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Capítulo 68

Buscando dos gemas celestes.

Cabalgaba en la grupa de Tyr, abrazada a la espalda de un hombre roto, evitando pensar en toda la muerte que dejábamos atrás y en la que nos aguardaba delante.

Llevábamos varias agotadoras jornadas de viaje, y el cansancio comenzaba a hacer mella en mí.

Me había negado en rotundo a partir sin Fenrir, que nos seguía con infatigable vigor y encomiable lealtad. Aquel perro era sin duda mi más fiel guardián; dormía a mi costado y corría junto a mi montura; no obstante, lo que más solaz me ofrecía era la capacidad para transmitirme su cariño y, a través de él, de alguna manera, sentía a Eyra a mi lado.

Nos habíamos reunido con las tropas acampadas ese mismo día y, a pesar de que yo deseaba regresar a mi puesto en la facción de las skjaldmö, junto a Lena, Rollo no permitió que me separara de él.

Habíamos embarcado en Tønsberg; no fue fácil tranquilizar a las inquietas monturas durante el trayecto por las turbulentas aguas del estrecho. Y a pesar de que los langskip eran las embarcaciones más grandes, junto con los herskip, buques de guerra, snekkes y skeids, la travesía, aunque breve, no fue cómoda, pues la tormenta parecía querer perseguirnos, como si el cielo llorara con antelación las almas que pronto cobijaría en su seno.

Estábamos aproximándonos a Viborg, la ciudad donde se atrincheraba el rey Horik a la espera de la llegada de su jarl Lodbrok. Varios espías jutos apostados en el lugar habían advertido a Rollo de que la ciudad amurallada había sido fortificada y sus defensas, redobladas, convirtiéndola en un bastión inexpugnable; lo que más me angustiaba era que las tropas de Horik habían atacado a la avanzadilla compuesta por la hird del rey, liderada por Albert.

Corría una suave brisa primaveral que perfumaba la pradera y ondeaba los lanceados extremos de la alta hierba, de manera regular y rítmica, como una lánguida marea en un océano verde y brillante.

Incipientes semillas rojizas rompían el color de arbustos y matas. Y los árboles, pletóricos de vida, lucían sus coloridos frutos, flores y brotes nuevos con orgullo, como jactanciosos padres de hermosos retoños. Los arroyos descendían briosos de las colinas, colmando la sed de un paraje hibernado que reventaba a la vida de nuevo, insuflado por la magia que exhalaba Beltane.

Habría podido imaginar que estaba en el edén, si hubiera podido olvidar que esas praderas eran la antesala del infierno; que poco más allá nos enfrentaríamos a las tropas de Horik, y que desconocía si Albert estaba sano y salvo.

Y a medida que nos acercábamos a Viborg, esa incertidumbre fue convirtiéndose en aprensión y malestar. Algo dentro de mí parpadeaba inquieto, como un aleteo incómodo en mi pecho; un mal augurio, hubiera dicho Eyra.

Y aquel nombre estrujó mi corazón, robándome el aliento y oprimiendo ese dolor que me esforzaba por aletargar para poder mantener la entereza que ahora necesitaba. Sacudí la cabeza, alejando la quemazón de ardorosas lágrimas incipientes, y tomé aire profundamente, recobrando el ánimo y el aplomo.

Rollo redujo la marcha y se irguió en la silla oteando el horizonte. Aflojé los brazos en torno a su cintura y me separé de su espalda, ladeándome un poco para atisbar al frente.

Se vislumbraba un nutrido grupo de guerreros apiñados bajo un gran nogal, pero a aquella distancia resultaba del todo imposible discernir si se trataba de la hird del rey.

El ahuecado y seco sonido de un cuerno anunció nuestra presencia a los hombres apostados bajo el gran árbol, que al cabo repitieron el mismo sonido y agitaron con particular frenesí varios estandartes rojos.

A aquella distancia no se distinguía la silueta de un cuervo negro en el centro, pero, sin duda, lo había. Eran los guerreros de la hird. Mi pulso se aceleró, y mis deseos de ver a Albert me sepultaron en un alud de ansiedad.

Rollo arreó con fuerza a Tyr y el caballo se impelió a una veloz cabalgada que a punto estuvo de hacerme caer de la silla.

El atronador retumbar de cientos de cascos sacudieron la tierra con violencia, acallando el sonido de la naturaleza y acompasando el corazón de los jinetes como si tambores de guerra los animaran para la batalla que pronto librarían.

Podía distinguir la alta empalizada de Viborg, y cómo en las atalayas se encendían hogueras, alertando de nuestra presencia.

Jadeé ansiosa; el viento ondeó mis rubios cabellos y mi cuerpo se ciñó al de Rollo en el movimiento acompasado del galope, alzándonos ligeramente de la silla para posarnos sobre ella, en un balanceo regular que nos fusionó como un solo jinete.

A raíz de los acontecimientos recientemente sufridos y la inevitable proximidad a la que nos había forzado el viaje, mi opinión sobre él había mejorado de forma ostensible. Contemplar tanto dolor en sus ojos, tan manifiesta desolación pintando su faz y tan acerba amargura dominando su rictus, y a pesar de ello, mantener la templanza en sus actos, liderar su ejército con rectitud y sensatez, y mostrarse respetuoso conmigo, no pudo más que ganar mi admiración. No obstante, resultaba contradictorio que se apartara de mí cuando acampábamos, dedicándome una cortés indiferencia, y que se empecinara en que cabalgara en su montura. No acertaba a interpretar aquella extraña conducta, ni pensaba que desdeñarla cambiaría las cosas.

En ocasiones, cuando lo descubría sentado solo frente a una de las fogatas, meditabundo y ausente, libre de la máscara que usaba durante el día para contener sus emociones, lo observaba subrepticiamente descubriendo en él un tormento que me conmovía. No lloraba, no gesticulaba, ninguna mueca alteraba su semblante, pero el dolor que emergía de su mirada era tan atroz que encogía mi pecho, tanto que me costaba reprimir el impulso de abrazarlo.

Había perdido a dos mujeres y a cuatro hijos, la tragedia parecía perseguirlo como un estigma; podía ver cómo se apagaba poco a poco, reduciéndose a una sobria sombra de lo que fue.

Hubiera sido más fácil odiarlo, haber mantenido el rencor que siempre me había suscitado; la compasión era una emoción engañosa y peliaguda que debía controlar para no crear malentendidos.

Alcé la cabeza para atisbar sobre su hombro, y él repitió el mismo gesto; esta vez su mejilla rozó mi frente, el contacto le arrancó un profundo suspiro y, en ese preciso instante, supe por qué necesitaba cabalgar junto a mí.

Mi contacto era su consuelo, era una manera de que lo abrazara sin connotaciones confusas, sin complicaciones que nos incomodaran a ambos, sin albergar vanas esperanzas o cobijarse en sueños imposibles. Y esa necesidad por ayudarlo a superar su pena se desvaneció; sin embargo, mi conmiseración por él creció.

Nos detuvimos frente a la hilera de guerreros de la hird, que nos aguardaban sonrientes. Hiram, Sigurd, Erik y una veintena de hombres inclinaron sumisos la cabeza ante su rey. Busqué con la mirada dos gemas celestes, que no encontré. Presa de la desazón, hice ademán de bajarme, pero Rollo me detuvo con gesto adusto.

—¿Dónde está el resto de mis hombres? —preguntó en tono grave.

—Guardan la puerta sur de la ciudad —respondió Hiram— para evitar que Horik escape, como ordenasteis, mi rey. Albert nos dividió cuando fuimos atacados; hemos repelido ya varias ofensivas desde la empalizada, pero nadie ha salido de Viborg, al menos vivo.

Dirigimos la mirada hacia la delimitada fortaleza que se alzaba sobre la pradera; era más grande de lo que había imaginado. Por las flechas que había clavadas en el terreno, supuse que aquel árbol era el punto exacto donde no tenían alcance, los tentativos disparos de los arqueros apostados en la empalizada.

—No hay tiempo que perder —anunció Rollo con apremio—. Tenemos que atacar la ciudad antes de que lleguen refuerzos. Rodearemos Viborg y prenderemos fuego a sus murallas; esa rata de Horik saldrá de su escondrijo. Avisa al resto de mi hird.

Hiram asintió quedo, clavó sus hermosos y profundos ojos verdes en mí y pronunció en voz alta y clara:

—Tranquila, lo traeré de vuelta a ti —prometió solemne.

Arreó a su caballo y partió presto con sus hombres a la puerta sur, donde vigilaba Albert.

Rollo se volvió en la silla para encararse conmigo. Su penetrante y hosca mirada me sobrecogió.

—No le cuentes lo de Eyra —advirtió con firmeza—. No hasta que estéis muy lejos de aquí. Hasta aquí llega mi promesa, Freya, con esto pago mi deuda. Te he traído hasta él, a partir de ahora sois dueños de vuestro destino. Luchad a mi lado o huid, la decisión es vuestra. Y ahora, desmonta, nuestra historia acaba aquí, loba. Por fin, y como tanto has ansiado, el cuervo vuela lejos de tu lado.

Y en ese adiós, y a pesar de que su semblante permanecía tenso y grave, sus ojos refulgieron con la llama de una despedida largamente meditada que rasgaba su alma, arrasada por el fuego de la derrota y el peso de la rendición. Supe al punto que aquella batalla sería la última, que la chispa de la vida se había apagado en él y que lucharía no por la ambición de adherir aquella región a su reino, sino por entrar en el Valhalla buscando una paz que aquí ya no encontraría.

Sentí un nudo atorando mi garganta, y el calor de las lágrimas en mis ojos. Al final, esa parte noble que siempre había albergado en su corazón ganaba su particular batalla. Y, sin poder contenerme, me abracé a él, derramando en aquel gesto todo el cariño que fui capaz de mostrar. En su apagado resuello percibí toda la emoción que lo constreñía. Apenas un pequeño temblor lo sacudió, quizá conteniendo todo el llanto que se había empeñado en retener, quizá permitiéndose aquel casi imperceptible gesto de debilidad.

Lo estreché con fuerza y, aunque sus brazos no me rodeaban, supe que lo hacía su corazón. Cuando me separé de él, ambos con mirada húmeda y semblante afectado, asentimos casi al unísono.

—Sólo espero que algún día puedas perdonarme —masculló en un quebrado hilo de voz.

Tragué saliva y bajé la mirada; ver las ruinas que había tras sus ojos me partía el corazón.

—Ya lo hice, yo mejor que nadie sé los desatinos que se cometen cuando el corazón se nubla. Pero, a pesar de ello, necesito una compensación.

Frunció el ceño con extrañeza y asintió con agudo abatimiento.

—Lucha, mi rey —murmuré conteniendo la emoción—. No por cumplir una profecía, sino por ti, por hallar la felicidad y la paz, por conseguir tus deseos y por defender a tu pueblo. Lucha, te lo ruego.

—Ya no hay nada por lo que luchar —afirmó derrotado—. Mi vida se fue con mis hijos. Todos ellos me esperan; ya no heredarán un reino, ni liderarán grandes ejércitos, no serán aclamados por su pueblo, ni se jactarán de sus victorias, no gozarán de bellas mujeres, ni beberán hasta desvanecerse, no sentirán el peso de una espada en las manos, ni harán sacrificios a los dioses… pero, al menos, tendrán a su padre con ellos.

Cerré los ojos llena de amargura y asentí. Había decidido su destino, nada lo haría cambiar de opinión.

Y como si aceptar la muerte como única salida a la agonía la hubiera apresurado a su lado, ésta asomó al borde de la colina, arropada por centenares de jinetes, estandartes ondeantes, gritos de guerra y cascos de caballos.

Las aguerridas tropas de Lodbrok recorrían la pradera como un manto oscuro aproximándose a nosotros, como la ponzoña carcomiendo una verde manzana, como un negro nubarrón ocultando el sol, como las alas de un dragón sombreando el páramo. Contuve el aliento; nos habían estado aguardando.

—Hoy veré el rostro del todopoderoso Odín —auguró Rollo—, beberé ambrosía de manos de hermosas valquirias, me reuniré con los einherjer, los espíritus de los guerreros muertos en batalla, y seré agasajado con un gran festín. Hoy, Freya, será un gran día.

La sonrisa que dibujaron sus labios se me antojó impaciente y, aunque la mueca apenada que tildaba su rostro no llegó a desvanecerse, una nueva luz pinceló de complacencia su mirada.

Me ayudó a desmontar y sin apartar sus ojos de los míos desenfundó su espada con renovado entusiasmo.

—¡Rápido, busca a Albert y huye lejos de aquí!

Y, de repente, un agudo chirrido nos alertó, dirigiendo nuestra atención hacia los grandes portalones de la ciudad amurallada. Comenzaban a abrirse, vomitando de su interior una belicosa masa de guerreros, a caballo y a pie, que jaleaban exacerbados, alzando sus armas, sedientos de sangre y exultantes por tenernos a su merced.

Cerraban su cerco, atrapándonos dentro.

Como peces confusos enredados en una gran red, los hombres de Rollo observaban vacilantes los dos frentes que se cernían furibundos contra ellos.

—Ese viejo es astuto como un zorro —alabó Rollo a su enemigo con un deje de sincera admiración—, quizá brindemos juntos en el Valhalla.

Y giró su montura hacia la batahola de guerreros que surgían a borbotones de la ciudad. Tyr relinchó, alzándose sobre sus cuartos traseros, tan ansioso como su amo por entrar en batalla.

—¡Divide las tropas en dos facciones! —ordenó a su general, Orn—. ¡Yo lideraré el ataque a Viborg! ¡No descansaré hasta clavar la cabeza de Horik en mi pica! ¡Habrás de contener a las hordas de Lodbrok; si os rodean, formad un círculo con escudos y lanceros y resistid hasta que logremos salir de la ciudad!

Sus hombres asintieron y comenzaron a vociferar las órdenes al tiempo que la masa de guerreros comenzaba a posicionarse con ansioso apremio.

—¡Ve con las skjaldmö, Freya, tendrás que luchar hasta que Albert te encuentre! ¡Aprisa, sube a tu montura y no te separes de Lena!

—¡Rollo…!

Los grises y refulgentes ojos del rey recorriendo mi rostro con abrumadora intensidad, bebiendo mi expresión, absorbiendo el detalle, quizá para recordarme allá adonde fuera; asintió quedo con singular aprobación.

—Si de algo me jactaré cuando brinde en el gran banquete del Valhalla será de haber conocido a una hermosa loba que me enseñó la humildad de la derrota, pero también la dulce victoria de saber, justo antes de partir, que, aunque no de la manera que anhelaba, me metí en su corazón.

Mis labios se estiraron en una frágil sonrisa que Rollo compartió.

Sacudió brioso las riendas de Tyr, mostró su espada, como si fuera una extensión de su brazo, e hizo el gesto de avanzar con la fiera altivez de todo un rey guerrero.

Tras un grito feroz, partió a galope tendido, seguido de la mitad de su ejército.

El fragor de la batalla se desató en la brillante pradera, rompiendo en un estruendo ensordecedor que me aceleró el pulso. Desenvainé mi espada y corrí en busca de las skjaldmö. Por fortuna no habían entrado en combate aún. Lena, a lomos de su yegua blanca, atisbaba inquieta el foco central de los primeros enfrentamientos, cuando me divisó. Tenía mi montura atada a la suya y me apresuró con aspavientos hasta ella.

Me encaramé al caballo, que resopló agrandando los ollares y agitando inquieto la cabeza; me incliné sobre su vigoroso cuello y rasqué con suavidad su nuca, chitándole dulcemente en la oreja.

—No te separes de mí, Freya —aconsejó Lena con el cejo fruncido y expresión aguerrida.

Llevaba el plateado cabello recogido en pequeñas trenzas pegadas a su raíz que se unían a una gruesa central tras su espalda. Se había pintado las mejillas con dos trazos azules verticales y en sus claros ojos almendrados resplandecía una fiereza que me sobrecogió. No tuve duda de que ella sería una de las valquirias que llevarían ante Odín a decenas de guerreros

—. Son más numerosos de lo que había imaginado —admitió preocupada—. Y encima nos han obligado a dividirnos. Albert tiene que sacarte de aquí cuanto antes.

Un ladrido llegó hasta mí. Fenrir corría hacia mí, con las orejas gachas y expresión depredadora. Flanqueada por mis dos particulares guardianes, advertí que la batalla comenzaba a rodearnos. Lena me pasó un colorido escudo y enarboló el suyo.

—Recuerda todo lo que te enseñé —musitó precipitada con gravedad—. Mantente templada, observa y aprovecha cualquier resquicio para atacar. Alza tu escudo tras cada lance, y no dejes de moverte; utiliza la fuerza de tu contrincante en su contra, y maneja con astucia tu rapidez.

Asentí, presa de una arcada que logré sofocar. A mi alrededor el sonido chirriante del metal rozándose, los gruñidos sordos, los golpes secos y los alaridos de rabia y dolor me erizaron la piel, acelerando mi pulso, como si dentro de mí un tambor resonara ensordeciéndome.

Apenas fui consciente de alzar la espada ante el primer oponente que intentó atacarme; frenó mi filo con su escudo y todo mi cuerpo se sacudió tembloroso por el impacto. Intentó arrebatarme las riendas y le propiné una violenta patada que lo hizo retroceder; el hombre gruñó ofuscado y se abalanzó de nuevo hacia mí, que hice retroceder a mi alazán y lo encabrité, consiguiendo lo que me proponía, que lo coceara. Mi atacante cayó de bruces, y las pezuñas de mi caballo se hundieron en su pecho; un negro borbotón de sangre fue regurgitado de su boca, manchando su espera barba clara. A pesar del estruendo del combate, pude percibir el crujido de las costillas del hombre cediendo ante el peso de animal y jinete.

Comenzaron a surgir atacantes de todos los flancos. A mi derecha, Lena descargaba su mandoble con rotunda habilidad, sembrando cadáveres a los pies de su yegua, que piafaba agitada y sacudía con brío sus blancas crines, mientras resollaba asustada.

Derramé mi mirada sobre el extenso y convulso manto de guerreros combativos al tiempo que buscaba dos gemas celestes, pero sólo encontré cuerpos luchando con arremetida ferocidad. No tuve tiempo de nada más: otro asaltante se cernió sobre mí; esta vez era un jinete que blandió una enorme hacha y la impelió en un arco letal hacia mi cabeza. Me incliné lateralmente aferrándome a las riendas, con tal vehemencia que caí del caballo. Mi corcel también se desplomó, casi sepultándome debajo. El filo del hacha había cercenado buena parte de su cuello y la sangre manó a borbotones, roja, densa y brillante, en un grotesco manantial que salpicó mi rostro y mi pecho. Contuve el aliento ante la agonía del animal, que resollaba en un sonido vibrante y escalofriante que me sobrecogió.

Me arrastré sobre la hierba, refregando mi rostro para limpiarlo de sangre. Alcancé mi espada justo a tiempo.

Mi oponente desmontó, empuñó de nuevo su hacha con dos manos y se dirigió hacia mí con una sonrisa hambrienta que congeló mi sangre. Fingí horror y permanecí inmóvil, con la espada en la mano, aguardando que descargara su golpe. Adiviné en su postura el instante preciso de su ataque, y fue en ese momento cuando giré sobre mí misma. El hacha se hundió en la blanda y negra tierra, y forzó a que el guerrero se inclinara. Fue suficiente para mí: dibujé un arco con mi espada, hundiendo mi filo en su nuca. Arrastré mi acero para recuperarlo, mientras la sangre y la muerte teñían la asombrada mirada del hombre.

Jadeé y me puse en pie con premura. El lobo gobernaba mis actos, y supe que aquélla sería su última aparición. Lo necesitaba más que nunca, sus colmillos determinarían mi destino; éste sería su último combate, y en él desplegaría todo su poder. Sentí su fuerza en mi interior y aquello me otorgó la seguridad que necesitaba.

Empuñé la espada, separé las piernas flexionando las rodillas y miré en derredor. Me escocían los ojos por la sangre restregada de mi rostro; su sabor metálico y ácido se aglutinaba en las comisuras de mis labios, y su hedor impregnaba mi túnica. Y a pesar de eso, las náuseas desaparecieron.

Descargué mi mandoble hundiéndolo en los atacantes que encontraba al paso. No portaba escudo, pero mis esquives eran raudos y acertados. Me sentí poderosa, hasta que un gigante taponó mi visión del campo de batalla.

Blandió su enorme espadón trazando arcos en el aire, rasgándolo en un sonido sibilante, mostrando en aquel ademán una habilidad innata, y una fuerza abrumadora. Mi garganta se secó, tragué saliva y me centré en cada uno de sus movimientos. A cada paso que daba hacia mí, el poder que rezumaba comenzó a menguarme. Aquel oponente sobrepasaba claramente mis capacidades. Miré de soslayo, barajando la posibilidad de escapar de aquel monstruo de grandes y fornidas hechuras y largos y enmarañados cabellos castaños. En torno a mí, parejas de combatientes se batían con violento arrojo, desmembrando con feroces tajos, hundiendo sus aceros con brutal fervor, sembrando la muerte en aquella pradera que ya comenzaba a tornarse escarlata.

De pronto, sentí una presencia a mi lado. Una hermosa valquiria blanca y luminosa, equipada con un escudo azul y que balanceaba con sinuosa gracilidad su espada.

Apenas me dirigió un fugaz vistazo cómplice a través de su ceño fruncido, apretó los labios mientras endurecía su rictus y fijó su celeste mirada en el gigante que nos sonreía altivo.

—Atacaremos al tiempo —susurró entre dientes.

Y al instante, Lena gritó furibunda y se abalanzó sobre el gigante. Ya chocaba su acero con él cuando me precipité hacia su costado, obligándolo a defenderse de un doble ataque. Frenaba mis embistes con su escudo, forzándome a retroceder con su empuje, mientras contenía los lances de Lena con su espada. Era grande, una mole de músculo que nos contenía con aparente facilidad y que costaría agotar, hasta poder tener la más mínima oportunidad. Así que opté por aprovechar su ventaja en mi beneficio, su tamaño. Me aparté lo suficiente para ponerme a su espalda, clavé la rodilla en el suelo, justo cuando él repelía a Lena de un mandoblazo que a punto estuvo de dejarla sin brazo, y sesgué sus corvas de un solo tajo. Tras un desgarrador grito, cayó de rodillas; Lena hundió su acero en el pecho del gigante con un gruñido triunfal y casi placentero.

Me sonrió orgullosa y me dedicó una leve inclinación de cabeza.

—Te enseñé bien, pequeña bondi —manifestó jactanciosa y eufórica.

De pronto, su rictus pletórico y triunfal se congeló en su rostro, se abalanzó sobre mí y me apartó de un abrupto empellón. Una flecha le atravesó el costado izquierdo, apenas profirió un débil resuello antes de cernirse sobre el arquero para hundir su acero en él.

Trastabilló retrocediendo, observando ceñuda la cola emplumada del astil que perforaba el lateral de su cintura. Me acerqué a ella y la sostuve con cuidado. Aferró el extremo que sobresalía de su cuerpo con firmeza y me miró apremiante.

—Quiebra el otro extremo —pidió con asombrosa templanza— para que yo pueda deslizarla fuera de mi cuerpo.

Asentí y cogí con una mano la parte que emergía por detrás. Rodeé con fuerza la parte más cercana que asomaba de su cuerpo para sofocar cuanto pudiera la sacudida, y la otra mano la cerré en torno a la base de la ensangrentada punta de metal. Apreté con fuerza los dientes y, con toda la entereza y fuerza que fui capaz de reunir, partí en dos el astil; sin embargo, no logré contener suficientemente el impacto del quiebro, que se propagó reverberante en el cuerpo de Lena, removiendo la herida y arrancando de su garganta un grito de dolor, que más sonó a gruñido rabioso.

Aunque lívida y trémula, no vaciló en arrancar de su cuerpo el alargado tronco leñoso con una mueca dolorida que crispó su semblante.

La lanzó lejos y jadeante se observó el sangrante orificio de su costado con el cejo fruncido.

—Tengo que vendarte —musité preocupada, derramando angustiada mi mirada en derredor.

Los combatientes se agolpaban en torno a nosotras en pequeños y apiñados grupos, febrilmente inmersos en la lucha.

—No hay tiempo —objetó Lena.

Se agachó y cogió un puñado de negra tierra húmeda, no supe si de rocío o de sangre, la apretó en su palma y la modeló con los dedos formando un emplaste, que se aplicó sin pérdida de tiempo, taponando la herida. Me ofreció la mitad e hice lo mismo con el orificio trasero.

—Lena… me has salvado la vida.

—Como lo habrías hecho tú —profirió con absoluto convencimiento— somos hermanas de lucha y de corazón.

Cerró la mano en mi antebrazo, oprimiéndolo con firmeza, sellando de esa manera nuestro vínculo fraternal, y yo la cerré en torno al suyo. Mirándonos fijamente, liberamos nuestros afectos.

—Y ahora, a buscar a tu gigante —musitó esbozando una incisiva sonrisa—. A morder, loba, tienes por lo que luchar.

No pude contestarle, fuimos empujadas de forma violenta por la brutal pelea de dos guerreros que se batían con los puños en una lucha letal. Empuñé mi espada con ambas manos justo antes de ser atacada por otro oponente. Crucé hábilmente mi acero con él mientras con el rabillo del ojo estaba pendiente de Lena, que había encontrado una lanza y la manejaba con sublime destreza.

Me deshice del guerrero y acudí a ayudar a Lena; mientras ella frenaba con la pica los embistes de su adversario, aproveché para ensartarlo por la espalda.

—¡¡¡Detrás!!! —avisé gritando desaforada. Aquel sonido rasgó dominado por la urgencia y el miedo mi interior, parándome el corazón.

La punta ensangrentada de una espada emergió del pecho de Lena, como un lúgubre estandarte clavado en un reino conquistado, reclamando para la muerte aquella vida, que inmóvil la aguardaba. Mi aguerrida valquiria blanca agrandó confusa los ojos clavando una mirada estupefacta en su pecho.

—¡Noooooooooo…! —aullé desgarrada.

Y con horrorizada lentitud, el acero comenzó a abandonar aquel reino usurpado, marcado con sangre brillante que manaba profusamente, entregando su conquista al dios de la guerra y la muerte. De Lena partió un débil resuello por el que escapaba su último hálito de vida. Cayó de rodillas, enfocando en mí una mirada tan intensa, tan cálida y afectuosa, que rompí en un sollozo mientras gritaba impotente y rabiosa.

Me abalancé sobre el hombre que la había ensartado y lo rendí a mi espada y a mi furia en apenas unos coléricos mandobles. Me cerní sobre el cuerpo de Lena, que agonizaba de rodillas, con el semblante tan plácido y la mirada tan tierna que me sobrecogió.

—Luuu… chaa… Freya… —Un escalofriante estertor la detuvo un instante antes de poder continuar—. Me… esperan… en el Asgard.

La abracé contra mi pecho, sintiendo en él mil puñaladas de fuego entrando y saliendo implacables. Las lágrimas no aliviaban el dolor, ni los sollozos la pena. Ninguna de esas dos emociones diezmaron mi arrojo y mi determinación.

—Lucharé, lo juro por los dioses —afirmé poniéndome en pie—. Y diles de mi parte que se llevan a la mejor valquiria y a la mejor amiga que se puede encontrar. Puede que ellos te lleven a su reino, pero un trozo de ti quedará siempre conmigo.

Me llevé la mano al corazón con afectada intensidad. Lena asintió esbozando una sonrisa emocionada antes de cerrar definitivamente los ojos.

Inspiré una profunda bocanada de aire que produjo un sonido chirriante, como si rozara en mi garganta con las aristas de esa piedra tormentosa que pendía en ella.

No tuve tiempo de más. Surgían atacantes por doquier, y el lobo me dominó por completo. Dejé, por última vez, a un lado mi humanidad, convirtiéndome en una voraz depredadora, letal y fría, con un único objetivo en la mente: devorar cuanto ser se interpusiera en mi camino hasta toparme con las únicas dos gemas celestes capaces de devolverme a la vida.

No fueron celeste los ojos que acudieron en mi auxilio cuando me rodearon tres atacantes, sino tan verdes como el prado que presenciaba, indiferente, aquella masacre.

Hiram surgió de la nada, tan hermoso como feroz, blandiendo su espada sibilante y hambrienta ante los hombres que me cercaban. La descargó con tanta saña que partió en dos el escudo de uno de los guerreros más cercanos a él, para hundir su acero en el pecho del hombre a continuación, con tan abrumadora facilidad como si el mismo Thor se hubiera personado ante ellos.

Impresionados, mis adversarios retrocedieron calibrando cada movimiento de Hiram. Éste apenas me dirigió una mirada admonitoria, instándome a no participar.

No hizo falta, mis dos atacantes me ignoraron, centrando toda su letal atención en él.

Hiram aguardó astuto el ataque, anticipándose en cada ofensiva, defendiéndose con absoluto dominio de un doble ataque… embistiendo y esquivando, girando y dibujando un arco tras otro, buscando la ocasión de alimentar el ansia de su acero, que reverberaba bajo la luz matinal, con destellos de plata, confiriéndole una apariencia divina, y atemorizando a sus oponentes. Y tras dos mandobles seguidos, giró lateralmente rebanando el costado de uno de sus adversarios para hincar la rodilla en la tierra y atravesar el abdomen del otro.

Se puso en pie y se dirigió raudo hacia mí, cogiéndome de la mano.

—No te separes de mí —ordenó tajante—, Albert viene por ti.

Agarró una pica del suelo, se quitó su yelmo y lo colocó en la punta. Acto seguido lo alzó todo lo que pudo y lo balanceó en el aire en círculos, a modo de aviso, señalizando nuestra posición.

Repitió aquel movimiento cuanto pudo, hasta que fuimos rodeados de nuevo; esta vez eran más.

Utilizó la pica lanzándola con ferocidad hacia los primeros asaltantes con una mano, mientras con la otra sofocaba un nuevo ataque por la derecha. El yelmo salió impelido por los aires, así como mi pavor cuando uno de aquellos hombres se aprestó contra mí y me desarmó.

Hiram se interpuso entre mi oponente y yo, sin dejar de contener al resto. Aproveché su parapeto para buscar en el suelo mi espada, agitada y ansiosa, con la garganta seca y el corazón desbocado. Cogí una que hallé junto a un cadáver; pesaba más que la mía, pero la enarbolé con ambas manos, destilando el suficiente coraje para manejarla contra el enemigo más cercano.

Supe que mi resistencia no soportaría esgrimir más lances, ni sofocar un pulso, pues la fortaleza de mi enemigo era claramente superior, así que me arriesgué en un desesperado ardid. Alcé la espada para simular descargarla sobre su cabeza y, haciendo acopio de todas mis fuerzas, la descendí cuando el guerrero elevó su espada esperando mi lance, y pude clavarla en su vientre. Sin embargo, no fui lo bastante rápida al extraerla y, a pesar de inclinarme a un lado, no logré escapar del filo de su espada, que lamió mi brazo, ocasionándome un tajo considerable.

Jadeé apartándome; el brazo me latía con un pulso abrasador; aunque sangraba abundantemente, no tuve ocasión de oprimir la herida ni vendarla comprimiendo el sangrado.

Hiram estaba en apuros.

Un ladrido llegó en nuestro auxilio. Fenrir saltó sobre uno de los atacantes, derribándolo y atrapando en sus fauces el cuello del hombre. La sangre manó a borbotones entre alaridos y gruñidos. Hiram había matado a sus tres oponentes, pero llegaron más que los suplieron. Por la cantidad de enemigos que nos rodeaban, la batalla claramente se estaba inclinando a favor de Horik.

Mi ansiedad por embeberme en la mirada de Albert era tal que me dolía más que la herida. Me desesperaba sucumbir sin haberme sumergido en sus ojos por última vez, sin haberme despedido, sin haber probado sus labios para llevarme su esencia conmigo. Sin poder decirle por enésima vez cuánto lo amaba.

Y aquel miedo se acrecentó cuando los hombres que nos rodeaban eran demasiados para plantarles batalla.

Hiram apretó los dientes fiero, pero en la mirada que me dirigió percibí su amargura y angustia, su frustración y rabia. Me puse a su lado, y lo miré agradecida y orgullosa. Hiram esbozó una sonrisa temblorosa y emocionada, que caldeó mi pecho.

«¡Albert, amor mío! ¿Dónde estás?». Ése fue mi último pensamiento antes de entregarme a mi último combate.

Y en ese preciso instante, a mitad de trazar un letal arco con mi espada, unos impresionantes y rasgados ojos celestes refulgieron con fuerza entre aquella masa oscura de guerreros.

Él.

CONTINUARA