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Capítulo 70

Engullidos por una serpiente

Un relámpago sesgó zigzagueante la oscuridad del cielo, seguido por una serie de truenos encadenados que retumbaron ensordecedores.

Me estremecí.

Se respiraba una lluvia inminente, un afilado viento soplaba oblicuo y enfurruñado.

La tormenta se gestaba virulenta, como se gestaba en mi interior un pavor escalofriante ante lo que estaba a punto de acontecer.

Nos habíamos metido en las fauces de aquella serpiente de madera que nos miraba impertérrita y, ante nosotros, teníamos la manifiesta victoria de Horik sobre su eterno rival. Ver a Rollo hecho prisionero, vencido y apaleado, sin brillo en su mirada ni gesto en su semblante, me sobrecogió.

Me volví para observar a Albert, quien, encima de aquel caballo blanco, a pecho descubierto con tan sólo las calzas negras y el cinto donde pendía su espada, con su leonada melena sobre los hombros, mirada fría y rictus duro, impresionaba. Se veía tan peligroso, tan virilmente hermoso y tan feroz que cortaba el aliento. Apenas unos instantes antes, cuando había aparecido de la nada esgrimiendo en su semblante un miedo atroz y una furia demoledora, el poder que había desplegado con tanta majestuosidad en la lucha dejaba claro que había sido tocado con el favor de los dioses. Su destreza no tenía igual y, sin embargo, no sería suficiente para reducir a un número tan elevado de oponentes.

Horik se acercó con sonrisa jactanciosa hacia Hake y los Ildengum. Era un hombre corpulento, no muy alto, de mediana edad, rostro de huesos anchos y frente despejada, ojos separados y vivos, mirada aviesa y barba entrecana.

—Veo que tú también me traes presas —adujo complacido—. Han aniquilado mi ciudad, pero pagarán con dolor cada muerte.

Hake hizo a Albert el gesto para que se acercase.

—No me cabe la menor duda; si piensas ejecutarlo con el poste de sangre, la muerte será un premio para él —aseveró aquél concordante.

—He ideado una variante, mi buen Hake, porque el último hombre con el que lo intenté apenas pudo dar una vuelta entera al poste, dejándonos sin diversión.

—Caminar con el vientre abierto y las tripas clavadas a un madero, para enrollar tus entrañas al poste sin desfallecer, debe de ser toda una hazaña para cualquiera que no sea inmortal —resaltó el berseker con un tinte sardónico en su tono.

—Cierto —convino Horik—por eso, esta vez he ingeniado la manera de alargar la agonía y evitar que el condenado se mueva. Será mi particular ofrenda a los dioses por regalarme la victoria.

Albert llegó a nuestra altura y clavó una significativa mirada en mí, y otra en el puñal que Hake portaba embutido en su cinturón.

Me apercibí de cómo Hiram avanzaba hacia mi otro flanco. Me tensé aguardando una señal.

—¿Por eso tanto preparativo? Has despertado mi curiosidad, Horik.

—Verás —comenzó a decir entusiasmado el viejo rey— he ordenado clavar esos pequeños postes en la tierra trazando un sendero con cuerdas que va cambiando de dirección cada pocos pasos, como un telar donde ir entremetiendo el hilo. Sólo que el hilo serán las tripas de mi enemigo y la mano que maneje el telar, mi leal perro.

Hake se encogió de hombros manifestando su incomprensión en aquel gesto.

—Es sencillo —aclaró tras un carraspeo impaciente— abriré el vientre de ese cuervo artero, extrayendo el sanguinolento cordón de sus entrañas, que ataré al cuello de mi perro. Y luego, con una vara y un buen trozo de venado atado a ella, lo haré recorrer el sendero que hemos construido, despojando al cuervo de sus tripas hasta que el dolor o la muerte se lo lleven. No irá al Valhalla, sino al más profundo abismo del Hel, quizá al Náströnd, donde su alma será ligada al inframundo sin poder ascender a la morada de los dioses, sufriendo el tormento eterno.

—De todas las torturas que he presenciado —arguyó Hake admirado—, te aseguro que ésta es la más cruel; te felicito por tan ingeniosa creación.

Horik enarboló una amplia sonrisa orgullosa y fijó los ojos en Albert, entrecerrándolos suspicaz.

—¿No es éste el temible ulfhednar que ha estado sembrando el terror en mi reino?

—Este mismo —respondió Hake, rotundo—. Suerte que está de nuestro lado. Y a propósito…

—Desprecio a Rollo tanto o más que cualquiera de vosotros —interrumpió oportunamente Albert.

Horik alzó las cejas con cierta diversión y un atisbo receloso en su faz.

—¿Lo suficiente para abrirle el vientre? —inquirió astuto Hake.

—Lo suficiente, sí —respondió Albert sin titubear.

—Veo que tenemos verdugo —sentenció Horik—. No hagamos esperar más al cuervo. Desmonta, viejo amigo, bebamos mientras disfrutamos la ofrenda.

Hake se volvió hacia mí, señalándome que desmontara. Lo hice y me coloqué junto al caballo de Albert. Acto seguido, el berseker bajó de su corcel y palmeó con euforia la espalda de Horik.

—Tengo la garganta más seca que la cima de tus montañas —afirmó sonriente—. Un buen cuerno de cerveza, una buena hembra y una buena tortura, y dormiré como un bebé.

Horik estalló en una carcajada seca que le provocó un acceso de tos violenta.

—¿No te vale ésta? —preguntó el rey, fijando la mirada en mí.

Hake me escrutó con libidinoso interés, perfilando en sus labios una sonrisa taimada.

—Ésta es el motivo por el cual el cuervo se ha puesto en contra al ulfhednar. En cambio, yo no tengo nada que perder, pues ya lo tengo en contra. Así que esta noche su hembra cobijará mi verga tantas veces como la borrachera me lo permita.

No sé si fue la clara percepción de un movimiento raudo, o que mentalmente Albert y yo estábamos conectados, pero, casi al tiempo que él saltaba del caballo y se abalanzaba sobre Horik, amenazando su garganta desde atrás con su daga, yo le arrebaté el puñal a Hake e imité su acto.

—Sucia serpiente —siseó Albert letal—. Si quieres seguir respirando, ordena que suelten a mis hombres de inmediato y partiré permitiendo que contemples un nuevo día. Intenta otra cosa y te juro por Odín que serán tus tripas las que pasee tu perro.

Hincó con firmeza la punta de su cuchillo hasta rasgar la piel, de la que brotó un delgado y sinuoso hilillo de sangre. Horik, aterrado y lívido, sofocó una tos temeroso de provocar su propio degüello.

Albert sacudió ligeramente la mandíbula enviando una orden visual a Hiram. Éste desenfundó la espada, desmontó e hizo ademán de tomar mi lugar. Me apartó un poco y, sin dilación, atravesó con su acero la espalda del berseker, mientras lo sujetaba por el cuello.

—Esta alma sí irá al Hel, de donde nunca debió salir —murmuró Albert—. Y ahora, obedece maldito o irás tras él.

—¡Rápido, soltad a los prisioneros! —exclamó el rey.

Sus hombres se aprestaron en desatar a Erik, a Thorffin, a Sigurd y al resto de supervivientes de la hird. Nadie fue a ocuparse de Rollo. Hice ademán de acercarme a liberarlo cuando una voz me detuvo.

—¡No! ¡No te muevas del lado de Hiram! —bramó Albert ceñudo.

—Pero… —repliqué contrariada.

—He dicho que no —repitió Albert furioso.

—No podemos dejarlo a merced de este sanguinario —contravine ofuscada.

La mirada de Albert se oscureció como las nubes que comenzaban a descargar una ligera llovizna sesgada por el viento.

—Poco me importa lo que sea de él, es tan miserable como ellos —repuso Albert con desprecio.

—No, no lo es; ya ha sufrido demasiado, él mismo me trajo hasta ti, y me defendió de su reina. Si no fuera por él, no habríamos podido reencontrarnos —defendí con firmeza, ante la angustiada mirada de Albert, que pareció encogerse al oír mi apasionado arrebato.

—¡Maldita sea, Freya, obedéceme! —rugió iracundo al verme avanzar decidida hacia Rollo.

Ignorando su ruego, llegué hasta el poste donde Rollo me observaba medio derrengado, también con el torso desnudo y negras guedejas surcando su pecho. Estaba magullado y ensangrentado, con un ojo tan inflamado que apenas podía abrirlo, el labio partido y moretones por doquier. Rasgué las ataduras y, previendo que pudiera desplomarse, me apresuré a sostenerlo, colocándome bajo su brazo derecho y abarcando su cintura.

Trastabillé pero, logré avanzar con él hasta que los acontecimientos se precipitaron fatídicamente.

Apenas oí un grito alertador, sentí cómo me aferraban por detrás y me ceñían a un cuerpo grande y duro. Rollo, sin apoyo, cayó desplomado sobre el barro. El filo de una espada acarició la suave piel de mi garganta, mientras otra mano me desarmaba.

—¡Suelta a Horik y yo haré lo mismo con tu mujer! —exclamó una voz grave tras de mí.

Observé, temblorosa, la flamígera y asustada mirada de Albert sobre mí.

—¡De acuerdo, Einarr, lo soltaré! —aceptó Albert de inmediato—, ¡lo haremos al tiempo!

La lluvia comenzó a arreciar y los relámpagos a sucederse con más continuidad. El cielo bramaba con la misma cólera que brillaba en los ojos de Albert.

—¡Escucha bien! —continuó a voz en grito—. ¡Nos iremos acercando el uno al otro y, cuando nos tengamos enfrente, ambos soltaremos a nuestros rehenes a la vez!

Mi captor pareció asentir y así avanzamos lentamente hacia el centro de la explanada.

A cada paso que daba el pulso me latía en la sien, tan atronador como los truenos que restallaban a nuestro alrededor con la aspereza de un látigo empuñado por el mismo Odín.

Sentí la penetrante mirada de Albert sobre mí, rebosante de inquietud y todavía tildada por un matiz furioso y abrumador.

Horik paseaba su huidiza mirada de un lado a otro hasta que la enfocó con aguda e intrigante determinación en el hombre que me apresaba con fuerza.

Atemorizada, tuve la impresión de que confabulaban en silencio; aquella percepción aleteó incómoda en mi vientre, alertando todos mis sentidos.

Intenté plasmar en mis ojos una clara advertencia cuando miré de nuevo a Albert. No supe si en su acentuado ceño palpitaba el mismo desasosiego que me atenazaba a mí.

Ya frente a frente, a tan sólo unos pasos, nos detuvimos. La lluvia comenzó a arreciar y el aullido del viento danzó ondulante entre nosotros, tan cortante como el filo que se apoyaba en mi garganta.

—¡Suéltala! —exclamó Albert feroz—. ¡Ya!

Bajó la daga con que amenazaba al rey, pero seguía aferrándolo por el cuello. Einarr hizo lo mismo conmigo.

—Abre los brazos para recibir a tu rey y para liberar a mi mujer —advirtió Albert empujando a Horik con ímpetu.

El hombre trastabilló hacia delante; también yo fui empujada, pero justo sobre el rey, que antes de caer al suelo, me envolvió en sus brazos, catapultándome con él.

Caímos sobre el barro en un forcejeo frenético. Oí un cruce de espadas y gruñidos, mientras yo intentaba desasirme de las manos de Horik en torno a mi cuello. Se cernió sobre mí tratando de asfixiarme; me revolví como una culebra, logrando impedir que cerrara las manos sobre mi garganta. La herida de mi brazo restó fortaleza a mi defensa. Me debatí furiosa golpeándolo con todas mis fuerzas, pero el peso del hombre me ancló al charco, y sus recios dedos consiguieron apresarme y oprimir con creciente encono.

Lo golpeé con los puños, pataleé y me agité convulsionada; presa de la desesperación, arañé las manos que me ceñían. Abrí la boca emitiendo un silbido rasgado en busca de aire, alcé las caderas con intención de ladearme para lograr arrancarlo de mi cuerpo sin éxito. Horik sofocaba mi resistencia con la fuerza de un buey. Sentí la yema de sus dedos clavándose en mi piel, constriñendo mi garganta, cerrándola a la vida, y comencé a marearme. Pude notar cómo la sangre empezaba a agolparse en mi cabeza, cómo mi pecho se encogía con un ardor pulsante y cómo la negrura, en forma de nebulosa difusa y espesa, se arremolinaba en torno a mí.

Mis movimientos languidecían, mi resistencia se retorcía moribunda y la agonía se extendía poco a poco por cada rincón de mi ser, envuelta en una liviana capa de rebeldía que me impelía a seguir luchando.

Aterrorizada, enturbiada por el letargo y sepultada por aquel ser abyecto que me hundía en el frío barro, con el determinante deseo de enterrar mi cuerpo en aquel lodazal, refulgiendo en sus entrecerrados ojos, decidí fingirme vencida, para que se confiara.

Cerré los ojos y dolorosamente estrangulé el impulso de resistencia que nacía inherente de mi interior, para simular estar muerta. Cuando sentí cómo aflojaba su presa, y la presión de sus dedos desaparecía, no lo dudé. Alcé en un último impulso vital la cabeza con todas las fuerzas que logré reunir e impacté mi frente contra su nariz.

Se oyó un crujido y acto seguido un alarido que la tormenta no logró velar. Mientras boqueaba como un pez en busca de aire y me debatía bajo él, recibí un tremendo puñetazo que impulsó mi rostro hacia un lado, salpicando el agua fangosa del charco sobre él. No bien giré la cabeza escupiendo barro, cuando otro golpe brutal prendió un ascua dolorosa en mi otra mejilla, arrebatándome el escaso aliento que hubiera podido aspirar.

Pugné por salir de la oscura niebla que apareció de nuevo obcecada en atraparme en su manto, y parpadeé repetidas veces, asiéndome a la ajada consciencia, que se deshilachaba temblorosa.

De repente, el peso que me sepultaba desapareció milagrosamente, y una cortina de lluvia terminó de evaporar esa densa niebla que me abotargaba.

Abrí los ojos, exhalé un rasgado resuello, casi un jadeo agónico, y llené completamente mi pecho de ese aire vedado; tosí y boqueé de nuevo, tomando otra profunda respiración que quemó mi garganta. Lo primero de lo que fui consciente fueron las peleas que se libraban a mi alrededor.

Dos hombres de torsos desnudos, uno de cabellos claros y otro oscuros, luchando con febril fervor, cada uno con su adversario, y ambos dirigiéndome miradas de soslayo, preocupadas y aliviadas a un tiempo.

Me incorporé jadeante; me ardía el rostro y el aturdimiento pesaba en mí como un fardo sobre mis hombros. Sacudí la cabeza y la alcé a la lluvia, no permití mucho más. Me puse en pie y busqué un arma con que defenderme, pero no encontré nada. Más allá, los supervivientes de la hird también se batían contra guerreros jutos.

Descubrí que Rollo había sido el que había arrancado a Horik de mi cuerpo y peleaban en un cuerpo a cuerpo letal. Albert luchaba a espada contra Einarr; me di cuenta horrorizada de que estaba herido. Una brecha sangraba con profusión en un costado de su vientre; el terror me invadió.

Intenté dar un paso, pero me tambaleé peligrosamente hacia atrás. Las rodillas me flaquearon y pisoteé chapoteando el barro mientras luchaba por conservar el equilibrio. Albert me echó un vistazo alarmado y, en ese instante, el acero de su enemigo se hundió en la parte alta de su pecho.

—Noooooooooo…

Caí de rodillas, con un dolor tan desgarrador atravesándome el pecho que sentí la espada clavada en mí.

El Ildengum extrajo su arma con una sonrisa perversamente triunfal en su faz, dejando a un Albert aturdido y tambaleante.

Intenté ponerme en pie, presa de una rabia demoledora. Grité como lo haría un animal salvaje y herido, y avancé hacia Albert.

—Aaaalbeeerrt… —sollocé en un sonido rasgado que me quebró por dentro.

Observé cómo Einarr paladeaba su victoria, degustando nuestro sufrimiento. Albert le dio la espalda y se acercó derrotado a mí, todavía con la espada en la mano y arrastrando los pies por el barro. La lluvia pegaba su larga melena a su cráneo, remarcando sus pronunciadas facciones, y acentuando el rictus de amargor que las desfiguraba.

No fue dolor lo que emergió de él, sino una sensación de impotencia y frustración que me devastaron.

Cayó de rodillas frente a mí, con los hombros hundidos y la cabeza gacha, derrotado y malherido; ya me abalanzaba sobre él, cuando su mano me hizo el gesto de detenerme. Supe que tramaba algo y, con el corazón en un puño, observé cómo Einarr avanzaba hacia él con paso confiado, lentamente y regodeándose de su inminente victoria.

Los latidos se descompasaron en mi pecho, como el traqueteo de una carreta por un sendero pedregoso; sentí náuseas, y al dolor se sumó el miedo, y una angustia que me robó el aliento de nuevo.

Entonces Albert alzó la mirada, como buscando una señal en la mía. Supe entonces lo que planeaba. Aguardé a que Einarr estuviera lo suficientemente cerca. Cada paso del Ildengum revolvía mi vientre y desataba un pavor que me atería con temblores que no logré sofocar.

Justo cuando llegó a la espalda de Albert, y apretó los dedos sobre su empuñadura, asentí casi de forma imperceptible. Fue más rápido de lo que esperaba.

Albert, a la velocidad del rayo, cogió su espada, giró la muñeca hábilmente hacia atrás y elevó su acero ensartando a Einarr en él, en el preciso instante en que el Ildengum se inclinaba sobre su espalda para rematarlo.

Me abalancé sobre Albert, que me cobijó en su pecho, confortándome con susurros tranquilizadores.

—Tengo que curarte —gemí llorosa, separándome para hundirme en sus ojos.

—Tienes que irte —contrapuso él grave.

Negué vehemente; la calidez de mis lágrimas se mezclaba con la frialdad de las gotas de lluvia, así como las brasas del dolor se aunaban con la gelidez de la más completa desolación.

—No pienso dejarte —repliqué furiosa.

Cogí su barbilla para clavar en él una mirada determinante, pero un impulso mayor me incitó a tomar su boca con hambrienta desesperación. Fue mi beso el que le impuso mi decisión, el que le dijo que estaríamos juntos hasta el final, y el que le corroboró que no se iría solo.

Cuando nos separamos, Albert, estrangulado por la emoción, cobijó mi cabeza entre sus grandes manos y se sumergió en mis ojos.

—Nunca me dejarás, como yo tampoco lo haré jamás —musitó contrito—. Porque ambos somos uno. Pero tienes que salvarte, y lo tienes que hacer por mí.

Negué de nuevo y me abracé con fuerza a su cuello; los sollozos me sacudían.

Unos pasos llegaron hasta nosotros.

—Horik ha escapado.

Miramos a Rollo, de pie, magullado y sangrante, con la mirada turbia y una mueca dolorida en su semblante.

—¡Llévatela! —rogó Albert con voz quebrada.

—¡No! —insistí aferrándome a su pecho.

Rollo pareció vacilar un instante, pero finalmente se cernió sobre mí.

Me arrancó de los brazos de Albert, que permaneció impasible, mientras me revolvía contra Rollo.

—Va a odiarme hasta el fin de los tiempos —murmuró cogitabundo—, pero te debo esta dispensa, Albert.

—¡Cuídala… por mí! —pidió en un hilo de voz moribundo.

Comenzó a arrastrarme alejándome de él, que me observaba con el rostro transfigurado en una mueca agónica, atrapado en una contención que lo estaba matando más rápidamente que las heridas que atravesaban su cuerpo.

—¡¡¡Nooooooo… no me hagas esto!!!! —sollocé pataleando, arañando, luchando por zafarme de su presa. Mis súplicas caían inocuas y resbalaban como la lluvia que los dioses derramaban sobre nosotros. Mis gritos rasgaban mi garganta como los truenos el silencio y mi dolor refulgía con la intensidad de los relámpagos flameando recortados en la espesa oscuridad de aquel día aciago y maldito.

La figura inmóvil de Albert, de rodillas, moribundo y solo en mitad de aquel lodazal, rodeado por guerreros que seguían combatiendo, sangrando bajo la lluvia, aguardando su partida, me rompió por la mitad.

Liberé un alarido que nació de mi mismo centro, de esa parte que se desmoronaba sin remisión, cuando la vida pierde su razón de ser. Sentí trozos de mi corazón cayendo en fragmentos a un abismo de dolor del que supe que no podría salir jamás. Y sumida en aquella devastación que me asolaba, no hallé más salida que la de negarme la vida, como él renegó de la suya cuando creyó perderme.

Fui arrastrada hasta el caballo más cercano. Rollo abarcó con un brazo mi cintura, inmovilizándome contra él, mientras con la otra mano rebuscaba en las alforjas de la montura, con su rostro casi pegado al mío, aunque temeroso de mirarme. Encontró un puñal que entremetió entre su cinturón y un rollo de soga que comenzó a desliar para maniatarme.

—Cogeré ese puñal, o cualquier otro —comencé a decir clavando los ojos en los suyos— y acabaré con mi vida a la menor oportunidad, y lo único que lamentaré es no poder morir abrazada a él.

Rollo me contempló un largo instante en que nos sostuvimos la mirada indagando en nuestro interior, con tanta profundidad que logró ver mi firme determinación.

Respiró hondamente, hundió los hombros con abatimiento y a continuación resopló con aguda resignación.

—Está bien —masculló más para sí mismo—. Vamos. Los hombres de Lodbrok no tardarán en reagruparse, tenemos que salir de aquí.

Apresó mi muñeca y tiró de mí, desandando el trayecto y acercándonos a Albert.

Me desasí de él, no opuso resistencia, y me adelanté a la carrera. El agotamiento no logró vencer la ansiedad por estar en sus brazos de nuevo.

Permanecía de rodillas, con la cabeza inclinada sobre el pecho. La lluvia se deslizaba en rojas hileras ondulantes por su pecho, largos mechones empapados goteaban sobre sus muslos. Estaba tan inerte que temí no llegar a tiempo. La desesperación me apuñaló.

Me dejé caer de rodillas ante él y cogí su cabeza con las manos, trémula y rota. Todavía respiraba; solté el aliento contenido y sonreí entre amargas lágrimas.

—Amor mío, nadie va a separarte de mí, ni siquiera tú.

Entreabrió los ojos, parpadeando confuso; un destello azul iluminó mi corazón.

—¡Abrá… za… me…!

Mi corazón se encogió ante aquel ruego idéntico al mío. Abarqué su torso entre mis brazos y me arrebujé en su pecho. Sentir sus latidos me inundó de alivio, a pesar de ser tortuosamente lentos.

Rollo llegó apresurado hasta nosotros, llevando al caballo de las riendas. Se detuvo y se inclinó sobre Albert, cogiéndolo de una brazada, con intención de ponerlo en pie.

—¡Ayúdame! Puede que se salve si logramos sacarlo de aquí.

Aquellas palabras imprimieron una fuerza inusitada en mí. Lo aferré por el costado contrario y, entre los dos, logramos levantarlo. Rollo usó todas su pujanza para lograr elevarlo sobre la montura. Albert se derrengó sobre el cuello del animal, exiguo.

—Habrá que atarlo para evitar que se caiga y, aun así, es posible que suceda; no posees la fuerza suficiente para sostenerlo si se vence —meditó ceñudo—. Yo me haré cargo. Busca otro caballo y larguémonos de aquí.

Miré en derredor, mientras Rollo aseguraba el cuerpo de Albert a lomos del alazán. En ese momento reparé que, entre los reducidos grupos que todavía luchaban en la explanada, se encontraban Hiram, Sigurd y Thorffin, conteniendo a los hombres de Horik, que accedían por una de las entradas de la muralla, como si fuera una hilera inagotable de hormigas emergiendo de un agujero en la tierra. Más allá, un grupo de caballos sin jinete relinchaban inquietos; corrí trastabillante hacia ellos.

Ya alcanzaba al más cercano cuando una mano agarró mi melena, tirando de ella para hacerme retroceder.

CONTINUARA