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Capítulo 61

Sueños de muerte

Hedemark bullía de actividad.

Centenares de soldados habían invadido el poblado, pertrechados para la batalla, solazados y ansiosos por entregar sus vidas y sus almas a favor de su rey, sabiéndose próximos al Valhalla, imaginándose rodeados de hermosas valquirias y de rebosantes jarras de ambrosía.

En ese momento aprovechaban, con ruda intensidad, quizá sus últimos instantes de esparcimiento terrenal… bebiendo, copulando como animales, carcajeándose estruendosos y retándose en peculiares apuestas, que solían acabar con los puños.

Deambular entre aquella exaltada turba ebria, siendo mujer, resultaba riesgoso, y más cuando acaparabas miradas curiosas, entre desconfiadas y libidinosas. Ir equipada con mi más aguerrida vestimenta de doncella escudera conseguía mantener a los hombres en su sitio. Aun así, si mi yelmo, mi peto de cuero con correajes, mis calzas de hombre, mis botas altas y la espada en mi cinto no fueran suficientes para repeler la desatada lujuria de los soldados, la imponente presencia de Asleif a mi lado, la ferocidad de mi inseparable Fenrir y las fulminantes miradas de Albert sobre los incautos que se acercaban demasiado me mantenían a salvo.

Albert estaba parcialmente restablecido; sus heridas seguían tiernas, pero su vigor, recuperado. Eyra le cambiaba el emplaste cada mañana, y le aconsejaba que entrenara a la intemperie con el torso al descubierto, para que las brechas se secaran más deprisa. Y de esa guisa, paseaba por la aldea, impresionando a los guerreros y a las mujeres, que lo miraban entre admiradas y horrorizadas por los profundos cortes que surcaban su espalda y por la impetuosa belleza de tan majestuoso hombre.

Yo también lo observaba, con tal intensidad que incluso percibía su estremecimiento ante el desesperante anhelo que emergía de cada una de mis miradas. De la misma manera, yo era receptora de las suyas, del fuego que palpitaba contenido en él, de su huraña frustración, pero sobre todo de la firme decisión que movía cada uno de sus pasos.

Estaba al tanto de todo, naturalmente, y de que su madre era la prenda que Rollo retenía, como garantía de nuestra lealtad obligada. Ahora era un león enjaulado que paseaba inquieto de un lado para otro de la puerta de su celda, deseoso de saltar fuera de ella, y de morder hasta liberarse.

Sigrid había dado su testimonio ante Rollo, confesándole en privado lo mismo que me había contado a mí. Verla de nuevo me impresionó sobremanera. Tenía la mirada perdida y vacua, estaba pálida y ojerosa, un rictus amargo descomponía sus facciones, apagando su otrora luz.

Estaba rota, era un alma sin vida, una simple envoltura que caminaba perdida, sin rumbo, ni esperanza. Nada la anclaba ya a este mundo, o eso creí yo al menos, porque, cuando se acercó a mí, súbitamente su porte se irguió y su mirada destelló mostrando una oculta intención.

—Al igual que yo pago mis maldades —desveló con frialdad— nadie quedará sin castigo.

Permanecí rígida y alerta, hasta que seguí su mirada. Esta vez no era yo el objetivo de su venganza. Esta vez, ambas compartíamos un fin común. Ragnhild también nos observaba, evidenciando un inquieto temor y la misma inquina de la que ella era objeto.

Sigrid me miró de nuevo, asintió de un modo imperceptible, encontrando en mí a una aliada imprevista, y se alejó a su rincón.

Eyra no podía salir del skáli; además, era la encargada de atender las necesidades de la reina. En cuanto a alimentos y bebidas, debía probarlas ella antes. Y eso sí me preocupaba estando Sigrid cerca.

Suspiré con pesadumbre y preocupación y me dirigí al banco donde estaba sentado Hiram, claramente nervioso.

Forcé una sonrisa tranquilizadora cuando posó sus hermosos ojos verdes en mí.

Esa noche se celebraría la festividad de Walpurgis, en la que, mediante cánticos y conjuros, se invocaba y adoraba a los dioses de la fertilidad, donde agasajarían con danzas y fuego a Belenos, para que purificara a los habitantes y a los pueblos, y para recibir con algarabía la época de luz y buen tiempo que ya acariciaba la región.

—¿Nervioso o indeciso? —inquirí tomando asiento frente a Hiram.

—Ambas cosas, aunque añadiría aterrado.

Solté una carcajada y sacudí la cabeza. Dirigí la mirada hacia el otro extremo, donde Valdis era preparada por las esclavas, en un rincón de la sala, ocultas por mantos. Esa noche, además, celebraríamos una boda.

—¿Por qué aceptaste si no estás seguro?

Contrariamente al resto de las sociedades que yo conocía, allí las mujeres podían pedir en matrimonio con la misma libertad que los hombres, de la misma forma e, igual de sencillo, podían separarse de su pareja si así lo deseaban.

—Por un lado, deseo formar una familia, y Valdis es fuerte y apasionada. Por otro, su carácter me desespera, sólo consigo calmarla de una manera… —adiviné en su sonrisa la manera en que apaciguaba a Valdis—, pero, incluso así, su posesividad me ahoga.

—¿Y qué hay de los sentimientos?

Compuso un mohín indiferente y se encogió de hombros.

—Ella me ama con locura y yo la quiero. Ninguna otra mujer disponible me atrae lo suficiente como para atarme a ella.

Desvíe incómoda la mirada y me recoloqué el brazalete de cuero que ceñía mi muñeca.

—Además —agregó con una nota agria en su voz— puede que sea el matrimonio más corto de la historia.

Negué rotunda con la cabeza, frunciendo el ceño reprobadora.

—No pienses eso; volverás con ella y tendrás tantos hijos como disputas.

Hiram rió abiertamente, echando un fugaz vistazo hacia donde preparaban a la novia.

—En tal caso, seré el guerrero más fértil de la región.

Sonreímos, aunque un deje apenado empañó aquel gesto compartido.

—Pocos amores hay como el vuestro —manifestó nostálgico Hiram.

Di un profundo suspiro y lo miré con cierto amargor.

—Cierto, pocos tan vapuleados como el nuestro. Los dioses se ceban con nosotros una y otra vez, son nuestros enemigos, y a ellos nos enfrentamos. Sólo sé que, aunque en esta vida logren vencernos, en la muerte seguiremos buscándonos.

—Y yo te prometo, ante esos mismos dioses —aseveró Hiram, adoptando una solemne gravedad—que siempre te ayudaré a encontrarlo, incluso a través de la eternidad si es necesario.

Alargué la mano sobre el tablero de la mesa, e Hiram la cogió entre las suyas, con semblante emocionado y mirada tierna.

—Es tremendamente injusto, Freya, que ambos tengáis que sufrir tanto sólo por amar.

—¿Te nombras guardián protector de nuestro amor? —proferí con un tinte jocoso y ligero, aunque sus palabras me llegaron al alma.

—Es justo lo que acabo de hacer —afirmó con hondo convencimiento—, así que confía en mí: Albert y tú os pertenecéis, y alzaré la voz para proclamarlo al viento, a las nornas, a Odín o a quien sea necesario.

Sonreí emocionada y asentí de nuevo, apreté cómplice su mano en gesto agradecido y me puse en pie.

—Mi guardián, necesito otro favor, mientras voy a ver cómo va la novia.

—Decidme, protegida —respondió con una sonrisa burlona.

—Vigila a Sigrid; si se acerca a los calderos que humean sobre el fuego, o a las barricas de cerveza, permanece alerta a sus actos. Creo que es capaz de todo.

—¿Temes que ahogue sus penas comiendo o bebiendo? —bromeó frunciendo el ceño en una mueca socarrona.

—Temo que busque venganza.

La verdosa mirada de Hiram se oscureció al tiempo que asentía.

—Estaré atento, al menos hasta que comparezca en el ritual de mi boda; en ese momento, mi única preocupación será respirar.

Sacudí la cabeza con una sonrisa y me alejé para ofrecerle a Valdis mis buenos deseos.

Toda mi intención quedó ahí, cuando Albert entró en el skáli. Mis ojos recorrieron hambrientos su marcado y poderoso torso. Paseé los ojos por cada uno de los ondulados trazos de los permanentes dibujos rituales que adornaban su pecho y sus antebrazos, como serpientes de tinta enroscadas a su cuerpo. Tan subyugantes como la piel sobre la que se lucían.

Deseé pasar los dedos por cada línea, ansié delinearlas con la lengua y colorearlas con mi aliento. Cuando él posó los ojos sobre mí, descubrí que estaba conteniendo el aliento y que jadeaba. Respiré profundamente y me obligué a apartar la vista, luchando contra el desgarrador anhelo de cobijarme en aquel esplendoroso pecho que tantas miradas atraía.

Entonces, reparé en que ya no llevaba barba; su varonil rostro libre de vello resultaba hermoso, viril y cautivador de un modo devastador. Me perdí por un beso en aquellos labios mullidos y suaves, por puntear con los míos la rotunda línea de su mandíbula y mordisquear con suavidad su cuello. Me obligué a darle la espalda, temerosa de no poder contener mis impulsos.

Fue cuando me topé con la penetrante y ceñuda mirada de Rollo, y la intrigante expresión de su reina. En ambas pude leer oscuros mensajes soterrados de argucias inminentes. Algo que por otra parte ya entreveía; ninguno iba a concedernos la libertad, no mientras tuvieran un hálito de vida en sus cuerpos.

Nuestra lucha sólo podría acabar con la muerte de un bando; el león y la loba contra el cuervo y la araña.

Me descubrí sonriéndoles maliciosa, incluso amenazante. Ya no les temía, ahora les mostraba de forma abierta a quién se enfrentaban. Aquello los desconcertó y, tras absorber aquel pequeño triunfo gestual, me dirigí hacía el cubierto rincón donde Valdis era ungida con afeites florales, vestida y peinada.

Retiré las cortinas y me adentré en aquel pequeño receptáculo. Dejé escapar el aliento ante la hermosa mujer que, sentada en una banqueta, permitía que adornaran su brillante cabello rojo con guirnaldas de flores blancas.

—Valdis, creo que Hiram se quedará sin respiración como bien vaticinó —aduje admirada.

La aludida me miró y sonrió radiante.

—¿Me encontrará hermosa? —preguntó ilusionada.

—Lo eres, y hoy resplandeces.

Valdis estiró los labios en una amplia sonrisa plena de dicha.

—Porque voy a desposarme con el hombre que amo —respondió tras un hondo y emocionado suspiro.

Me acerqué a ella sonriente y deposité un beso suave en su frente.

—Os deseo una larga vida en común, que los dioses os colmen de bendiciones y que vuestro amor ilumine cada instante de vuestras vidas.

Valdis alzó conmovida sus acuosos ojos verdes, su sonrisa tembló afectada y, con expresión agradecida, cogió mi mano entre las suyas.

—Ojalá, y que esos deseos te sean devueltos, nadie los merece más que Albert y tú.

Esta vez fui yo la que asintió con mirada húmeda.

Recordé en aquel instante el día de mi boda con él, lo mágico de aquel inolvidable momento. La penetrante mirada de Albert sobre mí, la vinculación de nuestras almas y la unión inmortal de nuestros corazones.

El rito había consagrado nuestro juramento y, aunque el destino se esforzaba en romperlo, no lo conseguiría, porque el mayor poder que cobijaba este mundo no eran las religiones, ni los hombres, ni los dioses… el mayor poder era el amor, al menos lo que daba sentido a todo.

—Te aseguro que no voy a quedarme a esperar que esos deseos se cumplan, los vamos a luchar.

Valdis oprimió mi mano en gesto cómplice. Compuso un mohín confiado y asintió con vehemente convencimiento.

—Lo lograréis.

Sonreí, me incliné de nuevo hacia ella y besé su sien, al tiempo que acariciaba su lustroso cabello del color del fuego.

—Ahora, saborea cada mirada, cada sensación, y disfruta de lo que tú misma has conseguido.

Tras una última mirada y una gran sonrisa complacida, que ocultaba mis propios temores, salí del cubículo formado por mantos colgados en las vigas de aquel rincón apartado.

Me detuve un instante para tomar una gran bocanada de aire y alejar los recuerdos. No era momento de nostalgias y flaquezas.

Escudriñé la sala en busca de Sigrid; no la encontré. Sentí alivio y me dirigí a Eyra, que removía con un largo cucharón de madera uno de los grandes calderos, donde la oscura y densa sopa de ganso ondeaba lamiendo el interior de la marmita.

—Recelo de Sigrid —murmuré soterrada cuando llegué a su altura—, planea algo; su mente enturbiada por el odio es capaz de cualquier cosa.

Eyra no me contestó; sin embargo, dejó de remover el guiso y suspiró hondamente. La expresión de su rostro me desazonó sobremanera. Había oscuridad en él, velado por una angustia inusitada en ella.

—¿Qué te ocurre, Eyra? —pronuncié alarmada, cogiéndola por los hombros. Sentí cómo mi pecho se agitaba por el miedo.

La mujer tragó saliva; el brillo de sus ojos titiló con un conocimiento que me encogió el corazón. Me agarró del brazo y me condujo hacia un rincón solitario.

—Anoche tuve un sueño —comenzó a decir con mirada perdida—. Me encontraba en mitad de un bosque sombrío, la luna iluminaba un sendero que acababa en una cabaña, era la del Oráculo. Caminé hacia ella y, cuando llegué a la puerta, ésta se abrió para dejarme entrar. Allí estaba él, sentado en su tocón; alzó la cabeza hacia mí y se retiró la capucha de su capa. —Hizo una pausa en la que tragó saliva de nuevo, su palidez se acentuó—. Entonces, alargó una mano ofreciéndome una flor blanca; su ciega mirada lechosa se clavó en mí, aguardando que la cogiera. Lo hice, la llevé a mi nariz y la olí. Su fragancia era nauseabunda; me empezaron a llorar los ojos, pero, cuando fui a enjugármelos, descubrí que no eran lágrimas lo que recorría mis mejillas, sino regueros de sangre. Entonces, el anciano hechicero dio una fuerte carcajda y me señaló. Cuando miré mis ensangrentadas manos, comenzaron a desdibujarse, todo mi cuerpo se diluía ante mi asombrada mirada, Freya. Y no podía moverme, ni tan siquiera gritar. Me he despertado bañada en sudor y con una opresión en el pecho que crece a medida que transcurre el día.

Negué con la cabeza, un nudo atenazó mi garganta y un acusado pavor recorrió mi espalda, erizándome la piel.

—Es un aviso —conseguí musitar— sólo habremos de estar más alertas que nunca. No pienso dejarte aquí, vendrás conmigo a la batalla, haré lo que sea por conseguirlo.

—No, Freya, no es un aviso, es mi destino —afirmó con hondo pesar—. Mis sueños son premonitorios; hacía mucho tiempo que no me visitaban. Son visiones proféticas de un futuro inmediato, mi condenado don clarividente anuncia mi muerte.

Negué de nuevo con la cabeza, con más rotundidad, con más desesperación; fijé la mirada en ella, con el ceño fruncido y una decisión firme en el semblante.

—No vas a morir —espeté furiosa—. Las runas se equivocaron anunciando mi muerte; ese maldito sueño no se cumplirá.

Ante mi asombro, la anciana sonrió tranquilizadora, aunque su mirada brilló con una tristeza infinita.

—Escúchame, Freya: las runas, como te dije, no erraron, sólo que no atiné a interpretarlas. Los sueños o visiones son diferentes, son imágenes inequívocas de un suceso por llegar. Es el destino que se muestra ante mí; quizá, después de todo, es un favor de los dioses para que me prepare bien antes de partir. Me regalan el conocimiento para que emplee sabiamente el tiempo que me queda.

—¡Por los dioses, no lo permitiré! ¡Maldición, no te llevarán! —exclamé con aciagas lágrimas bailando en mis ojos—. Ese conocimiento es lo que necesitamos para evitar tal final. Esa flor es una señal, ya sabemos a lo que atenernos. Albert ingeniará la manera de sacarte de aquí y…

—¡Freya, Albert no debe saber nada: parte a la batalla… y nada ha de distraer su mente! —interrumpió en tono firme y tajante—. Esa flor blanca sólo evidencia que seré envenenada. Es completamente imposible controlar todo lo que beba y coma, a no ser que deje de hacerlo. Incluso así, hay muchas formas de envenenar; recuerda el dardo que te lanzaron a ti.

—Sólo yo te proveeré de comida y bebida —aseveré tajante—. No vas a separarte de mí. Ese sueño no se cumplirá. En cuanto a Albert…

Eyra cogió mis temblorosas manos con las suyas y sonrió dulcemente ante mi asombro.

—No insistas, Freya; Albert tiene que luchar por su propio destino, no por uno ya predicho de antemano. —Hizo una pausa para tomar aliento; su mirada se oscureció de nuevo—. La flor no nos es desconocida, es la adelfa, y pueden utilizarla de muchas maneras, no podemos prever el modo.

Aspiré hondamente y redoblé mis esfuerzos por empujar con saliva la piedra que se atoraba en mi garganta. El miedo atenazaba mi pecho y la furia aceleraba mi respiración, y en aquel momento supe lo que tenía que hacer.

—Pero puedo detener la mano que te tiende la flor —argüí animada por un rayo de esperanza.

Eyra sacudió la cabeza y resopló con pesadumbre.

La aceptación que brillaba en su mirada revolvió el mar de brasas que ahora me consumía.

—El Oráculo es el ojo de los dioses, la herramienta del destino; él también sabe que acaba de sentenciar el suyo.

El desconcertante recuerdo de un mensaje me golpeó en aquel preciso instante por segunda vez: las enigmáticas palabras del Oráculo cuando me despidió la última vez que fui a su encuentro, de nuevo. Sólo que ahora encajaban, pero en un hueco aterrador.

Agrandé los ojos y dejé escapar una angustiada exhalación…

«Y ahora marchad, mujer loba; lo último que veré ya de vos serán vuestros colmillos».

En efecto, él también había sellado su destino.

CONTINUARA

Ya estoy llorando por Eyra.