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Capítulo 75
Recompensas
Amin cumplía su primer año.
Caminaba vacilante persiguiendo a Thor y, cuando caía sentado y nuestro perro lo olisqueaba, estallaba en carcajadas que arrancaban de los que mirábamos la escena una amplia sonrisa y un pellizco alborozado en el corazón.
Era un bebé hermoso; su pelo ondulado y dorado captaba los reflejos del sol, reluciendo sobre su cabeza como si fuera un aura. Y sus ojos verde esmeralda, rasgados y chispeantes, tan peculiares que lo hacían único, lo hacían parecer una criatura mágica. Un trocito de sol, una valiosa pieza de oro, un entrañable tesoro refulgente que iluminaba nuestros días y henchía de dicha nuestros corazones.
Suspiré agradecida por cada día que disfrutaba junto a aquellos que amaba, por cada día que me alejaba de aquellos duros momentos pasados.
Ingrid había perdido el juicio si acaso lo tuvo, y pasaría el resto de sus días recluida en una penitenciaría psiquiátrica. En su mente se habían mezclado pasado y presente en un paroxismo emocional y caótico, que la había apartado indefinidamente de la realidad.
Atrás quedaba el dolor, el pasado, la angustia, la venganza, la lucha.
Aquel último día en que el destino encajaba su última pieza perdía su consistencia día a día.
Y aún me maravillaba cómo había otorgado piadoso una última oportunidad a un alma redimida.
Nunca olvidaría haber presenciado aquel milagro dentro de aquella ambulancia. Como tampoco olvidaría el dolor en el rostro de Karen cuando el monitor que medía la frecuencia cardíaca de Yusuf emitió un alarmante pitido, anunciando una desoladora línea verde horizontal. De igual forma, resultaría imposible olvidar cómo el personal médico se apresuraba a reanimarlo, descubriendo su pecho y adhiriendo a su piel los parches con electrodos del desfibrilador, y cómo en cada descarga el torso de Yusuf se convulsionaba sin que esa maldita línea mostrara la más mínima y alentadora alteración.
El médico a cargo repitió el proceso sin éxito alguno; sin rendirse, optó por la reanimación manual, insuflando aire en sus pulmones y acompasando con las manos la presión rítmica adecuada. A pesar de todos sus esfuerzos, el monitor continuaba emitiendo aquel desesperanzador pitido crispante.
Por último, negó con la cabeza mientras Karen se rasgaba en un alarido desesperado, abrazándose al cuerpo de Yusuf, sollozando su agonía. No, jamás podría olvidar su tormento durante aquellos agonizantes momentos… que, por fortuna, fueron breves.
El momento en que el pitido trocó de continuado a intermitente y aquella inmóvil y plana línea luminosa verde comenzó a elevarse en picos cada vez más intensos y regulares fue tan desgarradoramente emotivo, tan asombrosamente dichoso y tan mágico que todos los que lo presenciamos permanecimos del todo sobrecogidos unos instantes por aquel prodigio del destino, según yo, y de la naturaleza humana, según los asistentes médicos.
Y ahí, junto a mí, Karen, apoyada sobre el pecho de Yusuf, reía vibrante cada carcajada de mi pequeño. Yusuf, recostado sobre el rugoso tronco de un gran fresno, sonreía mientras pellizcaba con el tenedor la tarta de frutos rojos que nos había preparado Mary para aquel picnic al aire libre.
Albert, de rodillas sobre el césped, alentaba a Amin a que lo alcanzara, retrocediendo cada vez que daba un paso hacia él. El sol acariciaba su cabello rubio dorado y chispeaba en sus rasgados ojos, acentuando en aquellos profundos cielos azules la ligereza que otorgaba la más saboreada plenitud.
Llevaba una camiseta blanca de algodón, de manga corta, que remarcaba cada subyugante ondulación de sus poderosos músculos, y unos tejanos desteñidos y rotos delineaban sus esbeltas y fornidas piernas. Su melena indomable se desparramaba sobre sus hombros, salvaje y tentadora. Y en su semblante, arrobado y tierno, rezumaba un amor tan profundo por aquel que caminaba inseguro pero risueño hacia él que me encogió el corazón.
Partí otro trozo de tarta, la dispuse en un plato de cartón y se la ofrecí a Yusuf.
—Deja de pellizcar la tarta y pide otra porción —increpé sonriente.
—Sí, mami —se burló sacándome la lengua.
—Karen, todavía estás a tiempo de enseñarle modales —bromeé forzando un mohín reprobador.
—Tiré la toalla —respondió con sorna, poniendo los ojos en blanco—al menos he conseguido llevarlo al altar.
—Qué menos, después de todo lo que me cuidó.
Karen lo empujó gruñéndole, Yusuf soltó una carcajada solazada, la estrechó con fuerza y besó su cabeza.
—No te atrevas a insinuar que pagaste una deuda, porque si no te juro que…
Yusuf la miró sonriente a los ojos, cogió su mandíbula y acercó los labios a los de ella.
—Lo único que me atrevo a hacer cuando me miras así es suspirar.
Karen aleteó las pestañas coqueta y sonrió relamida.
—Eso está mejor —aprobó complacida, arrugando graciosamente la nariz.
—Estaría mucho mejor si estuviéramos solos —repuso él contra su boca—. Quizá esta noche pueda repetirte lo mucho que te amo sin hablar.
—Quizá, pero te haré pagar ese comentario —amenazó ella sugerente.
—Ya tiemblo.
Me puse en pie sonriente, respetando su intimidad, y paseé hacia Albert y Amin, que jugaban con Thor sobre la hierba.
Me detuve, aspiré aquella embriagadora brisa estival y alcé el rostro hacia el sol, cerrando los ojos. Saboreé su suave tibieza y sonreí feliz.
Sorprendentemente, quien había sido Yusuf en otro tiempo no condicionó la amistad que ahora nos unía, ni afectó la que tenía con Karen, otra gracia que agradecer. Ambos se habían quedado a vivir en Tønsberg, como tanto temió Albert en un principio, pero a quien ahora hacía tan feliz que compartieran nuestra vida. Y no eran los únicos.
Más allá, paseando de la mano, Hildur y Berg conversaban cómplices con miradas reveladoras y gestos arrebolados.
Las risas de Hildur llegaban hasta nosotros, inflamándonos el corazón de júbilo. Quizá ese paseo acabara en un anuncio de boda, o el anillo que Berg llevaba escondido nunca saldría de su estuche. Por lo que pude comprobar, no cabía posibilidad de rechazo. En la expresión de Hildur rebosaba la adoración que sentía por el comedido inspector.
Al cabo, unos brazos rodearon mi cintura, una mano retiró mi melena a un lado y unos labios besaron la curva de mi cuello. Me apoyé contra un pecho duro y cálido; mi sonrisa se amplió acompañada de un delicioso estremecimiento.
—No cierres los ojos, no me dejes sin luz —susurró en mi oído.
Los abrí y me volví en sus brazos. Sus manos recorrieron mi espalda, descendiendo hasta el nacimiento de mis nalgas; las detuvo ahí tamborileando con los dedos.
—¿Dejar sin luz al sol? No podría.
—Lo haces cada vez que te pierdo de vista —ronroneó contra mi boca.
—Esos eclipses también me afectan.
—¿Acaso no cumplo mi juramento?
—Cada día y cada noche.
Y aquellas palabras me llevaron de nuevo a aquel snekke en alta mar, donde sellamos nuestro juramento. Confundida y asombrada, sostuve indagadora su mirada.
—¿Hasta dónde llegan tus recuerdos?
Albert suspiró profundamente y me observó con preocupación.
—Lo recuerdo todo —confesó con un deje culpable.
Abrí los ojos y compuse una mueca demudada y aturdida.
—¿Por qué me dejaste creer que ambos habíamos muerto en Skiringssal?
—Porque no tiene ningún sentido que recuerdes tanto dolor. El pasado nos unió, pero es el presente lo único que importa y no pienso consentir que derrames más lágrimas y menos por cosas que no podemos cambiar. Estamos juntos, amor mío, y es lo único que importa.
Hemos vencido a todo y a todos, y esta vida y cuanto poseemos es nuestra recompensa.
Cogió mi cabeza con las manos y paseó los pulgares por mis mejillas mientras ahondaba en mi mirada.
—Nuestro amor traspasó la barrera del tiempo, y venció a los demonios del pasado, nada más importa.
Besó mis labios con dulzura, ciñéndome a su pecho; su calor me arropó, y su suavidad acarició mi alma, como si unos gráciles dedos pasearan delicadamente sobre un arpa, arrancando vibrantes y acariciadoras notas que flotaron por mi interior subyugándome.
Una voz estridente y reprobadora llegó hasta nosotros evaporando la magia de un plumazo.
—¡Un perro cuidando de un niño, y cuatro adultos olvidando que lo son!
Miré en dirección de Karen y Yusuf, que se separaron de inmediato, bufando exasperados pero con una sonrisa traviesa jugueteando en sus labios. Y a Albert, que sacudía paciente la cabeza mientras Mary seguía mascullado su desaprobación como si fuéramos cuatro adolescentes descocados.
—¡Y mirad qué ejemplo le estáis dando al crío! —insistió ceñuda, cogiendo a Amin en sus brazos.
Le regaló al pequeño una sonrisa tierna, para a continuación fulminarnos con su escandalizada desaprobación.
—¡Por dios, Mary, sólo nos besábamos! —defendió Albert.
—Y una cosa lleva a la otra y, desde que esa española se instaló aquí, el decoro se ha ido al carajo.
Karen agrandó sus almendrados ojos azules con furiosa ofensa.
—Que ni siquiera seas una muerde almohadas frustrada —contraatacó Karen airada— no te da derecho a reprender a las que sólo usamos la almohada para dormir. Tendré que pedirle a Yusuf que le dé algunos consejos a tu Arne.
—Mi Arne no necesita clases de nada, descarada, pero una cosa es disfrutarlas en la intimidad y otra es hacer alarde en público.
—¿Tanto te molesta no tener la valentía de hacerlo tú? Pues mira.
Se abalanzó sobre Yusuf y le impuso un beso apasionado que lo desarmó.
Mary miró al cielo y bufó ofuscada, agitando la cabeza con aguda desaprobación.
—Primer round del día. Enhorabuena: España, uno; Noruega, cero —masculló Albert por lo bajo, intentando ocultar su diversión.
—No canto victoria —respondí entre dientes, estrangulando una sonrisa— queda mucho día por delante, y Mary seguro que no perderá la ocasión de marcar su tanto.
Tras un resoplido impaciente, dirigió otra mirada fulminante a Karen, que parecía en verdad haber olvidado que estaba siendo observada, y se marchó con el niño en brazos. Olvidó su enfado en los arrumacos que le dedicó a Amin.
—¡Por Dios bendito, qué mujer! —exclamó Karen enojada—. Es agotadora. Llevamos un duelo permanente desde que llegué. ¿Qué le habré hecho yo a esa condenada vikinga?
—Le encantas —musité risueña.
—Lo sé.
Y ambas estallamos en carcajadas que cascabelearon en el aire, mezclándose con el trino de los pinzones y el murmullo del viento. Aquella melodía que flotó sobre nosotros y viajó con la brisa era el sonido de la felicidad más plena. Aquella que tanto nos había esquivado, y que ahora, ya en nuestro poder, se mostraba radiante y diáfana, tan deslumbrante y cautivadora que todo el dolor pasado cobraba sentido ante tamaña recompensa.
Sonreí, un gesto ya habitual en mí. Sonrió, un gesto frecuente en él.
Lo miré, me miró; no fue necesario expresar en voz alta lo que nos dijimos…
«¡Tuya!».
«¡Tuyo!».
Lo besé, me besó.
CONTINUARA
