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Capítulo 57
Un insecto atrapado por el odio
Esta vez no correría peligros innecesarios. Pedí a Hiram y a Sigurd que me acompañaran a Agder. Necesitaba enfrentarme a Sigrid para confirmar de alguna manera mis conjeturas, antes de aventurarme a trazar ningún plan.
Anochecía; los desvaídos haces de un sol adormecido y lánguido recortaban el horizonte, poblándolo de siluetas oscuras con formas de árboles, colinas y peñascos, y tiñendo de pulido bronce la línea que separaba el cielo de la tierra.
Cabalgábamos al galope, por terreno agreste, cubiertos por nuestras capas, casi tendidos sobre la cruz de nuestras monturas para sortear el ramaje bajo y traicionero que no lográbamos divisar tan a la carrera, y para acelerar la marcha con vehementes y abruptas sacudidas de riendas.
Nadie debía reparar en mi ausencia, por lo que habría de regresar cuando acabasen de tomar el nattverdr.
Llegamos a la aldea justo cuando la noche nos estrechaba en su gélido abrazo. La oscuridad pincelaba de un oscuro azul cada palmo de terreno y el resplandor lunar agrisaba las caras expuestas a aquel astro. La pátina nacarada perfilaba con nitidez las apiñadas cabañas, de las que emergían ondeantes volutas de humo, como si fuera el resuello de pequeños dragones durmientes.
Avanzar hacia la cabaña de Sigrid provocó en mí toda una oleada de cruentos recuerdos que me flagelaron implacables. Casi me pareció oír el desgarrado llanto de un bebé, y ver cómo la sangre formaba un charco alrededor de la mujer. Me sobrecogí y me abracé a mí misma, cerrando más la capa sobre mi pecho.
Desmontamos y atamos los caballos al poste.
—Entraré sola —anuncié con firmeza.
Hiram me contempló con gravedad, pero se limitó a asentir.
La puerta estaba enmarcada por un delgado hilo dorado, que refulgiría del hogar. Pensé en golpearla, anunciando mi llegada, pero finalmente opté por entrar sin más. Abrí despacio y atisbé el interior.
Una mujer sentada en el suelo frente a la lumbre del hogar se balanceaba abrazada a sí misma, tarareando una nana.
Cerré los ojos un instante y respiré profundamente. Aquella imagen me abrumó.
Entré y cerré la puerta a mi espalda. Alertada por los quejumbrosos goznes, Sigrid se volvió hacia mí con mirada anonadada.
—Sólo he venido para hablar contigo, me marcharé cuando lo haga y no volveré a molestarte jamás.
La mujer se refregó el rostro de forma burda con las palmas de las manos, se frotó los ojos y me miró de nuevo, comprobando que no era una aparición.
—¿Cómo puedes tener la osadía de entrar en esta casa, perra?
Comenzó a levantarse con gesto iracundo. Tenía los ojos inyectados en sangre, y el rostro macilento.
—Escúchame, Sigrid —me apresuré a replicar—. No fui yo quien mató a tu pequeño, tan sólo fui una herramienta, me engañaron.
—¡Sal de mi cabaña! —amenazó silbante.
—Lo haré cuando me digas lo que necesito saber.
La mujer cogió la vara de hierro con que removía las brasas y la alzó hacia mí.
—Si piensas que porque me hayas salvado del destierro voy a perdonarte…
Desenvainé mi acero y lo encaré hacia ella para defenderme de un inminente ataque.
—No busco tu perdón, Sigrid; en todo caso, habrías de ser tú la que buscase el mío si hubiera algo de bondad en tu corazón.
—¿Encima he de perdonarte por haberme arrebatado los seres que más amaba?
—Te repito que fui vilmente engañada, que mi única intención fue salvarlo. Vuelcas tu odio en la persona equivocada.
—¿Tampoco tienes la culpa de haber arrancado a Albert de mi lado? —siseó furiosa.
—Tampoco, Albert nunca fue tuyo.
Esta vez, la mujer dibujó una sonrisa perversamente satisfecha que me heló la sangre.
—Oh, sí, Albert fue mío; lo tomaba cada noche, no imaginas el placer que encontraba entre mis piernas.
—¡Te aprovechaste de su mente envenenada! —le increpé apuntándola con mi espada—. Nada más; no agotes mi paciencia, Sigrid. Y ahora atiende bien mis palabras. Creo que tu vida y la mía corren serio peligro.
Sigrid entrecerró suspicaz los ojos, pero bajó el brazo que sostenía la vara de hierro, retrocediendo prudente.
—Fuiste amante del rey, ¿no es así?
Agrandó los ojos y entreabrió los labios con asombro; su semblante se tiñó de temor, y en aquel gesto obtuve mi respuesta.
—¿De dónde has sacado esa burda patraña? —inquirió en tono titubeante.
—Del mismo rey —mentí sin mutar mi hierática expresión.
Su mirada me escrutó con recelo, pero su porte tenso se abatió sin remedio, vacilante entre dos emociones. Tras un largo instante, posó sus afligidos ojos en la lumbre; las llamas bailaron en ellos, mientras los recuerdos y el dolor abotargaban su rostro.
—Él también me relegó de su lecho cuando llegaste tú —reconoció en apenas un quebrado hilo de voz.
—No —negué a pesar de no tener ninguna convicción al respecto—. Fue la llegada de su reina. Y fue ésta quien descubrió que tu hijo era un posible heredero a la corona.
Esta vez me miró con el rostro grotescamente desdibujado por una expresión horrorizada. El amargor oscureció su mirada y la cólera frunció sus pálidos labios.
Mis conjeturas eran ciertas y aquella certeza reavivaba con más vigor el resplandor que emanaba de tan cruenta verdad. Ragnhild despejaba a su propio hijo el camino de bastardos que pudieran usurpar su lugar. Sin embargo, algo no encajaba. El acabar con la vida del pequeño Ottar no garantizaba que Sigrid perdiera al hijo que llevaba en su vientre, como así había ocurrido para ventura de la reina…
Entonces, un fogonazo iluminó mi mente, como el violento impacto de un rayo resquebrajando el tronco de un árbol. Mi rostro mudó mientras absorbía aquel conocimiento.
—¡Que Loki arranque el hijo que alberga su vientre! —siseó Sigrid entre dientes. El odio desdibujó sus facciones y casi pude oír cómo crepitaba en ella—. Porque, si no lo hace Loki… lo haré yo.
—¿Tus dos hijos… eran de Rollo?
Gruesas lágrimas resbalaron de sus ojos zigzagueando por sus lívidas mejillas. Cayó de rodillas mientras soltaba la vara de hierro para cubrirse el rostro con ambas manos y sollozar abiertamente.
Envainé la espada y me acerqué a ella.
—Sigrid.
La mujer negó con la cabeza; sus hombros se sacudían, al tiempo que derramaba su aflicción frente al fuego. Me compadecí de ella lo suficiente como para atreverme a arrodillarme a su lado y posar la mano en su hombro.
—Mi… mi madre me llevó a la corte, cuando Albert sucumbió a tus encantos —susurró entre sollozos—. Era… una mujer muy ambiciosa, así que logró una audiencia y me entregó como ofrenda para conseguir su favor, que no era otro que advertir al rey contra Albert. Por eso, Ulf y Eliza, con soldados del rey, masacraron Skiringssal poco tiempo después. En realidad, también pretendía que el rey se encandilara de mí, pero se limitó a tomarme durante unos días hasta que partió hacia Hedemark. Cuando… cuando descubrí que esperaba un hijo, mi madre decidió utilizarlo para atrapar a Alberr.
Intenté asimilar aquel torrente de información que quemaba mis entrañas como lava ardiente. Asdis, la cruel y sibilina madre de Sigrid, siempre había manejado los hilos en mi desgracia y, a pesar de haber perecido en su propia trampa, su ruindad seguía persiguiendo a sus descendientes.
No hizo falta que alentara a Sigrid para que continuara descargando su tormento. Entre sollozos e hipidos, el dolor de la mujer flotó en la estancia como la bruma que precede al amanecer, densa y pesada.
—Cuando a los supervivientes nos llevaron a Agder, bajo la tutela del rey, me vi desamparada y sola con un hijo recién nacido. Entonces acudí a él buscando su protección, pero sin desvelar que era el padre, pues temía su reacción. Fue cuando me contó su plan de convertir a Albert en su mejor berseker, y lo entregó a mi cargo para que mi hijo tuviera un padre. Pagué ese favor con mi cuerpo hasta que se sació de nuevo y me prohibió acercarme a él… Pero, una vez más, me abandonó con su semilla en mi vientre.
Cerré los ojos. Cuán alto pago conllevaba la ambición, pensé mientras en mí se liberaba ya no odio, sino compasión por tan pobres almas. Suspiré pesadamente y me obligué a arrancar toda la verdad.
—Dejaste que pensara que tu hijo era de Ulf cuando me encaré contigo.
—Ulf no podía tener hijos —afirmó perdida en su memoria—. Lo castraron de muchacho. Cuando fue esclavo de un clan rival, le arrancaron los testículos, pero podía yacer con una mujer, tenía… sus mañas.
Me estremecí. En el momento en que Sigrid logró alzar la mirada, volvió a fijarla en el fuego.
Sumida en aquella época, los recuerdos parecieron sepultarla como si una opresiva losa la empujara a las profundidades de su particular averno. Creí ver un deje arrepentido en su semblante.
—¿A quién le confesaste la paternidad de tus hijos?
Suspiró; sus llorosos ojos se cerraron un instante antes de responder.
—Quise deshacerme del hijo que gestaba mi vientre —confesó con amargura—. Albert recobraba el juicio día a día, podía ver cómo su mirada se aclaraba y su mente despertaba. No entendía por qué el brebaje había dejado de funcionar, pero el hecho es que Albert no tardaría en abandonarme, a pesar de todos mis esfuerzos. —Dirigió la vista a un punto en particular. Seguí su mirada y me topé con una extraña maraña de cabello rubios pendiendo de un gancho. Aquello me desconcertó—. Entonces, acudí al Oráculo para que arrancara al bebé de mis entrañas.
—¿El Oráculo?
—Conoce el poder de las plantas, también es sanador —aclaró. Se enjugó las nuevas lágrimas que brotaban y sorbió su nariz—. No… no sé cómo lo hizo, pero logró sonsacarme la verdad. Invocó a las nornas y, a través de Urd, la que desvela el pasado, supo mi secreto.
Las nornas eran las diosas del destino, las que lo tejen. Urd protegía la urdimbre de nuestro pasado, para mostrarlo a quien la invocaba. Verdandi entretejía el presente de los hombres. Y Skuld ocultaba el telar del futuro; era la más huidiza y difícil de interpretar; solía mover sus hilos cambiando el diseño según nuestras decisiones diarias.
—¿Sólo él sabe tu secreto? ¿Ni Inga ni nadie?
Cabizbaja, negó con vehemencia. Sus manos aferraban crispadas el paño de su túnica, arrugándolo con fiereza.
—¿Qué… qué fue lo que te aconsejó el Oráculo?
Inhaló profundamente y arrugó el ceño, quizá soportando otro acceso de punzantes recuerdos.
—No quiso ayudarme —musitó tirante—. Dijo que, si tenía sangre real, los dioses lo castigarían.
En ese instante, supe que el Oráculo era la herramienta de la ambiciosa Ragnhild. Resultaba lamentablemente clamoroso que, ante el temor de los dioses, habían trazado el plan para que otro incauto acarreara con tal castigo, uno que, además, ya estorbaba en su vida: yo. No obstante, podían haberse librado del castigo divino, pero nada los protegería de la furia del lobo.
Miré a Sigrid; tenía la mirada perdida, y el rostro desencajado. No sabía si su juicio soportaría el abominable pago a su mezquindad, pero ya nada la anclaba a este mundo, excepto quizá el odio que brotaba de ella como una voraz hiedra, emponzoñando un alma ya marchita en un abrazo que a buen seguro acabaría con ella.
—No soy quién para dar consejos —susurré con tibieza—, pero eres joven; tu única oportunidad es empezar de nuevo, moldeada por el dolor y forjada por los errores. Vete lejos, y olvida. Hazte amiga de Verdandi, y perfila la urdimbre de Skuld; en cuanto a Urd… aprende a vivir con ella.
No me respondió, ni siquiera me miró. Suspiré y me puse en pie… y, como atraída por una fuerza invisible, me acerqué a la rizada cabellera rubia colgada en la pared. Cogí un mechón con los dedos y los deslicé pensativa. Era cabello humano, pero la habían cosido a modo de peluca. Suspiré profundamente. Supe en el acto cómo Sigrid había logrado manipular la confusa mente de Albert para lograr yacer con él.
Tragué saliva y la miré de nuevo; mi piedad creció, mas no mi perdón.
Salí de la cabaña, con el alma pesada y un amargor hiriente en mi garganta.
Hiram avanzó preocupado hacia mí, alarmado por mi abatida expresión. Pero era tanta la crueldad que me rodeaba, tantas las sucias tretas que como delgados hilos de seda me envolvían, tanta la desmedida ambición y tanta la barbarie desplegada por mis enemigos, que me sentía perdida y confusa, pero el sentimiento que amenazaba con romperme fue una furia demoledora.
—¿Estás bien, Freya? Hemos oído un llanto espeluznante.
Lo miré con fijeza, tensé la mandíbula y asentí con suavidad.
—No era yo —respondí con frialdad—. Es tiempo de provocar lágrimas, no de derramarlas.
Y entonces llegó hasta nosotros un estirado y agónico lamento, que quebró la noche erizándonos la piel. El perpetuo suplicio de Sigrid sería su condena.
—Regresemos —musité mientras encajaba el pie en el estribo y me encaramaba a mi montura—Nada tenemos ya que hacer aquí.
Los hombres me imitaron y partimos de nuevo hacia Hedemark.
La fría brisa nocturna no lograba enfriar mis ánimos; en mis pensamientos dos rostros regios se teñían de sangre.
Durante la cabalgada, mi mente perfilaba una venganza que ejecutaría de manera implacable. Ya no encontrarían piedad en mi corazón, esta vez no iba a defender mi vida y cuanto amaba, no; esta vez iba a luchar. Esta vez atacaría con todas mis armas, una batalla sin cuartel, en la que mi vida era lo menos valioso que podía perder; eran mi alma y mi corazón los que estaban en juego y, si para salvaguardarlos tenía que arrancar de la faz de la tierra a mis enemigos, por los dioses que lo haría.
Antes de entrar en el skáli, le pedí a Hiram un último favor.
Todavía ardía en mí la ira, necesitaba enfriarme lo suficiente como para poder actuar con cierta normalidad, necesitaba que mis enemigos se confiaran para asestarles el mordisco final. Y para lograrlo tenía que apagar hasta la última brasa capaz de empujarme a cometer cualquier desatino.
—Necesito pelear —murmuré desenvainando mi acero.
Arrugó el entrecejo y sopesó mis palabras con expresión desconcertada.
—¿Quieres batirte conmigo? —inquirió con asombro.
—Eres un guerrero, ¿no?
Sonrió entre confundido y divertido, se encogió de hombros y chasqueó la lengua.
—Eso parece, sí —concedió con sorna.
—Vayamos al campo de adiestramiento —sugerí.
—No es el mejor momento del día para entrenar, pero ya sabes que no puedo negarle nada a una mujer bonita.
Me guiñó socarrón un ojo y descubrió su acero con gesto vanidoso.
—A lo mejor hoy deberías hacerlo —intervino Sigurd—. No sé por qué, intuyo que vas a sudar.
—Vamos —apremié—, no dispongo de mucho tiempo.
Avanzamos a grandes zancadas, tan sólo iluminados por el nacarado refulgir de una gran luna llena, que imponente rezumaba su poder alejando a la acechante oscuridad que parecía querer envolverla en su abrazo, sacrificando su negrura en pos de acariciarla.
Rodeamos el gran skáli y nos adentramos en el claro que conformaba la amplia extensión donde los guerreros entrenaban y los jóvenes aprendices adquirían el manejo de las armas. Ahora desierto, era tan sólo un espacio abierto y silencioso, un terreno amplio donde descargar toda mi cólera.
Me volví hacia Hiram, afiancé con fuerza ambas manos en la empuñadura de mi espada, posicionándola en vertical a mi cuerpo, abrí ligeramente las piernas y lo miré retadora.
—Quiero que te entregues en el combate, Hiram, nada de juegos.
Lo miré con gravedad. Palpitaba en mí tal furia, tal dolor, que sentía ganas de gritar y derrumbarme.
—Freya, suelo darlo todo en cuanto hago —replicó altivo alzando el tono de voz—. Pero no me pidas que pelee contigo en un duelo serio, porque no lo haré. Contendré tus estoques hasta que desfallezcas si es necesario, pero no lucharé contra ti.
—Pelea de una vez, maldito.
Y lancé mi primera estocada con toda la fuerza que acumulaba mi furia. Hiram la frenó con su acero y sostuvo asombrado mi fiera mirada.
Volví al ataque con más ímpetu, desplegando veloces movimientos ofensivos que lo obligaron a retroceder mientras contenía mis embates.
Gruñía ofuscada ante la pasividad del guerrero, que me contemplaba con expresión desconcertada al ver mi dureza.
—¡Lucha, maldición! —exigí furiosa.
Negó con la cabeza dando un paso atrás.
—No pienso arriesgarme a hacerte daño —manifestó firme.
Resoplé airada y gruñí volviendo a la carga, cuando atisbé de soslayo una silueta acercándose a nosotros.
—¡Yo lucharé!
La sangre se congeló en mis venas al oír aquella voz grave. Nos detuvimos jadeantes mientras contemplábamos cómo Albert se acercaba hacia nosotros desenvainando su descomunal espadón.
Todo mi cuerpo reaccionó ante su presencia, sacudido por un temblor que casi me hizo soltar la espada.
Sostuve su penetrante mirada; mi corazón dio un vuelco cuando se puso frente a mí, con mirada felina, adoptando una postura de combate que erizó mi piel y hormigueó mi vientre.
—¡Largaos! —musitó con gesto impaciente a Hiram y a Sigurd.
Sus guerreros inclinaron levemente la cabeza ante él y se alejaron con paso apresurado.
—Aquí tienes a alguien tan furioso como tú, loba, para dar cuenta de tu frustración.
—Dudo que estés más furioso que yo, león —lo increpé frunciendo el ceño. Me cubrí con la espada y lo fulminé con la mirada.
—Despejaré ahora mismo esa duda —amenazó inclinando ligeramente la cabeza, como un depredador acechante.
Y comenzamos a movernos en círculo, atentos a los movimientos del otro y balanceando lánguidamente nuestros aceros, estudiándonos con atención y alertas a un ataque inminente.
—Vamos, temible ulfhednar —alenté susurrante—, muéstrame tu fuerza.
Sus celestes ojos, agrisados por la plata de la luna, chispearon letales. A lo lejos, el aullido de un lobo quebró la noche y agitó mi pecho, pues deseé imitarlo.
Ante mí, el hombre que amaba, tan roto como yo; el dolor que brotaba de su mirada fue su primera estocada… y mortal, por cierto, pues atravesó mi corazón con la pujanza de una daga envenenada.
Y, así, Albert alzó su acero y lo descargó sobre mí.
CONTINUARA
