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Capítulo 67

Una mosca devorando a una araña.

Fuimos conducidos a empellones hacia el gran skáli ante la estupefacción de los aldeanos, que prefirieron acomodarse dócilmente a la nueva situación que atreverse a alzarse en armas por su rey.

Nos condujeron hacia el entarimado donde se elevaban los dos sitiales y nos postraron de rodillas frente a ambos tronos.

En el del rey tomó asiento de forma significativa Ragnhild, con expresión de arrobada complacencia, y en el de ella se acomodó de un modo distendido el despreciable jarl, que se atusaba su crespa y nívea barba con semblante jactancioso.

—Bien, Rollo, cumpliste mis deseos, dos platos fuertes para un gran nattverdr, y, por lo tanto, serás el conde que más regiones gobierne bajo mi mandato y mi mano derecha en este reino.

—Y yo, mi hermosa reina, os

rindo pleitesía hasta que los dioses me llamen a su presencia.

—¡Quieres mi cabeza! —exclamó Rollo furibundo, con expresión desesperada—. Tómala, pero libérala a ella, en nada atenta contra tu reinado, sólo desea regresar a su tierra.

Aquel arrebato encendió las mejillas de su esposa con un rubor colérico que empañó su calma, y la instó a ponerse en pie, rígida y temblorosa.

—¿Liberarla, dices? —silabeó contrariada—. ¿Osas interceder por tu amante ante mí? Realmente eres temerario, esposo mío; no te fue suficiente con humillarme ante ella, despreciarme de tu lecho e ignorar mi presencia por esta… vulgar ramera; no, todavía tienes los arrestos de suplicar por su vida. ¿Tanto la amas, condenado bellaco inmundo?

—¿Tanto la odias tú? —replicó él sosteniendo retador su mirada.

—¡Sí! —escupió con desprecio—. ¡Tú la pusiste por encima de mí, de una reina; sólo una diosa goza de tal condición!

—O tú te pusiste por debajo con tu comportamiento vil y despiadado —refutó el rey temerariamente.

Ragnhild se acercó a su esposo y lo abofeteó con todas sus fuerzas; a su aniñado rostro asomó un mal primigenio, como una máscara espantosa que deformó sus facciones y enrojeció su mirada, asemejándose a un fiero demonio escapado del ultramundo.

—¡Voy a hacerte pagar todas y cada una de las humillaciones sufridas, bastardo! —amenazó con voz gruesa y desconocida—. Y en este instante voy a mostrarte quién soy en realidad.

Dirigió la vista hacia uno de sus hombres y sacudió la barbilla para llamarlo a su presencia.

—Traedme unas tenazas —exigió con expresión ávida.

Se acercó a mí con una sonrisa maléfica que me provocó escalofríos y, cogiéndome del cabello, tiró con fuerza para alzar mi rostro hacia el de ella.

—Me gustó tu sabor, zorra —siseó pasando la lengua por mi mejilla— y tus pezones.

Un guerrero, con semblante turbado y gesto vacilante, le entregó unas tenazas de herrero, y retrocedió temeroso.

—¡Rasga la pechera de su túnica! —ordenó impaciente.

Rollo se sacudió frenético y fijó en mí una acuciante mirada pavorida.

—¡No te atrevas a tocarla! —rugió enrojecido y fuera de sí, sin dejar de agitarse.

Ragnhild ensanchó su siniestra sonrisa y pasó ávida la punta de la lengua por sus labios.

—Ahora todo me pertenece —le recordó mientras contemplaba incluso con lascivia cómo el guerrero rasgaba la parte frontal de mi túnica, exponiendo a la vista mis pechos—, soy la dueña y señora de estas tierras y de todo lo que mora en ellas; yo decido cuándo y cómo moriréis, pero puedo adelantarte que no veréis amanecer un nuevo día.

Le arrebató las tenazas al hombre y las abrió ante mí lentamente, regocijándose en mi más acervado terror.

—¡Sujétala!

Me inmovilizaron por la espalda; un grueso antebrazo rodeó mi cuello, obligándome a arquear la espalda ligeramente hacia atrás. Fue inútil resistirme. Un aprensivo pavor aceleró mi pulso, convulsionando todo mi interior en una gran vorágine desatada de angustia que me paralizó.

—Voy a arrancarte los pezones, y obligaré a Rollo a que los lama, como tanto le gustaba hacer, hasta que decida cortarle la lengua. Necesito espacio para meterle la verga en la boca, cuando lo castre.

Acercó la punta de las tenazas de hierro entreabiertas a mis senos; sentí su frío contacto rozándolos y contuve una arcada. Mis pezones se endurecieron en el acto, constreñidos y dolorosos.

—¡Has perdido el juicio, maldita! —increpó Rollo sin dejar de debatirse frenético.

—Si lo hubiera perdido, no gozaría de lo que estoy a punto de hacer… y pienso disfrutarlo —adujo la reina, retirando ambos mechones dorados tras sus orejas y despejando un hermoso rostro de ángel, oscurecido por la liberada maldad que siempre había anidado en su alma, y que ahora se mostraba en todo su ponzoñoso esplendor. Y a pesar de ser conocedora de ella, no sólo a través de los enemigos que se habían cruzado en mi camino, sino de ese odio tan infame del que yo misma había sido víctima y verdugo, de esos anhelos de venganza, de ese rencor que me había reconcomido por dentro hasta hacerme olvidar que no importaba el camino elegido, siempre y cuando te procurara lo que anhelabas, fue entonces cuando comprendí aquel irreparable error. La maldad no se combate con maldad, pues, si necesitas el odio como arma, ya has sucumbido a ella, ya has traicionado tus valores, tu corazón, ya te ha vencido.

Y ahí, en la antesala de la tortura, a merced de un demonio y a las puertas de la muerte, descubrí que ese lobo que había dirigido mis pasos cuando volví a renacer, ese lobo rencoroso y feroz, vengativo e implacable, gobernado por la rabia, era el que me había puesto donde ahora me hallaba. Que esa frase tantas veces repetida por mí, a modo de venda en los ojos de mi conciencia, donde no importaban los medios sino el fin, donde todo se justificaba en pos del objetivo perseguido, se convertía ahora en mi más humillante derrota.

Todo importaba, cada paso, cada decisión, cada pensamiento y cada palabra, ya que, si eran los correctos, los afines a tu propio ser, los fieles a tu corazón, serían los que determinaran el final.

Pues ¿de qué servía alcanzar un logro si en el trayecto nos perdíamos a nosotros mismos?, ¿si terminábamos siendo otra persona? O, peor aún, convertidos en un ser tan abyecto como al que nos enfrentaba el destino. Y entonces caí en la cuenta de que llevaba mucho tiempo sin ver mi propio reflejo; a buen seguro, si me hubiera detenido a contemplar mis ojos, habría visto en ellos a aquéllos a los que me enfrenté. Alondra tuvo que convertirse en Shahlaa, y ésta en Freya, pero ese lobezno que maduró y pasó a ser un lobo aguerrido se había dejado devorar por él mismo. Y ahora, ¿quién era yo en realidad?

Miré el odio en los ojos de la reina, como una mancha oscura y chisporroteante de pura maldad, y por alguna razón esa revelación de saberme liberada de mi propia inquina otorgo algo de paz a mi ser. Yo no era como ella, porque decidía no serlo. Incluso si tenía la oportunidad de sobrevivir al horror que me aguardaba, no me vengaría, sólo huiría buscando no únicamente la libertad, sino a aquella que fui.

De pronto, mis pensamientos se diluyeron en una tanda de virulentas bofetadas que giraron mi cabeza de forma abrupta, nublándome la visión. Sentí de inmediato fuego ascendiendo por mi rostro, cómo me latían las mejillas, y un hilillo de sangre manando por el orificio de mi nariz; paradójicamente, no sentí nada más.

No sé qué pudo ver Ragnhild en mi rostro para que el suyo se sulfurara. Pero continuó abofeteándome cada vez con más ímpetu.

Cuando, jadeante, sofocada y desmadejada, logró separarse de mí lo suficiente como para poder dirigir y manipular aquellas espantosas tenazas con destreza y habilidad, descubrí, además, que sólo me provocaba compasión, ya ni siquiera desprecio. El lobo oscuro retrocedía, pues ya no encontraba su alimento; sonreí.

—Vas a retorcerte de dolor —adelantó cada vez más desquiciada. Esta vez su insidiosa mirada se tiñó con un deje confuso del que comenzaría a germinar una incipiente frustración. Buscaba mi pavor, mi súplica, mi agonía; nada de eso encontró en mi expresión. Su desconcierto comenzaba a ser evidente.

—Puede —concedí con calma—, al menos hasta que mi vida se apague, pero después hallaré la paz. En cambio, tú, ni en la muerte la encontrarás.

Cerré los ojos ante el comienzo de mi tortura, invocando una mirada azul cielo, despidiéndome de la verdadera razón de mi existencia. Completamente agradecida a la vida por haberme permitido conocer el amor más puro e irrompible que jamás haya existido, por haberme entregado el corazón del mejor de los hombres. Y aunque ese favor divino lo estaba pagando con sangre, bien merecía todo lo sufrido, por un sólo instante entre sus brazos. Me despedí con el convencimiento de que volvería a encontrarlo.

Pronuncié su nombre en apenas un susurro y, no bien terminé de modularlo en mis labios, cuando se desató el infierno.

Una batahola de gritos y cruces de espadas atravesaron las grandes puertas del skáli, silbantes flechas se hundieron en los cuerpos de guerreros que había en torno a mí, consiguiendo que los hombres corrieran a enfrentarse a los asaltantes y las mujeres huyeran despavoridas ahuecadas sobre sus retoños, mientras los protegían de la reyerta.

Ragnhild no fue una de ellas; me agarró de la melena y me llevó tras ella cual ave carroñera arrastrando con territorial avidez su parte del festín.

No obstante, su recorrido apenas logró avanzar unos pasos; otra ave, ésta rapaz, se cernió sobre ella, derribándola y aplastándola contra el suelo.

—¡Huye, Freya! —alentó Rollo.

Necesitaba desatar mis muñecas si quería tener alguna oportunidad, y la ayuda la recibí de quien menos lo esperaba.

Sigrid apareció de la nada; mirando de hito en hito, desenfundó un pequeño puñal y cortó mis ataduras.

—Acaba con ella —me dijo entregándome el arma, con un excitado brillo en su mirada.

Lo primero que decidí hacer fue liberar también las muñecas de Rollo, que permanecía debatiéndose con su esposa, la cual se revolvía como una serpiente bajo una bota.

Cuando me acerqué a la espalda del rey, y me entretuve cortando sus cuerdas, Rollo inclinó violentamente la cabeza hacia atrás, brotando de él un alarido ensordecedor. Al cabo, vi cómo una hilera de sangre recorría su cuello.

Libre, se incorporó para lanzar un feroz puñetazo sobre el rostro de su esposa, que tras un gemido dolorido pareció perder la consciencia. Por el seco crujido que oí, supuse que le había roto la nariz.

Rollo se llevó la mano a su oreja izquierda, de la que manaba gran cantidad de sangre.

—¡Me ha arrancado media oreja de un mordisco!

No bien me incorporaba, Rollo, que se había vuelto hacia mí, agrandó espantado los ojos y se abalanzó apremiante, empujándome burdamente hacia un lado, justo cuando una espada se clavaba en su hombro.

Jadeé en el suelo y me revolví alerta empuñando la daga de Sigrid, y me encontré al jarl alzando su acero de nuevo para descargarlo en Rollo, que herido se encogió rugiente y arremetió con la cabeza contra su oponente, con tal vehemencia y rapidez que derribó a su contrincante, forcejeando para arrebatarle la espada.

Tras un brutal cabezazo, que devastó la boca del jarl, convirtiéndola en un amasijo sanguinolento de dientes rotos y colgantes y labios cortados, se enredaron en una pelea mortal.

Rollo recibió un rodillazo en una ingle que lo dobló en dos. Rodaron por el entarimado esparciendo la sangre de sus heridas y el odio que rezumaban.

El jarl Harald, astuto y solapado, comenzó a golpear con encono la herida en el hombro del rey, que sangraba profusamente, consiguiendo reducirlo y ponerse sobre él. Castigó sin piedad la brecha por la que había entrado su espada, arrancando de Rollo sofocados gemidos dolorosos.

Fijé los ojos en la espalda del jarl, inmerso en los golpes que propinaba, y supe que, si no intervenía, Rollo moriría a manos de ese malnacido.

No lo pensé; me aproximé de forma subrepticia y con celeridad y precisión clavé hasta la empuñadura la hoja de la daga que todavía sostenía.

Hundí el acero en su nuca, en un mortal descabello. El cuerpo del jarl se envaró, llevó la cabeza tan atrás que fijó sus glaciales ojos en mí un instante antes de apagarse la luz de su mirada. Y, por fin, cayó laxo sobre el pecho de Rollo, que jadeaba con los dientes apretados acometido por oleadas de dolor. Sin miramientos y con premura, empujé el inerte cuerpo del jarl hacía un lado y me cerní sobre Rollo para intentar ayudarlo a ponerse en pie. Logré cobijar mi hombro en su sobaco y acomodé su fuerte brazo derecho sobre mi cuello para acomodar el peso a mi cuerpo, pero era como levantar una roca anclada al suelo.

—Vamos, maldito cuervo, todavía tienes un reino que defender y otro que ganar —alenté, frunciendo el ceño y resoplando por el esfuerzo.

Sus ojos estaban empañados y su rostro crispado, pero asintió y me ayudó a levantarlo.

—¡Los usurpadores han sido vencidos! —comencé a decir a voz en grito, animada al comprobar que los hombres de Rollo empezaban a imponerse a los hombres del jarl—. ¡Rendíos y salvaréis la vida!

Algunos guerreros miraron en mi dirección confusos y vacilantes. Otros, al contemplar el cadáver de su líder y a la reina con el rostro bañado en sangre e inconsciente en el suelo, tiraron lejos la espada y se sometieron cayendo de rodillas e inclinando la cabeza. Aquel gesto comenzó a expandirse entre las tropas del jarl, silenciando el skáli.

Miré en derredor; cuerpos mutilados, sangre, y muerte alfombraban el suelo. Todo provocado por una sola mujer, aquella que comenzaba a despertar aturdida y dolorida.

Ayudada por otro guerrero, sentamos a Rolli en su trono. Estaba lívido y trémulo. Se palpó con la otra mano su sangrante hombro y apretó los dientes en una mueca sufriente.

—¡Rápido, un cuenco con agua y tiras de lino, aguja e hilo!

Rollo hundió sus grises ojos en los míos, y sentí sobre mí una tersa mirada acariciadora.

Un grito tortuoso y furioso nos paralizó. Ragnhild cubría su quebrada nariz con las palmas ahuecadas, mientras nos fulminaba con una mirada abominable.

—¡Maniatadla! —ordenó el rey, en tono tajante—. ¡Es mi prisionera! Hasta que dé a luz, nadie le hará ningún daño.

Cuando alumbre a mi hijo, yo mismo seré su verdugo.

Sus hombres acudieron prestos a cumplir su mandato. Ragnhild fue maniatada, entre llantos y quejidos lastimeros. No obstante, no me pasó por alto la mirada artera que me regaló. Mientras viviera, no estaba vencida; podía adivinar con somera claridad que las cuatro lunas que le quedaban para alumbrar al heredero serían bien aprovechadas para intentar escapar o voltear la situación a su favor.

Me esmeré en curar al rey. Lavé con delicadeza la herida y me dispuse a enhebrar la aguja de hueso con concienzuda atención.

—Deberías usar esa aguja en tu túnica y cerrarla, aunque semejante distracción es más eficiente para aturdirme que una buena jarra de cerveza.

Alcé una ceja y fruncí el ceño reprobadora; el tajo de mi túnica dejaba expuestos mis pechos, sobre los que Rollo tenía fijos los ojos.

—Mientras tengas las manos quietas, no comprobaremos si es más efectiva mi mano que mi sola visión.

El hombre sonrió divertido y asintió apartando los ojos de mí hacia la hendidura de su hombro.

—Si zurces tan bien como amenazas, me harás un estupendo bordado.

Esta vez fui yo la que esbozó una comedida sonrisa.

—Eso pretendo, mi rey.

—No te sometas, mujer, o me harás creer que tengo algún dominio sobre ti.

Ensanché la sonrisa y negué con la cabeza.

—Sólo yo lo tengo —afirmé con convicción.

En la insondable mirada del hombre relució un matiz admirado.

—Ingobernable, astuta, valerosa y hermosa; los dioses jugaron con mis ilusiones. No sé si seré capaz de perdonarles su crueldad.

Clavé la aguja al principio del corte y deslicé el hilo sin que Rollo emitiera un solo sonido. Puntada a puntada fui cerrando la herida, concentrada en mi labor; no fui plenamente consciente de la atención que me dedicaba el hombre sobre el que me inclinaba.

—Creo que sobrevivirás —sentencié burlesca afianzando el nudo final.

—Puede que mi cuerpo sí —musitó abatido.

Me aparté para coger el lienzo y me esmeré en aplicarle un vendaje prolijo y compresor, para evitar el sangrado.

—¿Haces algo mal? —preguntó jocoso.

—Ahora mismo, perder el tiempo con alguien que me utilizó.

—¿Te refieres a un pobre infeliz al que estuviste a punto de rebanar el pescuezo? —contrapuso ceñudo.

—A ese mismo, justo al que acabo de salvarle la vida.

—Cierto —admitió— y pienso pagar mi deuda.

Sostuve su mirada con semblante imperturbable.

—Voy a reunirte con él, lo sacaré de la batalla, yo mismo lo traeré hasta ti y permitiré que huyáis tan lejos como deseéis. Y ahora cúbrete; ¿no crees que ya he sufrido suficiente?

Estrangulé una sonrisa ansiosa y esperanzada y me alejé en busca de una túnica nueva. Me dirigí al Lokrekkja real, abrí el arcón de la reina y extraje una hermosa túnica roja. Justo salía de la alcoba cuando un alarido escalofriante me sobrecogió, helándome la sangre.

Tras el grito de mujer, rasgado y espeluznante, un rugido masculino retumbó en el aire, flotando por toda la sala y paralizando a cuantos moraban en ella.

Boquiabierta y horrorizada presencié cómo Sigrid extraía un puñal del cuerpo de Ragnhild, quien, atada a una columna, permanecía indefensa, mientras una y otra vez acuchillaban su abultado vientre ante el paralizado estupor de los presentes.

—Estamos en paz, maldita rata, tu hijo por los míos.

La desquiciada sonrisa de Sigrid dio paso a una carcajada que me erizó la piel. Ragnhild sólo era capaz de mirarse el vientre, por donde rezumaba una sangre densa y viscosa de los numerosos y profundos cortes por los que escapaba la vida de su hijo y la suya propia.

Rollo, horrorizado, lívido y desesperado, se abalanzó hacia su esposa y, cayendo de rodillas, intentó taponar las brechas sangrantes, como si en aquel infructuoso gesto fuera capaz de impedir lo inevitable.

Su heredero perecía apuñalado en el vientre materno, mientras él, agónico, sollozaba abrazado al vientre de su reina, que con mirada perdida, pálida y vidriosa, contemplaba la oscura cabeza de su esposo entreabriendo los labios en un rictus entre atónito y aterrado.

Un oscuro charco de sangre comenzó a extenderse a los pies de Ragnhild, quien en un último hálito de consciencia abrió la boca para dejar escapar un alarido agonizante y rabioso, que contuvo el aliento de los presentes. Sigrid, apresada por dos guerreros, sonreía plenamente satisfecha, plácida y orgullosa; pero no fue en ella en quien recayó la rencorosa mirada de la moribunda reina, sino en mí.

Un escalofrío me recorrió la espalda; mi corazón se detuvo un instante ante aquella turbia mirada amenazadora.

—Esto… todavía no ha… acabado —agonizó con voz rasgada y opaca dirigiéndose a mí.

Tosió y de sus labios brotó una bocanada de sangre negra que tiñó su barbilla. Un estertor la sacudió, su piel de alabastro perdió brillo, su celeste mirada se enturbió y sus facciones languidecieron, hasta aflojarse completamente. Su cabeza se desplomó laxa, tocando la barbilla su pecho. Una dorada cortina de cabello cubrió su rostro, poniendo fin a su vida.

Un sobrecogido silencio se cernió en el skáli; sólo los sofocados sollozos de un hombre lo rompían.

Ragnhild había sucumbido a su propia maldad, condenando una estirpe con ella y sentenciando a un rey al más aciago de los destinos.

Deslicé la mirada sobre Sigrid. Ya no reía; su mirada vacua se empañó y su expresión se oscureció. Volvía a su mundo, el de las sombras perpetuas.

Sorprendentemente, había sido una mosca la que había terminado devorando a una araña.

CONTINUARA

La araña quedó como colador, la mosca como zombie y la loba sin colmillo, dicen que la venganza no es buena ya que mata el alma y la envenena, pero da un enorme placer parecido a un orgasmo.

Abrazos.

Aby.