Capítulo 64

Los colmillos de una loba

Un coro de rostros curiosos y espantados nos rodearon y se acercaron al flojo cuerpo de Eyra.

—¡No la toquéis! —bramé rota.

Jorund aflojó su abrazo y yo escapé de él, arrojándome sobre Eyra.

La cogí en brazos; su liviano e inerte cuerpo no ofreció resistencia, rompiéndome el alma. La acuné contra mi pecho, mientras acariciaba su rostro y retiraba guedejas adheridas a sus mejillas. Gruesas y tortuosas lágrimas quemaban las mías, resbalando de mi rostro al de ella, como el agua de lluvia baña la superficie de una roca, sabiendo que no calará en ella, ni la llenará con su vitalidad.

Una lacerante punzada me atravesó, doblándome en dos. Mi llanto se agudizó, los sollozos se incrementaron y mi pecho reventó en un alarido que llevó mi cabeza hacia atrás mientras liberaba en aquel cielo nublado todo mi dolor.

No sé el tiempo que pasé así, pero no dejé que nadie se acercara, que nadie la arrancara de mis brazos. Era mi madre, mi amiga, parte de mi corazón y de mi alma. Una parte que me habían arrebatado de forma impune y sibilina. Y, entonces, esa furibunda bola de fuego estalló filtrándose en cada fibra de mi ser.

Alcé el rostro hacia Jorund, que de rodillas junto a mí sufría su propio duelo en silencio.

—Llévala a nuestra cabaña —logré musitar, mientras me obligaba a entregársela—. Vélala hasta que yo llegue, no tardaré.

Me enjugué burdamente los regueros de lágrimas que no dejaban de brotar, incontenibles y amargas, y me puse en pie con semblante tenso y determinante, y mirada letal.

—¿Adónde vas, Freya?

No lo miré; mi rostro se petrificó, mis facciones se endurecieron y mi voz fue similar a un gruñido feroz.

—Tengo que liberar a la loba, tiene hambre.

Jorund me miró confuso, respiró hondamente y se incorporó con el exiguo cuerpo de Eyra colgando entre sus brazos.

A grandes y ágiles zancadas, me dirigí a la cabaña del Oráculo. A cada paso, una oleada llameante zarandeaba todo mi cuerpo, aguijoneando con flameantes punzones la demoledora cólera que lamía mis venas.

Cuando llegué a la puerta, la abrí de un vehemente empellón y me adentré en la penumbrosa estancia, desenfundando mi espada. Y, al igual que las veces anteriores, una intensa y peculiar fragancia me recibió. Inhalé una gran bocanada a bosque, a almizcle y pino, a podredumbre tildada de un leve matiz acre y ponzoñoso, y también a rancio.

El anciano se encontraba donde siempre, sentado en su tocón, frente a una mesa circular, apoyado en su nudoso cayado, cubierto por el oscuro capuchón de su hosca capa, e inmóvil, como aguardando paciente su final.

Una titilante vela refulgía iluminando pobremente el lugar; su zigzagueante humo se elevaba en ondeantes volutas, añadiendo su característico perfume a los que ya flotaban pesados a mi alrededor.

—Eres bienvenida de nuevo, mujer loba.

Me aproximé a él, alargué la punta de mi espada hacia su cabeza y le retiré la capucha en un gesto rudo y amenazante.

—No vengo a consultaros nada, anciano. Vengo a ajustar cuentas; vos entregasteis una flor, y yo vengo a enseñaros mis colmillos como tan bien vaticinasteis.

El hombre asintió impasible, asumiendo conforme su final.

—Y, como entonces, te repito lo mismo: no espero piedad, más sí premura.

—Y la tendréis por vuestra condición de anciano; otra no gozará de la misma merced que tengo a bien concederos, por mucho que no lo merezcáis.

—Acepté mi destino cuando decidí aliarme con ella —susurró el hombre quedo.

—¿Por qué?

Las lágrimas seguían manando, como si de un manantial inagotable se tratara. Todas y cada una de ellas quemaron mi piel.

—Su vástago será el rey que unirá todas las regiones, será el futuro que esperan los hombres del norte y que bendecirán los dioses, y ella, la única heredera del rey de Ringerike, el gran Sigurd Hart.

—Eso no es cierto —argüí—; el heredero al trono es su hermano Guthorm, que fue enviado a Stein para su formación.

El Oráculo negó pausadamente con la cabeza; sus huesudos y añosos dedos acariciaron la estriada superficie de su báculo.

—Guthorm no llegó nunca a Stein —anunció calmo— su hermana se encargó de que así fuera: mandó asesinarlo a mitad de viaje.

Un escalofrío me asaltó erizando mi piel. Aquélla era la araña más letal de cuantas se habían cruzado en mi camino.

—¿Por qué Eyra?

El anciano resopló con cierto hastío; sus largas, amarillentas y puntiagudas uñas rascaron la madera del bastón, emitiendo un roce que imprimió en mí una aguda repulsa, agitando mi ya revuelto vientre.

—Para castigarte y para castigarla por haberte salvado la vida.

Cerré los ojos. La tortura que me retorcía implacable estremeció el brazo con que empuñaba la espada. Un odio voraz llevó el filo de mi espada al lateral del cuello del Oráculo. Todo mi cuerpo temblaba.

—Adelante, mujer loba, no alargues más mi final.

Apreté los dientes y afiancé la empuñadura con las dos manos.

Durante un largo instante, me debatí con el impulso de segarle la cabeza al anciano, diciéndome que era tan sólo una herramienta, que mi venganza habría de recaer sobre la mano que la manejaba. Y, aun así, la furia me impelía a descargar el golpe fatal.

Ante mi vacilación, el Oráculo se animó a hablar con voz ajada e impaciente.

—Fui yo quien ordenó introducir los arbustos de la adelfa entre los leños que iban a quemar para el ahumado. La quema de esa planta tan venenosa emana un humo más letal que si se ingiere. Cuando ella pasó al ahumadero, le cerraron la puerta. Puedo imaginarla aporreándola, mientras aspiraba el veneno. Debió de sentir cómo sus entrañas se derretían dentro de ella, y cómo se licuaba su sangre hirviendo en sus venas, rompiendo las paredes y fluyendo fuera de su cuerpo; debió de agonizar mucho antes de…

No terminó la frase: dibujé un preciso arco y descargué la espada en el cuello del hombre.

La cabeza cayó hacia el lado contrario, pendiendo de forma grotesca en un ángulo imposible, todavía unida al tronco.

La sangré manó a borbotones, salpicándome, cálida y pegajosa, añadiendo su marcado matiz metálico al aromático ambiente y provocándome con ello un vómito repentino e implacable que me dejó de rodillas en el suelo, sacudida por violentos sollozos y un dolor atroz que crecía alarmantemente.

El cuerpo del anciano cayó desmadejado al suelo, y en su fúnebre rostro una sonrisa congelada me heló la sangre.

Rota y desgarrada, me puse en pie, dispuesta a terminar de ejecutar mi venganza.

Salí de la cabaña tambaleante, con la espada en la mano y rastros de sangre perlando mi rostro y goteando de mi acero. Un rostro angelical se alzó en mi mente, y con él avancé decidida hacia el gran skáli.

¡Ella! Sólo ella colmaría el hambre del lobo en que ahora me había convertido. ¡Ella saciaría mi sed de sangre!

Los habitantes me observaban anonadados y se apartaban temerosos de mi camino, ya no por mi gesto amenazante, ni por la espada que blandía, ansiosa de más sangre, sino por el odio que destilaba mi mirada.

Entré en el gran salón y avancé en silencio, fijando la mirada en mi objetivo. Oí algunos gritos femeninos alarmados y voces de hombres contrariados. No despegué la vista de ella, sentada en su sitial, frente a la mesa, todavía degustando su dagmál.

Cuando reparó en mí, su sonrosado rostro aniñado se puso lívido en el acto y sus hermosos ojos cerúleos se agrandaron presos del terror.

Se incorporó bruscamente y retrocedió gritando, buscando la protección de los guerreros. Llevó las manos a su abultado vientre, y consiguió que enfocara la mirada en él. Aquel gesto descompuso más sus horrorizadas facciones.

Aceleré el paso, casi a la carrera, y salté la tarima mientras enfilaba mi espada hacia ella, cuando dos hombres me apresaron elevándome en volandas y obligándome a retroceder.

Grité rabiosa y forcejeé para desasirme.

—¡Juro por los dioses que acabaré contigo! —vociferé enloquecida—. ¡Juro que tu muerte será lenta y dolorosa y que pagarás con dolor y sufrimiento el que has provocado con tu maldad!

—¡Por Odín! ¿Qué sucede ahora?

Rollo se aproximó ceñudo y desconcertado, abriendo con asombro los ojos tan pronto como reparó en mi aspecto y mi estado.

—¡Freya! ¿Quién te ha atacado…?

En cuanto llegó a mi altura, ordenó con un gesto a sus hombres que me soltaran.

Cuando mis pies tocaron el suelo fue cuando sentí que las fuerzas me abandonaban y mis rodillas flaqueaban.

Rollo me sostuvo por los hombros con un rictus preocupado; su voz se suavizó al preguntarme de nuevo.

—Ella… —pronuncié estirando la palabra con un odio desbordante—. Ella… ha matado a Eyra…

La aludida desapareció a la carrera escoltada por su guardia personal.

Seguidamente me venció un hondo sollozo que terminó de romperme. Eyra… ya no estaba; ya no gozaría de su sapiencia, su infinito amor, su templada comprensión ni sus mimos. Ya no podría peinarla ni besar su mejilla. Ya no podría observarla cocinar junto al fuego, ni preparar sus potes. Ya no podría sumergirme en la calma de su mirada, ni en la calidez de su abrazo. Ya no estaba.

Un vacío frío comenzó a invadirme. Sólo pensar en Albert me abrió el pecho de parte a parte, hasta pude notar cómo mi alma se desangraba agonizante.

Caí de rodillas y me dejé convulsionar por un llanto tan amargo que nadie se atrevió a acercarse. Mis hombros se sacudieron como si yo fuera una vulgar marioneta en manos de un destino cruel que manejaba implacable mis hilos.

Rollo se arrodilló frente a mí e hizo amago de estrecharme entre sus brazos; lo empujé con desprecio y le lancé una mirada cargada de encono y aversión.

—¡Voy a matarla! —amenacé hipando—. ¡Aunque sea lo último que haga sobre la faz de la tierra!

El semblante del rey se ensombreció y su mirada se cargó de comprensión y angustia. Asintió con la cabeza con ademán fatigado y dejó escapar el aliento, desazonado y apesadumbrado.

—Lo haré yo… —susurró cabizbajo—… cuando mi hijo salga de su cuerpo, no antes. No matarás a un ser inocente, Freya, tu conciencia no podría cargar con semejante atrocidad.

—Es Freya la que muere en cada golpe del destino, dejando en su lugar un lobo implacable y letal. Y ese lobo empieza a no tener conciencia más que de vengar cada zarpazo que recibe. Tu reina es una araña… y, cuanto más tiempo respire, más muerte extenderá a su paso. Tengo que detenerla.

Rollo tragó saliva y se apresuró a cogerme por los hombros para regalarme una expresión grave y una complicidad que no esperaba recibir.

—Y lo haremos, a su debido tiempo —propuso comprensivo—. No duermo tranquilo desde que recelo de ella, no soporto tocarla, ni me atrevo a comer lo que me ofrecen. Veo cómo me observa ambiciosa, y hasta puedo leer cómo planifica mi muerte; brilla tan claro en sus ojos como el agua de un arroyo. Freya, confía en mí, yo sabré contenerla hasta que me deshaga de ella.

Asentí, carente de fuerzas, y dejé que me ayudara a ponerme en pie. Tenía una despedida por delante, un duelo que llorar debidamente y una culpa que mitigar. La de haber permitido que Rollo me arrastrara lejos de ella.

De pronto mi pulso se detuvo ante una sospecha que sumó más tormento al ya soportado. Qué conveniente la intromisión de Rollo para apartarme de Eyra.

Sostuve la oscura mirada del rey impasible, ocultando aquella revelación que comenzaba a pugnar por hacerse un hueco en mi mente. Asentí conforme de nuevo, fingiendo mansedumbre, y acumulé el escaso vigor que tenía para abandonar el skáli con el alma rota y el corazón sangrante. Sólo algo crecía poderoso: mis colmillos.

CONTINUARA