—Voy a luchar, Eyra, por él, por mí.
Los agrandados ojos de la anciana se humedecieron, sus facciones titilaron emocionadas y sus labios se arquearon temblorosos. Me cogió por los hombros con la expresión más agradecida que jamás le había visto y, con mirada afectada, murmuró:
—¡Por Balder, ya puedo morir en paz!
Y me estrechó entre sus brazos, con una calidez sobrecogedora, con un cariño tan desmedido y sincero que sentí cómo mis heridas se suavizaban y mi dolor se opacaba.
Un olor a quemado la envaró y me soltó en el acto.
—¡Maldición, el pan!
Se afanó por sacar las ennegrecidas tortas de la plancha, y se las lanzó a Fenrir, que las cazó en el aire.
—Ese perro se comería hasta una bota vieja.
—Creo que lo he visto hacerlo.
Eyra soltó una carcajada, y de nuevo preparó masa.
—Hacía tiempo que mi corazón no latía tan ligero —admitió entusiasmada.
—No claves tu estandarte antes de que conquistemos el reino —advertí girando trabajosamente la rueda del molino.
—Ese reino siempre fue tuyo, muchacha, y si Sigrid logró usurparlo fue sólo gracias a las hierbas que enturbiaron su juicio.
La muerte de su hijo no nacido era prueba evidente de que había yacido con Albert ese tiempo atrás. Y que mi presencia hubiera acabado con los dos hijos de Albert era el clavo más ardiente que horadaba mi pecho, e imaginaba que el suyo.
—Puedo leer tus pensamientos, Freya. Y al igual que no sabemos si el pobre Ottar era hijo de Albert, con respecto al que se malogró, guardo el mismo recelo.
—De igual modo, eran criaturas inocentes, caídas ante la maldad de una reina.
—Por lo que pude presenciar esta mañana, no hay duda alguna. Pero ¿no te parece un método demasiado enrevesado para acabar contigo?
—Sospechosamente enrevesado, sí —coincidí pensativa— intuyo que hay algo más, y percibo que ese algo es lo que necesito para acabar con ella.
—Difícil tarea acabar con una reina —recordó con mirada grave.
—¿Acaso hay algo fácil en mi vida?
Negó con la cabeza mientras disponía de nuevo otra tanda de tortas de pan.
—Ni en la mía —recordó—. Por eso valoramos más cada logro, por pequeño que sea.
Nos miramos cómplices y sonreímos en silencio, sumidas en nuestros pensamientos.
Tras otras dos tandas, Eyra se detuvo y me contempló con semblante iluminado.
—Creo que sé de alguien que puede darnos respuestas.
—¿Quién?
—Tengo entendido que Inga la Roja está muy cerca de Sigrid; no sé si será su confidente, pero es posible que logremos obtener información que nos sea útil.
La miré algo confusa y me encogí de hombros.
—Ya no importa si el hijo que perdió Sigrid también era de Albert —contravine.
—No se trata de eso —replicó Eyra—. Pienso que, si nuestra joven e infame reina ha entrometido en su plan a Sigrid, es por algo. Todo me lleva a pensar que Ragnhild quiso acabar con las dos, no sólo contigo.
Aquella conjetura me sobrecogió, abriendo ante mí perturbadoras teorías.
—Pero ¿por qué querría Ragnhild acabar con Sigrid?
—Es lo que tenemos que descubrir —respondió cavilosa—. Eso y quién la está ayudando. De momento, has de cuidarte mucho: si antes era tu enemiga, ahora que la has acorralado resultará temible.
—Lo sé —asentí—. Tengo que actuar con premura; la única manera de desarmarla es romper la telaraña que ha creado a mi alrededor.
—No —opuso Eyra—. La única manera de desarmarla es acabando con ella. No se detendrá con tela o sin ella.
A mi mente acudió otra conversación similar, y un escalofrío me recorrió, erizándome la piel.
Casi podía sentir cómo una soga áspera y pesada se cernía lentamente en torno a mi cuello, una sensación conocida, pero no por ello asimilada.
Por algún extraño y cruel designio providencial, el peligro era una constante en mi vida, y la muerte, una cercana, tenaz y paciente compañera. Ya había mirado de frente su rostro, sus garras ya me habían estrechado y su viscoso y gélido aliento, acariciado; por lo tanto, me encontraba en situación de compararla con los dolorosos zarpazos que daba la vida. No, la muerte no era peor que la más infame de las vidas, en muchos casos era un alivio, un escape, incluso el solaz de un alma atribulada. Por fortuna, yo ya no buscaba alivio, ni un escape, ni tan siquiera solaz… yo ambicionaba mucho más.
Ambicionaba la felicidad, la plenitud, la seguridad y la libertad, y lucharía con uñas y dientes por conseguirlas. O todo o nada, ése siempre fue mi destino. No quería migajas, ni restos descoloridos de felices recuerdos, ni ensoñaciones que, evocadas, pintaran nostálgicas sonrisas en mis labios, ni suspirar mi frustración, ni contagiar mi tristeza. No, me merecía una vida completa, una vida de verdad, y esa vida… estaba aquí.
El lobo de mi interior, moldeado por los dolientes avatares de la vida, cubierto de viejas y rugosas cicatrices y heridas tiernas y sangrantes, mostraba los colmillos. Rabioso y receloso, estaba más que preparado para cobrarse pieza a pieza la venganza que ansiaba, retando a mis enemigos, a los dioses y al destino. Ahora, sin miedo… por fin era libre.
—Tengo a alguien que vigila cada movimiento de Ragnhild —anunció la anciana—. No tenemos tiempo que perder, Freya, siento que una gran tragedia se cierne sobre nosotros.
Su mirada se oscureció y sus rasgos se tensaron con evocaciones tortuosas, sus hombros se hundieron y un largo y pesado suspiro manó de su boca, como si aquella exhalación pudiera aligerar la carga que llevaba consigo.
—¿Has leído las runas? —inquirí con visible preocupación.
—No —respondió abatida—. Temo mirar en ellas de nuevo.
Ahondé en su mirada, escrutando en ella.
—¿Entonces?
—Freya, he soñado con sangre y dolor. Son imágenes confusas, tan veloces que apenas puedo dilucidar más que horror y barbarie. Cuando eso pasa, me despierto agitada y casi sin respiración. Sé que son una señal de peligro, una advertencia. Mi intuición me grita que huyamos de aquí.
—Quizá debamos hacerlo —musité inquieta.
—Albert se convertiría en un proscrito, sería perseguido por todos los confines de cualquier reino. Sobre la cabeza de todo traidor pesa una recompensa; sería capturado y ajusticiado en el acto. Respecto a ti, dudo que Rollo te deje marchar, como sé que te buscaría hasta quedar saciado de ti, si acaso eso es posible. No, Freya; para poder huir, ambos tenéis que cortar vuestras cadenas.
Permanecí pensativa un instante. Sí, yo también lo sentía, cerca, escalofriantemente cerca, un peligro que iba creciendo alimentado por las intrigas, los odios y las venganzas.
—Es curioso —mascullé meditativa—, pero nuestras cadenas tienen el mismo nombre.
—Un cuervo os apresa a ambos —concedió la anciana—. No obstante, sólo podéis aplastarlo durante la confusión de una batalla. La conquista a Jutlandia, y la batalla que librará contra el rey Horik, será vuestra única oportunidad. En cuanto a la araña, nos haremos cargo de ella antes de que vuelva a picarnos.
Asentí, mientras amontonaba las tortas de pan en una gran bandeja circular.
—Creo que es el momento de reavivar mis lazos de amistad con la gran Inga —repuse cogiendo la bandeja con las manos.
—¿Y cómo piensas derribar las barreras de Albert?
Eyra me acompañó hacia la alargada mesa frente al hogar, donde se apiñaban diversas fuentes con todo tipo de alimentos.
—Tentándolo, mostrándole que es inútil alejarse, que nada importa, nada, excepto nosotros.
Eyra sonrió complacida, oprimió mi hombro en señal de aprobación y se alejó hasta una de las mesas del rincón, la que solían ocupar Albert y sus guerreros.
Y allí estaba él, regalándome una mirada fría y distante. Cogí una de las obleas de pan y la mordí voraz sin dejar de sostener su mirada. Entrecerré los ojos y lo observé provocadora, sonreí ladina mientras relamía mis labios sin ocultar lo que en verdad deseaba devorar.
Mi sonrisa se ensanchó seductora cuando me apercibí de cómo tragaba con dificultad y su mirada se enturbiaba.
Mío, me dije orgullosa, y por los dioses que lo tomaría como tal.
Derramé mi mirada por todo el skáli buscando a la gran Inga la Roja; no fue difícil encontrarla. Apilaba troncos en un rincón, de rodillas, conformando una pila piramidal. Me aproximé a ella con aire distraído.
—¿Puedo ayudarte, Inga?
La rubicunda y oronda mujer me miró de soslayo y resopló tras asentir.
—Me duele la espalda como si el carro de Odín traqueteara por ella —manifestó ceñuda, frotándose la parte baja de su espinazo.
—Tengo un pote con un emplaste que aliviaría tu dolor.
Me miró con gratitud mientras se ponía en pie con sumo cuidado.
—Te agradecería eternamente que me lo trajeras, Freya —replicó haciendo muescas quejumbrosas— este dolor me está matando.
—Mejor vamos a mi cabaña —sugerí—, es un emplasto que requiere de un largo masaje.
No me pasó inadvertido el brillo receloso en su mirada. Sonreí con gesto inocente y enlacé mi brazo con el suyo.
—Vamos, Inga, deja que mande el carro de Odín a donde debe estar, al Valhalla.
Una carcajada la sacudió agitando toda su corpulencia. Su melena roja como las ascuas se meció en la gruesa trenza que la sujetaba; varias guedejas sueltas se pegaban a sus rollizas mejillas.
—De acuerdo, te dejaré intentarlo.
Y, así, abandonamos el skáli y nos dirigimos a mi cabaña.
Mientras la mujer se desvestía y se tumbaba trabajosamente entre gruñidos dolorosos boca abajo sobre la mesa, rebusqué entre las vasijas donde Eyra guardaba sus remedios. Tomé de un pote una buena porción de grasa de pato y resina de alcanfor, en el que Eyra había macerado manzanilla y corteza molida de sauce blanco, y lo froté contra mis palmas para entibiarlo.
Cuando puse las manos en la espalda de Inga, la mujer se envaró.
—Estás muy tensa, Inga; has de relajarte y dejar tu cuerpo blando e inmóvil para que lo trabaje.
Obtuve un gruñido y una sacudida de cabeza como respuesta.
Comencé a pasar las manos por su pálida piel, estirándola en círculos, y trabajándola con los pulgares; un agudo aroma a alcanfor, penetrante y acre, comenzó a aflorar, liberado por el calor de mis manos.
—Por Odín, tienes manos de diosa —masculló aliviada.
Alentada, continué los movimientos. Las yemas de mis dedos tantearon una ligera elevación, que, ante el envaramiento de la mujer, supe que era la raíz del problema.
—Tendré que incidir en este montículo para que penetre bien el preparado —advertí—. Te dolerá, pero tienes que resistir.
Tomé su silencio como una aceptación, y me dispuse a presionar y a estirar la protuberancia; aquel nudo de músculos constreñidos eran la fuente del malestar.
Pude sentir la contención de Inga ante el dolor que debían de provocarle la presión de mis dedos, pero continué masajeando con vigor; el calor favorecía la absorción del mejunje.
—Ahora es el cruel Loki el que gobierna tus manos —se quejó entre dientes.
—Es necesario, Inga, pero sentirás la mejoría al momento. Podemos conversar para distraerte del dolor; pasará enseguida, ya lo verás.
—Eso espero, porque ahora es Thor el que me está golpeando con su martillo —gruñó quejicosa.
Sus puños se crisparon aferrados al tablero de la mesa.
—¿Sabes qué ha sido de Sigrid? No imaginas cómo lamento todo lo que pasó.
—No, no lo imagino —afirmó la mujer—. Como tampoco imagino por qué te batiste por su inocencia. Ella es tu enemiga.
Aquella abrupta sinceridad detuvo mis movimientos.
—¡Por Odín, un respiro! —exclamó aliviada.
—Es mi enemiga porque ella lo decidió así —repliqué retomando el masaje—. Pero eso no quita que sienta compasión por ella después de tan trágicas pérdidas.
Tras un tenso silencio en el que mis dedos amasaban su carne como si la untara de manteca un cerdo, la mujer habló de nuevo.
—Los dioses castigaron su ambición, es todo. Intento ayudarla a sobrellevarlo, intento que su odio se diluya, pero dudo que lo consiga. Si me hubiera hecho caso y no hubiera acudido a pedir el favor del rey…
—¿Qué favor?
—Que le entregara a Albert a su cuidado; a cambio, ella continuaría dándole el remedio que nublaba su juicio. Solía venir a menudo a Hedemark para que el rey la proveyera del brebaje.
—Creía que mandaban a Agder a un hombre para tal fin.
—Comenzaron a enviarlo al poco de tu regreso, cuando Albert volvió con sus hombres, entregándole al rey a Ragnhild y a su hermano —aseveró—. Entonces fue cuando el rey le prohibió a Sigrid que volviera a visitarlo.
Aquella información sembró inquietantes cuestiones en mi mente. Pero la que más me perturbó fue el nuevo cariz que tomaba el papel de Sigrid hasta el momento. Una sospecha comenzó a surgir con sobrecogedora consistencia, como el resplandor difuso de un candil en la más negra oscuridad, abriendo en una bruma cerrada un reducido cerco luminiscente que se agrandaba con cada pensamiento.
—¿Y cómo le sentó a Sigrid esa prohibición?
—Mal, se sintió relegada, creo.
Ciertamente no terminé de entender su ofuscación, pues se evitaba tener que viajar tan a menudo.
Deslicé las palmas de las manos en pequeños círculos, con suavidad; la piel había absorbido todo el ungüento. Cogí un balde, vertí sobre él una buena cantidad de arcilla roja seca, que Eyra almacenaba en pequeños sacos de sarga, y añadí con tiento un buen chorro de agua, mezclándolo todo con la otra mano, buscando la adecuada consistencia.
Con la arcilla húmeda y untuosa, extendí un buen puñado en la afectada parte baja de la espalda de Inga y coloqué sobre ella un trozo de lino limpio, presionando ligeramente.
—Habrás de quedarte un rato tumbada para que el emplaste surta el efecto deseado —informé mientras me lavaba las manos en un balde de agua limpia—. No te muevas, ¿de acuerdo?
—¿Adónde vas?
«A convertir a una enemiga en una aliada», contesté para mis adentros.
—Acabo de recordar que he dejado un encargo a medias. Eyra vendrá y te limpiará.
CONTINUARA
