.

.

Capítulo 72

Regreso a casa

Parpadeé confusa; la luz me cegó, entrecerré los ojos acostumbrándolos a la luminosidad matinal y, cuando por fin logré abrirlos, miré a mi alrededor completamente desorientada.

Oí el rumor del mar, y un rítmico golpeteo de maderos. Un acentuado aroma salobre me picó en la garganta, empapando mis fosas nasales y despertando todos mis sentidos. Quise incorporarme, pero unas manos en mis hombros me lo impidieron. Fijé la vista en el cielo, azul y límpido, y me embriagué de su belleza.

—Has regresado, mi amor…

Enfoqué la mirada en el rostro que se cernía emocionado sobre mí.

Mis labios se estiraron en una débil pero luminosa sonrisa.

Unos hermosos y rasgados ojos celestes chisporrotearon alborozados.

A mi mente acudió el sangriento recuerdo de la batalla, de la amargura, el miedo, el dolor y la muerte. Cada escena emergió parpadeante y nítida, evocando cada emoción vivida.

—Me trajiste de la mano —susurré.

Albert cogió mi mano entre las suyas y la llevó a sus labios. Su tacto suave y cálido me estremeció.

—No te la he soltado desde que logré salir de mi camastro.

Entonces recordé sus heridas y fijé la vista con preocupación en su torso. Llevaba una camisola ajada con una abertura en uve que dejaba ver un tosco vendaje.

—La espada no alcanzó el corazón —aclaró— por muy poco; esta vez los dioses fueron magnánimos.

—¿Cuánto… tiempo…?

Sentía la boca reseca y la garganta áspera. Tragué saliva con dificultad.

—Casi dos ciclos lunares —respondió frunciendo el ceño, mientras escudriñaba atentamente mi faz.

Albert se reclinó sobre mí, desplegó la mano abarcando mi mejilla y estiró los labios en una mueca emotiva que me traspasó.

—Dos malditos ciclos lunares, que han sido mi más dura tortura, que me han sumido en un negrura desesperante —murmuró ahondando con afectada fijeza en mis ojos—. Has abierto los ojos, mi amor, esas hermosas esmeraldas que acaban de llenar de luz mi alma. Hoy, por fin, ha amanecido para mí; hoy, yo también regreso a la vida.

Sonreí, alcé la mano y cubrí su poderoso mentón.

—Y yo por fin, después de seguir durante tanto tiempo las huellas del lobo, he reencontrado mi corazón. Y late.

La mirada de Albert se empañó, acercó los labios a los míos, rozándolos apenas, y sonrió constreñido por una profunda emoción.

—Sí —afirmó en un acariciador hilo de voz, en el que reverberó una profunda emoción—, y late en mi pecho, como el mío late en el tuyo, al unísono.

Nos sostuvimos la mirada un largo instante, llenando el silencio de palabras, liberando todo el amor que albergábamos y enlazando nuestras almas, una vez más.

Su boca se entreabrió atrapando en ella mis labios, primero uno, luego otro, tirando de ellos con suavidad, recorriéndolos con la lengua, lánguidamente, casi de manera indolente, acicateando mi agudo y apremiante anhelo, despertando mi hambre y cosquilleando mis sentidos.

Exhalé un alargado y ronco gemido que él bebió con ardoroso fervor, mientras derramaba casi al tiempo en mi boca un gruñido insatisfecho.

La pasión prendió como prende la broza seca bajo un sol arrasador, como un arbusto seco alcanzado por un rayo o como una antorcha besando una tina de brea. Y esa llama comenzó a descontrolarse azuzada por el húmedo y ardiente roce de nuestras lenguas, inquietas y hambrientas, por ese deseo que empezó a quemarnos las entrañas, por esa necesidad casi vital de fusionar cuerpo y alma, sintiéndonos uno.

—Por los dioses —gimió Albert, con un acusado tinte de remordimiento en su voz—. Estás muy débil, acabas de emerger de tu letargo… y yo…

Se separó avergonzado, pero con la mirada turbia por la pasión.

—Tengo hambre y sed —revelé con suavidad—, pero no de alimento. Y después de muchas jornadas sumida en el sueño, no puede quedar cansancio en mi cuerpo. Por lo tanto, fiero guerrero, no me subestimes, pienso plantar batalla.

Albert enarcó divertido una ceja, me regaló una media sonrisa oblicua y con gesto pícaro se cernió nuevamente sobre mí.

—Entonces, mi bella escudera, ¿desenvaino?

Asentí con una sonrisa provocadora, chispeando en mis ojos un tórrido y denso deseo.

—Créeme que lo haría si no tuviéramos tantos ojos sobre nosotros. Habrás de aguardar hasta la noche, aunque mi espada ya arde en deseos de envainarse en su funda.

Giré en ese momento la vista, y aturdida descubrí que navegábamos en un snekke, que surcaba grácil el océano, y que los sonrientes rostros de Hiram, Valdis, Jorund, Sigurd, Thorffin, Helga y su pequeño, junto con dos hombres más que desconocía, nos regalaban su más completa atención.

Les sonreí, hasta que reparé en una gran ausencia, una que ya había descubierto Albert. Sobresaltada, con un velo de preocupación y angustia revivida, contuve el aliento escrutando sus ojos.

Y en aquel profundo azul, relució un fulgor contrito, arraigado y todavía tierno, lacerante y hondo, que supe permanecería mucho tiempo en su mirada, como lo estaba en la mía. Me abracé a él con fuerza y en ese preciso instante la sentí junto a nosotros, abarcándonos con los brazos, sonriendo orgullosa y plena.

—No se ha ido y nunca lo hará mientras viva en nuestros corazones —susurré en su oído.

Me separé de él; su mirada brillaba, pero su gesto era plácido.

—Eyra me trajo a la vida, la recorrió conmigo y estará en ella hasta que volvamos a encontrarnos.

El nudo que se había anclado a mi pecho desde que se fue se desató liberando la angustia y el tormento. Eyra formaba parte de nosotros, y su espíritu flotaba a nuestro alrededor, derramando su magia, creciendo en nuestros corazones. No sólo sería recordada cada día, sería venerada por siempre.

Una cuestión se filtró en mi mente, llenándola de curiosidad.

—¿Adónde nos dirigimos?

La expresión de Albert se suavizó, y sus ojos se entrecerraron empujados por una amplia y entusiasmada sonrisa que me intrigó.

—Te llevo a casa.

Alcé las cejas inquisitiva, componiendo un mohín confuso, que acentuó el brillo en el semblante de Albert.

—Nos dirigimos a Isbiliya y, de ahí, a Toledo, a esa ciudad por la que tanto has suspirado, a esa ciudad que es hermosa porque en ella están las personas que más amas —recordó pronunciando mis propias palabras.

Mi corazón dio un vuelco y mi respiración se detuvo. Un agitado aleteo acarició mi vientre, desplegando en él un sinfín de sensaciones.

—En tal caso, este barco también es hermoso —aduje mirándolo arrobada.

—Tanto, como ese lobo que nos unió.

Se acercó a mi boca, volcando en ella un beso apasionado, trémulo y afectado… tan lleno de amor que caló cada fibra de mi ser, que evaporó el dolor sufrido, que extinguió el arrepentimiento, que apartó el pasado para dejar paso al presente y para recibir con los brazos abiertos a un futuro alentador.

Pensé en mi madre, María de Blanco y Villarejo, una mujer menuda, de sobria y regia belleza castellana, de dulce sonrisa, cariñosas maneras y fortaleza encomiable. Y de mi pecho rezumó un cálido bálsamo reparador que cicatrizó heridas, rescató dulces recuerdos y agudizó el anhelo de estrecharla de nuevo entre mis brazos.

También recordé con almibarada sonrisa a dos medio hermanos, hijos de mi padre, Khaled, que quedaron al cuidado de mi madre. Una familia, eso tenía, y eso era cuanto importaba, estar rodeada de las personas amadas y recordarles a cada instante que lo eran. Nada más tenía sentido.

La razón de mi existencia suspiró, embebiéndose de mi gesto ilusionado.

—Te voy a hacer tan feliz, mi Freya, tanto, que olvidarás cuándo fue la última vez que sufriste.

Negué con la cabeza, repasando con los dedos el contorno de su boca.

—No quiero olvidar nada —repliqué dulcemente—, porque todo ese dolor que nos impuso el destino hará más dichoso cada instante de paz. Es recordando el amargor cuando mejor se aprecia la dulzura… cuando más se valora la felicidad, y más una como la que tanto nos ha costado conseguir. Sin embargo, recordaré sin revivir nada, sin tormentos ni agonías, sin contriciones, abatimiento ni pena, porque estaré muy ocupada amando y repitiéndome lo afortunada que soy, sólo recordaré como lección de vida.

—Los dioses nos pusieron una dura prueba, y salimos victoriosos —convino Albert—. Las nornas han hilado nuestro destino a los pies del árbol Yggdrasil. Urd tejió con dureza; Verdandi, con esperanza. No podemos descubrir la urdimbre que teje Skuld, pero, aquí y ahora, alma mía, te prometo una cosa: no habrá fuerza sobre la faz de la tierra, ni sobre el dominio divino, que pueda separarnos.

En sus diáfana mirada comprobé cómo aquella promesa se grababa a fuego en su alma.

Una dicha plena, tan vibrante y luminosa como el sol que acariciaba nuestra piel, se extendió por todo mi interior, despertando a la vida rincones oscuros y gélidos, uniendo fragmentos rotos y revitalizando partes marchitas. No sólo mi cuerpo había vuelto a la vida, por segunda vez; ahora había rescatado, con él, un alma que por fin relucía y un corazón que latía con el vigor del viento que henchía las cuadradas velas rojas del snekke, y una fortaleza tan grande como el cielo que nos cubría.

—Ya que no puedo colmar tu hambre, de momento —se lamentó Albert—, será mejor que comas algo.

Dejé escapar una carcajada tan refrescante y prístina como las aguas de un arroyo, que flotó en el viento y se arremolinó sobre los presentes, agrandando sus sonrisas.

—¡Qué remedio! —respondí jubilosa.

—Ésa es la melodía que exigiré de ti cada mañana —murmuró Albert con gravedad— tus gemidos compondrán la que arrancaré de ti cada noche.

—¿Es una promesa?

—Es un juramento sagrado —aclaró quedo.

—Que te obligaré a cumplir con diligencia —repuse risueña paseando los dedos por su rostro—. Y, aquí y ahora, yo también te ofrezco un juramento.

Albert sonrió pendenciero, se acercó seductor rozando la punta de su nariz con la mía y besó suavemente mis labios, apareciendo de inmediato una expresión anhelante.

—Cuidado con lo que juras, preciosa —bromeó con voz ronca y hambrienta.

—Juro por los dioses, los hombres y los elementos, vivir mil vidas a tu lado, morir mil veces en tus brazos y renacer contigo hasta que los tiempos se extingan, la eternidad perezca o el mundo se apague.

—Sellemos nuestros juramentos —propuso Albert, con mirada penetrante y rictus afectado.

Me besó de nuevo, ciñéndome a su pecho, trémulo y conmovido, vertiendo cuanto sentía. Fue un beso de total y absoluta entrega, de sentimientos templados en la fragua del destino, de compromiso eterno y de un amor tan puro y profundo como la inmensidad del mar que surcábamos rumbo a una nueva vida.

—Tuyo.

—Tuya.

Y así, envueltos en un amor infinito, acompañados por la familia que nosotros mismos nos habíamos forjado, impelidos por un viento vigoroso, acunados por un mar amable y cubiertos por una gruesa y cálida capa de esperanza, atravesábamos el océano de regreso a casa. Ésa de la que había sido arrancada por el destino hacía tanto tiempo. Y a mi mente regresaron aquellos lamentos por mi suerte, para comprobar ahora que aquello que lamentaba no fue sino una ventura que se me concedió, el comienzo de un descubrimiento, el de mi verdadera razón de ser: encontrar mi otra mitad. Esa que ahora me abrazaba con extrema dulzura, que me acariciaba con tan suave delicadeza y me susurraba con tan entrañable intensidad sus sentimientos.

Hubo un tiempo en que me conformé con la luna; ahora, no podría vivir sin el sol.

El cómo una tragedia se convertía en una bendición formaba ya parte de aquella dura lección de vida aprendida a golpes, pero recompensada con creces, con el mejor premio que la vida podía ofrecerme: el corazón del mejor de los hombres.

CONTINUARA