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Capítulo 60

Nubes de tormenta

Llovía.

Lo hacía como si oscuras y aglutinadas nubes castigaran la tierra, horadándola con afiladas agujas de agua, penetrándola hasta las entrañas, mancillando con su fiero ímpetu cuanto había brotado de ella. Quizá para recordarle su poder, para empaparla con su furia, o inundarla con su crueldad.

El viento aullaba, sesgando apenas aquella rotunda y abrumadora cortina de agua. El amanecer, oscuro y lúgubre, sobrecogedoramente iluminado por violentos rayos que rasgaban el cielo y rugían coléricos, más se asemejaba a una tétrica noche que al despuntar de un nuevo y aciago día. El furor de los elementos resultaba espeluznante. Y, aun así, palidecían ante la tormenta que devastaba mi interior.

Albert había pasado la noche a la intemperie, atado a una burda cruz de madera, semidesnudo y sangrante, aguardando su destino, cabizbajo y laxo.

El resto habíamos sido hechos prisioneros, acusados de traición, excepto Eyra. Una extraña dispensa que solicitó la reina y que le fue concedida. Aquel súbito interés de Ragnhild por Eyra sumaba angustia a mi tormento; la araña tejía su tela de nuevo y justo en el momento de más indefensión.

Maniatados en el cobertizo, con dos guardas apostados cerca de la puerta, sentados indolentes sobre el heno y cabeceando en una duermevela inquieta, nos miramos con la ansiedad pintada en nuestros rostros.

—Tenemos que liberarlo —siseó Hiram apremiante.

—Para eso hemos de liberarnos nosotros —replicó ceñudo Erik.

—No tenemos nada afilado a mano —gruñó Ragnar abatido.

—Tenemos dientes —susurré fijando la mirada en los adormilados guardas—. Ya escapé en una ocasión gracias a ellos. Ahora que el cansancio los ha rendido, es el momento.

Los guerreros se miraron entre ellos sopesando mi sugerencia. Thorffin arrugó el gesto y negó con la cabeza.

—Tenemos que salir ya —urgió— ha amanecido, pero la tormenta retrasará la ejecución, es el mejor momento para escapar, no podemos perder ni un instante.

—Pero… ¿cómo…? —planteé intrigada.

—Poneos todos en pie —interrumpió Thorffin, al tiempo que se revolvía para incorporarse—. Intentad no hacer demasiado ruido.

Nos levantamos con las manos atadas en la espalda y actitud expectante.

—No podemos luchar sin usar las manos —murmuró Jorund desconcertado.

—¿Quién las necesita? —respondió Ragnar con una aviesa sonrisa velada, pareciendo adivinar lo que tramaba Thorffin.

—Dispersaos —aconsejó éste mientras avanzaba con sigilo hacia los durmientes guardianes—. Si despiertan, me atacarán de frente; en tal caso, rodeadlos y abalanzaos sobre ellos. Jorund, tienes el resto del cuerpo para pelear.

Valdis me miró con aversión y temor. Asentí con un mohín confiado para tranquilizarla y, como los demás, conduje mis pasos hacia los laterales del almacén.

De repente, uno de los guardas se sobresaltó tras un sonoro bufido y abrió los ojos sorprendiendo a Thorffin casi encima de él. Dejó escapar un gemido sorpresivo antes de que el gigante rojo lo aplastara con su cuerpo, dejándolo inconsciente de un brusco cabezazo. El otro hombre parpadeó confuso, fijó espantado toda su atención en Thorffin y, cuando ya empuñaba su espada apresurado, Erik, Ragnar e Hiram rugieron a la carrera y saltaron como chacales sobre él.

No tardaron en cortar las ataduras y en liberarnos a todos.

—Bueno, tenemos dos espadas, una tormenta y nuestra furia —apuntó Thorffin—, pero necesitamos caballos. Freya y yo liberaremos a Albert, dudo que pueda caminar. Cargaré con él y lo subiré a su caballo, tendremos que amarrarlo para que no caiga; Freya, tú llevarás las riendas. Huiréis como si os persiguiera el mismo Odín en su carro. Iremos detrás, no nos detendremos hasta que las monturas desfallezcan.

Todos asentimos, intercambiando miradas graves y decididas.

Thorffin cogió una espada, Hiram la otra.

—¡Vamos!

Salimos bajo aquel infierno de agua, corriendo con el corazón en vilo. El grupo se desvió hacia los establos. Thorffin y yo enfilamos a la carrera, entre profundos charcos y tierra enlodada, hacia la explanada frente al gran skáli, donde estaba Albert.

Verlo allí, atado a una cruz, con el pecho al descubierto, cabizbajo, con su largo cabello empapado cubriéndole el rostro, con el cuerpo flojo y las espantosas laceraciones que surcaban sus costados, me partió el alma. Era la viva imagen del Cristo Redentor agonizando en la cruz, y en verdad se trataba de un mártir, sacrificando su vida una y otra vez por salvar la mía. Por fortuna eran sogas y no estacas lo que lo anclaba a los maderos.

El estruendo de la tormenta nos ensordeció. Thorffin se enzarzó con las cuerdas que afianzaban el cuerpo de Albert a los postes, mientras yo me abrazaba a su pecho e intentaba alzar su cabeza para reanimarlo.

Dejó escapar un débil y amortiguado gruñido, que alivió mi congoja y aligeró mi angustia.

—Albert, mi amor, pronto estaremos muy lejos de aquí —susurré sacudiéndolo ligeramente.

Otro gemido apagado. Aparté el cabello de su rostro y lo acaricié con mimo. Libre ya de sus ataduras, el peso de su cuerpo me venció. Ya trastabillaba hacia atrás cuando Thorffin se precipitó en mi ayuda, sosteniendo a Albert y cargándolo acto seguido sobre su espalda, como un pesado fardo que arrastró con paso raudo y esforzado hacia las caballerizas.

Sin embargo, cuando llegamos frente a la amplia construcción de madera, una figura oscura de porte amenazante emergió de los grandes portalones abiertos, atravesando el sombrío umbral con paso seguro. Supe quién era incluso antes de vislumbrar sus facciones. Me tensé y aferré el brazo de Thorffin para detenerlo.

Miré ansiosa en derredor; ni rastro de los guerreros de Albert.

—¡Soy hombre cauteloso! —exclamó Rollo alzando la voz por encima de la tormenta—. ¡No en vano conservo mi reino!

Thorffin soltó a Albert, que cayó laxo sobre la tierra enlodada, y esgrimió la espada con ademán feroz.

Avanzó con decisión, dispuesto para el ataque; en cambio, Rollo no desenfundó su acero, sólo lo observó quedo, con una sibilina sonrisa y gesto confiado.

De pronto, el rey alzó una mano y del lateral de las caballerizas aparecieron sus soldados apuntando con sus aceros a los guerreros de Albert, que caminaban abatidos y cabizbajos.

La implacable lluvia adhería el bruno cabello de Rollo a su rostro. El agua resbalaba por sus angulosas facciones, y su mirada rapaz e intrigante se clavó en mí.

—¡Pero también soy un hombre magnánimo y juicioso! —agregó a voz en grito—. ¡Tengo motivos más que suficientes para ejecutaros a todos, mas no lo haré!

Caminó a grandes zancadas hacia nosotros y se detuvo frente a mí.

—Os daré la oportunidad de luchar por vuestras vidas si lucháis a mi lado en la batalla. Si logramos la victoria, permitiré que marchéis a donde os plazca, lejos de mí.

—¿Es un pacto? —inquirí desconfiada.

—No, es la única manera de obtener mi clemencia —apuntó con dureza—. Si derrotamos a Horik, seréis libres.

—Eso si sobrevivimos a la batalla —mascullé vencida.

—Aquí os aseguro que no lo haréis —concluyó antes de marcar un gesto vehemente con la barbilla.

Al cabo, un nutrido grupo de guerreros nos rodearon.

Instintivamente me precipité sobre el cuerpo de Albert, que permanecía inconsciente tendido sobre el barro; necesitaba sentir sus labios. Me incliné sobre él y lo besé fugazmente antes de que Rollo apresara burdamente mi brazo y me despegara de él.

Me revolví furiosa y lo encaré altanera.

—Lucharemos por ti —concedí airada—, pero, si no obtenemos lo que nos has prometido, juro por los dioses que no cejaré hasta acabar con tu vida y la de tu hijo. Yo misma exterminaré todo tu linaje, Rollo Svarte el Negro, como ya lo hizo tu reina.

—¿Qué locura pone Loki en tus labios? —profirió lívido, al tiempo que me zarandeaba furibundo.

—¡Engendraste dos vástagos, gran rey; ambos descansan en el otro mundo!

Bufó iracundo sin dejar de sacudirme con violencia. Avanzó a grandes zancadas, arrastrándome tras él. Caía en un charco tras otro vilmente empujada con enconado ímpetu por la furia de Rollo, que tiraba de mi brazo como si quisiera arrancármelo del cuerpo.

Embarrada, aterida y temblorosa, fui conducida al granero de nuevo, donde me lanzó con hosquedad sobre los fardos amontonados.

—Y ahora, maldita perra, vas a dar cuenta de tus perniciosos embustes.

—No miento —repliqué entrecortadamente. Me faltaba el aliento, la furia me sacudía y el miedo me atenazaba. Miré angustiada a mi alrededor, buscando con qué defenderme.

No obstante, sólo tenía a mano mi astucia; la verdad era mi baza y bien esgrimida podía convertirse en mi escudo—. Los hijos que perdió Sigrid eran tuyos. La misma Sigrid me lo confesó, por eso acudí a Agder; fui buscando la verdad, y la hallé.

Rollo entrecerró los ojos que todavía chispeaban feroces; sin embargo, el recelo se instaló en su semblante como un paño oscuro que lo inmovilizó por un momento.

—Ragnhild lo descubrió. El Oráculo es su consejero y ambos trazaron a su antojo los designios a seguir para acabar con cualquier bastardo que pudiera reclamar tu reino, en perjuicio del que ella lleva en su vientre. Decidió con frialdad eliminar posibles rivales de su propio hijo.

Los ojos del rey se abrieron asombrados, brotando de ellos una duda que crecía a medida que su mente asimilaba mis palabras.

—Pero necesitaban un culpable, una mano que ejecutara sus fechorías. Tejieron todo con extremo cuidado, y me atraparon astutamente en su elaborada trampa. Nadie más conocía la verdad que ocultaba Sigrid, se sentían confiados, pero, aun así, tu maliciosa reina no quiso correr riesgos y, cuando me indultaste, decidió acabar con mi vida. —Hice una pausa para coger aliento y apartar el vívido recuerdo de aquel inocente niño en mis brazos. Sentí tal oleada de angustia y dolor que jadeé—. Yo… yo debería haber interpretado correctamente las señales. Cuando ella me pidió que te sedujera, que consiguiera que la tomaras en mi lugar, debí darme cuenta de lo sibilina y manipuladora que era, pero lo atribuí a su desesperación por concebir un heredero. El resto lo consideré celos e inquina, pero erré del todo, es una víbora venenosa, letal y maléfica.

Rollo permanecía hierático, sumido en sus cavilaciones. Sólo sus ojos mostraban la tormenta que comenzaba a gestarse en su interior.

Decidí aguardar su reacción, alerta a cualquier ataque y pensando en algo que añadir en caso de que se cerniera sobre mí.

Tras un largo y tenso instante, Rollo respiró hondo; en su semblante rezumaba un amargor profundo que oscureció su tez y empañó su mirada.

—Mis hijos —pronunció en tono débil y extraño, como si esas palabras llevaran tiempo preparadas para salir, y ahora que lo hacían cayeran en un oscuro precipicio, produciendo un sonido hueco y vacío.

Entonces, fue una cólera rugiente lo que incendió su rostro y refulgió en sus ojos, llameando peligrosamente.

—Mi sueño, en verdad fue profético —siseó entre dientes—. Esa condenada völva supo interpretarlo: dijo que yo tendría una larga descendencia, pero sólo uno de mis hijos sería rey. Y así es: mi primer hijo murió de fiebres, junto a mi esposa, y ahora mueren dos por la ambición de mi nueva reina. Sin duda lleva en su vientre al que será rey de todos mis territorios, pero, cuando nazca, nada la salvará de mi ira. La desterraré para siempre, condenándola a la ignominia, repudiada y desprotegida.

—Una mujer así no sólo ambiciona el trono para su hijo, es fácil adivinar que también lo querrá para sí.

Fue como si le acabara de lanzar un cubo de agua helada. Su semblante se demudó, su ceño se frunció temeroso y sus puños se cerraron, conteniendo el torrente de emociones que lo desbordaban. Saberse una posible víctima de alguien que, además, era intocable hasta que trajera a su hijo al mundo, debía de provocar una emoción duramente encontrada y difícil de sobrellevar. Una honda preocupación tildó sus facciones.

—La tendré vigilada, se convertirá en mi prisionera —adujo con pesadumbre—, pero tú no te acercarás a ella. Por fin he encontrado la manera de quererte lejos de mí.

—Ése siempre fue mi consejo —recordé.

Rollo asintió lánguidamente y paseó los ojos por mi cuerpo; el lodo ceñía la ropa a mis formas, pero en ellos no asomó ningún matiz libidinoso. Permaneció pensativo y algo ausente hasta que, rompiendo su inmovilidad, retiró mechones mojados de su rostro con gesto brusco e impaciente.

—Te deseo —comenzó a decir contrito—, pero también te odio por provocar eso en mí. Te amo, pero con un rencor tan agudo, con una frustración tan intensa, que me desprecio a mí mismo por ello. Pero ten clara una cosa: si algo le pasara a mi reina mientras lleve a mi hijo en sus entrañas, te juro por cuanto mora en el Valhalla que llorarás lágrimas de sangre.

Ya se volvía para marcharse cuando se detuvo para dedicarme una admonitoria mirada que encogió mi vientre.

—No olvides algo, Freya —agregó en tono amenazante—. Mi reina tiene a Eyra en su poder; sólo la liberaré de sus garras cuando derrotemos a Horik y sus hordas de clanes rebeldes. La huida no es el camino, si queréis que ella lo comparta.

Abandonó el almacén con paso regio y porte imperioso; sin embargo, yo sabía que su interior era un amasijo de emociones ponzoñosas que ya habían comenzado a roerlo por dentro.

Necesitaba calor, refugio y alimento, y saber qué habían hecho con Albert y los demás. Pero cuando me puse en pie, las rodillas me flaquearon y me desplomé de nuevo sobre los fardos. Sentí unos incontenibles deseos de llorar y liberar el nudo que oprimía mi pecho, pero me negué semejante alivio. No, necesitaría toda la tensión acumulada, toda la rabia y todo el odio para defenderme, pues para atacar sólo precisaba frialdad y observancia. Estaba segura de que, si aguardaba la oportunidad, ésta se presentaría. Tarde o temprano, la araña caería en mis redes.

Me puse en pie de nuevo y salí del granero, antes de emprender mi camino hacia el skáli. Dejé que la lluvia, ya más apaciguada, limpiara el barro que ensuciaba mi piel. Cada gota fue una caricia, y lo que me encontré ansiando era que limpiara no sólo mi cuerpo, también mi alma, pues la sentía tan oscura como las nubes que colmaban el cielo ocultando el sol. Me pregunté cuándo amanecería, no sobre mí, sino dentro de mí.

Abrí los labios, extendí los brazos e incliné el cuello para alzar el rostro al lloroso cielo; cerré los ojos y me dejé purificar… buscando en mi interior un rincón acogedor donde resguardarme un instante, donde reponer la paz perdida, donde ordenar mis pensamientos y donde dejarme arropar por un manto sereno y cálido para recuperar el vigor desgastado y las esperanzas transidas y renqueantes.

No me permití mucho más; abrí los ojos y miré al frente con gesto adusto y mirada decidida. «Lo conseguiremos», me dije, y caminé hacia el gran skáli como si cada paso fuese sobre brasas, y al final del camino tuviera que atravesar un matorral de espinos.

Me castañeteaban los dientes y los escalofríos eran tan violentos que ni abrazándome a mí misma pude reprimirlos.

Abrí uno de los portalones y me adentré en el recinto. El calor me golpeó, otorgándome cierto regocijo. Comprobé, como temía, que Albert era atendido por las esclavas, bajo la atenta mirada de Rollo. Thorffin y los demás permanecían sentados en una larga banqueta, con semblantes cogitabundos y derrotados. Ya me acercaba a Albert, que continuaba inconsciente, cuando Rollo se interpuso en mi camino.

—No, ni él ni tú podréis acercaros el uno al otro hasta después de la batalla.

—¿Eres tan cruel que, a expensas de saber que nos enfrentaremos a la muerte, no permites que nos tengamos el tiempo que nos quede?

—No —respondió cortante—. No lo permito, porque no soporto verte con él, ni con nadie. Prefiero ser cruel a que lo sean conmigo; agradece que no te ate a mi cama, como es mi deseo ahora mismo. Pero no tendrás que sufrir mi decisión mucho más; en pocos días habré reunido a mis huestes y, entonces, partiremos rumbo a Viborg.

Dicho esto se alejó de nuevo, como si mi presencia lo acicateara con impulsos que seguramente le costaba mucho contener.

En ese momento, descubrí que, si no estaba atada a su cama, como él ansiaba, era por evitar un enfrentamiento entre su reina y yo. Pretendía mantenernos alejadas. Ella era su flaqueza, era el orificio en su escudo, por el que podría colar mi lanza. Ella era mi arma, al igual que Eyra era la suya.

Mi primera batalla habría de librarse en sus dominios, reina contra guerrera; también sería vital esa victoria.

CONTINUARA