Bajo la luz de una luna menguante los pasos rápidos de sus botas resonaban al chocar contra el polvoriento camino. Nerviosa, se giraba constantemente para ver si alguien la seguía. Sabía que lo que estaba haciendo no estaba bien, que faltaba a su palabra y a la integridad de su propio trabajo. Pero desde que cruzó esa línea que tanto se había jurado que nunca cruzaría, su mundo se había convertido en un sinsentido de arenas movedizas que debía sortear.

Distraída, no se dio cuenta de un gran boquete en el suelo y tropezó cayendo sobre sus rodillas desnudas. Por suerte, gracias a sus reflejos no tuvo que lamentar ninguna herida, pero al incorporarse se percató de que su blanco y corto vestido se había manchado de polvo. Se sacudió con prisa y torpeza y adecentó las arrugas sobre la tela.

No sabía qué iba a decir si alguien la veía con aquella ropa, y sin su abrigo, la prenda que denotaba su rango. Ella, acostumbrada a llevar ropa neutra y masculina, se sentía fuera de lugar con esa prenda que se ajustaba demasiado a las formas de su cuerpo y dejaba al descubierto gran parte de sus piernas y sus brazos. Pero ya sabía por experiencia que era la mejor ropa para esa situación. Útil, práctica y muy manejable.

Volvió a reanudar la marcha por el polvoriento camino que la llevaba directamente a un cabo alejado de la única ciudad de la isla. Volvió a voltearse, en un estado máximo paranoide, y observó la bulliciosa ciudad a lo lejos salpicada con numerosos puntos de luz. Nadie debía echarla de menos después de haberse retirado a descansar tras el duro y ocupado día.

Pero sabía que esa mentira en algún momento se acabaría, ¿Cuánto más podría abusar de ella antes de ser descubierta? Aquel no iba a ser ese día, o eso quería pensar. Se apresuró y continuó su camino, hasta que descubrió un solitario barco anclado en las inmediaciones del cabo. Era justo lo que estaba buscando.

La luz de la luna bañaba la estructura que ya había visitado en dos ocasiones anteriores. Pero se sentía como si fuera la primera vez que iba a poner un pie allí. Su corazón desbocado se atoraba en su garganta y hacía retumbar su pecho. El sudor comenzaba a perlar su espalda y sus dedos inquietos repiqueteaban en la empuñadura de su espada.

Caminó hasta llegar a las inmediaciones del barco y buscó, nerviosa. Quizás no podría subir. ¿Y si ya se había cansado de aquello? ¿Y si aquella vez era diferente y ya no significaba nada? Tragó saliva ruidosamente. No estaba preparada para pasar página tan rápido. Había esperado por aquello durante muchas interminables jornadas, y el destino lo había permitido de nuevo. O eso esperaba.

Tanteó con sus manos desnudas y el alivio invadió su cuerpo cuando tocó con los dedos la escala formada por gruesa cuerda. Dio un entrecortado suspiro y apoyó su frente contra el casco del barco. En vez de estar más relajada cada vez se sentía más nerviosa e inquieta. Su mente le jugaba malas pasadas y le hacía pensar en cualquier escenario. En momentos así deseaba estar más segura de ella misma y no sentirse tan frágil como el cristal.

Agarró la cuerda firmemente y comenzó a trepar por ella, a buen ritmo, hasta que llegó al final y con un grácil y silencioso salto cayó en la mullida cubierta del barco. La hierba se deslizaba suavemente acariciando entre sus dedos. Alzó la vista y volvió a echar un vistazo al lugar. Siempre le sorprendía lo acogedor que le resultaba a pesar de ser un barco pirata. Se incorporó y comenzó a caminar entre la hierba. Bajó sus gafas, las cuales llevaba apoyadas sobre la cabeza y comenzó a escrutar el sitio con su mirada.

Continuó caminando por la cubierta, percatándose de que el ruido de sus pasos quedaba amortiguado bajo la hierba. ¿Y si no se daba cuenta de que estaba allí? ¿Qué debía hacer para llamar su atención? No conocía apenas el lugar, y menos en las circunstancias en las que siempre lo había visitado, en medio de la noche, simplemente bajo la luz de la luna y las estrellas, amparada por la oscuridad como un gato pardo dispuesto a cazar una presa.

Pero en esos momentos ella no era ningún gato cazador, todavía no se había dado cuenta de que era un pajarillo que apenas podía alzar el vuelo y que se encontraba en el punto de mira de un terrible depredador desde el mismo momento en que su pie tocó la cubierta del barco.

Aguzó la vista y observó el trinquete, además del asiento de madera que había alrededor, donde se encontraban perfectamente depositadas tres katana. Estaba segura que eran las suyas, a pesar de la envolvente oscuridad, ¿Pero dónde se encontraba su dueño y por qué las había dejado así? La curiosidad y los malos pensamientos se apoderaron de ella, que caminó con presteza hasta que llegó frente a ellas. Las condiciones de luz eran pésimas, pero simplemente sostenerlas y sentir su peso iba a ser un auténtico disfrute. Alargó su mano derecha para coger una de las espadas cuando una rápida sombra apareció de la nada y agarró su brazo.

- Sabía que no ibas a poder resistirte a eso -

Tashigi intentó forcejear, ante la sorpresa inicial, pero aquella figura aprovechó para inmovilizar aún más su cuerpo. Agarró sus brazos tras su espalda inmovilizando sus pequeñas muñecas con su masiva mano izquierda, que ejercía una fuerza descomunal. Intentó forcejear con sus piernas, pero quedó petrificada cuando la mano derecha de aquella figura rodó por el interior de su muslo, deslizándose hacia arriba lentamente.

- N-No es lo que piensas. No tenía intenciones de hacer nada malo - tartamudeó Tashigi, que había caído en su trampa de una manera muy inocente.

- Claro que sí, ¿Acaso no ibas a tocar sin permiso lo que no es tuyo? Estás obsesionada con las espadas -

La voz ronca y grave de aquel hombre penetraba en sus oídos y hacía que su cuerpo se sacudiera. Notaba su aliento cálido sobre su cuello, amenazante. No se podía fiar de un depredador como él que amagaba con despedazarla en cualquier momento. Pero tampoco tenía excusa por lo que había estado a punto de hacer.

- S-sí, pero no iba a hacer nada malo, ¡Lo sab- -

- Tendrás que pegar por lo que ibas a hacer -

Aquella voz sonó tan amenazante que sus piernas se aflojaron por completo, haciéndola colapsar. Pero no cayó al suelo, la fuerza de aquellas manos la sostenía. Se recompuso y forcejeó ligeramente, no quería que él notase que aquella situación la excitaba y enloquecía. Pero la temperatura de su cuerpo y los casi imperceptibles temblores la delataban, le resultaba imposible ocultar cómo se sentía en esa situación.

En aquellos momentos, la mano derecha de la misteriosa figura se introdujo por el interior de su vestido y recorrió su piel hasta llegar a su seno derecho, el cual agarró con exacerbada desesperación, como si llevara tiempo deseando poder hacer eso. Amasó la carne entre sus dedos, lo que hizo arrancar un gemido de la garganta de la chica. Notaba su respiración agitada, el pecho de aquel hombre pegado contra su espalda subía y bajaba con rudeza al respirar con dificultad. Pasó la mano hacia el seno izquierdo y comenzó a agarrarlo con la misma ansia desmedida.

El cuerpo de Tashigi se retorcía por el contacto con ese hombre. La había tomado con la guardia baja. Se sintió idiota por haber caído en su juego, por no haberse dado cuenta de la trampa que le había tendido. Estaba jugando con ella, pero a la misma vez tampoco quería admitir que aquel juego le estaba gustando demasiado. Siempre lo buscaba a él como si fuera una perra de presa, y ahora era ella quien se encontraba apresada en aquella agradable e íntima situación.

La chica comenzó a notar cómo se humedecía su entrepierna. Se sentía avergonzada de estar ya en ese estado, puesto que apenas habían entrado en contacto de una manera ruda y superficial. Pero la situación era tan sensual y provocadora que su cuerpo se había entregado a aquel hombre desde el primer momento en que la rozó con sus dedos. Podía hacer lo que quisiera con ella, en medio de la noche todo estaba permitido entre ellos.

De repente, la extraña figura volteó a la chica y la puso frente a él. Tashigi pudo observar su rostro surcado por el éxtasis. Todavía se sorprendía de poder tener el privilegio de contemplar esa visión de él que ninguna otra persona tenía permitido ver. Su boca arrogante se encontraba entreabierta, y su pelo de color verde estaba revuelto hacia atrás. Se encontraba semidesnudo, apenas llevaba un bañador puesto. Tomó fuertemente su cintura y la pegó contra su cuerpo.

- Ro-roronoa… -

- Sabes que esto simplemente acaba de empezar -

El pirata Roronoa Zoro se abalanzó sobre la capitana marine e introdujo su lengua en el interior de la boca de la chica. Aquel beso era todo lo que ella llevaba esperando desde que su mirada se cruzó con la de él esa misma mañana. Cada vez que coincidían en una isla neutral en la que estaba prohibido el enfrentamiento entre piratas y marines debido a las leyes locales, terminaban haciendo eso en medio de la noche. Lo que había comenzado como un encuentro fortuito había escalado a aquellos encuentros cada vez más frecuentes e intensos. No sabía qué ocurría en el interior de la cabeza del espadachín, pero cada vez que él la besaba ella se hundía un poco más en las arenas movedizas en las que se había convertido su vida en esos momentos.

La lengua del espadachín recorrió el interior de la boca de la capitana con verdadera lujuria. Mientras, sus manos hambrientas bajaron al unísono y agarraron con fuerza el mullido trasero de la chica. Aquel beso fue el predecesor de otros tantos. Tashigi notaba sus labios hinchados entre los dientes de su compañero, sin apenas darle algún segundo de tregua.

Pero aquella situación no iba a mejorar para ella. El espadachín, sumido por una lujuria desmedida, volvió a introducir las manos bajo su vestido, bajo su ropa interior. Agarró directamente la carne de la capitana con sus manos, amasando cada centímetro de piel. Estaba enloquecido por las abundantes curvas de su compañera. A continuación, apretó el cuerpo de la chica contra el suyo propio. Tashigi dio un leve respingo al notar la abultada erección de Zoro contra su vientre. Ella no era la única que se encontraba excitada por aquella situación, y no podía evitar regocijarse al ver que la culpable de que ese hombre se encontrara en semejante estado de locura fuera ella.

El espadachín, incapaz de controlar sus ansias, hundió su rostro en el cuello de la capitana y comenzó a succionar su piel. Sus manos inquietas agarraron la ropa interior de la chica y en un brusco movimiento la destrozaron en numerosos jirones de tela que dejó caer a la cubierta.

La soltó de nuevo, sacó las manos de entre sus piernas y volvió a recorrer su cuerpo por encima de la tela. Se separó de su cuello y le dedicó una intensa mirada que no auguraba nada bueno. Volvió a alzar las manos y bajó las tirantas de su vestido, dejando al descubierto los senos de la capitana. Tashigi, que todavía no se acostumbraba al descaro de su compañero y, en ciertas ocasiones sentía no estar a la altura de alguien como él, intentó taparse. Pero el espadachín tomó sus muñecas y lo evitó.

- Quiero verte -

Tashigi abrió mucho los ojos ante aquellas palabras roncas que surgieron de la garganta del espadachín. Aquellas dos simples palabras hicieron que se derritiera todavía más. Se encontraba desbordada en éxtasis al ser correspondida así por él. Cesó en el forcejeo y se dejó llevar por la situación, como había hecho hasta ahora. Zoro hundió su rostro entre los senos de la chica, los cuales devoró, hambriento. Bajó su mano derecha y deslizó los dedos entre sus piernas, los cuales se humedecieron por la excitación de la capitana. Tashigi podía notar que a él le invadía la misma sensación que a ella al volver a notar su erección. Ambos eran iguales, lo que más valoraban y más les excitaba era ver la sacudida que causan en el otro.

El espadachín rozó con sus dedos el abultado clítoris de la capitana, arrancando pequeños gemidos de la garganta de la chica. Los movió lentamente en círculos, y disfrutó del movimiento acompasado de cadera con el que le deleitaba su compañera. Mientras volvían a fundirse en interminables besos donde sus lenguas chocaban, peleando incesantes por ver quién ganaba esa batalla.

Pero aquello no era suficiente, y la capitana lo sentía. Notaba que su compañero no podía soportarlo más, por eso no se sorprendió cuando la tomó en brazos y pegó su espalda contra el trinquete del barco. Bajó la vista y observó cómo bajaba su bañador lo suficiente para dejar a la vista su erección contenida. Tashigi volvió a tragar saliva. No se acostumbraba a aquello por mucho que lo buscase. Siempre se sentía atemorizada e inquieta cuando se disponía a entrar en su interior. El espadachín la agarró por las piernas y la situó sobre él. La capitana se agarró alrededor de su cuello con fuerza.

Cerró los ojos y dejó escapar un grito ahogado cuando notó el miembro del espadachín entrando en su interior. Se le erizaba la piel cuando notaba cómo rozaba indirectamente contra las prolongaciones internas de su clítoris. De una limpia embestida terminó de entrar en su interior. Cada vello de la piel de ambos se erizó ante aquella sensación. Volvían a estar completamente unidos, fundidos el uno con el otro conformando un único ser. Volvieron a alzar sus rostros y a fundir sus bocas en un beso cómplice.

Tashigi notaba cómo su compañero retomaba el rítmico movimiento de sus caderas, lentamente. Intentaba arquear su espalda, pero apenas podía moverse libremente al estar apoyada contra el mástil de madera. A él parecía no importarle, puesto que seguía moviéndose de forma acompasada, acelerando poco a poco.

Aquello era todo lo que buscaba. Cuando se unía al espadachín de esa manera sentía que todas las decisiones que había tomado eran las correctas. Nada le importaba que fuera un pirata, que lo estuviera persiguiendo, que fuera su enemigo. Se alegraba de no haber enterrado aquellos pensamientos sobre lo que realmente quería. Después de haber probado el sabor de sus besos sabía que la otra opción hubiera sido la incorrecta.

Aquella bestia desbocada aceleró el ritmo cada vez más. Notaba las embestidas de su miembro contra su interior. Notaba sus dedos hundidos en la abundante carne de sus muslos mientras su boca succionaba lujuriosamente su cuello. Iba a marcar todo su cuerpo si seguía así.

Pero realmente el espadachín se había propuesto castigarla esa noche por su osadía. Con su mano izquierda rodeó la cintura de su compañera con fuerza, sosteniéndola, mientras que alzó su mano derecha en dirección a su sexo y comenzó a rozar con movimientos circulares su clítoris.

Tashigi mordió su labio inferior con fuerza, intentando hacer el menor ruido posible. Hundió su rostro en el cuello del espadachín, incapaz de hacer otra cosa que no fuera dejarse llevar por sus acciones. No podía reaccionar cuando él hacía eso. Él sabía lo mucho que le gustaba, su rostro enrojecido y los temblores de todo su cuerpo le indicaban que su final estaba cerca.

Pero para Zoro también era insoportable. Cuando veía el cuerpo de su compañera desbordado de placenteras sensaciones por lo que él hacía con ella no podía controlar sus propios impulsos. Cegado por la lujuria aumentó más el ritmo de sus embestidas, pero aquello estaba siendo un arma de doble filo para él también. El roce contra el cuerpo de su compañera era tan intenso que notó la creciente necesidad de eyacular. Debido a ello, paró en seco, confundiendo a la chica.

- ¿O-ocurre algo? -

- ¿Qué podría ocurrir, mujer? - dijo el chico de forma lasciva mientras volvía a lamer su cuello - Ya sé… dentro de mí se encuentra lo que quieres realmente, ¿No es así? -

Tashigi bajó la mirada ante aquellas palabras. Estaba tan entregada que sentía que podía ver a través de ella y leer sus pensamientos. Pero consideraba que ya la había castigado demasiado. No iba a ser solamente ella la presa.

- ¿Estás seguro, Roronoa? - contestó la chica, desafiante - ¿Acaso no es al revés? ¿Qué buscabas con tanto deseo bajo mi ropa? ¿No eres tú quien ha entrado dentro de mí como una bestia desesperada? -

- Maldita mujer, eres terriblemente desafiante - rió el espadachín, extasiado, mientras la volvía a besar de nuevo.

De repente y sin mediar palabra cogió sus espadas y colocó bien las ropas de ambos, la tomó entre sus brazos y comenzó a subir por la cuerda que había alrededor del trinquete. Tashigi miró hacia arriba y observó que no había un carajo como en la mayoría de los barcos, aquella parecía otra sala. Era la primera vez que la llevaba allí, las veces anteriores había yacido con él en la habitación de los hombres. Zoro abrió la escotilla de metal y entró en el interior de la estancia. Se encontraban en el observatorio del barco que, además, también era su gimnasio particular.

Tashigi se sentía cómoda en ese lugar que estaba impregnado del olor del espadachín. Además, parecía ser el último lugar que mirarían si por cualquier casualidad alguien volvía al barco antes de lo previsto.

Zoro dejó sus espadas sobre el suelo y, con un rápido movimiento, tomó la también la espada de la chica, la cual dejó junto a las suyas. Caminó unos pocos pasos y tumbó a su compañera sobre una de las colchonetas, para volver a besarla de nuevo. Se sentía igual de ardiente que al principio, y además más confidente al haber recuperado el control de su cuerpo.

- Todavía no has pagado por tu impertinencia, mujer marine - sentenció el espadachín mientras se incorporaba y agarraba las dos piernas de la chica por sus muslos.

Tashigi se incorporó levemente y observó el rostro lascivo del pirata, que en aquellos momentos pasaba su lengua por los labios. Acto seguido, se agachó y hundió su cabeza entre las piernas de la chica sin darle tiempo a reflexionar. La capitana dio un leve respingo al notar la saliva del espadachín correr en el interior de uno de sus muslos. Nunca antes había hecho eso en sus anteriores encuentros, era la primera vez que se atrevía a hacer algo tan sucio.

La capitana apretó las piernas y pensó en incorporarse, pero cambió de idea cuando una placentera sensación recorrió todo su cuerpo al notar la lengua del espadachín contra su abultado clítoris. Jamás pensó que una sensación como aquella pudiera existir. Le resultaba imposible oponer resistencia, todo su cuerpo se había entregado a esa sensación de bienestar. Sus piernas se encontraban relajadas, y sus brazos también. Notaba un creciente calor en el vientre y una especie de electricidad cada vez más intensa. Su piel se erizaba ante los movimientos circulares de la lengua del chico y ante las caricias que hacía en el interior de sus muslos con la yema de sus toscos y callosos dedos. Dejándose llevar por aquella sensación decidió que siempre llevaría puesto un vestido cada vez que tuviera que encontrarse con él. Lo que siempre había considerado una prenda poco práctica y comprometida ahora se había convertido en su mejor aliada en aquellos fogosos encuentros.

Movió sus brazos y enterró las manos en la espesa cabellera del chico. Su pelo revuelto era fino y abundante y hacía cosquillas en su piel. Llevó sus dedos hasta la nuca del espadachín y la empujó con sutileza, invitándole a continuar. Zoro, que se percató del lenguaje no verbal de la chica, comenzó a mover su lengua más rápido en movimientos verticales, arrancando a la capitana un leve gemido de su garganta.

No podía soportarlo más. Aquella sensación le estaba resultando indescriptible. Adoraba cada minuto que pasaba con él y cómo la hacía sentirse en esas situaciones. Sabía que su final estaba cerca porque una indescriptible sensación crecía en el interior de su vientre. Las sacudidas en sus piernas eran cada vez mayores, y ya solamente podía pensar en disfrutar cómo se sentía en esos pocos segundos.

Pero él también sabía lo que estaba a punto de suceder, y en su afán de castigarla por su osadía volvió a parar en seco, alzando su cuerpo mientras le dedicaba a la chica una sonrisa arrogante.

- N-No entiendo - dijo Tashigi, confundida - N-No quiero… que pares -

- Entonces pídemelo - contestó Zoro, que agarraba sus muslos con fuerza - Di mi nombre, si de verdad quieres que siga… dímelo -

Era la primera vez que le pedía eso. Tashigi mordió sus labios, dubitativa. Ni siquiera era capaz de decir su nombre para sus adentros, se sentía terriblemente avergonzada cuando pensaba en ello. Pero allí se encontraba, frente a él, que lo que más deseaba en esos momentos era que ella dijese su nombre en esa situación y en ese momento para terminar de unirlos para siempre, para darse cuenta de que todo eso era real y solamente ocurría entre ellos dos, para cerciorarse de que él era el único para ella.

- Z-Zoro… por favor, no me dejes así, Zoro. Necesito que sigas - le dijo la chica, mientras su rostro se teñía completamente de rojo por la vergüenza que sentía.

El escuchar su nombre hizo que una sacudida recorriera su espinazo. El vello de su piel se erizó y una agradable sensación invadió sus oídos. Su nombre pronunciado por su entrecortada y tímida voz le resultaba demasiado excitante. Sin poder contenerse, bajó de nuevo y se dispuso a terminar su trabajo. Su lengua relampagueante estimulaba el clítoris de la capitana, que se sorprendía al ver lo efectivas que habían sido sus palabras.

Tashigi no podía contenerlo más, y arqueó su espalda como una gata cuando notó que era invadida por el intenso orgasmo. Sin poder parar, dejó escapar un quejicoso gemido del interior de su garganta. Volvió a depositar sus manos sobre la cabeza del espadachín y agarró su cabello con fuerza. La sensación que sentía en su bajo vientre era demasiado agradable y se propagaba por su cuerpo en sucesivas oleadas. Cuando cesó notó que sus piernas y sus brazos se aflojaban, y los dejó caer lentamente sobre la colchoneta.

El espadachín se incorporó, triunfal, y miró con intensidad el cuerpo de su compañera mientras se limpiaba los labios con el dorso de su mano izquierda. Todavía necesitaba más, saciar sus propios impulsos, pero se regocijaba al ver a su compañera yacer junto a él, satisfecha, dormitando como una gata mansa. Se tumbó junto a ella, y comenzó a acariciar su espalda por encima de la tela.

Tras esa intensa y agradable sensación Tashigi comenzó a recuperarse poco a poco. Los juguetones dedos del espadachín recorrían su espalda, subían la tela de su vestido y terminaban acariciando las curvas de su trasero. Su vello volvía a erizarse de nuevo. La mano del espadachín volvió a introducirse por debajo de su ropa acariciando su cintura. Volvió a sacarla de nuevo y la llevó hasta la cremallera que había en la parte superior. La descorrió lentamente y dejó la piel de la chica al descubierto.

Tashigi, que se estaba excitando de nuevo, se incorporó y dejó caer la tela hasta su cintura. El espadachín tomó el vestido, lo sacó por sus piernas y quitó sus botas, dejándola completamente desnuda. La luz de la luna se filtraba por los cristales de las ventanas, bañando el pálido cuerpo de la chica que contrastaba con el bronceado de su propia piel.

Ya no podía soportarlo más. Llevaba un largo rato controlándose a sí mismo, pero él también quería experimentar lo mismo que había sentido ella. Se puso de rodillas sobre la colchoneta y se quitó su bañador con presteza, quedando también completamente desnudo. Se sentó y tomó a la capitana del brazo, acercándola a su cuerpo.

- ¿No creerás que esto ha terminado, no, mujer? ¿Recuerdas lo que dijimos? -

Tashigi le miró a los ojos y asintió con la cabeza. Recordaba perfectamente el trato que hicieron la primera vez que se encontraron en ese mismo contexto.

- La noche será toda nuestra… hasta que llegue la madrugada. En medio de la noche no tendremos que anhelar el sabor el uno del otro - dijo tímidamente mientras rozaba sus labios con los dedos.

Zoro también asintió. Alzó su mano derecha y retiró las gafas de la chica, dejándolas junto a la ropa. El silencio reinaba, solamente se podía escuchar el ruido de las olas al romper contra el rocoso cabo. Pero el fuego que había entre ambos seguía sin extinguirse, se encontraban envueltos en esas ardientes llamas que despertaban el uno en el otro.

Cogió a la capitana de la cintura y la sentó sobre él. Su intensa erección chocaba torpemente contra el sexo húmedo de la chica. Tashigi alzó los brazos y rodeó con ellos el cuello del espadachín. Tomando la iniciativa por primera vez en esa intensa noche besó a su compañero de forma lenta pero cargada de lujuria. Introdujo su lengua en el interior de su boca y recorrió cada centímetro de su interior. Mordió ligeramente el labio del espadachín y volvió a besarlo incontables veces de nuevo.

Zoro agarraba con fuerza la fina cintura de la chica y pegaba su torso contra sus firmes senos. Necesitaba saciarse y acabar con aquello. Bajó su mano derecha y agarró su miembro, el cual volvió a introducir en el interior de la capitana. Su sexo húmedo lo recibía sin oponer resistencia.

Como si de un baile se tratase, ambos comenzaron a moverse acompasadamente. El ritmo entre ambos era lento pero intenso, cargado de sensualidad y erotismo. Tashigi todavía notaba los coletazos de su orgasmo, notaba que su cuerpo era mucho más receptivo a alcanzar de nuevo esa sensación. Apretó las caderas contra el miembro de su compañero y contrajo sus músculos. Aquello hizo que el espadachín dejara escapar un burdo gruñido de su garganta. Ahora era Tashigi la que sabía que el final de él se encontraba cerca.

Mujer, marine, capitana, imitadora… él nunca se había referido a ella con su nombre. Siempre evitaba esa palabra, a sabiendas que en el momento en el que la nombrara no habría vuelta atrás. Tashigi notaba las intensas embestidas y sabía que era su momento de actuar. La chica apretó sus piernas, inmovilizando las de su compañero, que era incapaz de seguir moviendo sus caderas. Esta vez era él quien se encontraba confundido.

- No lo hagas… no pares ahora-

- Entonces pídemelo tú también… - susurró la chica, moviendo sus caderas lentamente - Dí mi nombre, dilo mientras intentas domarme -

Tashigi cesó la fuerza de sus piernas y comenzó a moverse con rapidez sobre el espadachín. Notaba los movimientos de su duro miembro en su interior. Sabía que no podría soportar eso. Y ella tampoco.

- T-tashigi… por favor, no pares de hacer esto - gimió el espadachín, aferrándose a su cintura, hundiendo su rostro entre sus senos.

Escuchar su nombre pronunciado de esa manera tan fogosa hizo que se retorciera de placer. Su ruda voz nombrándola era lo mejor que había escuchado nunca. Toda aquella situación tan intensa solamente podía desembocar en el clímax de ambos.

De repente, el espadachín se separó de su pecho y dejó escapar un gutural gemido. Notaba cómo eyaculaba en el interior de la chica, vaciándose por completo. El placer invadía cada parte de su ser a modo de pequeñas oleadas. Tashigi volvió a sentir la intensidad de un segundo orgasmo que la dejó completamente agotada y a merced de un profundo sueño.

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Los primeros rayos de sol empezaron a bañar sus cuerpos desnudos, entrelazados mientras dormían plácidamente. Tashigi alzó la cabeza al sentir la luz sobre su rostro, para acto seguido mirar a través de la cristalera. El tiempo se acababa para ellos. Retiró gentilmente el brazo de Zoro y se levantó. Cogió su ropa, sus zapatos y sus gafas y se dirigió al baño, que recordaba de veces anteriores.

Mientras, el espadachín dormía profundamente sobre la colchoneta, todavía desnudo. Pero no tardó mucho en despertarse, a menudo era incapaz de dormir durante muchas horas seguidas. Se incorporó y la buscó con la mirada, pero no la encontró. Cogió el bañador y se lo puso. Se levantó y se dirigió hacia los cristales del observatorio. Todo permanecía todavía en silencio. Pensaba que se había ido sin decir nada cuando vio su espada a lo lejos, junto a las suyas. Volvió a mirar a través de las ventanas y la vio saliendo del baño, completamente adecentada y aseada. Dejó escapar una risa cuando la vio agacharse bajo el trinquete para tomar su ropa interior, hecha jirones. Pensó que la próxima vez debía traer una de repuesto. O mejor, nada de ropa interior. Volvió a sonreír cuando observó que la chica tiraba el trozo de tela por la borda.

Zoro aprovechó para bajar a la cubierta del barco y encontrarse con ella. Tomó todas las espadas y bajó por la escotilla de metal. No pudo evitar dejar escapar otra sonrisa mientras la miraba, intentando plisar la falda de su vestido, que hacía amagos de levantarse con el leve viento.

- Pensaba que te habías ido sin decir nada - dijo el espadachín, acercándose a ella y lanzándole su espada.

- Eso ha sido muy grosero, ¿No crees? - le replicó la chica, molesta - Y-yo no haría nunca eso, ¿Acaso tú sí? -

- Quién sabe - contestó el chico, divertido, al ver la confusión en el rostro de la capitana.

- E-eres un idiota - replicó, mirando hacia otro lado mientras se apoyaba en la barandilla del barco.

Zoro se acercó de nuevo a ella. La tomó por la cintura y volvió a besarla, con lujuria. Introdujo su lengua en el interior de la boca de la chica como si ese fuera el último beso entre ambos.

- Quiero que llegue otra nueva media noche - le susurró el espadachín al oído, erizando el vello de su nuca.

- Debemos esperar… hasta la próxima vez ¿Crees que será pronto? - preguntó la chica, más relajada de nuevo, correspondiendo a los besos de su compañero.

- Eso depende de ti, yo soy un pirata, puedo hacer lo que quiera -

Tashigi lo apartó y sopesó sus palabras. No era nada fácil para ella lo que le estaba pidiendo. ¿Cómo iba a amar libremente a un pirata con semejante recompensa siendo ella una capitana? Al principio no lo entendía, pero tras conocerlo, a él y a sus compañeros, llegó a entender que la etiqueta pirata o marine no significaba realmente nada. Había demasiados marines corruptos y otros tantos buenos piratas. Pero aún así no era fácil.

- Yo lo voy a cambiar todo, Roronoa - dijo la capitana, tajante, mientras le miraba directamente a los ojos - La Marina se convertirá en un sitio donde realmente se castiguen a los malvados, independientemente de si son piratas o propios marines, ¿M-me esperarás… hasta que lo consiga? -

- Ya te he dicho que soy un pirata… puedo hacer lo que quiera, hasta esperarte lo que sea necesario - sentenció el espadachín, volviendo a besarla de nuevo.