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Capítulo 74

En las profundidades de la tierra

—¡Joder!, ¿Hiram? —exclamó Albert con el rostro desencajado de asombro—. Hildur, ¿Eyra?, Ingrid, ¿Ragnhild?, y Yusuf, ¿Rashid? No puede ser cierto.

—Si lo vuestro lo es, ¿por qué lo nuestro, no?

Albert fulminó a Hiram con la mirada. Entrábamos en la finca por un camino colindante que bordeaba la propiedad hasta la parte norte.

El Nissan traqueteaba sobre el agrario sendero, mientras Albert digería con dificultad toda la información de que disponía.

—Y, ¡por Dios santo!, ¡¿Stear con Ingrid?!

—¿Se te ocurre otra manera de que Ingrid sepa de ese yacimiento? —respondió Berg, aferrando con fuerza el volante mientras sorteaba los baches.

Albert seguía mirándolo completamente aturdido.

—¡Joder!, ¿Hiram? —repitió incrédulo.

—Sí, temible ulfhednar, fui Hiram, sólo que, esta vez, el maestro soy yo; no de espadas, pero sí de pistolas. Abre la guantera y saca mi revólver reglamentario y una linterna. Acabo de mandar la ubicación por GPS, espero que no tarden mucho los refuerzos.

—Desvíate a la izquierda —indicó Albert apremiante— y deja el coche junto a la empalizada. El cobertizo está un poco más allá.

Salíamos del vehículo cuando mi teléfono móvil comenzó a vibrar. Lo saqué del bolsillo del pantalón. Era Karen. Descolgué.

—Llamé al hospital y me dijeron que ya no estabas allí; ¿dónde diablos estás?

—No puedo contarte mucho más, pero creemos que Ingrid se llevó a mi hijo, y que lo tiene escondido en algún lugar de la finca. En este momento vamos a explorar el cobertizo de pesca, ya te llamaré en cuanto sepamos algo.

—Vamos hacia allí…

—No… no hace falta…

Y colgó. Cerré el móvil y seguí a Albert y a Berg, que avanzaban a grandes zancadas, pero cautos, hacia el cobertizo.

—Yo entraré primero —advirtió el inspector, quitando el seguro a su arma.

Oímos el murmullo de un riachuelo; la hojas crujían bajo nuestros pies y la suave brisa mecía las ramas, frotándolas entre ellas en un apacible susurro. El cobertizo apareció anexo a la falda de una montaña, destartalado y ruinoso. La puerta de entrada colgaba de sus bisagras en un ángulo torcido, dejando entrever su penumbroso interior.

Berg empujó la puerta, que, a pesar de su cuidado, gruñó quejicosa. Era apenas un habitáculo rectangular, sin mobiliario; había maderos desclavados en los laterales, por los que se colaba la naturaleza e imaginaba habitaban más seres del bosque. Miramos interrogantes a Albert.

Avanzó hacia el fondo y retiró con la punta del pie un amalgamado manto de hojarasca, descubriendo un recortado portalón de madera en el suelo. Se inclinó, agarró la argolla oxidada que había en el centro del recuadro y tiró con fuerza.

Chirrió molesta, pero se entreabrió sin dificultad.

Lo primero que se me vino a la cabeza fue la falta de oxígeno, el ambiente opresivo y la oscuridad.

Sólo imaginar a mi pequeño en un lugar como aquél me apuñaló el corazón; me negué a pensar en otras posibilidades.

Tras la compuerta, un agujero negro como el infierno. Berg encendió su linterna y enfocó la oquedad.

Había una escalera de hierro anclada a la pared que descendía unos metros, no muchos.

—Bajaremos Albert y yo —decidió Berg—espera aquí a los refuerzos.

—Ni hablar —repliqué obstinada—. Voy a bajar.

Albert asintió con gravedad. Berg nos miró alternativamente y se encogió de hombros.

—Adelante, entonces.

El inspector comenzó el descenso; tras él, Albert y yo.

Mientras bajaba peldaño a peldaño, me sentí extraña, como si en verdad entrara en otro mundo, como si bajara a los infiernos para traer de vuelta a mi hijo. Y cuanto más descendía, más vibraba mi pecho. Lo sentía cerca, y supe en el acto que mi Amin estaba en aquel horrible lugar con una mujer todavía más horrible, y el terror se aunó a la angustia más acuciante, tensando todo mi cuerpo.

Llegamos a un túnel en una sola dirección.

Posé trémula la mano en el brazo de Albert.

—Está aquí —susurré nerviosa.

Sentí el envaramiento de Albert; me cogió con fuerza de la mano y la oprimió transmitiéndome seguridad; aunque el foco de la linterna proyectaba un abierto cono de luz frente a nosotros, la oscuridad era tan asfixiante y pesada que nos envolvía amenazante, como un mal augurio aleteando sobre nosotros.

El ambiente era rancio, húmedo, con un toque metálico y acre de aire emponzoñado, que picaba en la garganta y escocía los ojos.

Sólo se oían nuestros pasos y un goteo incesante y rítmico de tuberías rotas.

Berg desplazaba la linterna hacia ambos laterales, inspeccionando las paredes de roca, que lloraban una humedad oscura formando charcos en la base.

Caminábamos en silencio, despacio y en completa tensión.

El haz de luz se detuvo en un punto concreto de una de las paredes, revelando una puerta metálica corroída por el óxido.

Contuve el aliento.

Berg se acercó a ella, cogió el pomo con la mano y sacó la pistola cargada de la cinturilla de su pantalón, liberando el seguro.

Supe que sería del todo imposible abrirla sin que chirriara, alertando de nuestra intromisión.

La garganta se me cerró y el pulso atronó alocado en mi interior.

Tras un quejido en el que se estiró lentamente toda la angustia que me atenazaba, la puerta se abrió.

Todo estaba oscuro. El haz de luz barrió una estancia que en otro tiempo había sido una especie de despacho. Sólo había una mesa desconchada, un archivador decrépito, un par de sillas, un perchero y una vitrina vacía y empolvada. Además, un hacha anclada a la pared; un cuadro que mostraba una fotografía en blanco y negro de un nutrido grupo de mineros del siglo pasado, tiznados y sonrientes, y una lámpara de sobremesa cubierta por el blanco manto del tiempo.

Motitas de polvo flotaban suspendidas en la luz, como si en verdad hubiéramos atravesado un portal temporal.

El fondo del cuarto permanecía negro.

Un detalle llamó poderosamente mi atención: una lámpara linterna para cámping, que reconocí como nuestra, se hallaba en uno de los rincones.

No fui la única que reparó en ella. Albert intercambió una mirada admonitoria con Berg; ambos asintieron. Albert comenzó a desplazarse hacia el otro extremo de la habitación. Continuaban unidos por la camaradería compartida en otros tiempos, interpretando con inusitada claridad un simple gesto.

Y entonces, un gorjeo sofocado me aceleró el pulso. Berg dirigió la linterna hacia el rincón de donde había provenido el sonido, detrás de un grueso puntal al fondo del despacho.

—¡Entrégate, Ingrid, no tienes escapatoria! —exclamó Berg, apuntando su pistola hacia aquel rincón.

—¡Sí la tengo! —respondió una voz femenina. Ingrid salió de su escondrijo con mi hijo en brazos, envuelto en un manto sucio y arrugado, y un cuchillo en una de sus manos—. ¡Vais a dejarme salir de aquí… porque, si os acercáis a mí, mataré al niño!

Sus almendrados ojos claros se clavaron en mí. En aquella mirada rezumante de odio asomaron todas las ansias de venganza que palpitaban en ella, un encono visceral que reveló con aterradora claridad a la mujer que se escondía tras ese cuerpo.

—Me robaste el amor de mi hombre, y a mi hijo —siseó con perfidia— al menos pude cobrarme una pieza.

—No —murmuré—. Tu maldad te los arrebató.

De soslayo, atisbé cómo Albert avanzaba solapadamente para cernirse sobre ella. Debía entretenerla.

—Tú —continué— eres la única culpable de tu desdicha.

Ingrid, con el rictus crispado por la ira y mirada enajenada, avanzó cargando a mi hijo, que se removía bajo aquel manto, arrancándome lágrimas de alivio.

—Esta vez no me iré sola —aseguró amenazante.

—Entrega al niño y te prometo que te dejaremos salir de aquí —intervino el inspector—. Puedes coger mi coche y largarte a donde quieras, no iremos tras de ti, tienes mi palabra, pero tienes que decidirte antes de que lleguen más efectivos; no tardarán.

Ingrid fijó la mirada en la placa que había prendida en la hebilla de su pantalón y formó una mueca desdeñosa en su faz, negando con la cabeza.

—La palabra de un poli… —masculló con desprecio—. Voy a salir de aquí —insistió avanzando— con el niño, eso es lo que voy a hacer.

En ese instante, Albert se abalanzó sobre ella. Ingrid sintió el movimiento y retrocedió astuta, al tiempo que alargaba la mano, lanzando un ataque con el cuchillo que rasgó la camisa blanca de Albert, tiñéndola de sangre. Contuve el aliento.

—Un paso más y mato a tu hijo —amenazó, apoyando la punta del cuchillo en el manto que se agitaba ya envuelto en un irritado sollozo, que me partió el alma.

Todos retrocedimos mientras ella avanzaba con cautela, mirándonos con recelo.

Llegó a la puerta y, tras dirigirnos una sonrisa aviesa, la atravesó a la carrera.

Nos impelimos hacia el túnel con intención de seguirla. El llanto de Amin perdía intensidad, aunque reverberaba en aquellas paredes de piedra, clavándose en mi corazón.

—¡La escalera! —adujo Albert; el tajo en su brazo no paraba de sangrar—. Podemos detenerla en mitad del ascenso, le costará subirla sosteniendo el cuchillo. Es nuestra oportunidad.

Berg asintió y los tres corrimos por el túnel seguidos del eco de nuestros pasos y el peso de nuestra ansiedad.

Albert se adelantó con la desesperación pintada en el rostro; se precipitó a la escalera como un feroz depredador dando caza a su presa. Ingrid gruñía furiosa acelerando su ascenso; rogué para mis adentros que no cayera. Tras él, Berg y yo.

Oí un golpe sordo y un quejido sofocado; Berg se detuvo. Atisbé hacia arriba pero no pude averiguar lo que estaba pasando. Por fin, comenzó a ascender de nuevo. La agonía me ahogaba, y la saliva se agriaba en mi boca extendiendo su amargor a mi garganta.

Cuando por fin llegué al cobertizo, y salí tras Berg al exterior, me encontré con la misma escena que en las profundidades de la tierra. Ingrid amenazando a Amin frente a Albert. Desvió la atención sobre el inspector, fijando la mirada en la pistola que empuñaba.

—Avanza diez pasos y deja la pistola en el suelo —ordenó ella.

Berg asintió y obedeció sin dejar de clavar los ojos en ella.

Ingrid se adelantó y la cogió con una mueca triunfal dibujada en su rostro.

—Y ahora, maldito gigante —se volvió hacia Albert, apuntándolo con el arma; mi pecho se encogió—, no me quisiste en tu cama, y yo no te quiero en el mundo. Sin embargo —entonces se dirigió a mí, enfilando su arma en mi dirección—, menos la quiero a ella.

El sonido del disparo viajó en el aire, mezclándose con los atronadores latidos de mi pecho, que reverberaban en mi cabeza en un pulso lento y pavoroso.

—Noooooooooo —bramó Albert.

De repente, un violento empellón me lanzó al suelo, ocupando otro cuerpo mi lugar y recibiendo la bala en su pecho.

A partir de ese instante los acontecimientos se precipitaron abruptamente.

Berg, aprovechando el desconcierto, corrió hacia ella y la derribó; Amin, envuelto en su manto, cayó sobre el lecho del bosque. Aturdida, logré levantarme y abalanzarme sobre el cuerpo de mi hijo, cogiéndolo en mis brazos y pegándolo a mi pecho. Tenía la carita roja y congestionada de llorar, olía a pañal sucio y a leche agria, pero parecía estar bien.

Me puse en pie y corrí hacia donde Albert atendía a Yusuf. La herida en su pecho extendía rápidamente un cerco de sangre que empapaba su camiseta de algodón.

Algo intenso removió mi pecho. Rashid había tomado su elección: salvar la vida que en otra vida pretendió quitar. Y así quedar su alma en paz, purificarse, y redimirse. Dejé escapar un hondo sollozo cuando me arrodillé ante él. Albert nos miró a ambos, me quitó al niño y se separó unos pasos con semblante consternado y afligido.

Yusuf clavó la mirada en mí con emotiva gravedad. Puse la mano en su herida y una mueca de dolor desfiguró mi rostro; el suyo, en cambio, era de total placidez.

—Desde… nuestro encuentro… en el acantilado —comenzó a decir estremeciéndose—… supe que… te debía algo, que… algo transcendental me unía a ti. Y era… —tosió una bocanada de sangre, pareció desvanecerse pero logró abrir los ojos de nuevo—… devolverte la vida… que una vez te quité. El amor… me nubló, Freya; ¿me perdonas?

Me sumergí en sus ojos y me incliné sobre él; las lágrimas recorrían mi rostro, abundantes y amargas. Besé sus labios.

—Ya lo había hecho —murmuré—, buen Rashid, ya lo había hecho.

Yusuf sonrió afectado, y extendió el brazo ofreciéndome la mano. La cogí con las mías y la llevé a mi mejilla.

—Pero ahora… por fin… estoy en paz.

Cerró los ojos y mi corazón sangró por él.

Un grito tras de mí me hizo apartarme. Karen se precipitó sobre Yusuf sollozando desesperada, se abrazó al cuerpo del hombre que amaba y gritó su pena al viento, a los árboles que nos contemplaban, al cielo que nos cubría y al mundo entero por arrebatárselo tan impunemente.

Albert se acercó a mí, portando a nuestro hijo en un brazo, y me estrechó contra su pecho, donde lloré desconsolada el resultado de un destino que impartía justicia a través incluso de los tiempos, dejando que fueran las propias almas las que decidieran su camino.

Un acto borraba otro, era así de sencillo. Con cada acción cometida en una vida, se nos ofrecía la posibilidad de enmendarla o no en la siguiente, cada cual elegía según la pureza de su alma. Todos y cada uno de nosotros gozábamos de segundas oportunidades, aunque se necesitaran varias vidas para darnos cuenta del sentido de cada acción, de la importancia de nuestras decisiones, y del hecho a enmendar. Segundas oportunidades para alcanzar la felicidad vedada, para recuperar almas afines o simplemente para encontrar la paz. Pero cada vida tenía un sentido; tan sólo debíamos estar atentos a él… y, para ello, nada había mejor que escuchar al corazón.

Una sirena de policía llegó hasta nosotros; varios vehículos, entre ellos una ambulancia, accedieron por el camino de entrada. Y entonces miré a Berg, que había apresado a Ingrid y la tenía contra un árbol, con las manos retorcidas en la espalda, las piernas separadas y cabizbaja.

Karen lloraba rota cuando dos enfermeros de emergencias colocaron el inerte cuerpo de Yusuf en una camilla para trasladarlo a la unidad móvil.

—Ve con ella —sugirió Albert—, yo me haré cargo de Amin; parece estar bien.

Alcé la mirada hacia él y asentí. Me limpió las lágrimas con el pulgar de la mano y se sumergió en mis ojos.

—Te amo, y ahora sé que hoy esa luna ha brillado tanto como el sol.

Esa referencia a mi comparación entre el amor de Rashid y el suyo que hice siglos atrás evocó en mí imágenes de mi vida con Rashid. Recordé su dulzura, su nobleza y entrega, su gentileza y compromiso. Ese amor tan apasionado que me regaló y que el despecho mancilló, enajenando su mente. Un amor que se oscureció convirtiéndose en posesión, una luna que se opacó y desapareció dejando tras ella una noche oscura sin recuerdos. Pero él había conseguido, con su sacrificio, volver a brillar con fuerza, limpiando sus errores y recuperando el lugar que una vez había tenido en mi pasado, el del primer amor.

El verdadero me miraba con tan infinita dulzura que me puse de puntillas para besar sus labios y sonreírle entre lágrimas.

—Y yo sé que ese sol nunca dejará de brillar.

—Nunca, amor mío, jamás, porque se apagaría mi alma.

Me besó derramando en mis labios un amor tan grande que mi corazón se distendió y mi alma se solazó.

Fui junto a Karen, la abracé y me introduje a su lado en la ambulancia.

Partimos entre sirenas, lágrimas y apremio.

CONTINUARA