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Capítulo 58

Entre el corazón y la razón

Ella frenó su mandoble con destreza, arrastrando su filo para librarse de un pulso que acabaría doblegándola; las chispas que saltaron de ambos filos se fundieron en la noche. Supo esquivar con denodada maestría las estocadas laterales que él asestaba. A cada rato giraba veloz para asestar sus feroces ataques, impelida por una cólera que la hacía temblar y enrojecía sus ojos y sus mejillas.

También él estaba furioso, y mucho. La veía enfrentarse a él, tan fieramente hermosa, tan inalcanzable ya, que su dolor se reavivaba. Sólo imaginarla entre los brazos del rey le roía las entrañas, sólo recordar que ella había renunciado a él le arrancaba el alma. Pero asumir un papel indiferente, controlar sus impulsos y reforzar una y otra vez su contención lo estaba haciendo trizas.

Quería beber su furia, y liberar algo la suya propia; podría haberla derrotado con el primer espadazo, sin hacerle el menor daño. Pero ella necesitaba luchar, desfogar el dolor que pintaban sus facciones, y que suponía que era el reflejo del suyo propio.

Albert reprimió la necesidad de desarmarla, apresarla entre sus brazos y tomar su boca como alivio pasajero a su oscuro tormento.

Mientras cruzaban sus aceros, mientras sus ojos se enlazaban penetrando sus propias almas, mientras sus cuerpos resistían la punzante necesidad de fundirse en uno solo y todas sus emociones se derramaban en cada estocada, Albert se convencía de la decisión tomada días atrás.

Ella jamás estaría segura en aquellas tierras, ni siquiera bajo la protección de tan vil rey. Tampoco él había podido protegerla, ni podría, pues la tragedia los perseguía como un ave de rapiña. Y tristemente comprendía que, juntos o no, acabaría por atraparlos.

Sólo había un camino posible, la única escapatoria, una que el amor que ella sintió por él le había robado. Y era regresar a su tierra, tal y como ella lo planeó antes de que el infortunio la apresara de nuevo. Aquella decisión que lo había llenado de amargura era la más sensata, ahora lo veía con apabullante claridad. Y si tenía que meterla a la fuerza en un barco, por Odín que lo haría. Ella jamás perteneció a su mundo, un mundo rudo, hostil, bárbaro e injusto. Él la había condenado a aquel destino, y la salvaría de él.

Sería la última prueba de amor que le regalaría, aunque él muriera con su ausencia, sin nada que latiera en su pecho ya. La devolvería con los suyos; después, ya nada importaría.

Conocía de memoria sus movimientos, la había observado subrepticiamente muchas veces; sabía qué ataques ella anticiparía para defenderse con premura y cuáles descargaría a continuación. Y aunque embelesado en su ágil danza letal, en cada pose y en sus impetuosas expresiones, luchaba con ella obligándola a esforzarse más… ayudándola a arrancar esa rabia que la consumía y que humedecía sus ojos y acentuaba sus gruñidos. Pero, pronto, el cansancio comenzó a entorpecer sus estoques, y la rabia se tornó frustración, y ésta se diluyó en una tristeza que lo conmovió.

Aunque mantuvo su cejo fruncido y su expresión concentrada, luchando más contra sí mismo que contra ella.

Jadeante y sofocada, trastabilló hacia atrás peligrosamente. Sintió el impulso de sujetarla, pero lo estranguló. Ella no necesitaba ayuda, necesitaba aligerar su carga, caer y sollozar. Y que los dioses lo ayudaran a él si la veía en aquel estado, pues sabía que sus barreras se harían añicos al instante.

Freya logró estabilizarse; apartó rauda un largo y claro mechón de su rostro y lo fulminó con la mirada, aunque la mueca de dolor y anhelo en su rostro rasgó de forma temeraria su coraza.

—¡¡¿Me odias, condenado gigante?!! —bramó descontrolada y al borde del llanto—. ¡Pues aquí me tienes, acaba conmigo de una maldita vez!

Alzó su espada y lo miró retadora, aunque desolada a un tiempo.

—Eres tú quien me mata con cada mirada —confesó respirando entrecortadamente—. Ya no eres mía, Freya, eres de Rollo, pero me tientas, juegas conmigo. ¿Qué diablos quieres de mí?

—A ti.

Aquellas palabras se clavaron en su pecho. Cerró los ojos un instante, falto de aliento y de escudo. Rebuscó en su interior la fortaleza que necesitaba; tenía que reparar las fisuras que surcaban su coraza como zigzagueantes grietas en la congelada superficie de un lago.

Pero cuando abrió los ojos y vio lágrimas contenidas en aquellos ojos de esmeralda con oro bruñido, bajó su acero y le dio la espalda. Tenía que alejarse de ella de inmediato, pero sus pies seguían anclados al suelo.

—¡No te rindas, maldito! —lo increpó—. Aún puedo vencerte.

Hundió los hombros abatido; no fue capaz de volverse y mirarla.

—Ya me venciste, Freya, la primera vez que posaste tus ojos sobre mí —admitió en un estrangulado hilo de voz.

—Entonces, afronta tu derrota —musitó ella con voz rota —

¡Mírame!

Sintió cómo un puño estrujaba su corazón. Con el rostro constreñido en un rictus ácido y doloroso, con los puños apretados y el cuerpo envarado, apretó los dientes y se obligó a caminar alejándose de ella.

Pero oyó sus pasos siguiéndolo. En un arrebato, ella corrió para alcanzarlo, y se interpuso en su camino.

—¡Apártate de mí! —exigió cortante.

Lo encaró altiva, acercándose tentadoramente a él.

—¡No!

Cambió de dirección y ella de nuevo se plantó delante de él con los brazos en jarras, mirada llorosa y semblante decidido.

—No me obligues a apartarte de mi camino —amenazó casi con desesperación.

—Hazlo, una y mil veces si te place, porque te perseguiré mientras quede un aliento de vida en mi cuerpo —replicó ella altanera, tan bellamente desgarrada que las grietas de su coraza comenzaron a ensancharse sin remedio.

Trémulo, se sumergió en sus verdes y mágicos ojos.

¡Por los dioses, la amaba tanto que una vida no era suficiente para venerarla con ella!

Soltó el aire contenido.

—Freya, es inútil luchar ya, éste no es tu lugar —musitó contrito y cabizbajo.

Frunció su ceño con brusquedad, sofocando fútilmente el dolor que manaba de ella, como el torrente de una cascada. El deseo de estrecharla contra su pecho lo abrumó.

—Mi lugar —comenzó a decir conteniendo a duras penas un profundo sollozo— es aquél donde tú estés, amor mío.

Otro pellizco a su maltrecho corazón, tan fuerte que se sintió desfallecer; cerró los ojos de nuevo, agarrándose a la exigua hebra de negación que le quedaba.

Se volvió otra vez, dándole la espalda a ella, como si no tenerla frente a sí lograra contener las brechas que quebraban su coraza a pasos agigantados. Tenía que huir de allí ya.

Apenas dio un paso, ella se le abrazó a la espalda, rodeando su cintura, ciñéndose a él. Todo su cuerpo se envaró; respiró hondamente y aguantó estoico cómo sus brazos intentaban abarcarlo.

—¡Suéltame, Freya! —siseó suplicante, entre dientes.

—No —sollozó compungida—. Estoy muerta sin ti.

No pudo aguantar más. Se volvió hacia ella, todavía entre sus brazos, y cogiéndola por los hombros la obligó a mirarlo a los ojos.

—También conmigo —murmuró con pesadumbre. El dolor lo asaltó, cerrándole la garganta un instante—. Yo… voy a llevarte con los tuyos, pienso dejarte en brazos de tu madre de nuevo. Voy a enmendar mi error.

Entonces ella lo empujó airada; sus ojos se entrecerraron coléricos.

—¡¿Error, dices?! No, no vas a engañarme, crees odiarme y…

—No —gruñó dolido— me odio a mí mismo por permitir que ese… que ese malnacido rey ponga sus manos sobre ti…

Entre lágrimas, ella lo fulminó con los ojos entornados y gesto furioso.

—Es eso, ¿verdad? —acusó ofendida—. ¡Me desprecias porque otro hombre puso sus manos sobre mí! ¡No lo soportas, sólo imaginarlo te asquea!

—¡Sí, me asquea! —bramó impotente y roto.

Y entonces a su torturada mente acudió una imagen que lo había fustigado todo este tiempo: ellos yaciendo apasionados en el lecho real. Un rugido colérico escapó de sus labios, su rostro se veló, oscurecido por la frustración, y la empujó rudamente lejos de él.

Freya agrandó los ojos un instante, dejó escapar un colérico bufido y arremetió contra él, palmeando su pecho con fuerza.

—¡¡¡Vete al infierno, gigante del demonio!!!

Alzó una mano y lo abofeteó con saña. Albert intentó agarrarle las muñecas, pero ella estaba fuera de sí. Y, entonces, estalló presa de una furia que lo desquició.

—¡¡¡Ya estoy en él!!! —rugió furibundo.

La cogió con fuerza por los brazos, inmovilizándolos, y la pegó a su pecho.

—Y ahora —hizo una pausa, penetrándola con la mirada—, voy a borrar cada beso y cada caricia de cualquiera que no sea yo.

Y se cernió sobre ella con voracidad, enloquecido y desesperado, tomando su boca con la ruda ansiedad de un sediento lanzándose agónico sobre un charco de agua.

No fue hasta que su lengua saboreó el dulce almíbar de sus labios que percibió la implacable intensidad de su hambre contenida. Que fue consciente de la necesidad que había estado royendo sus entrañas todo este tiempo sin ella, languideciendo su espíritu como se apaga un cuerpo sin alimento, o un alma sin luz. Y ahora, a pesar de que ella se debatía entre sus brazos, todavía colérica, supo que no podría detenerse hasta saciarse por completo.

Cercó su lengua, degustó con delirio su sabor y se perdió en él.

La cubrió con el cuerpo y la ciñó con los brazos, inmovilizándola y avasallando su boca con una voracidad casi salvaje. Su resistencia comenzó a morir en una sumisión que despertó todos sus instintos animales. Era suya, y por los dioses del Valhalla que la tomaría como tal o moriría en el intento.

La cogió en brazos sin separar su boca de la de ella, besándola con denuedo, aliviado al comprobar cómo ella se entregaba al beso, cómo enredaba las manos en su nuca, cómo derramaba un gemido tras otro en su garganta, cómo se frotaba ansiosa contra su pecho.

La pasión lo nublaba, como una niebla pesada y densa cubriendo un prado, cegándolo y aturdiéndolo. Todo su cuerpo palpitaba ante el deseo que brotaba de él con la fuerza de una llama descontrolada.

Sus pasos lo llevaron hacia el primer resguardo que logró atisbar: el cobertizo donde guardaban las armas.

Dio una patada a la puerta, ésta crujió indignada y se sacudió con estrépito, rebotando altanera.

Albert se adentró en el pequeño almacén, con el ímpetu de un viento huracanado. La dejó en el suelo y se separó lo justo para arrancarle la túnica con hosquedad. Freya lo contemplaba arrebolada, subyugada y jadeante, pero con la mirada prendida de un deseo tan acuciante como el suyo. A pesar de que la urgencia constreñía su cuerpo, se embebió un instante de aquel cuerpo que lo enloquecía como ningún otro, aquel que tantas veces soñaba y donde se perdía irremisiblemente, incluso cuando se aliviaba en la soledad de las noches, evocándolo.

—Mía, de nadie más —musitó en apenas un susurro.

—Sólo tuya, mi amor, siempre tuya.

Aquellos verdes ojos anegados de lágrimas, aquellos labios inflamados y enrojecidos, entreabiertos y tembloroso, rompieron su inmovilidad. Se desprendió de su camisola, del cinto y de sus calzas con torpe premura y se abalanzó sobre ella, que dejó escapar un gemido aliviado cuando de nuevo la apresó entre sus brazos.

—Albert… oh, Dios, Albert…

Aferró con ahínco sus nalgas y la alzó sobre él. Ella lo rodeó con sus esbeltas piernas de seda y se ancló a su cuello, buscando su boca. Mordisqueó sus labios, los lamió, mientras frotaba las erectas coronas de sus tersos senos contra su pecho, y él, consumido por el deseo y la emoción de tenerla entre sus brazos, se sintió desfallecer.

—Mi loba, mi hermosa loba dorada… —gimió afectado.

Freya lo miró un breve instante a los ojos; de aquellos soles manó todo el calor de sus sentimientos, y él se derritió en aquella intensidad.

La pegó contra la pared y la penetró de una profunda y enérgica embestida. Freya dejó escapar una exhalación sorpresiva, y a continuación un gemido sofocado, tan sensual, que temió derramarse en el acto.

Esperó a que su interior se acomodara, a que su carne se amoldara a la brusca intrusión, mientras sumergía la mirada en la de ella, mostrando la intensidad que lo desbordaba.

—No seré gentil —advirtió entre dientes.

—No quiero que lo seas —murmuró ella ansiosa, alentándolo con un sinuoso movimiento de sus caderas.

Apretó los dientes y liberó un gruñido cuando la embistió de nuevo. El placer lo sacudió tan vehemente que perdió el aliento y se le erizó la piel. Comenzó a moverse, impetuoso y urgente, demorándose en salir de ella, deleitándose en su húmeda y tensa estrechez, en aquel ardor jugoso que rodeaba su miembro palpitante y lo ceñía con fruición. Y sintió que moría un poco, en cada acometida, desgarrado por un sinfín de emociones, por una miríada de sensaciones y por un único sentimiento.

Freya tomó su boca con voracidad, atrapando mechones de su melena entre los dedos, jadeando con frenesí y contorneándose fogosa contra su cuerpo… volviéndolo completamente loco, desatando el animal salvaje que había en él, uno apaleado, herido y furioso, uno desesperado, hambriento y desolado. Y, entonces, un placer intenso estalló dentro de él, rompiéndolo por dentro. Gruñó desbocado en sus últimas arremetidas, sintiendo cómo su interior estallaba en pedazos, cómo la tensión lo quebraba y cómo su cuerpo se tensaba liberando su semilla en ella, con un ronco gemido desgarrado.

Se negó a salir de su cuerpo; continuó besándola delirante, todavía hambriento de ella. Acariciaba cada palmo de piel expuesta, apretándola contra sí, como si pudiera fundirla en su cuerpo… y protegerla de todo y de todos, para tenerla siempre cerca, al lado de su corazón, pues a él pertenecía. Cuando logró dejar su dulce boca, aún no saciado de sus mieles, admiró la enamorada expresión de la mujer que amaba, y quedó cautivado en su subyugado semblante.

—Ahora no sé cómo voy a lograr mantener las manos alejadas de ti —confesó con preocupación— hasta que organice tu viaje de vuelta.

—No vas a alejarme de ti, olvida esa locura —replicó Freya agitada—. Nos pertenecemos; sellamos nuestras almas, así como nuestros corazones, ¿todavía no lo entiendes?

—Sólo entiendo que aquí corres peligro, y que no descansaré hasta saberte a salvo.

Albert salió de ella y la depositó con delicadeza en el suelo, se agachó y le acercó la túnica. Ella frunció el ceño con desaprobación.

—Y yo no descansaré hasta que comprendas que no pienso irme de tu lado. Hasta que descubras que mi vida corre más peligro sin ti, porque estaré muerta, más incluso de lo que lo he estado todo este tiempo.

Cogió sus ropas y se vistió apresuradamente, maldiciendo para sus adentros todas sus flaquezas.

—No hace mucho, planeabas huir de mí —le recordó, evitando mirarla y masticando todo el amargor que sentía.

—Sí —asumió ella.

Algo en su tono lo obligó a mirarla. En la penumbra del reducido cubículo, bañada por el nácar que se filtraba entre el resquicio de los maderos, todavía desnuda, tan hermosa que cortaba el aliento. Tan mágica e irreal, que cualquier diosa envidiaría aquella aura que la rodeaba, aquella perfección que la vestía, aquel poder que rendía a los hombres a sus pies, atraídos por el magnetismo que ella desprendía, como el efluvio de una fragante flor. Cortaba el aliento. Dos perlas brotaron de sus ojos, dejando un sendero sinuoso de plata en sus mejillas. Y algo en su vientre se contrajo, su pecho reventó de amor y el impulso de cobijarla entre sus brazos lo rompió.

—Fui una ilusa —añadió en un compungido y exiguo hilo de voz—, pero pensé lo que tú piensas ahora, que lejos de mí, quizá los dioses te otorgaran su favor; pensé que tu hijo aliviaría mi ausencia, que lograrías volcar tu vida en él, y gozarías de una vida plácida, al menos, parcialmente plena. Yo… yo jamás podré darte un hijo, Albert. Tu sangre morirá contigo, si estás a mi lado. Cuando te vi… —hizo una pausa en la que cerró los ojos con fuerza, buscando en su interior la fortaleza necesaria para seguir hablando; su rostro se contrajo como si una punzada de dolor atravesara su pecho; bajó la cabeza y su dorado cabello cubrió su rostro—… acunando al bebé, el modo en que lo mirabas, yo… me hundí.

Albert se acercó a ella, cogió su rostro con las manos y la obligó a mirarlo alzando su cabeza.

—Ningún vástago, ni siquiera tuyo, podría ocupar el lugar que ocupas tú. Con mi hijo, murió un trozo de mi corazón; sin ti, estaba muerto por completo.

—Y, aun así, pretendes apartarme de tu lado.

—Escúchame: decidí dejar este mundo cuando te perdí. Sin ti, nada tenía sentido. Contigo en él, aunque lejos, quizá me baste para poder seguir respirando, pues sabré que vives, que piensas en mí, que en algún lugar lejano, vives, sueñas y amas. Y con eso me es suficiente. —Respiró hondamente, la congoja lo ahogaba—. Aunque no sea yo el que disfrute de todo eso. Porque, si de forma egoísta te anclo a mi lado… y mueres por eso, entonces ni la muerte aliviará mi dolor, ni soliviantará el desprecio que ya me tengo.

Freya se puso de puntillas, rodeó sus hombros y atrapó su boca con extrema dulzura, conmovida y delicada, derramando en el beso todo el amor que sentía. El sabor salado de sus lágrimas se mezcló con el almíbar de su boca. Él descargó en su boca su propia frustración y ansiedad, y al mismo tiempo selló cuanto sentía, prometiéndose grabar en su mente a fuego aquel instante para poder beber de él cuando las fuerzas lo abandonaran.

Cuando ella se separó y lo miró, vislumbró una decisión firme en su húmeda mirada.

—Tendrás que luchar contra mí —manifestó con serenidad— y no una vez, sino tantas como te empeñes en llevar a cabo tu empresa.

—Freya, no me lo pongas más difícil —rogó—. Te tengo desnuda entre mis brazos, y ya me cuesta reprimir las ganas de tomarte de nuevo. Ni siquiera sé cómo voy a lograr dejarte marchar esta noche, ni cómo demonios conseguiré soportar estar lejos de ti. Lo que sí tengo claro en este instante es que no voy a permitir que ningún hombre ponga sus manos sobre ti, mientras yo esté cerca.

—Nadie ha puesto ni pondrá las manos en mi corazón. Porque no me pertenece, y no pienso alejarme de él. Me lo robaste hace tiempo, ahora paga las consecuencias. —Dibujó una sonrisa temblorosa en sus mullidos labios que lo prendó, como se prenda un cuervo de una brillante moneda de plata—. Prefiero morir mañana estando toda la noche contigo, que vivir toda una vida privada de ti; no me condenes a tan cruel tormento.

—Freya… —suspiró afectado, forzándose a resistir.

—No, no supliques, maldito bárbaro, ya no hay piedad en mi corazón, ni siquiera para ti. Eres mío, y lucharé con uñas y dientes por ti. Ambos sabemos lo que nos separa, y sí, es un rey poderoso, ambicioso y taimado, y su reina una araña mortífera, pero son mortales. Se cierne una guerra en la que expondrá su reino y su poder por conquistar nuevos territorios. Esta vez no serán necesarios los pactos, ni las traiciones, tan sólo será preciso estar cerca de él en la contienda y aprovechar la reyerta para acabar con su vida.

—Es arriesgado, desconfía de mí; se rodeará de toda su hird como escolta. Es astuto y dispondrá guerreros que le cubran las espaldas y que me vigilen especialmente.

—Bajará la guardia conmigo.

Albert sintió un vuelco en el vientre y negó determinante con la cabeza.

—No te expondrás —sentenció grave—. No pienso consentirlo.

—No puedes impedírmelo, soy una de sus skjaldmö, partiré a la batalla como lo harás tú.

—Pienso meterte en un barco antes de que eso ocurra, maniatada, si es preciso.

—Sólo matándome lo conseguirás.

Sostuvo su firme mirada, y se perdió en su intensidad.

—Ya te secuestré una vez —recordó amenazante.

—También yo —replicó altiva.

Su sonrisa jactanciosa caldeó su alma. Sí, aquella mujer le había arrebatado el alma incluso antes de conocerla.

—¿Acaso no es mejor una muerte rápida y sin dolor que una larga agonía? —inquirió ella acariciándolo con la mirada, mientras delineaba sus labios y los incendiaba de nuevo.

Y entonces, claudicó ante aquella certeza. De repente, todas sus barreras cayeron, el escudo se fragmentó hecho trizas, sus reservas se desmoronaron y su decisión murió desangrada a sus pies. Lucharían hasta el final, porque su amor lo merecía; si los dioses los habían unido, no permitirían que los hombres los separaran. Ya habían sufrido demasiado; él, en manos de Loki y del infortunio, y ella, en manos de la crueldad, la obsesión y la envidia. Sí, mucho mejor una muerte rápida, aunque lucharía hasta la extenuación por vencerla, y si lo conseguía ella sería su recompensa. Con la agonía, en cambio, no podría combatir y tan sólo recibirían dolor y miserias como pago.

Su mirada cambió, pues ella pudo sentir la transformación que se producía en él. Su semblante brilló triunfal, aliviada y emocionada, y él pudo sonreír por primera vez en mucho tiempo.

—Lucharemos —decidió.

Y la abrazó con tanta fuerza que temió quebrar sus costillas.

Ella dejó escapar un sollozo liberador que deshizo el nudo de amargura que lo había estado envenenando todo ese tiempo.

—Mi loba, siento que me revienta el corazón en el pecho.

—Lo conseguiremos, amor mío, esta vez sí.

Albert apartó su temor, dejando escapar su confianza y la plenitud de volver a tener la oportunidad de luchar de nuevo por ella.

Cogió su bello rostro de nuevo y pegó la frente a la de ella.

—Escúchame bien: voy a tenderte en el suelo y a tomarte hasta que desfallezca; sé que no podré saciarme como debiera, es más, creo que una vida no dará para colmarme de ti. Y después te llevaré a tu cabaña antes de que amanezca. No vas a regresar al skáli y puedo asegurarte que él no se atreverá a buscarte, pues dormiré a los pies de tu puerta cada noche.

—¿Por qué no en mi lecho?

—No me tientes, preciosa, porque saber que puedo hacerlo hará más difíciles mis noches. Rollo no puede sospechar que estamos juntos, pero si te velo, como hice cuando estabas convaleciente, sabrá que te protejo pero no que te ambiciono. Y en el fondo lo tolerará porque sabe que sigues en peligro; él mejor que nadie conoce a su reina. Por eso no querrá exponerte a su veneno, ni querrá que te enfrentes a ella… después de todo, lleva a su heredero en su vientre. Es primordial que nadie sepa nuestros planes, habrán de creer que seguimos distanciados. —Clavó la mirada en la de ella y sonrió lascivo—. Controla tus miradas de loba seductora si no quieres matarme, aunque me proveía de ellas para aligerar la lujuria que alimentabas en mí.

Freya deslizó una mano a su entrepierna y aferró con apremio la rotunda dureza que palpitaba hambrienta bajo sus calzas. Dio un respingo y exhaló un gemido placentero.

—Intentaré controlarlas —prometió ella en un sensual susurro que derritió su control—, pero ahora, temible ulfhednar, saca tu espada y no tengas piedad de mí, porque yo no la tendré.

—Vas a lamentar tus palabras, loba.

—Es lo que ansío.

Y se aprestó a devorar su boca con delirio, a gozar de su cuerpo hasta la extenuación y a liberar su corazón hasta dejarlo exiguo.

Ella era suya, y ni la muerte se la arrebataría.

CONTINUARA