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Capítulo 66
Rumbo a la batalla
Partíamos a la batalla.
Las últimas huestes de Rollo llegaron aquella mañana procedentes del sur. Mediante pactos y alianzas, el rey había conseguido unificar las regiones más alejadas, prometiendo aunar todos los reinos del norte, nombrando a nuevos jarls y otorgando territorios de cultivo y fértiles pastos para el ganado, a cambio de lealtad y sangre.
Las despedidas se apresuraban, los sacrificios a los dioses se ultimaban y los ánimos se alborozaban.
Cuando Rollo Svarte el Negro emergió del skáli con su equipamiento de combate, imponente y regio, sus súbditos lo admiraron orgulloso. Hermoso, fiero e imponente, todo un dios con carnadura humana.
Se había entrelazado su largo cabello oscuro en una trenza, despejando un rostro de facciones duras y remarcadas, de pómulos altos y frente despejada.
Ya no lucía la barba, mostrando un mentón pronunciado, una masculina barbilla horadada por un pícaro hoyuelo y unos perfilados labios que se antojaban suaves. Su zaína mirada de ojos rasgados resultaba atemorizante y decidida. Sobre la refulgente cota de malla de minúsculos eslabones plateados, vestía un engalanado jubón de cuero tachonado, ceñido a la cintura por un ancho cinturón negro con múltiples correajes. De sus caderas pendía indolente el cinto, donde portaba su enjoyada espada enfundada. No sólo su vestimenta era acorde a su condición, sino también a su compostura y talante. Todo un rey aguerrido y altivo que bajó los escalones con contundente aplomo, rezumando poder y seguridad a cada paso.
Se dirigió a su gran caballo de guerra Tyr, tan negro como la noche, de soberbias hechuras y porte arrogante, de lustrosas ancas e imponente cruz. Palmeó su robusto y altivo cuello mientras se dejaba aconsejar por sus segundos.
Yo, por mi parte, equipada con mis ropajes de escudera y camuflada entre la nutrida facción de las skjaldmö, ya sobre la grupa de mi alazán castaño, junto a Lena, que se asemejaba a una curiosa mezcla entre temible y fiera valquiria y ninfa de la nieve, aguardaba el avance de tan multitudinario ejército.
El tiempo se dilataba entre agrupar a las distintas facciones y repartir las órdenes pertinentes. Además, se ultimaban provisiones y equipamiento, y se seleccionaba a la guardia que protegería Hedemark y, en especial, a su reina.
En ese momento, su altiva figura femenina surgió del skáli para despedir a su rey.
Avanzó con la espalda erguida y un mohín que fingió ser apenado hacia su esposo, que la observaba con semblante indescifrable.
Cuando llegó a su altura, se alzó de puntillas, rodeó con los brazos el cuello de Rollo y depositó un tibio beso en sus labios. Incluso a aquella distancia, pude percibir en la pose del rey su rigidez y desagrado.
Impertérrito y hierático, no mutó su faz cuando ella le susurró unas palabras al oído, ni cuando se abrazó a su pecho un largo y tenso instante.
En cambio, cuando se alejó de él, resultó obvio su alivio; su cuerpo se relajó y sus facciones se suavizaron.
Al cabo, se encaramó ágilmente a su montura y sus hombres lo imitaron. Y como si en ese momento el cielo hubiera decidido sumar su despedida, un trueno retumbó en el cielo y, casi en el acto, se desató una hilera de ellos que se crecieron en intensidad. Elevamos la vista a un cielo plomizo de constreñidas y oscuras nubes, que parecían frotarse entre ellas con el denodado empeño de hacerse un hueco, inflamándose de impaciente contrariedad, y acumulando una ruidosa frustración en cada ensordecedor empuje.
No albergamos duda alguna sobre la incipiente tormenta que nos acompañaría en el camino.
—Los dioses nos muestran su complacencia —afirmó sonriente Lena sin dejar de mirar al cielo.
Fruncí el ceño en claro desacuerdo con el método elegido.
—Podrían mostrarla luciendo el sol, ¿no crees?
Lena me miró divertida alzando una ceja con traviesa suspicacia.
—¿Cuestionas a los dioses, pequeña bondi?
—Más bien tu manera de interpretar sus designios —repliqué con sorna.
—Thor agita su martillo para bendecirnos, nos alienta a batallar —explicó sacudiendo la cabeza y poniendo los ojos en blanco—. Deberías conocer ya sus curiosas formas de manifestarse.
—Curiosas son, no te lo discuto, y variables también, pues, haga sol o llueva, todo parece indicaros que corráis a la batalla.
Lena dejó escapar una sonora carcajada que inquietó a su montura. El animal sacudió la cabeza y agrandó los ollares, frunció su labio prensil mostrando los dientes en un piafado desconcertado, para terminar recibiendo de su ama unas consoladoras palmadas en el cuello.
—¿Acaso hay incentivo mejor para entrar en el Valhalla? —profirió la skjaldmö todavía risueña.
—¿Tantas ganas tienes de perderme de vista?
La guerrera me regaló una radiante sonrisa, chasqueó la lengua y negó con la cabeza.
—Puede que entremos juntas en el Valhalla, y tenga que aguantarte durante toda la eternidad —bromeó, al tiempo que sacudía las riendas.
—Puede —convine. Y en ese momento tomé mucha más conciencia de la muerte y del riesgo que corríamos.
Lena me echó un fugaz vistazo, antes de alzarse sobre los estribos para atisbar al frente entre los jinetes que teníamos delante con semblante ansioso.
—Freya, lo conseguiréis —murmuró en tono tranquilizador—. Haré cuanto esté a mi alcance para ayudaros.
Esbocé una emocionada sonrisa agradecida, y negué con la cabeza.
—Lo único que te pediría es que evitaras en lo posible atravesar las puertas del Valhalla. Y, quizá, que reconsideraras el acompañarnos.
—Soy una guerrera, Freya, no ambiciono más vida que la que poseo. Soy libre, vosotros no.
—No, nosotros no —concedí con gravedad—. Y sólo hallaremos la libertad en la muerte o en la huida.
—Confía, Freya; tomaste la decisión de ser libre y luchar por ello. Sea lo que sea que te depare el destino, ya está escrito.
En ese instante los caballos relincharon ante una resonante e imperiosa voz masculina que anunciaba la partida.
La vanguardia, formada por el rey y sus capitanes, comenzó la marcha bajo un cielo tormentoso, donde juegos de luces resplandecían opacados, formando fugaces cercos luminosos en el espeso y emplomado amasijo de nubes oscuras. Las laderas parecieron más verdes, ya veladas por la humedad que cargaba el aire, y una intensa fragancia herbal y terrosa se alzó sobre el amplio páramo, claro preludio de la lluvia que pronto derramaría el cielo. Quizá como bendición, maldición o simple advertencia divina.
Las tropas se alinearon avanzando en un trote que aumentaba gradualmente a medida que salíamos del poblado.
Nadie había reparado en la ausencia de Valdis y Jorund. Por fortuna, debían de estar ya lejos de allí, o eso anhelaba con toda mi alma. No sabía si volvería a verlos, como tampoco podía vaticinar lo que el destino había escrito en el pliego de mi vida. En cambio, tenía muy claro lo que yo pensaba escribir en él.
Las furibundas nubes no tardaron en descargar sobre nosotros. Me cubrí con la capucha de mi capa, sin dejar de arrear a mi montura con la otra mano. La atronadora melodía formada por cientos de cascos de monturas golpeando el terreno en un galope regular fue envuelta por el sonido de una lluvia virulenta, y amenizada por abruptos truenos, como si Thor liberara su ira contra nosotros.
Cerré mi mente a pensamientos apesadumbrados y preocupaciones angustiosas, y cabalgué en sincronía con el resto de los jinetes, como si cada sacudida del caballo que me alzaba de la silla en una aplacadora danza rítmica tuviera la propiedad de expulsar de mi cabeza la ansiosa incertidumbre que insistía en abatirme.
Recorrimos los páramos en silencio, como si fuéramos una misma masa, una mancha oscura atravesando un verde claro, como un estandarte móvil anunciando muerte y dolor, una sombra tenebrosa avanzando tenaz bajo la tormenta, ávida de sangre y ansiosa de lucha.
Trascurrió la jornada sin incidentes, y agotados y ateridos montamos el campamento al resguardo de una alameda delimitada por una alta pared rocosa.
Comimos, bebimos y descansamos al amparo de burdas tiendas que, bajo la copa de los árboles, contenían la débil llovizna de una tormenta ya resacosa y moribunda.
La oscuridad extendía sus dominios, y el adormecedor sonido de un perezoso goteo cerraba mis pesados párpados y destensaba cada músculo de mi exhausto cuerpo.
Mis labios dibujaron una sonrisa ante la aparición en mi mente de un rostro familiar de rasgados ojos celestes que me invitaba a dormir a su lado. Me arrebujé bajo mi manto y me dejé llevar por el sueño; él estaba junto a mí.
No sé cuánto tiempo llevaba durmiendo cuando desperté alterada, sintiendo apremio a mi alrededor. Algo pasaba; se oían murmullos soterrados y pasos acelerados. A mi lado, Lena, que compartía tienda conmigo, se refregó los ojos desorientada, y se detuvo un instante a escuchar los sonidos que pendían en la noche.
—Saldré a averiguar qué está ocurriendo —masculló con voz ronca.
En ese instante una cabeza asomó entre los mantos, que sobre un precario armazón de palos hacía de tienda, sobresaltándonos a ambas.
—Rollo te requiere a su presencia —musitó el guerrero dirigiéndose a mí.
Salí gateando de la tienda ante la mirada extrañada de Lena.
Me envolví en mi manto y dejé que el guerrero me escoltara hacia la tienda del rey. Nos acercábamos al umbral cuando emergieron varios hombres de ella. La luminosidad de una luna plena y esplendorosa fue suficiente para reconocer con claridad el horrorizado y alarmado rostro de Rollo.
—Vienes conmigo —sentenció adusto, ajustándose el cinto y caminando con premura hacia su caballo.
—¿Adónde?
Rollo subió a lomos de Tyr de un grácil movimiento, se inclinó y me ofreció la mano. Su gesto no admitió replica.
Aturdida, se la ofrecí, la cogió y de un abrupto empellón me izó tras él. Me acomodé en la silla y rodeé la cintura del rey con los brazos.
—¿Qué ocurre? —insistí con el pulso acelerado.
—No hay tiempo para las palabras. —En su angustiado tono descubrí la gravedad del asunto; aquello acicateó mi curiosidad y encogió mi corazón— Regresamos a Hedemark.
Partimos de regreso junto a una veintena de curtidos guerreros, la más fiera escolta del rey. Un mal presagio viajó conmigo en aquella noche de luna llena, aleteando en mi pecho. Tuve la certeza de que mi destino final comenzaba esa noche.
Antes de llegar a Hedemark, nos detuvimos en un recodo del camino el tiempo suficiente para que Rollo despachara a sus hombres con órdenes concretas sobre el plan trazado.
Desconcertada y confusa, aguardé en silencio viendo cómo posicionaba a sus hombres para lo que parecía una emboscada.
Todos asintieron conformes y cabalgaron prestos a cumplir el mandato de su rey. Una vez solos, Rollo se volvió hacia mí en la montura y me sujetó la barbilla para acaparar toda mi atención.
Un nudo se afianzó en mi vientre ante el duro rictus del hombre.
—Escúchame, Freya, el traidor es el jarl Harald el Implacable; debí haberte hecho caso, pero mi ambición sofocó los recelos que ese hombre despertaba en mí. Esta noche, un mensajero suyo ha llegado al campamento trayéndome un mensaje. Aprovechando mi ausencia, han tomado Hedemark, y hecho prisionera a mi reina. Quiere tenderme una trampa —explicó suspicaz— a través de su emisario exige mi presencia y la tuya o matará a Ragnhild.
—¿La mía? —inquirí confundida.
Asintió nervioso y lívido; las oscuras sombras bajo sus ojos se acentuaron.
—Tampoco yo lo entiendo. Es fácil adivinar que quiera matarme y ofrecer mi cabeza a Horik, pues no guardo duda alguna sobre que fue él quien avisó de mi invasión a Horik y le aconsejó llamar a la flota de Lodbrok para que protegiera a su rey. Pero me desconcierta tu lugar en todo esto.
Algo no encajaba, pensé; bien era cierto que Harald me detestaba como yo a él, pero resultaba más que llamativo que se molestara en atraerme a la emboscada que le tenía preparada a Rollo.
Aquello no tenía sentido para mí.
—¿Y crees que tus hombres serán suficientes para detener a Harald? Te matará en cuanto te vea entrar en la aldea.
La mirada del hombre se oscureció, la línea de sus labios se endureció, un músculo se encogió en su mentón y sus puños se cerraron con más fuerza todavía, sujetando las riendas.
—Tengo que arriesgarme, la vida de mi heredero está en juego. Cuento con que quiera divertirse antes, le gusta jugar con sus presas.
Asentí; nadie mejor que yo sabía cómo le gustaban esos juegos. Era un hombre vil y cruel, y bebía del sufrimiento ajeno. Someterse a sus despiadados caprichos por salvar un heredero al trono no entraba en mis planes precisamente. Albert me esperaba, mientras yo estaba atrapada en la red de la ambición y la maldad, así que no lo dudé.
Esperé que Rollo me diera la espalda para guiar de nuevo su montura hacia la entrada al pueblo; entonces llevé con disimulo mi mano al ancho cinturón que ceñía mi túnica y desenfundé sigilosamente una pequeña daga, que escondí en la palma de mi mano.
Fijé los ojos en el cuello del hombre y decidí que, si era rápida, podía rebanar su garganta de un solo tajo, abandonar su cuerpo y huir a lomos de su caballo.
Tomé aire lentamente reuniendo la templanza y la frialdad necesarias para acometer con presteza mi decisión. Llevé una mano a su hombro y apoyé la barbilla en el otro; aquella pose envaró la espalda del hombre. De forma instintiva deposité un suave beso en el lateral de su cuello, para que se confiara.
—Freya —ronroneó afectado—. Si me dejaras…
Llevé los labios a su oreja, apenas ronzándola, y pronuncié con seductora candencia:
—Te dejaré… mi rey… para siempre.
Y de un presto movimiento alargué el brazo, empuñé la daga y la llevé a su garganta.
No llegó a ella. Una mano firme apresó mi antebrazo, tiró con fuerza y me empujó a un lado, haciéndome caer con violencia del caballo. El impacto fue doloroso, y ni siquiera tuve la oportunidad de intentar ponerme en pie. El rey cayó a horcajadas sobre mí, y me abofeteó con saña.
—¡Perra! —escupió siseante.
Tenía la mirada nublada por la furia, y un descompuesto semblante crispado—. Imaginé cuál sería tu intención en cuanto te lo contara y, aun así, confié en equivocarme.
Palpó mi cuerpo con hosquedad, despojándome de todas las armas que portaba. Luego se incorporó y a mí con él, me volvió burdamente, apresó mis muñecas y las ató con una cuerda que sacó de la alforja.
—Ahora sí, eres mi presa —gruñó afianzando la lazada—. Y como tal te entregaré. No pensaba hacerlo cuando Harald me exigió que te entregara junto a un puñado de tierras como premio por conseguirme la cabeza de Hake el Berseker. Pero, ahora, acabas de sentenciar tu destino.
Me subió al caballo de nuevo como si fuera un fardo, y se encaramó detrás. Arreó la montura con apremio y partimos al galope. La acelerada galopada sacudió con dolor todo mi cuerpo, como si fuera una vulgar muñeca de trapo. Me mareé y las náuseas me hostigaron peligrosamente.
Por fortuna, estábamos a un paso de la aldea. Rollo disminuyó el trote cuando se adentró en él.
—Si desvelas la posición de mis hombres, te juro por los dioses que no saldrás viva de aquí —siseó mientras desmontaba.
Guió al caballo por la brida, caminando a su lado, mientras yo me arqueaba incómoda con el vientre sobre la silla, y el torso y las piernas pendiendo a ambos flancos del animal, con las manos atadas en la espalda y el cabello ocultándome la visión.
—Deja de agitarte o te caerás —advirtió Rollo con sequedad.
—Suéltame, ahora estamos los dos en apuros.
—No, tú decidiste tu lugar, atacándome, y es ése. Ahora cierra la boca.
Entre los claros mechones de mi melena entreveía tan sólo el terreno por el que pasábamos, algún cercado y los espolones de Tyr; maldije para mis adentros.
Reconocí el claro en el que nos adentrábamos; se trataba la explanada frente al gran skáli.
Unos pasos se acercaron a nosotros.
—Me alegra comprobar que atendiste a razones. —Aquella voz rasgada y seca pertenecía al jarl Harald; un escalofrío me recorrió—. Y que además portas lo que se te exigió.
—¿Dónde está mi reina? El trato era Freya por ella, aquí la traigo.
Un acceso de furia me agitó con violencia sobre la silla.
—¡Maldito cuervo, me trajiste a un intercambio! —proferí colérica.
Unas manos me agarraron por la espalda y me arrastraron hasta derribarme nuevamente del caballo.
Ahogué un gemido dolorido cuando mi cuerpo impactó en el suelo.
—Si has intentado matarme sin saberlo, ¿crees que hubiera sido sensato decirte que eras mi moneda de cambio?
Me alzaron del suelo apresando mis maniatadas muñecas; una mano grande y rugosa aferró mi mandíbula con fuerza y me encaró a un rostro huesudo, de fría mirada azul hielo.
—Parece que nuestros destinos se cruzan de nuevo, loba —arguyó Harald el Implacable, con una sonrisa amenazadora adornando una boca de labios finos y ajados—. Pero esta vez no has de temerme a mí, mujer. Con una cena tuve más que suficiente para saciarme de ti, y más recordando cuánto me costó digerirla.
—Creí que… —intervino Rollo confuso y alerta.
El jarl le sonrió taimado, compuso un gesto imperioso y un grupo de guerreros nos rodearon apuntándonos con sus espadas.
—Resulta curioso que me haya esforzado tanto por destronar a los reyes del norte, para terminar supeditado a una reina.
Contuve el aliento ante aquella revelación. Rollo sofocó un gemido sorpresivo y me miró con denodado estupor.
—Cuán agradable es la vuelta del esposo, sobre todo a la hora del nattverdr —anunció una voz suave y melosa.
Aquella voz me erizó la piel y revolvió mi estómago de nuevo.
Ragnhild caminaba lánguidamente hacia nosotros, sin prisa, regodeándose a cada paso, paladeando nuestro pavor, deleitándose en la exquisita perfección de su tela, cimbreándose en su trama, relamiéndose ante sus más ansiadas presas. La voracidad refulgió en su mirada y la perfidia iluminó una sonrisa triunfal.
La araña se frotaba las patas y salivaba ante el manjar que compondría esa noche su cena.
CONTINUARA
