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Capítulo 69
En el fragor de un encuentro
Albert avanzaba desesperado, sembrando muerte y sangre a su paso, sorteando enemigos o enfrentándose a los que decidían atacarlo. Su angustia era tal que agilizaba cuanto podía sus ataques para zafarse de los guerreros que le salían al paso. Repartía mandobles como quien despeja la maleza de un bosque cerrado en busca de un sendero por el que transitar y correr a su destino. Su destino era encontrarla antes que la muerte y liberarla de sus garras.
Gruñía iracundo cuando algún enemigo se interponía en su camino, evitando alargar la lucha, embistiendo como una fiera descontrolada y letal, pero sobre todo impaciente. La urgencia y el miedo lo atenazaban. Hiram se había adelantado, cuando él fue retenido y cercado en aquella maldita muralla, al emerger de ella una horda de guerreros por aquellos portalones, como si fuera una plaga de ratas inquietas y mordientes. Sus hombres lo habían ayudado a deshacerse de toda una avanzadilla de decenas de adversarios. Había resultado imposible conseguir un caballo para lograr avanzar entre aquella caótica masa de guerreros enardecidos y poder encontrarla en mitad de la batalla. Y saberla ahí, en medio de aquel combate feroz, le quemaba el pecho como si lo marcaran en una fragua con un hierro candente.
Y entonces vio un yelmo ondeando en el extremo de una pica, la señal de Hiram. Y corrió hacia ese punto con el corazón en la boca y esquivando ataques sin presentar batalla, saltando por encima de cuerpos mutilados, inertes o muertos, pisando charcos de sangre y aspirando el ferroso aroma de la muerte y de su propia desazón.
Jadeaba entre gruñidos, forzando su carrera impelido por el apremio y un pavor descontrolado por no llegar a tiempo.
En cada zancada sus latidos atronaban como los de un tambor; no podía llegar tarde, no podía verla morir de nuevo. Porque, si eso ocurría, partiría con ella, y esta vez nadie se lo impediría. No había vida posible sin corazón, y ella no sólo era su corazón, era su alma, su sentido, su razón, su principio y su fin.
Estaba en cada aliento, en cada parpadeo, en cada latido, en cada pensamiento, y estaría siempre, pues no importaba el mundo, ni el tiempo, estaban unidos más allá de la razón. Se batiría hasta con la misma valquiria que quisiera arrastrarlo al Valhalla tras su muerte, porque no deseaba estar entre dioses, ni entre hombres; no, viajaría tras ella hasta encontrarla y encadenarla a él eternamente.
Cuando horrorizado vio cómo el yelmo volaba por el aire, la angustia lo estranguló. En su carrera impactaba con brutalidad contra todo cuerpo que se interponía en su camino, derribándolos a golpe de escudo o de espada, con la ansiedad desdibujando sus facciones y el miedo pintando su mirada.
Cuando se topó con ella, el miedo se tornó esperanza y la ansiedad, furia.
Hiram y ella estaban rodeados y casi vencidos por unos siete enemigos que iban acorralándolos lentamente.
Descubrir que ella estaba herida y que, aun así, luchaba con tal arrojo que impresionaba, con tal coraje que deslumbraba y con tal habilidad que admiraba, lo llenó de orgullo y de un amor tan grande que lo impelió con la fuerza y la determinación de una tempestad en alta mar hacia los atacantes.
Descargó su espada con implacable saña contra los hombres que de espaldas a él cerraban el círculo y enarbolando su escudo arremetió feroz, derribando a los hombres que encontraba al paso.
Cuando sus ojos se encontraron, y los de ella refulgieron esperanzados, sintió un pellizco en el corazón. Un mensaje silencioso flotó entre ellos, un mensaje con las mismas letras e idéntico sentir.
Hiram pareció crecerse ante su presencia, redoblando sus ataques con más ímpetu; la sombra de una sonrisa tildó su boca y el alivio suavizó sus facciones, dirigiéndole una mirada cómplice y decidida.
Albert asintió apenas mientras luchaba con denuedo, a pesar de seguir llegando enemigos en una masa inagotable. Comenzó a interponerse constantemente entre los que atacaban a Freya, librándola de luchar en la medida que podía, usando su escudo para frenar ataques y lidiando incluso con tres espadas cruzadas entre sí y lanzadas a veces casi al tiempo. Inclinaba su cuerpo en ágiles esquives, exprimiendo sus habilidades al máximo, lanzando ataques certeros y derribando con extrema brutalidad a sus contendientes.
De repente, se dio cuenta de que no eran tres: Fenrir atacaba como un lobo rabioso, reduciendo eficazmente al enemigo, protegiendo a Freya de ataques por la espalda y abalanzándose con crudeza sobre aquellos que intentaran acercársele.
De repente, un sonido atronador lo sobrecogió. Entonces se percató de que el cielo había cambiado. Se había oscurecido precipitadamente; el olor de la lluvia sofocó el de la sangre y el sudor. Se estaba formando una gran tormenta que pronto descargaría su furor contra ellos.
Luchar entre el barro dificultaría las cosas. Tenía que sacarla de allí cuanto antes.
Sesgó una cabeza que cayó rodando por el suelo y hundió su espada en otro cuerpo, sin detenerse un instante, hasta que comprobó que o habían huido los que quedaban o habían caído bajo su acero, pero se encontraban los tres solos y jadeantes en un rodal de cuerpos sangrantes. Más allá la lucha continuaba ya dividida en pequeños reductos.
Sin mediar palabra y con una vital determinación, se acercó a Freya, quien, aunque exigua y dolorida, lo miraba arrobada. Aferró con rudeza su nuca con una mano, rodeó su cintura con el brazo para ceñirla a él y la besó con tal desesperación que notó cómo ella se derritió entre sus brazos.
Tomó su lengua con una exigencia tan abrumadora, con un hambre tan voraz, con tal agudo anhelo, que temió no poder separarse de ella antes de advertir un nuevo peligro. Liberó su miedo en aquel beso hosco, plasmando en él todo el amor que lo roía por dentro.
Lamió cada rincón de esa boca que lo enloquecía, saboreando su esencia y depositando la suya.
Sintió el hambre en ella, en cómo se abrazaba a él, en cómo lo devoraba con la misma ansia que lo consumía a él. Se vio envuelto en todo el amor que rezumaba de ella como un cálido manto y se permitió arrebujarse en él, ahuyentando todos los temores.
Cuando logró separarse de su boca y se sumergió en aquellas lagunas verdes por las que asomaba su corazón, supo que moriría abrazado a ella, porque nadie lograría separarlo jamás de su lado.
—Creí… que no volvería a verte —susurró ella en un emocionado hilo de voz.
Las lágrimas trazaron surcos perlados entre la suciedad y la sangre que cubrían su rostro, como la ondulante ribera de un río atravesando un oscuro valle y aclarando con su cauce aquel hermoso y afectado paraje.
—Y yo temí no llegar a tiempo —confesó con voz quebrada.
Limpió con delicado mimo su rostro, secándolo con besos cortos y precisos, mientras ella sofocaba sollozos aliviados.
Albert besó la punta de su nariz y le sonrió. Se separó apenas para rasgar los faldones de su túnica, arrancó una tira de tela y le vendó el brazo con exquisita delicadeza, aunque ejerciendo la suficiente presión para detener el sangrado. Por el vistazo que le echó, necesitaba sutura, pero ahora lo importante era buscar monturas y huir de allí.
Echó una ojeada hacia las murallas de Viborg; por el estruendo y el humo que ascendía en llamativas espirales, supo que la batalla en el interior estaba siendo encarnizada. También supo por qué la batalla en la pradera había perdido intensidad: las tropas de Lodbrok habían decidido acudir en auxilio de su rey Horik. Halfdan era sin duda un gran guerrero.
Cuando afianzó el vendaje, ella volvió a estrecharse contra su pecho. La rodeó con fuerza, sintiendo de nuevo esa acusada necesidad de fundirla en su pecho, para salvaguardarla de todo y de todos. Deseó tener alas para cubrirla con ellas, para llevarla lejos de allí, para perderse con ella en la eternidad.
—Ambos hemos estado muertos, amor mío —susurró contra su pelo—, pero hemos vuelto a la vida y, por segunda vez, me entrego a ti, esposa mía, en cuerpo y alma. Soy tuyo desde el día en que posaste esos hermosos ojos sobre mí, y lo seré hasta el fin de los tiempos.
Sofocó el llanto de Freya, intentando en vano contener el suyo propio. El pecho se rompía en mil sentimientos que convergían al tiempo en uno solo, pero tan grande que no cabría en el cielo.
Cuando ella alzó el rostro buscando su mirada, su corazón se encogió feliz por lo que vio en ellos.
—Y yo, nací tuya.
—Me revientas el pecho, Freya.
Tomó de nuevo su boca, esta vez con dulzura, paladeando la magnificencia de aquel amor que los consumía.
Un carraspeo los sacó de la nube de dicha en la que se hallaban inmersos.
—No es por incordiar, pero llegan jinetes —informó Hiram con preocupación.
Albert siguió la mirada de Hiram, y su rictus se paralizó en una mueca de aprensivo asombro.
—Necesitamos monturas —dijo tenso— y ahora mismo creo que no hay nadie a quien me apetezca más quitarle el caballo.
Entrecerró los ojos y observó cómo el clan de los Ildengum cabalgaba hacia ellos, no eran más de una docena. Al frente, Hake el Berseker, el acérrimo enemigo de Rollo.
Un tropel de recuerdos lo sacudieron. Ellos habían ajusticiado a toda su familia, aquellos malnacidos Ildengum lo habían dejado huérfano siendo apenas un muchacho y, aunque la venganza ya no soliviantaba con tanto ardor su ánimo, supo que finalmente su último combate sería con ellos. Como si el destino hubiera modelado desde un principio las piezas de su vida, de la primera a la última, y las fuera encajando en el lugar correspondiente para que todo tuviera sentido al final.
—¡Los Ildengum! —exclamó Hiram atónito. Tragó saliva, su rostro se oscureció.
—Tienes que llevártela al snekke que dejamos dispuesto en la ensenada del río Gudenåen en cuanto logre desmontar al primero de ellos —advirtió con determinación.
Freya lo empujó furiosa con su brazo sano, regalándole un mohín rebelde y obcecado.
—¡No pienso ir a ningún sitio sin ti, condenado gigante!
Reprimió una sonrisa complacida, aunque estaba decidido a seguir insistiendo, o él mismo la ataría al caballo.
—Freya…
—He dicho que no. Hiram, ve tú, allí te estarán esperando Valdis y Jorund.
La omisión a Eyra lo alarmó.
Clavó los ojos en ella e intentó leer en su rostro.
—¿Y mi madre?
—Nos espera en otro lugar —respondió ella con gravedad.
Algo en su interior se agitó, provocándole un malestar opresivo que lo desazonó.
—¿Otro lugar?
—No hay tiempo para más explicaciones, Albert, ya llegan.
Freya apartó la vista, y aquel gesto lo angustió más. No obstante, no tuvo tiempo más que de pensar la manera de enfrentarse a una docena de jinetes; supo que sería imposible contenerlos, dando la oportunidad a Freya y a Hiram de escapar, así que barajó otra salida. La espada sería el último recurso, debía embaucarlos de algún modo para ganar tiempo, tejer un ardid para atraparlos en él.
Hake el Berseker odiaba enardecidamente a Rollo, desde que en su último enfrentamiento éste lo dejara manco y sin hermanos, y quizá aquélla pudiera ser su baza. El problema serían los Ildengum.
Alargó el brazo, espada en mano, y los saludó como si en realidad fueran del mismo bando. Aquel gesto desconcertó al grupo de jinetes, que trastocaron su combativo rictus en un mudo asombro y una afinada desconfianza.
Hiram se puso a su lado y Freya al otro. Armados pero en actitud distendida y fingida tranquilidad los recibieron. Albert se adelantó unos pasos, clavando la atención en Hake.
Era un hombretón rudo y hosco, grande y fornido, de castaños cabellos enmarañados y rostro lleno de cicatrices, de aspecto zafio, pero de sagacidad tan afilada como su espada.
Manejaba las riendas con su única mano y, aunque aquel detalle pudiera hacerle parecer en clara desventaja, Albert sabía muy bien que no lo estaba.
—¿A qué esperáis para ofrecer a Horik la cabeza de Rollo en una pica? Hemos aniquilado a parte de sus tropas, el resto corre de vuestra cuenta.
Hake alzó con recelo una ceja y lo escrutó con detenimiento.
—Creí que eras leal a vuestro rey; me arrebataste a los herederos de Sigurd Hart para entregárselos y prendiste fuego a mi reino.
Albert asintió con sequedad, frunciendo el ceño como si aquello lo contrariara.
—Sí, fui leal a ese perro, hasta que quiso apropiarse de mi esposa. Me enfrenté a él y me azotó; desde entonces juré venganza y, aprovechando que fui enviado aquí en una avanzadilla, me alié con Horik para derrocarlo.
El líder de los Ildengum, Einarr, adelantó su caballo hasta Albert y lo contempló con desdeñoso desprecio.
—Es un traidor, tal como lo fue su padre.
—No olvides, Einarr, que también soy Ildengum por parte de madre.
El hombre contrajo disgustado su semblante, fulminándolo con la mirada y crispando los nudillos, mientras apretaba los puños.
—¿Acaso crees, ulfhednar, que puedo creerte sin prueba alguna que confirme tus palabras? —Desvió la atención sobre Freya, y Albert se envaró inquieto—. A pesar de que tu esposa sea digna de apropiar.
—Sí, tengo pruebas, las llevo en la espalda —confirmó mientras se zafaba del ancho cinturón que ajustaba su cota de malla. Se deshizo de la cota y a continuación de la túnica para mostrarles la espalda.
Las aún tiernas marcas dejadas por la vara, rosadas e inflamadas aunque cerradas, confirmaron al menos su castigo.
—Sí, ese cuervo de Rollo se porfía de cuanta cosa bella ve —aceptó Hake—. Pero entrarás con nosotros en Viborg, y quizá te dé el gusto de que tú mismo le cortes la cabeza y se la ofrezcas como ofrenda a Horik, si todavía ese viejo pendenciero sigue vivo.
—Para eso necesitamos caballos —replicó él, aprovechando la ocasión —no pretenderás que entremos en esa pesadilla sin ellos.
Hake asintió; una sonrisa sibilina se formó en sus labios.
—No me tomes por necio, Albert; te daré caballos, pero tu mujer irá en el mío… no querrás que me arriesgue a una nueva traición, pareces ser muy dado a ellas.
Albert reprimió su malestar y asintió quedo. Tendrían que entrar en la ciudad. Quizá en el caos del combate fuera más fácil escapar de allí.
Hake ordenó a dos de sus hombres desmontar y entregó un caballo a cada uno. Llamando a Freya a su presencia, Albert tuvo problemas para estrangular el impulso de alejarla de aquel rufián; afortunadamente logró controlarse.
—Sube a la grupa, mujer —rezongó—. Creo que entenderás que no pueda echarte una mano.
Dejó escapar una risotada burda que sus hombres compartieron. Albert reparó en la mirada hambrienta y solapada que clavó en ella, y su aprensión se agudizó. Tuvo la absoluta certeza de que Hake trazaba sus propios planes, y que debían adelantarse a ellos o estarían perdidos.
Montó con ligereza sobre el castaño alazán; no se entretuvo en cubrir su torso de nuevo; si todo iba como esperaba, no entraría en batalla. Su único plan consistía en salir corriendo de allí como una centella con la mujer que amaba en su regazo, y su amigo tras ellos.
Hake sacudió las riendas y espoleó a su caballo, partiendo al galope con Freya tras él. Albert fijó la mirada en la alborotada y larga melena rubia de la mujer y sólo quiso enterrar los dedos en ella, enredarse en su suavidad y aspirar su aroma, juguetear enrollando mechones de aquel dorado océano entre sus dedos, susurrar en ellos y atraparlos en sus puños mientras la besaba hasta el delirio.
No pudo evitar recorrer con la mirada su estrecha cintura, la deliciosa curva de sus caderas y la exquisita perfección de sus delineadas nalgas, remarcadas por aquellas ceñidas calzas de piel curtida que no dejaban nada a la imaginación. Y a pesar de la gravedad del momento, su verga se tensó palpitante, ante la remembranza de escenas intensamente vividas. Escenas que pensaba repetir hasta desfallecer. Saber que no era el único que la admiraba lo soliviantaba sobremanera. Nada despertaba más los bajos instintos de un hombre que un combate donde indefectiblemente se perdía la humanidad, liberando el lado más salvaje de cada uno. Tener cerca a una mujer como aquélla era, sin duda, toda una tentación que no desaprovecharían.
Acompasó su montura a la de Hiram para descubrir que él también la miraba con deseo; maldijo para sus adentros. Saber que su hombre de confianza era tan receptivo a los encantos de su esposa era algo que había intentado asumir sin conseguirlo.
Averiguar que en una condenada fiesta aderezada por un lujurioso brebaje ellos se habían besado, no ayudaba mucho a contener las ganas de retarlo con los puños de nuevo. En cuanto a Rollo, su odio era más exacerbado, más ácido; él había intentado arrebatársela con malas mañas y, por cómo la miraba, había sido fácil descubrir que poseerla no era un mero capricho. Esta vez no tendría que pelear por su corazón, pero tendría que hacerlo por su libertad.
Aún le quemaban las entrañas ante la visión de Freya besando a aquel maldito rey para detener su castigo. Una imagen más con que torturarse se sumaba a las que ya acuchillaban su mente. Se afanaba en disipar aquellas escenas que lo asaltaban en mitad de la noche, y lo despertaban furibundo. Veía a Freya y a Rollo enredados en el lecho, gozando de una pasión compartida, y aquella imagen se clavaba en su pecho con la inquina de un puñal envenenado.
En él bullía el deseo de acabar con la vida de Rollo, pero no a costa de poner en riesgo la huida.
Atravesaron la gran arcada principal, adentrándose en Viborg, y se toparon con un vibrante incendio devorando la ciudad.
Un humo negro, denso y sofocante pendía sobre ellos, dificultándoles la visión.
Lograron atisbar cabañas calcinadas, cadáveres desmembrados y maltrechos salpicando el camino, niños llorosos buscando a sus padres, mujeres semidesnudas deambulando tambaleantes con mirada pérdida, heridos clamando ayuda y la muerte extendiendo su hediondo manto sobre aquellas gentes, propagando su espeluznante efluvio a carne quemada, a sangre fresca y a dolor.
Cabalgaron hasta las inmediaciones del gran skáli real, situado en la suave elevación de una loma, con un único acceso a él, en forma de fastuosa escalinata, con balaustrada tallada y curvada simulando el cuerpo de una serpiente.
También estaba cincelada la ornamentada entrada principal, a base de definidas escamas, dando la impresión de entrar en la boca de aquel reptil; incluso habían labrado en la madera dos grandes colmillos afilados a modo de columnas que flanqueaban las dobles puertas. En el tejadillo volado, los atemorizantes ojos de ese animal parecían vigilar a los incautos que decidieran atravesar sus fauces.
Pero lo que más le hizo agrandar los ojos fue ver a Rollo atado a un poste; lo habían golpeado duramente y parecían preparar alguna especie de tortura, por las cuerdas y los maderos que estaban colocando.
En el centro de la explanada, Horik y sus generales conversaban animados. Más allá, de rodillas y maniatados, Erik, Thorffin y Sigurd, junto a los hombres de Rollo, parecían esperar su turno. No vio a Ragnar e imaginó, apenado, que habría caído luchando.
Su engaño estaba a punto de ser descubierto. Desesperado, comprendió que sólo tenía a mano una solución.
CONTINUARA
