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Capítulo 73

Regreso al presente, demonios del pasado

A través de mis cerrados párpados percibí una intensa luz blanquecina, molesta y desconcertante.

Me atraía, pero el recelo me impidió avanzar hacia ella. No era la primera vez que la veía.

Atrás, la negrura, pero tan cálida y conocida que invitaba a estar en ella. Vacilante, miré a ambos extremos, luz y oscuridad; supe que me hallaba en mitad de una crucial decisión. Sentí su peso y la indecisión me atenazó. La luz no parpadeaba; al contrario, crecía en intensidad, deslumbrándome, cautivándome… aun así, permanecí inmóvil.

De repente, sentí el roce de una mano en la mía, enlazándose con firmeza y tirando de mí, esta vez hacia la luz. Me dejé arrastrar por ella.

Entreabrí los ojos lentamente para descubrir que aquella luz provenía de una húmeda y celeste mirada angustiada, que, como aquel entonces, cobijaba mi mano entre las suyas, posando los labios en ella. Descubrir que despertaba inundó de alivio aquel hermoso rostro que tanto amaba; sin embargo, el dolor continuó velando su semblante.

—Al… bert… —balbuceé, descubriendo que me hallaba en la anodina habitación de un hospital—. ¿Dónde está…?

—Sigue desaparecido.

Un sollozo roto escapó de él. Se reclinó sobre mí, descansando la cabeza en mi pecho, se abrazó a mi cuerpo y lo sentí estremecerse, liberando parte de su agonía. Me di cuenta de que podía moverme y lo rodeé con los míos.

Y en aquel abrazo, se ordenaron con asombrosa precisión ambas vivencias. Descubrir que no había muerto a manos de Rashid, que mis desventuras habían continuado, que mi lucha había sido feroz, pero que en esta ocasión habíamos conseguido embarcar hacia una nueva vida, solazó mi corazón y congratuló mi alma con aquella parte de mi pasado, a pesar de ignorar qué fue de nosotros en mi tierra.

Y en ese instante, supe el motivo.

En aquellos recuerdos descubrí al culpable de la desaparición de Amin. Aquella que no encontró paz en la muerte, aquella que se aferró al odio y a la venganza, aquella que prometió, mientras se apagaba su vida, que esto… todavía no había acabado. Me estremecí; Ragnhild había renacido con nosotros, pero no era la única, no.

Bebí de esa fortaleza que tan corajudamente había desplegado en otro siglo, apartando el dolor y la desesperación para dejar espacio a la esperanza.

Recuperaría a mi pequeño, me convencí contundente.

—Vamos a encontrarlo —susurré con decisión.

Albert alzó su contrita mirada y asintió con la misma rotundidad que rezumaron mis palabras.

Llevaba una venda que circundaba su frente, y el rostro magullado.

—¿Cuánto tiempo llevo inconsciente, qué ocurrió?

—Dos días —aclaró, limpiando las lágrimas de su rostro burdamente con el antebrazo, sin arrancar con ese gesto la furia que tan peligrosamente palpitaba en él—. Me despeñé, caí rodando ladera abajo hasta un saliente; por fortuna pude aferrarme a él antes de precipitarme al vacío, el mismo donde caíste tú a plomo. Oír tu alarido y el impacto de tu cuerpo contra la roca… —Se detuvo, cerró los ojos con dolor, tragó saliva y se obligó a continuar—. Aquel saliente era la entrada a una cueva. Una cueva natural horadada en la pared del acantilado; en ella encontraron un cesto de mimbre con una gruesa y larga soga atada a sus asas. Estaba vacía, pero en ella se hallaban los muñecos con que duerme Amin. En la cueva, también había provisiones para pasar unos días, biberones, pañales, ropa de mujer, dinero y artículos básicos. Pero ni rastro de nuestro bebé. La policía ha requisado las pruebas y encontrado huellas del culpable.

Lo han detenido.

Aunque la angustia llamó más insistentemente, luché por no abrirle la puerta. Contuve el aliento y reprimí el miedo.

—¿Quién…? —pregunté apretando la mandíbula.

—Hildur.

Negué vehemente con la cabeza, aquello no podía estar pasando.

—No, no puede ser ella.

—Encontraron sus huellas por toda la cueva; ella preparó el secuestro —aseguró Albert tan confuso como yo—. Pero asegura que no sabe dónde está el niño, no colabora en los interrogatorios. Sólo acusa a Ingrid; afirma que ella tiene a Amin, exige que pongan todos los efectivos tras ella.

—¿Y lo han hecho?

—Sí; han cerrado carreteras y aeropuertos, hay fotos de ella por todas partes, se han hecho eco los medios de la noticia y está en busca y captura. Pero no aparece.

Me incorporé y clavé mi decidida mirada en él.

—Tengo que hablar con Hildur —espeté haciendo ademán de salir de la cama.

Una sensación bamboleante me sacudió, mi mente se nubló momentáneamente y mi estómago se agitó.

Albert, cogiéndome de los hombros, me pegó a su pecho.

—Lo haremos, pero antes tiene que examinarte Lars; voy a buscarlo, no se te ocurra salir de la cama.

Me obligó a tumbarme, depositó un dulce beso en mis labios y salió de la habitación a grandes zancadas.

Aguardábamos en la sala de espera de la comisaría central de Tønsberg —sentados en dos incómodas sillas fijas en la pared, cogidos de la mano y tan tensos como las cuerdas de un violín— a que el funcionario de rigor cumplimentara los trámites pertinentes para poder tener acceso a la detenida.

De uno de los pasillos emergió el inspector Berg, con su habitual porte rígido e indescifrable expresión. Pese a su impasibilidad, creí adivinar un fugaz y desconcertante brillo cómplice en sus ojos cuando se encontraron con los míos. Lo miré sin esconder mi reconocimiento, apartó la mirada con un deje de asombro y la clavó en Albert.

—Sólo puede entrar uno —informó hierático.

Albert asintió y oprimió mi mano en señal de apoyo y conformidad.

Me levanté y seguí al enigmático Hans Berg por los sobrios pasillos de la comisaría, hasta una puerta metalizada. Antes de abrirla, se volvió hacia mí con celo profesional y mirada admonitoria.

—Estaré al otro lado de la estancia, en un cuarto de vigilancia, observando a través del espejo que verás en la habitación. Voy a desactivar la cámara para que vuestra conversación no se grabe, sólo yo seré testigo de lo que habléis. Sospecho que Hildur esconde un secreto que puede interesarte.

Ya se iba cuando lo detuve posando la mano en su antebrazo. Berg me miró expectante.

—Gracias, mi guardián.

La sombra de una sonrisa complacida iluminó su rostro; de sus ojos, tan expresivos como los de antaño, pero de diferente color, brotó ese tinte pícaro y travieso que siempre lo había caracterizado, ratificando en aquel personal gesto su identidad pasada.

Asintió sin mediar palabra, para desaparecer en un recodo.

Abrí la puerta y me adentré en una sala cuadrada, pequeña y parca en detalles. Tan sólo había una mesa con dos sillas a cada lado, un gran espejo junto a otra puerta, un plafón de luz blanca en el techo y una cámara en una esquina, que evidenciaba la ausencia del piloto rojo de grabación, y que además enfocaba hacia el suelo.

Hildur estaba sentada a la mesa, con las manos sobre el tablero, las muñecas esposadas, unas oscuras bolsas bajo los ojos y una mueca de culpabilidad y pesadumbre tan acentuada que ensombrecía su rostro como una máscara mortuoria. Tomé asiento frente a ella.

Fijó sus claros ojos grises en mí y, ante esa fijeza, esa conexión que siempre había sentido por ella resplandeció con más intensidad. Creí adivinar otros ojos en ella, y esa sospecha me tensó, encogiendo mi corazón ante la inquietud que crecía a pasos agigantados.

—No llegué a tiempo —confesó en un murmullo abatido.

—¿A tiempo?

—Permanecí junto a ella media vida justo para impedir esto y he fracasado —se lamentó cabizbaja.

Mechones del color del bronce, lacios y largos, cubrieron parcialmente su demacrado rostro, sin poder ocultar los remordimientos y la frustración que pendía sobre ella como una lúgubre nube gris.

—Sabía lo que iba germinando en ella con los años —prosiguió—, en quién se revelaba… y el objetivo que había venido a buscar. Lo soñé cada noche, lo veía en sus ojos. Y cuando Albert te recuperó, comprobé que ella sólo aguardaba su momento. Esperó la llegada de Amin y perfiló con detenimiento y frialdad su plan, como la araña que fue… y que es.

Mi pulso se detuvo, mis sospechas se confirmaban, mi garganta se cerró. Y esa angustia que llamaba sin cesar reventó de un empellón mi puerta, asolando cuanto encontró a su paso.

Suspiró contrita y me miró de nuevo, esta vez con una gravedad, una comprensión y un cariño conocidos. Sin ocultar quién fue, y cuál era su misión en esta vida. Sentí su alma en toda su extensión, llenándome por completo, empapándome con su esencia. Los recelos que siempre habían palpitado en mi interior, esa sensación fraternal tan profunda, ese vínculo que me unía a ella, por fin tenían explicación.

—Eyra…

Las lágrimas rodaron gruesas y ardientes por mis mejillas, y exhalé un gemido quebrado que me sacudió. Alargué trémula las manos, estrechando las suyas en una comunión que transgredía credos, tiempos y razones, y dejé brotar también de mí cuanto sentía.

De Hildur escapó un sollozo sofocado, sus hombros se sacudieron y su expresión se dulcificó.

—Volvemos a encontrarnos, Freya, tal y como pediste cuando me fui, tal y como deseé cuando supe que partía.

El llanto desfiguró mi rostro en una mueca afligida de la que rebosaron dolorosos recuerdos recientemente desenterrados.

—Me… escuchaste…

Asintió afectada; su labio inferior retemblaba y sus lágrimas desembocaban en la comisura de sus labios, cayendo pesadas sobre la mesa.

—Mi alma sobrevoló el fuego, revoloteó a tu alrededor y besó tu mejilla antes de partir. Sí, te escuché.

—Ragnhild regresó sólo para vengarse —aduje amargamente—. Intentó seducir a Albert y ahora me arrebata a mi hijo, tal como juró antes de morir. Es la misma araña despiadada que fue, y eso significa que… lo matará si no lo ha hecho ya.

El dolor me asoló aplastando mi pecho, perdí el resuello y mis latidos se detuvieron. «¡No —me dije—, no!».

—No, eso significa que intentará quedárselo para sí. Ella perdió un hijo, y quiere el tuyo.

Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Un pavor desgarrador se instaló en mi alma, liberando a todos mis demonios del pasado.

—¿Dónde puede estar?

Hildur sacudió la cabeza descorazonadamente.

—Sólo intuyo que no ha salido de la propiedad; tiene que estar muy cerca, viéndote sufrir.

—¿Y tus huellas en la cueva?

—La tarde del aniversario, la seguí —comenzó a explicar pausada—. En un peñasco al borde del acantilado había escondido una cuerda, un cesto y unas zapatillas; todavía no sabía qué tramaba. Durante la fiesta desapareció; imagino que subió al cuarto del niño, cogió sus juguetes y lo que consideró útil y, antes de que anocheciera completamente, se escabulló, se quitó el vestido que llevaba y, en ropa interior y zapatillas, descendió hasta la cueva y dejó lo que llevaba, preparándolo todo, eso es lo que me encaja ahora.

Ella sabía que yo la vigilaba, por eso me engañó diciéndome que tenía que hacer una llamada; pero cuando te desvaneciste y fui a buscarla, fue ella la que me llamó desde casa, diciéndome que estaba ya en la cama, y que había tenido que marcharse porque no se encontraba bien. Así que me fui hacia allí; sin embargo, cuando llegué no había nadie, tan sólo un mensaje en mi teléfono, advirtiendo que había decidido ir al médico de urgencias, porque la cabeza le iba a estallar. En aquel momento sentí una desazón extraña, y no conseguí dormir en toda la noche.

Ella no regresó. Cuando me llamó Mary avisándome de la desaparición de Amin, las piezas encajaron. Esa supuesta llamada desde casa que había hecho Ingrid jamás se había efectuado, había usado su móvil para desviar la llamada y hacerme creer que estaba allí, cuando seguramente se había escondido en algún rincón de tu casa.

»Conduje como alma que lleva el diablo y lo primero que hice cuando llegué fue dirigirme hacia el peñasco. Observé entonces que, tras él, había un estrecho y escondido sendero hendido en la pared rocosa, y que descendía por ella. Lo recorrí y me condujo a aquella cueva. Rebusqué desesperada, pero ni ella ni Amin se encontraban allí. Decidí buscar por mi cuenta e inspeccioné los alrededores, sin resultado alguno.

Entonces, cogí el coche y visité los lugares en los que pensé que pudiera esconderse. Pero fue como si se la hubiera tragado la tierra. Ahora creo que tenía pensado permanecer unos días en esa cueva justo bajo tu cabaña y, sospechando que yo la había seguido hasta el peñasco, cambió de ubicación… pero me atrevería a jurar que su escondrijo está en vuestra propiedad. Nadie la ha visto, nadie. Y no es una mujer que suela pasar desapercibida precisamente.

Por mi mente pasaron a velocidad de crucero los lugares donde alguien podía esconderse con un niño, sin poder visualizar ninguno lo suficientemente oculto y deshabitado. Albert era el único que conocía al dedillo su propiedad, sólo él podía adivinar el lugar, si lo había.

Me puse en pie con urgencia.

—Enlacé mi alma a la de la araña —arguyó Hildur derrotada— para evitar que cumpliera su venganza. Fue en vano.

—No, no lo fue, regresaste con nosotros. La detendremos y te sacaremos de aquí.

Ya me dirigía a la puerta cuando me detuve en seco, me dirigí hacia ella y la abracé, besando su mejilla.

—Fuiste nuestra madre en otra época; en ésta, tendrás que ser nuestra hermana mayor.

Dibujó un amago de sonrisa y asintió con lágrimas en los ojos.

Salí rauda de la estancia, para toparme con un duro pecho y una mirada penetrante.

—Ya registramos la propiedad —manifestó Berg adusto— y no encontramos nada.

—Quizá Albert conozca algún recoveco que a vosotros se os escapó —repuse esperanzada—. Es más lógico pensar que ha huido, en lugar de esconderse. Y en este último caso, cabe suponer que ha elegido un lugar recóndito.

—De acuerdo —concedió—, peinaremos cada palmo de terreno.

Asentí agradecida, y ya me iba cuando esta vez fue él quien me detuvo, acercando su rostro demasiado al mío.

—Me nombré guardián protector de vuestro amor, Freya, y, a pesar de eso, cuando me topé contigo en la Estación Central de Oslo y me ofrecí a enseñarte el idioma, mi promesa se tambaleó.

¡Aquel hombre que me abordó en la estación de tren era él, por eso me resultaba familiar!

Nos sostuvimos la mirada unos instantes con fijeza, y en la profundidad de sus celestes ojos encontré a Hiram. No pude evitar alargar la mano, acariciar con extrema dulzura su mentón y sonreír agradecida.

—Ahora descubro yo cuán poderosos eran los dioses de antaño —murmuré— y cuán poderosas son las promesas que se hacen en nombre del amor. Gracias, mi guardián, no puedo ofrecerte más que mi amistad.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

Asentí expectante, siendo receptora de toda su intensidad.

—¿Tienes hermanas?

Dibujé una sonrisa y miré hacia la puerta.

—Acabo de encontrar una.

Esbozó una sonrisa oblicua y me guiñó un ojo acomodando un mechón dorado entre su melena peinada de forma prolija.

—Y encontrarás más cosas, no lo dudo —animó, conduciéndome hacia la sala de espera.

Resultaba curioso cómo las almas renacían una y otra vez dentro del mismo círculo; algunas cambiaban su rol, pero todas y cada una de ellas elegían si purificarse o condenarse. Ahora conocía la elección de tres de esas almas que asombrosamente se habían reencarnado con nosotros; faltaba por descubrir la elección de la cuarta. Porque, sin duda, Rashid había regresado por un motivo específico.

Albert se puso en pie al verme, con la esperanza pintada en sus facciones.

—Cree que está escondida en nuestra propiedad —informé— van a peinar la zona, de nuevo. Pero tú la conoces mejor que nadie; ¿se te ocurre algún sitio donde puede cobijarse?

Frunció el ceño pensativo, recorriendo mentalmente la finca. Sus ojos se movieron inquietos, abstraídos y concentrados y, de repente, un destello los hizo agrandarse.

—Hay un viejo cobertizo destartalado donde mi padre guardaba los útiles de pesca; está a la entrada del bosque, al norte de la finca.

Berg negó con la cabeza, sacó su bloc de notas del bolsillo trasero de su pantalón de traje, lo abrió y revisó unas anotaciones.

—Fue revisada; además, está medio derruida.

—Sí, pero tiene un acceso a un túnel que lleva a un antiguo yacimiento de cobre —recordó agitado.

Berg alzó las cejas con asombro, entreabrió la boca y se guardó apresurado la libreta.

—¿A qué esperamos? Vayamos en mi coche, avisaré por radio a más efectivos.

Salimos de la comisaría y nos introdujimos en su coche, un Nissan Leaf eléctrico en color rojo.

Berg encendió el motor y salió del aparcamiento con celeridad. Albert iba a su lado; giró la cabeza y me regaló una mirada tranquilizadora.

—¿Por qué demonios no sale ese yacimiento en los mapas de la propiedad? —inquirió girando el volante con soltura.

—Porque no está en uso desde hace más de un siglo —respondió Albert.

—¿Y quién conoce la existencia de ese yacimiento, aparte de ti?

—Creo que se lo comenté a Stear en una ocasión.

Berg resopló y asintió con la cabeza, tomando un desvío a la nacional. Pisó abruptamente el acelerador para incorporarnos a la vía; me impelí contra el respaldo del asiento trasero.

—¿Cómo se llevaban Ingrid y Stear?

—Pues, no sé, creo que bien. Ingrid tonteaba con todo aquel que llevara pantalones. ¿Alguien me puede decir qué está pasando?

—Freya, aprovecha el viaje para ponerlo al día… —me miró a través del retrovisor, cómplice, y agregó—… de todo.

Albert lo miró turbado, su cejo se arrugó molesto y su rictus se oscureció.

—¿Freya? —observó receloso.

CONTINUARA