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Capítulo 62
Una boda entre despedidas
Un emisario entró abruptamente en la sala, con semblante enfurruñado y paso apremiante. La impaciencia dominaba sus bruscos ademanes y el temor, su mirada.
Rollo detuvo el cuenco a medio camino de su boca y se puso en pie en el acto, yendo al encuentro del angustiado heraldo.
-¡Han avistado la flota de Lodbrok, mi señor; están a pocas jornadas de viaje rumbo a Jutlandia!
Rollo dejó escapar una brusca y estentórea imprecación y maldijo su fortuna a los cuatro vientos. Sus grises y afilados ojos refulgieron coléricos. Paseó inquieto y contenido, mientras su mente bullía buscando una solución. Ni siquiera sus consejeros se atrevieron a importunarlo con sugerencias. Rollo era un hervidero de furia; su pecho subía y bajaba y sus facciones se estiraron en una mueca feroz.
-En este instante -rugió malhumorado- partirá una avanzadilla hacia Vestfold, ya están allí los snekkes equipados para el combate; los hombres elegidos embarcarán hacia Jutlandia, sin pérdida de tiempo. Allí cercaréis Viborg hasta que llegue con el grueso de mi ejército. No permitiré que Horik se esconda hasta que lo ampare su jarl.
Todos los guerreros se pusieron en pie, aguardando la selección de su rey para nutrir aquella avanzadilla.
-Avisad de inmediato al jarl Harald el Implacable -continuó impaciente- quiero que me traiga lo que me prometió y recibirá su recompensa. -Un fugaz vistazo en mi dirección plantó una desazón turbadora en mi pecho y una alerta tan punzante que secó mi garganta-. Quiero que toda mi hird, al completo, se prepare para partir en el acto. Seréis mi vanguardia.
Hiram avanzó hacia la mesa real con semblante grave y manifiestamente contrariado, aunque en actitud servil, y se postró ante su rey.
-Con gusto ofreceré mi vida por vuestro reino, mi señor. No obstante, desearía partir ya desposado, para que mis escasas posesiones pasen a manos de mi mujer, en caso de que no regrese.
Rollo frunció los labios con desagrado, se atusó la oscura y cuidada barba pensativo y finalmente asintió con cierta conmiseración.
-Te concedo la dispensa que me ruegas -accedió huraño-, si no retrasas la partida más de lo necesario.
En ese instante, Valdis emergió del cobijado rincón, caminando como si flotara, tan hermosa y solemne que provocó suspiros admirados entre la congregación.
Hiram se volvió ante las elogiosas exclamaciones de sus vecinos. Y su semblante se demudó, deslumbrado por lo que sus ojos contemplaban.
Sonreí queda al ver la reacción del guerrero. Quizá incluso él no fuera consciente de la intensidad de sus sentimientos, pero la amaba más de lo que imaginaba; aquella fascinada mirada verdosa no dejaba lugar a dudas.
Mientras la novia avanzaba entre los aldeanos, Hiram palideció y enmudeció maravillado.
Unos brillantes ojos celestes se posaron en mí, plenos de recuerdos. Y en ellos me sumergí mientras braceaba gustosa en aquel mar de puro amor, tan profundo y denso... acariciada por suaves olas de compromiso eterno, y también arrastrada por turbias y cálidas mareas de pasión desmedida. Y de esta forma, con las miradas entrelazadas, desbordantes de sentimientos y necesidad, escuchamos el ritual de la boda, como si aquella ceremonia fuera la nuestra, vibrando con cada palabra, con cada silencio, ambos hambrientos y emocionados.
Cada uno en un rincón opuesto, él todavía con el torso descubierto, y unas ceñidas calzas que acicatearon mi lujuria, y yo, trémula y receptora del tórrido deseo que manaba de Albert con la intensidad de un huracán.
Lo amaba con cada fibra de mi ser. Mi alma transida clamaba en cada exhalación el tormento que suponían aquellos pocos pasos de separación entre ambos.
Albert, grave y constreñido, palpitaba embargado por un sinfín de emociones que sacudían su interior, dejando sólo la secuela de aquella devastación brotando de su penetrante mirada afectada y húmeda.
Concluida la ceremonia, Hiram y Valdis se fundieron en un emocionado abrazo con sabor a despedida. No hubo celebración, ni algarabía, ni gritos soeces sobre la consumación, ni brindis, ni cánticos. Hubo apremio, gravedad y silencio.
Contemplé cómo Albert se vestía para el combate, enfundándose su jubón de piel curtida, negra como los oscuros preludios que insistían en acuchillar mi confianza. Se colocó su refulgente cota de malla, un byrnie de eslabones planos, más cómodo y ligero, y, sobre él, un parapeto de cuero endurecido ajustado con correajes. Reajustó el cinto a sus caderas, y se encajó el yelmo con la protección nasal, resaltando la luz celeste de sus ojos bajo la sombría cubierta del casco.
Finalmente, se cubrió con su capa roja como la sangre y me miró de nuevo. Su revuelta y larga melena leonada cubría sus hombros y parte de su espalda. Aguerrido y tan hermoso como cualquiera de los dioses que veneraba, dejaba sin aliento.
A nuestro alrededor, los guerreros se despedían de forma efusiva de sus seres queridos.
Una afilada envidia y una tristeza infinita acongojó mi corazón, sabiendo que bajo la solapada mirada de Rollo no podría acercarme a él.
Sin embargo, todo mi cuerpo se tensó ante el inesperado avance de Albert en mi dirección. No podía ser, pensé. De un modo inconsciente, retrocedí temerosa de la reacción del rey, pero Albert caminaba con aplomo y paso seguro, desprendiendo aquella aura de poder que subyugaba a quien lo mirase.
Se detuvo frente a mí; temblé ante su sola presencia. Cuando me cogió con firmeza por los hombros, mis rodillas flaquearon, pero, cuando me estrechó contra su pecho, mi corazón se derritió y mi cuerpo estalló en una exultante oleada de felicidad.
Clavó los ojos en los míos, se desprendió del yelmo y se inclinó sobre mí. Sentir su aliento fue todo una tentación, una que no tardó en colmarse, en el momento en que su boca tomó la mía con denodada pasión. Enlacé su lengua con delirio, y él frotó la mía con desespero arrancándome roncos gemidos placenteros. Nos besamos con fruición, deleitándonos con tan apasionada entrega, sellando con nuestras bocas lo que rasgaba nuestros corazones.
Todo a nuestro alrededor se desvaneció, hasta creí dejar de notar el suelo bajo mis pies; la sensación de ingravidez se acentuó hasta que descubrí que no era una mera sensación, sino una realidad. Albert me había elevado contra su pecho, como si quisiera fundirme en su interior.
Atrapada entre sus fuertes brazos, devorada por su implacable y ansiosa boca, envuelta en su calor, supe que me hallaba en el paraíso. Y fue una serpiente, larga y helada, afilada como el hielo y puntiaguda como la muerte, la que nos arrancó de él.
La punta de una espada se filtró entre nuestros cuerpos como una velada amenaza a entrar en ellos si no atendíamos su mensaje.
Albert se envaró en el acto, y se apartó de mi boca sin dejar de mirarla con semblante grave y gesto insatisfecho.
Retrocedimos impelidos por la tallada hoja de un templado acero real. Rollo ardía en cólera; su tez cetrina había enrojecido y sus ojos llameaban, pero en la mueca tensa de su rostro atisbé la contención que acumulaba para no matarnos en ese instante. Nos necesitaba.
Sin embargo, su mirada fue tan letal como si nos hubiera atravesado con su espada.
-Si vuelves a acercarte a ella -rezongó siseante el rey-, no dudaré en matarte.
Albert le dedicó una sonrisa circunspecta, alzó una ceja altivo y lo encaró, imponiéndole su altura y retándolo con su corpulencia.
-Os devuelvo la amenaza -susurró amenazante-, mi rey.
Rollo tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para no lanzarse sobre Albert. Tenía los puños cerrados, sus nudillos brillaban temblorosos; la faz, crispada con una mueca feroz que desencajaba sus facciones, y los labios, blanquecinos y tirantes.
-Partamos cuanto antes -interrumpió Thorffin, con tono ligero e impaciente, adelantándose y apartando a Albert del rey-. Tenemos una batalla que ganar, los caballos ya están dispuestos, y los guerreros tienen ganas de ser invitados al Valhalla.
Albert posó de nuevo la mirada en mí, asintiendo con firmeza; me regaló una luminosa y chispeante sonrisa, y yo se la devolví, conteniendo mis ganas de correr de nuevo a sus brazos. De pronto avanzó de nuevo; esta vez llevó sus pasos hasta Eyra, la alzó en el aire y la estrechó con una inefable ternura que me conmovió. La anciana se suspendió del cuello de su hijo, y cobijó su ajado rostro en el hombro del guerrero. El amor que se profesaron caldeó mi corazón y humedeció mis ojos.
Eyra le susurraba palabras al oído, mientras Albert, con los ojos cerrados y semblante emocionado, asentía preso de una trémula sonrisa.
La imagen de tan fiero guerrero sucumbiendo a la emoción, mostrándose tierno y cariñoso, profesando abiertamente el amor y la devoción hacia aquella que lo había engendrado, enmudeció a cuantos presenciaron aquel entrañable gesto.
Eyra cogió con las manos el rostro de su hijo y, sonriendo entre lágrimas, musitó en voz alta:
-He aquí a mi hijo, el que da sentido a mi vida, el que hace latir mi corazón y el que revienta mi orgullo. No importa adónde vayamos, pues siempre estaré a tu lado. Nos llevamos en el corazón, de ahí nadie nos arrancará jamás.
La emoción me constriñó, el llanto contenido fluyó y mi pecho se agitó zarandeado por la incertidumbre y la agonía que nos aguardaba. Albert sonrió afectado y con mirada húmeda abrazó con fuerza a su madre. El pecho me ardía, pujado por sollozos contenidos que estallaban en mi interior, como impactan los relámpagos en la tierra, virulentos e inesperados.
-Ningún hombre pudo tener mejor madre -murmuró Albert con voz quebrada.
-Y ninguna madre, mejor hijo.
Se estrecharon temblorosos, liberando cuanto moraba en sus corazones. Era una despedida, un último adiós; eso gritaba mi corazón y, por mucho que intentara acallarlo, no conseguía enmudecer esa sensación, ni aplacar el dolor que mancillaba mi pecho.
Cuando Albert depositó a su madre en el suelo, descubrí en sus llorosos ojos una dicha plena, una ligereza desconocida, como si se hubiera reconciliado con una parte de su pasado, como si algo hubiera dejado de estrangular su interior, con un grato alivio teñido de cariño infinito.
Tras mirar larga y tiernamente a su madre, sus ojos me buscaron de nuevo. Apenas fue un instante, pero suficiente para reafirmar la promesa de lucha y el amor que habíamos sellado con nuestros labios. El león partía hacia la batalla y algo me decía que no a la que Rollo creía, sino a la que él mismo había planificado para liberarnos. Su gesto intrigante y confiado así me lo hizo saber.
Se volvió con porte altivo y salió del skáli seguido de sus hombres. Sus pasos firmes atronaron en la sala, como si Thor golpeara el entarimado con su martillo. Cada rotundo paso que lo alejaba de mí era una daga que se clavaba en mi corazón. Respiré hondamente y tragué saliva con aspereza, para intentar disolver el amargor que agriaba mi paladar, y me dirigí hacia Eyra, rodeando sus hombros con el brazo y ciñéndola a mí.
-No volveré a verlo -afirmó en un hilo de voz-. Sin embargo, me llevo este abrazo en el corazón; creo que nunca he sido tan feliz.
-¡Volverás a verlo! -contradije malhumorada-. ¡Maldición, volverás a verlo!
Eyra dejó escapar una agotada exhalación y me observó frunciendo el ceño.
-A veces, muchacha, es mejor saborear los últimos momentos que luchar contra el destino y malgastarlos.
Me enfrenté a ella con semblante turbado e indignado.
-Tú eres la que siempre me ha impelido a luchar contra el destino, y ahora eres tú la que decide someterse a él -acusé contrariada y furiosa.
-Es mi final, Freya, y como tal he de aceptarlo; la rueda providencial se detuvo en la última muesca, es inútil intentar frenarla para que no encaje en ella, mi recorrido se acabó. Y ahora, escúchame, condenada testaruda. -Sus ojillos oscuros refulgieron fulminándome-: Albert ha aprovechado la despedida para darme un mensaje.
Parpadeé para contener las abrasantes lágrimas que pendían titubeantes en mis ojos. El amargor se instaló definitivamente en mí.
-Albert aprovechará que se adelanta para preparar un navío, y partirá con él hacia la costa de Jutlandia. Apostará el snekke en la ribera del río Gudenåen más cercana a Viborg; en la confusión de la batalla, escaparéis en él. Cuanto hará en el combate será buscarte y huir contigo. Sus palabras para ti han sido: «Sólo mantente con vida hasta que te encuentre».
Dejé escapar un gemido estrangulado e hipé una suerte de sollozo agónico que quemó mi pecho.
-También ha dispuesto para mí un plan -continuó-. Huir con Valdis y Jorund hacia Hedeby, antes de que partan Rollo y sus huestes. Allí nos recogeréis.
-Pues deberéis ir mañana por la noche sin falta, y no pienso admitir ni una réplica -intervine tenaz-. Si, como dices, tu destino es que esa maldita flor acabe con tu vida, lo hará, aquí y donde sea, pero al menos no consientas en esperarla tendida en tu lecho. Cumple la voluntad de tu hijo, ya se encargará el destino de perseguirte. Tú misma acabas de decir que es mejor aprovechar los últimos momentos que malgastarlos; aprovéchalos, Eyra, saborea la libertad, poca o mucha, ya no importa.
La mujer me contempló meditabunda, con mirada enturbiada y gesto vacilante. Bajó la mirada hacia sus manos, como si en ellas estuviera escrita la decisión que había de tomar.
Por fin respiró profundamente y alzó el rostro de nuevo.
-Cumpliré la voluntad de mi hijo y la tuya, que el destino cumpla la suya cuando le apetezca -pronunció con determinación.
Sonreí triunfal y, a pesar del miedo y la angustia, saber que todos lucharíamos imprimía algo de luz a las tinieblas que se cernían sobre todos nosotros.
-Recuerda, no pruebes comida ni bebida, no salgas del skáli y mantente alerta en todo momento -advertí-; cazaré para ti, beberás sólo de mi odre de agua y procura no acercarte a Ragnhild en la medida de lo posible; del Oráculo me encargo yo.
Eyra sonrió conmovida y me abrazó con fuerza.
-Te quiero como a una hija, Freya.
-No se te ocurra despedirte, madre -repliqué con voz quebrada.
La mujer se separó de mí con lágrimas en los ojos y gesto trémulo. Asintió embargada por intensas emociones y se alejó con paso cansado para retomar sus quehaceres.
Tras la partida de la hird del rey comandada por Albert, decidí organizar la huida con Jorund y Valdis. No había tiempo que perder; la muerte acechaba implacable, y el destino cerraba filas sobre nosotros.
Los encontré en el campo de entrenamiento. Lena adiestraba, para mi asombro, a Valdis.
-¿Otra skjaldmö? -inquirí a viva voz.
-No da tiempo -farfulló Lena, sin apartar su vista del combate-, pero, al menos, que tenga alguna noción de cómo defenderse.
Valdis cayó despatarrada al suelo, ante el certero ataque de la atemorizante valquiria, perdiendo en la caída la espada de madera.
-¡Sí da tiempo! -contrapuso Valdis ceñuda-. Aprendo rápido y mi padre dice que tengo el temperamento de Tyr.
-Eso puedo asegurarlo -bufó Lena exasperada-el dios de la guerra a su lado es un inocente infante.
Jorund reprimió una carcajada que lo sacudió, emitiendo un extraño gorjeo que llamó peligrosamente la atención de su hija.
-¿Te burlas, padre?
El hombre abrió los ojos simulando ingenuidad.
-No se me ocurriría, hija, le tengo mucho apego a mi vida.
Valdis compuso una mueca furiosa y gruñó ofendida.
Me apoyé sobre la empalizada, junto a Jorund, que resoplaba aliviado cuando Valdis desvió la atención de nuevo al combate.
-¿Puedes creer que quiere seguir a su esposo incluso al campo de batalla? -masculló Jorund con evidente incomprensión-. Y dime, Freya, ¿cómo conseguiré disfrutar matando enemigos si tengo que estar pendiente de esta insensata que tengo por hija?
Su queja estiró las comisuras de mis labios en una débil sonrisa que no llegó a mis ojos. Negué con la cabeza y puse una mano en el hombro del rudo pelirrojo que continuaba lamentándose de su suerte.
-No entraréis en combate -musité lentamente, sin apartar los ojos de las mujeres que combatían-. Vamos a huir.
Jorund dejó escapar una exclamación sorpresiva; me observó como si hubiera perdido el juicio y agrandó sus almendrados ojos con mirada casi espantada.
-¡Eso es traición! -profirió indignado.
-No, es justicia, es libertad, es vida -repliqué con énfasis-. Si permites que Valdis entre en batalla, morirá... y es una batalla pertrechada por la ambición desmedida de un rey injusto. El jarl Lodbrok acudirá a socorrer a su rey Horik, y nuestros hombres caerán bajo su espada. Albert va a preparar un snekke cerca de Viborg, para huir en él. Quiere que tú, Valdis y Eyra nos aguardéis en Hedeby, para que nos acompañéis, quizá a un mundo nuevo. Pero, para estar a tiempo, tenéis que partir cuanto antes.
Jorund farfulló por lo bajo un instante, como debatiendo consigo mismo los pormenores de aquel acto. En su faz se mostraron con claridad sentimientos encontrados. Pero en el momento en que Lena derribó con apabullante facilidad a Valdis de nuevo, el hombretón rezongó y se encogió de hombros.
-Cuando murió su madre -comenzó a decir en tono meditabundo-, fue como caer en un abismo, del que no imaginé salir, pero esa pendenciera que ves, terca como una mula y más vital que las aguas de un arroyo, me trajo de vuelta. Si la perdiera, caería de nuevo para no volver.
Giró la cabeza hacia mí y asintió casi imperceptiblemente.
-Creo necesario advertir que, si en ese barco no va Hiram, mi hija no subirá a él.
-Ya contamos con esa posibilidad, Jorund, y aunque tengamos que capturarlo y maniatarlo como a una virginal doncella, irá en ese barco.
-A buen seguro habrá que atarlo -manifestó el hombre soterrando una sonrisa-, pues ¿qué zafio preferiría el genio de mi hija a las melosas atenciones de cualquier valquiria del Valhalla?
-Un zafio enamorado -aduje sonriente.
Los ojos de Jorund se iluminaron un momento, llenos de orgullo y satisfacción.
-Mi Valdis siempre termina consiguiendo todo lo que ambiciona -murmuró jactancioso.
-Prepara las provisiones y los caballos, Jorund. Yo ingeniaré la manera de que Eyra salga del skáli con cualquier excusa.
Jorund se atusó su roja barba mientras me miraba pensativo.
-Cuando partamos, la ira de Rollo caerá sobre ti -vaticinó preocupado.
-Sabré manejarla -argüí, escondiendo esa misma inquietud.
Jorund me escrutó sin mucho convencimiento. Palmeé su espalda con ligereza y esbocé una sonrisa confiada.
-Freya, no subestimes al rey; puede que hayas calado en su corazón, pero no en su cabeza. Su reino es lo más importante para él, es en extremo sagaz y últimamente está perdiendo mucho los estribos. No abuses de tus mañas, sé cautelosa y parte con nosotros.
Negué con la cabeza y suspiré queda.
-No, Jorund. Albert me buscará en el batalla, no cejará hasta encontrarme, y nadie podrá avisarlo de que lo espero en Hedeby. Además, Rollo me perseguiría; a vosotros, no.
El hombre chasqueó la lengua con frustración y asintió compungido.
-De acuerdo pues, mañana por la noche huiremos los tres. Sólo pido a los dioses que te protejan y que nos reúna a todos en Hedeby.
Asentí con firmeza y dejé libres mis pensamientos mientras observaba la dura instrucción de Valdis a manos de la magnánima Lena.
CONTINUARA
