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Capítulo 59

Bajo las negras alas de un cuervo

No era fácil, no, no lo era.

No obstante, resultaba crucial estrangular cualquier evidencia de nuestros planes. Sin embargo, mis desobedientes ojos lo seguían allí adonde fuera; mi ansiedad y esperanza asomaban traidoras a mi rostro como una luz que resplandecía incluso en la más oscura de las noches; mis labios sofocaban sonrisas cómplices y mi cuerpo despertaba hambriento cuando pasaba por mi lado con aire ausente, fingiendo una indiferencia que yo sabía que no sentía.

Aun así, en ocasiones, y alentados por miradas flamígeras, Albert me abordaba en cualquier rincón a salvo de miradas, para apresar mi cintura y tomar con apasionada brevedad mis labios.

Aquello no hacía más que alimentar nuestra hambre, y engordar nuestra frustración…

pero resultaba inevitable.

Tan inevitable como lanzarle una mirada insinuante, coger un saco de cebada y caminar con lentitud hacia uno de los almacenes de grano. Sabía que me seguiría y ese cosquilleo que burbujeaba en mi vientre, ese aleteo en mi pecho, se habían convertido en una necesidad apremiante.

Me adentré en el granero, dejando la puerta entreabierta, y me incliné depositando el saco en un rincón, apiñándolo sobre otros.

Unas manos aferraron mis caderas por detrás, ciñéndome a una evidente y rotunda dureza masculina que presionó hambrienta la hendidura entre mis nalgas. Me incorporé y suspiré, cuando unas grandes manos amasaron ávidas mis pechos.

—Te prohibí mirarme —rezongó Albert entre dientes, en un estirado hilo tenso—. Nos estamos arriesgando demasiado.

Me cogió entre sus brazos y apresó mi boca lascivo y ardiente. Dejé escapar un gemido y me entregué con pasión al beso; cuando logró separarse de mi boca, su mirada turbia me indicó que esta vez no se conformaría sólo con eso.

—Freya… —susurró con voz preñada de deseo—… voy a morir calcinado…

Atrapé con suavidad su labio inferior con mis dientes y luego lo lamí. Su barba cosquilleó mi barbilla. Albert gruñó tortuosamente; su mirada se encendió.

—Quieres matarme, ¿no es cierto?

—De amor —respondí, sumergida en su celeste mirada.

—Pues lo estás consiguiendo; una sola mirada tuya me enciende como una tea. No tienes ni idea de lo que me haces sufrir.

—Quizá sea momento de vengarse —sugerí sensual.

—Es para lo que he venido, pequeña; voy a enseñarte a no tentar a un hombre atormentado. Sólo espero poder apagar este fuego que nos consume una temporada.

—No será fácil —mascullé retadora, sonriendo libidinosa.

Albert imitó mi sonrisa y alzó una ceja fingiéndose ofendido.

—No, no lo será, preciosa, pero pondré todo mi empeño, te lo aseguro.

Se arqueó sobre mí, apresó mis nalgas, redondeándolas con las manos entre ardorosos suspiros. Impetuosamente, me alzó una pierna y manipuló con su otra mano entre sus calzas, mientras me ceñía contra la pared más cercana.

—Moriremos juntos —gimió sufrido—, devorados por las llamas, si no las liberamos como es debido. ¡Por Odín, el deseo quema mis entrañas!

Y de un ansioso movimiento, se enterró en mí por completo, robándome el aliento.

Me colgué de sus hombros y envolví sus caderas con las piernas. Albert me sostuvo con sus poderosos brazos, mientras me embestía rudamente y lamía mi cuello.

El placer me zarandeó, nublándome la visión, exaltando mis sentidos, hormigueando mi piel y desgastando mi juicio.

Clavé las uñas en su espalda, recibiendo gozosa cada arremetida, gimiendo sofocada en su hombro y sintiéndome morir un poco.

De repente se detuvo, todavía dentro de mí; alcé el rostro y lo miré extrañada.

—No quiero salir de ti —gruñó afectado, con un deje casi agónico— moriría así, fundido en tu interior, mirándote a los ojos y diciéndote cuánto te amo.

Sus rasgados ojos refulgieron intensos, tildados de un brillo tan profundo, tan claros y emocionados, que pude vislumbrar su alma a través de ellos. Sentí una opresión en el pecho, desbordado por cuánto sentía.

—Mi amor, siempre estuviste dentro de mí, y siempre será así.

—Freya… cuando estoy dentro de ti, el mundo se desvanece, nada importa, sólo sentirte.

—Amor mío, sólo siénteme —susurré embargada por lo que reventaba en mi pecho.

Lo besé, trémula y exaltada por un placer desgarrador, incapaz de no moverme con languidez para sentirlo más profundamente. Albert dejó escapar un contenido resuello, mientras su lengua reclamaba la rendición de la mía, derramando en mi boca continuos gruñidos ávidos, temblando contenido, tenso y sufriente.

Aquella inmovilidad, anclada a la pared, sintiendo palpitar su gruesa virilidad en mi interior, me sometió, rindiéndome a un clímax violento que me arqueó hacia atrás y me sacudió infame durante un largo y liberador instante.

Floja entre sus brazos, jadeante y plena, aún colmada con su vigorosa masculinidad, esbocé una complacida sonrisa que cautivó su incendiaria mirada.

—Aún no he acabado contigo —aseveró con sonrisa maliciosa.

—Eres un hombre vengativo —musité con sorna.

Entreabrió la boca, pero se detuvo casi rozando la mía.

—Es la única manera de que entiendas a lo que te enfrentas si me tientas.

—Quizá obre el efecto contrario —advertí provocadora.

—Quizá es lo que busco.

Reí solazada y atrapé su boca con pasión. Aquello rompió su inmovilidad, alternando sus movimientos entre la delicadeza que estiraba mis sentidos hasta el desgaste y la rudeza que los golpeaba como la maza de un tambor.

Supe en el acto que no había venganza más dulce.

Si alguien hubiera estado lo suficientemente atento, habría reparado en la luz que iluminaba mi rostro. Tampoco sería difícil discernir el motivo del peculiar brillo que rezumaba mi mirada, ni la ligereza con la que caminaba. Y si acaso esas pistas no fueran evidentes, la radiante sonrisa que apenas lograba estrangular fue lo que llamó la atención de la mujer con la que me topé rumbo al skáli.

—Has amanecido de buen talante, por lo que compruebo —repuso Inga la Roja, frunciendo el ceño suspicaz—. Te buscaba para decirte que tus remedios funcionaron. Me encuentro más aliviada.

—Me alegra saberlo —me limité a mascullar.

—¿Te reconciliaste con Sigrid?

Agrandé los ojos con asombro, y una alarma saltó en mi pecho.

—¿Por qué habrías de creer algo así?

—La noche que me atendiste en tu cabaña, te vieron salir de Hedemark a caballo, acompañada de Hiram y Sigurd.

Compuse una mueca serena y asentí con aire despreocupado.

—Fenrir se había escapado, y fuimos al bosque a buscarlo, temí que le hubiera pasado algo malo.

La mujer me escrutó con clara desconfianza, todavía con el cejo arrugado y mirada aviesa.

—Ese perro es más salvaje que cualquier lobo, dicen que por la noche aúlla como ellos, no deja de…

—Tengo muchas cosas que hacer, Inga —interrumpí apresurada—, esta noche charlaremos.

—Todavía estás arrebolada, Freya, deberías tomarte un respiro.

Negué con una sonrisa, ocultando mi incomodidad. Aquella entrometida mujer me inspeccionaba con más atención de la habitual.

—No es el momento; además, me gusta estar ocupada.

En ese instante, Albert pasó por mi lado a grandes zancadas, ignorándonos por completo, rumbo al skáli.

Percibí cómo Inga también lo observaba con honda curiosidad. Casi pude oír los resortes de su cabeza, como intentando resolver un acertijo que no atinaba a solucionar. Tuve la certeza de que nos habían asignado un guardián. Maldije para mis adentros; si nos había estado siguiendo los pasos, sus recelos resultaban más que comprensibles.

Tenía que avisar a Albert, sin pérdida de tiempo. Esta vez no cometería el mismo error.

Habíamos trazado cuidadosamente un plan, y era vital estar pendiente de cualquier posible amenaza, por nimia que fuera.

Eyra y sus hombres de confianza estaban al tanto de cuanto sabíamos y planeábamos. Albert no se había sorprendido cuando su madre le confesó la verdad de Sigrid. No, pues siempre intuyó que no era su sangre la que corría por las venas de su hijo; sentirlo como tal era otra cosa.

Nuestra insignia ahora era la astucia y nuestro estandarte, la venganza. Nuestro único fin, la libertad. Y así aguardábamos para partir a la batalla.

Cuando me adentré en el skáli, me encontré con un mensajero que susurraba sus nuevas a un rey huraño y malhumorado. Un rey apático y frustrado por mi ausencia en su lecho, que posaba su mirada de cuervo en mí, lascivo y hambriento, permaneciendo distante en apariencia, pues podía leer con pavorosa claridad la intensidad de sus sentimientos.

En cuanto el heraldo concluyó su soterrado anuncio, Rollo enrojeció furibundo, lanzó un ahogado exabrupto y mandó llamar de inmediato a sus consejeros.

El joven mensajero, todavía tembloroso y agitado, se alejó a un rincón, huyendo de la cólera real.

Albert, desde el otro lado de la sala, fijó los ojos en el asustado muchacho, murmurando quedo unas palabras a Thorffin, que asentía con gravedad.

Cogí una generosa jarra de cerveza y me acerqué al lívido emisario, que pretendía fundirse en un rincón. No era para menos, algunos reyes ejecutaban directamente a los portadores de malas nuevas.

—Bebe, a buen seguro tendrás el gaznate seco de tan largo viaje.

El muchacho agrandó sus castaños ojos y cogió la jarra aún vacilante, sin dejar de prestar atención a lo que acontecía alrededor del sitial real. Lo alenté con una sonrisa, y al final bebió todo el contenido de un largo trago.

—¿Mejor?

Asintió, limpiándose los restos de espuma con la manga de su camisola; al cabo, esbozó una tibia sonrisa agradecida.

—¿Tan nefasto era el mensaje? —inquirí con gesto inocente, pincelado de preocupación.

—Alguien traicionó al rey Rollo —musitó con pesadumbre— poniendo sobre aviso a Horik de Jutlandia, que ya está buscando apoyos para defender su reino de la conquista que planea nuestro rey, mientras regresa su jarl con las tropas que se llevó.

Aquellas nuevas eran un varapalo para Rollo; privado de un ataque inesperado, sus posibilidades se reducían a un enfrentamiento en campo abierto.

—¿Se sabe quién lo traicionó?

El muchacho negó con la cabeza, tragó saliva y, cabizbajo, perdió la mirada en el fondo de la jarra, como si quisiera meterse dentro.

Ya me alejaba cuando sentí una mirada artera sobre mí. Ragnhild me observaba con tal encono en su faz que sentí un escalofrío recorrer mi espalda, como si una serpiente reptara por ella. Esa sensación pegajosa y fría que apresaba mis entrañas era un claro aviso, una alerta instintiva, que corroboraba todos mis temores. Ragnhild lo intentaría de nuevo.

Cuando Rollo despachó a sus consejeros, derramó su mirada por toda la extensión del skáli con el rostro contorsionado por la furia. Se puso en pie e hinchó el pecho dispuesto a bramar.

—¡Cerrad las puertas!

El silencio flotó incómodo y tenso por toda la sala. Varios guerreros se aprestaron a cumplir su orden.

—He sido víctima de una vil traición —anunció colérico—. Y por alguien de mi confianza. Uno de mis súbditos ha osado aliarse con el rey Horik, ¡con mi enemigo! Y puesto que nadie ha abandonado Hedemark, esto me lleva a pensar que el traidor está aquí, y presumo que bebiendo mi cerveza y comiendo mi comida. Y éste es su pago, pero no tardará en recibir el mío.

Dio dos pasos, alzó de forma imperceptible la barbilla y sus hombres cerraron la puerta. Con gesto duro, se dirigió nuevamente a sus vasallos.

—Exijo que se presenten ante mí todos aquellos que hayan abandonado la aldea estos días. Si no lo hacen por voluntad propia, si me obligan a indagar, serán sus familias las que paguen semejante oprobio. Cualquiera que sepa algo tiene el deber de decirlo, aquí y ahora —sentenció con hielo en la voz.

Al instante, varios hombres y algunas mujeres se pusieron en pie, y caminaron temerosos.

Mi mirada voló buscando la de Hiram, que junto a Sigurd permanecían sentados a la mesa, como siempre acompañados por Valdis, Jorund y Eyra.

Tragué saliva nerviosa. Hiram me dirigió una velada negación con la cabeza y apartó raudo la vista.

Sin embargo, un mal presentimiento se instaló en mi pecho, imprimiendo un agudo desasosiego en mí.

Me retiré a un rincón y me senté en una banqueta. Respiré hondo e, indefectiblemente, busqué con la mirada a Albert. Me observaba con semblante grave y preocupado. Sus facciones estaban tensas y su expresión, torva.

—Quiero que cada uno de vosotros me diga adónde marchó y que nombre a quien pueda probarlo —anunció el rey—. Mis hombres buscarán pruebas que lo confirmen. Si mentís, o no las hallan, seréis ejecutados.

Uno a uno, fueron justificando sus salidas, nombrando a la persona que pudiera afirmar dónde estuvieron.

—¡Si descubro con posterioridad que alguien de esta sala me oculta información, será torturado hasta morir! —añadió a viva voz.

Una robusta figura avanzó entre soterrados murmullos. El corazón me saltó en el pecho cuando Inga se acercó a su reina y le susurró algo al oído. En la pérfida sonrisa de Ragnhild descubrí que acababa de delatarme.

Contuve el aliento cuando Ragnhild se levantó de su tallado trono y se acercó a su esposo, con paso regio y expresión victoriosa, apoyando su delicada mano en el hombro.

—Mi rey, te ocultan información.

Rollo se volvió hacia ella con el ceño fruncido y ademán arisco.

—Freya, Hiram y Sigurd salieron hace tres lunas, en plena noche como proscritos. Regresaron antes del amanecer, para que nadie se apercibiera de su ausencia.

—¿Quién fue testigo de eso?

—Yo —respondió Inga—, yo los vi marcharse y regresar.

El pulso se me aceleró alocado cuando Rollo depositó su fiera mirada en mí. Tragué infructuosamente saliva y palidecí. «De nuevo en el centro de la tormenta», pensé angustiada; ¿estarían esta vez los dioses de mi lado?

—¿Es eso cierto? —inquirió dirigiéndose a mí.

Si mentía y se descubría la verdad, daría igual lo que dijera, pagaría esa injuria con la vida. Así que opté por ser sincera, pues era la única manera de demostrar que no éramos traidores.

Pero antes de abrir la boca, Albert se puso en pie y avanzó hasta el sitial real.

—Mi rey, es imposible viajar en una noche a Jutlandia, son varias jornadas de viaje; creo que eso anula la acusación de traición.

Se sostuvieron la mirada con dureza, en un pulso tenso y desafiante.

—Es posible —concedió Rollo—, pero también es posible que hubieran quedado en un punto cercano con algún mensajero que recibiera el encargo. Sea como fuere, lo que resulta lamentablemente cierto es que no han acudido a mí, ocultándome la verdad. Y dime, ulfhednar, ¿qué motiva semejante comportamiento?, ¿para qué esconder nada, cuando nada se teme? —Volvió a clavar su penetrante mirada de bronze en mí y agregó—: ¡Freya, Hiram y Sigurd, venid ante mí y contestad mis preguntas, pues de vuestras respuestas dependerán vuestras vidas!

Respiré hondo y simulé calma, aunque mi interior era un amasijo de nervios anudados que estrangulaban mi aliento.

Cuando los tres estuvimos frente a Rollo, Albert se colocó a mi lado, como un sospechoso más, mostrando en su ademán todo su apoyo, y por ende la intención de luchar por nosotros.

No bien Rollo hubo abierto la boca de nuevo, cuando un murmullo se alzó entre los presentes: Thorffin, Ragnar, Erik, Jorund, Valdis y Eyra caminaron hacia nosotros, colocándose en la misma fila, todos observando hieráticos al rey. El resto de los que pensaban confesar sus salidas permanecían tras nosotros, apiñados y confundidos.

—Resulta admirable la lealtad que muestran hacia ti tus hombres, ulfhednar, pero, así tenga que aniquilar a una facción importante de mi ejército, te aseguro que no perdonaré tamaña traición. ¿He de entender que todos los que comparecen ante mí acatarán mi decisión?

Todos asintieron casi al unísono, menos Albert, que sostenía imperturbable la mirada de su rey.

—Dime, mi buen Hiram —comenzó a decir Rollo—: ¿adónde acompañaste a Freya la noche que te vieron con ella?

—Fuimos a Agder —murmuró escueto.

—¿Y puedo saber, mi porfiada skjaldmö, qué buscabas en Agder?

—Necesitaba hablar con Sigrid, y eso fue lo que hice.

Alzó la barbilla en dirección al gran Orn, su general. Aquella mole inmensa de rostro atemorizante, plagado de cicatrices y mirada letal, se acercó a Rollo.

—Mandad de inmediato un emisario a Agder, quiero que traiga ante mí a Sigrid. Enviad también heraldos a todos los rincones de mi reino, quiero al grueso de mis ejércitos dispuestos para la batalla a la mayor brevedad posible. Apostad espías en la costa de Jutlandia, para dar la alarma es caso de avistar la flota de Lodbrok. Estamos en guerra, y el tiempo es nuestro peor enemigo. —Hizo una pausa que aprovechó para derramar su grave mirada entre sus súbditos—. Partiremos de inmediato hacia Hedeby; equipad todos los snekkes, embarcaremos en Tønsberg cuando se reúnan todas mis tropas.

—Así se hará, mi rey.

El gran Orn, tan huraño y rudo como su apodo, avanzó erguido con paso poderoso, seguido de un numeroso grupo de guerreros.

—Y ahora, mientras nos vemos obligados a aguardar la llegada de Sigrid, me veo obligado a castigar vuestro silencio.

Se dirigió a Hiram con gesto adusto y, enfrentándolo con la mirada, añadió:

—Como miembro de mi hird, actuar a mis espaldas agrava el castigo.

—Os debo pleitesía —afirmó Hiram con voz firme—. Mas soy un hombre libre, y como tal puedo ir a donde me plazca, y más como protector de una de vuestras skjaldmö.

Rollo frunció el cejo ante la arrogancia de Hiram, su rostro se oscureció y sus labios se tensaron en una línea blanquecina.

—No es la primera vez que te muestras insolente, bellaco, ya intentaste esquilmarme una presa que había marcado como mía. Y puedo asegurarte que, si ella no hubiera intercedido, tu espalda luciría ahora la marca de mi ira.

La alusión a aquella noche de lujuriosos apetitos desatados ciñó el nudo que me atenazaba. Pude sentir el tenso malestar que manaba de Albert, como una neblina inquietante, pesada y oscura.

—Asumiré el castigo por desobediencia, hasta que se demuestre que no soy un traidor —concedió Hiram.

—Lo recibirías asumido o no —replicó tajante Rollo.

Otra señal de cabeza y dos guerreros apresaron a Hiram, obligándolo a ponerse de rodillas.

Valdis soltó una alarmada exhalación e hizo ademán de abalanzarse hacia Hiram. Jorund la sujetó, inmovilizándola, mientras le susurraba en el oído palabras apaciguadoras.

Rasgaron con brutal hosquedad las ropas de Hiram y, con la túnica hecha jirones, lo cogieron del cabello y lo obligaron a que su frente tocara el suelo, justo a los pies de su rey.

—Serás vareado hasta que mis ánimos se calmen o hasta que desfallezcas —anunció el rey, tomando asiento en su trono.

—No, no lo será —contravino Albert dando un paso al frente.

Algo frío y viscoso reptó por mi vientre, mi pulso se aceleró y el miedo atenazó mi garganta, cerrándola con puño de hierro.

—Hiram está a mi cargo —añadió con fría gravedad—. Yo respondo de sus actos.

Y ante la estupefacción de los presentes, se desprendió de su camisola con aparente calma y se puso de rodillas. Fijé los ojos en su abundante melena leonada cubriendo una impresionante y curtida espalda, amplia y poderosa, que mostraba unas líneas más blanquecinas y rugosas de un castigo anterior, también por culpa mía. Y sentí deseos de abrazarme a ella y protegerlo con mi cuerpo.

Rollo lo observó contrariado; acto seguido, clavó su rapaz mirada en mí y una siniestra sonrisa sombreó apenas sus labios.

—Cómo desees, ulfhednar, que así sea.

Un ademán impaciente con la cabeza impelió a uno de sus hombres hasta su presencia portando una larga y flexible vara en la mano.

El guerrero se colocó junto a Albert y éste se inclinó, apoyando los antebrazos y la frente en el suelo.

Hiram se incorporó, lívido y desconcertado; susurró unas veladas palabras que provocaron que Albert negara rotundo con la cabeza. Ofuscado, se puso en pie y regresó apesadumbrado a la fila.

Me agité en mi lugar cuando el guerrero comenzó a balancear la vara, dejando escapar una ahogada exclamación. En ese instante, Albert alzó la cabeza y la giró hacia mí, lanzándome una mirada admonitoria.

Sé que debía permanecer impasible, que no tenía que reflejar la angustia que oprimía mi pecho. Pero cuando Rollo, movido por un abrupto impulso, le arrebató la vara a su hombre y tomó su lugar, el pavor me dominó y un violento estremecimiento recorrió todo mi cuerpo.

Sentí una mano presionar la mía, y me volví para absorber la mirada de Eyra, quien, a mi lado, aparentemente serena, me transmitía su muda fortaleza, y el mensaje velado de que permaneciera inmóvil y tranquila.

El restallido de la vara sobre la piel de Albert me sobresaltó, pero fue la mirada escrutadora de Rollo la que erizó mi piel. Tras cada azote, sus ojos me escudriñaban, buscando una emoción que paladear, un recelo que confirmar.

Una y otra vez, la vara cruzaba mordiente la piel de su espalda, abriéndola en finos tajos de los que brotaba la sangre, que se escurría sinuosa y lánguida por los ondulados músculos que se estremecían tras cada impacto.

La vara se arqueaba en cada sacudida, lamiendo afilada sus costados, y provocando que el cuerpo de Albert se contrajera bruscamente en dolorosos espasmos.

El odio prendió mi mirada, visceral y fulminante. Apenas fui consciente de que cerraba con tanta vehemencia mis puños, que clavaba mis uñas en las palmas de mis manos, y de que apretaba mis labios en una tensa línea que perdió su color rosado natural.

Un color que arreboló mis mejillas, claro manifiesto de la ardorosa cólera que corroía mis entrañas.

Volqué cuanto sentía sobre Rollo, que vareaba con saña a Albert sin despegar sus ojos de los míos, volcando en cada latigazo su propia frustración y el rencor que sentía por mí, y quizá por sí mismo.

Albert gruñía entre dientes, y aquel estremecedor sonido sofocado se mezclaba con el vibrante silbido de la vara cortando el espacio que la separaba de su presa, y el espeluznante chasquido pegajoso de la piel rasgada. La sangre extendida en cada nuevo varazo teñía de un rojo brillante cada palmo de su magullada piel. En la sala reinaba un sepulcral silencio, indignado y afectado, que flotaba insidioso en el ambiente, acompañado de un hondo estupor y un impresionado sobrecogimiento.

Algo se desató dentro de mí, una furia tan arrolladora, tan apremiante y feroz, que me abalancé hacia Rollo al tiempo que un grito rasgaba mi garganta.

—¡¡¡Basta!!!

El brazo del rey se detuvo a mitad del arco trazado, para mirarme con asombro e irritación.

Y lo único que se me ocurrió para frenar aquella sangrante tortura fue colarme entre los brazos de Rollo, rodear su cuello y besarlo con casi la misma saña que él mostraba en su castigo.

Mordí sus labios, cerqué su lengua y, con hosquedad brutal y rabia liberada, le procuré dolor y placer en igual medida. Él soltó la vara al instante y me encerró en un constreñido abrazo, aprisionándome con evidente ansia. Sufrió en aquel gesto tanto como yo, mostrando toda el hambre acumulada, toda la frustración que guardaba, y una desesperación nacida de su consabido fracaso. Yo era su primera derrota, y si algo juraba a los dioses era que, además, sería su verdugo.

Pude sentir su erección palpitando contra mi cuerpo, su angustioso anhelo y sus atronadores y dolientes sentimientos, liberados en aquella sala, frente a sus súbditos, frente a su reina, incluso frente a él mismo.

Cuando me despegué de su boca y lo miré a los ojos, acuosos y afectados, nublados por la lujuria y teñidos de impotencia, me negué compasión alguna en el momento en que acerqué mi boca tentándolo de nuevo.

Mirándolo lasciva, siseé entre dientes:

—Es a mí a quien quieres castigar; adelante cuervo inmundo, no te temo.

La mirada de Rollo relampagueó peligrosamente. Contuve el aliento cuando alzó la mano y en un movimiento raudo la estampó contra mi mejilla con todas sus fuerzas, impeliéndome hacia atrás.

Frenó mi retroceso apresando con rudeza mi brazo y atrayéndome de nuevo hacia su pecho.

—Deberías temerme —amenazó colérico—, porque ahora mismo pienso someterte como la perra que eres.

Me llevó casi a rastras hasta la mesa. Apresó mi nuca, tomando en su mano parte de mi melena, y estampó mi cabeza contra el tablero de la mesa. Pude sentir la rugosidad de la madera en mi mejilla. Me debatí, pero Rollo apresó mis muñecas en mi espalda y se ciñó a mis nalgas libidinoso.

—Voy a domarte ante mis súbditos, maldita. Voy a enseñarte sumisión y respeto, voy a hacerte aullar como jamás lo han hecho.

Grité impotente y me revolví furiosa al tiempo que rebuscaba el bajo de mi túnica.

—No, mientras yo viva —tronó una iracunda voz grave.

Albert se había puesto en pie, temblando visiblemente. Su rostro era un máscara de dolor contenido; su mirada, una flecha impregnada en odio, y su porte, amenazante y fiero.

Rollo aferró de nuevo mi cabello y me incorporó con rudeza, me puso delante de él y, en un gesto veloz, sacó una daga de su cinto y la presionó contra mi garganta.

—Si es el único inconveniente… —replicó Rollo con una sonrisa pérfida y demencial—. ¡Apresadlo, será ejecutado mañana al amanecer!

Fueron necesarios cinco guerreros para reducir a Albert, que luchaba como si los numerosos cortes que surcaban su espalda fueran meros dibujos escarlata. Pero hicieron falta muchos más para contener a los hombres de Albert, que, espada en mano, se enzarzaron en una impetuosa revuelta, que fue sofocada instantes después, ante la enardecida turba que, confundida, vacilaba posicionarse, y que al final eligió sabiamente la sumisión.

La punta de la daga presionó en un punto determinado en un lateral del cuello. Al cabo, sentí un hilillo de sangre descender cosquilleante por mi cuello. Nada que ver con el puñal que masacraba mi pecho, empuñado por el miedo y la desesperación.

CONTINUARA