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Capítulo 78

Parpadeé varias veces.

No supe si para aclararme la vista o para salir de mi asombro.

—¿Ocurre algo, nena?

Miré a Albert, que se encontraba tallando un lobo en madera de boj junto a la chimenea, y asentí.

Posé de nuevo la vista en el correo abierto de mi ordenador y releí el mensaje. Acto seguido, aspiré profundamente y le dediqué una sonrisa tranquilizadora.

El resplandor del fuego jugueteaba parpadeante con su hermoso perfil, anaranjando su tez y dorando más su cabello.

Me devolvió la sonrisa y, como siempre sucedía, me abstrajo unos instantes de la realidad, cautivándome en su particular y travieso hechizo.

Albert depositó la talla y la gubia que estaba utilizando en una mesita cercana y se puso en pie. Su rotunda y enorme silueta recortada contra el fulgor de las llamas resultaba imponente.

Se acercó a mí con paso fluido y aplomado, con aquella endiablada y pícara sonrisa pendiendo de sus carnosos labios y esa mirada depredadora tan azul celeste cristalina como el cielo despejado en primavera.

Rodeó la silla de despacho que ocupaba frente al escritorio y se inclinó detrás de mí para fijar la vista en el monitor. El masculino aroma de su fragancia me golpeó, consiguiendo que cerrara los ojos y aspirara aquella embriagadora mezcla de su olor corporal y la fresca esencia que usaba.

Tras leer el correo electrónico, volvió el rostro hacia mí. Sus ojos se engarzaron en los míos para escrutar en ellos. Abrió la boca para hablar, pero al reparar en mi expresión la extendió en una sonrisa afectada.

—No imaginas cuánto agradezco que, a pesar de los años, siga produciendo ese efecto en ti —musitó en tono acariciador.

—Solo han pasado diez, y acercarte a la cuarentena solo logra acentuar tu condenado imán.

—¿Sí, nena? —susurró provocador, acercando su boca a la mía—. Demuéstramelo.

Apresé su labio inferior y lo mordí suavemente emitiendo un gruñido anhelante. Su boca se entreabrió y me cerní sobre ella hambrienta.

Pero no fui yo la que cercó su lengua, ni la que dominó el beso, sino él. Y yo me sometí, derramando ardorosos gemidos y enredando mis manos en su nuca. El beso se descontroló impetuoso, enloqueciendo nuestros sentidos.

Cuando logré apartarme, no sin esfuerzo, los dos resollábamos agitados.

Nos miramos evaluando si podríamos enfriar aquel repentino estallido pasional para conversar sobre el inesperado correo electrónico, pero ambos sabíamos que cuando la llama despertaba era imposible contenerla.

—Este fuego —gimió Albert contra mi boca— siempre acaba devorándonos. —Se perdió en mis ojos, ahondando en ellos con esa intensidad que me secaba la garganta—. Una sola mirada tuya desboca mi corazón. Un solo gesto es capaz de inflamar mi deseo hasta convertirme en cenizas en tus manos. No tienes ni idea del poder que ejerces sobre mí.

Repasé lentamente su mentón con la punta de los dedos, embebiéndome en su cautivado semblante.

—Sí lo sé —murmuré deslizando los dedos por sus labios, delineando su contorno—, porque es el mismo que ejerces tú sobre mí.

Enredé los dedos en su cabello y sonreí seductora.

—A veces me pregunto cómo soportaré la frustración cuando mi cuerpo ya no pueda demostrarte cuánto te desea —comentó poniéndose de rodillas entre mis piernas, aferrando mis caderas.

—Con abrazos y mimos, supongo —respondí—. Pero ahora…, ahora demuéstramelo llevándome al paraíso.

Sus celestes ojos refulgieron prometedores.

—Como desees —susurró taladrándome con una mirada hambrienta.

Me deslicé de la silla y me puse de rodillas frente a él.

Fuera nevaba copiosamente. Dentro ardían dos fuegos.

Albert me tumbó sobre la alfombra y me arrancó la ropa rudamente sin despegar su boca de la mía, ávido de mi piel.

Un deseo implacable y voraz nos poseyó, transformándonos en animales salvajes. Todo a nuestro alrededor se desdibujó. El mundo dejó de existir.

Todo se redujo a una sola cosa: el imperante anhelo de fundirnos el uno en el otro.

Hicimos el amor con desesperada urgencia, como si no hubiera más amaneceres, como si la Tierra estuviera a punto de desintegrarse a nuestros pies, como si la vida escapase de nosotros si no colmábamos esa hambre que nos devoraba.

Y necesitamos gran parte de la noche para darnos por satisfechos, para recuperar la esencia robada al otro, para comprender que teníamos toda la vida para amarnos.

Dormí sobre su pecho, cubierta por una manta de pelo largo, frente a la chimenea, con una gran sonrisa dibujada en mis labios.

De madrugada, con el tenue resplandor incandescente de los troncos ya humeantes, un crujido crepitó en la madera lanzando una nube de pavesas como si nevara fuego en la penumbra de la estancia.

—¿Lo considerarás?

Me volví hacia el dueño de esa voz grave y ronca y me arrebujé contra él.

—¿No te parece una señal? —inquirí pensativa.

—¿De que el destino nos llama de nuevo a Toledo?

Asentí y me ceñí más a su pecho.

De repente, sentía frío.

Nunca habría imaginado que mi antiguo equipo de trabajo requiriera mis servicios. Y, aunque mantenía algún esporádico contacto con alguno de ellos a través de las redes, había dejado claro que mi vida ahora estaba en Tonsberg. Sin embargo, ahora me reclamaban para un encargo bastante peculiar: ayudar en la recuperación y la restauración de un yacimiento arqueológico encontrado en Algeciras. El sorprendente hallazgo de un drakkar vikingo del siglo IX en el lecho del río de la Miel. Me adjuntaban toda la documentación pertinente y un ruego respecto a mi colaboración por mis conocimientos de la cultura escandinava y el idioma, no el actual, sino el nórdico antiguo.

—Por lo poco que he podido ojear del dosier que me mandan —expuse alzando el rostro para ver el suyo, aunque tan solo se recortaba su perfil entre las sombras—, se trata de la flota vikinga que arrasó Algeciras cuando fue rechazada en Sevilla en el año 859.

—El califa Abderramán II reforzó Sevilla con atalayas y fortalezas tras la batalla de Tablada —musitó Albert displicente—, por eso los caudillos vikingos Björn Ragnarsson y Hastein se desviaron hacia al-Yazira y la arrasaron, aunque eso no impidió que incendiaran la mezquita de Ibn Adabbas, en Sevilla, y sembraran de nuevo el pánico ese año.

—La batalla de Tablada ocurrió meses después de tu incursión —recordé vagamente.

Asintió quedo, se inclinó sobre mí, besó mis labios derramando en ellos un suspiro largo y se puso en pie. En la penumbra, su cuerpo desnudo se perfiló contra el mortecino resplandor de las brasas, como una imponente sombra eclipsando la precaria iluminación. Se afanó con presteza a avivarlas, sacudiéndolas vehemente con el atizador. El fuego refunfuñó ante aquel rudo despertar y, al cabo, creció dorando la estancia.

En cuclillas, delante del hogar, los acerados músculos de su amplia espalda serpentearon bajo su piel, ante los vigorosos movimientos de su brazo derecho.

Me levanté y acudí junto a él, cubriéndolo con la manta que nos había protegido del frío de la noche.

De rodillas a su lado, caí subyugada bajo el poderoso influjo de un incipiente fuego rugidor, que desayunaba voraz los nuevos troncos que Albert depositaba estratégicamente con las tenazas.

—El éxito de mi incursión animó a más expediciones, esta vez suecas y danesas —musitó abstraído en sus recuerdos—, solo que la de ese año me puso en el bando andalusí.

Miré su perfil. Su gesto abstraído ratificó que estaba muy lejos de allí, a unos siglos de distancia.

—Creo que ha llegado el momento de contarme esa parte de la historia.

Albert tomó una profunda inspiración y su gesto se tensó, grave.

—¿Tan mal lo pasamos? —susurré apesadumbrada.

Negó con la cabeza y volvió el rostro hacia mí. Su penetrante mirada me robó el aliento. Aquel profundo azul indagó en mi interior, buscando quizá en mis ojos una respuesta lo suficientemente tranquilizadora.

—No, como ya te dije, vivimos nuestras aventuras.

—¿Y por qué todo este tiempo has esquivado mis preguntas?

Llevó la punta de sus dedos hacia mi mejilla y con el dorso acarició suavemente mi piel.

—Porque prefiero centrarme en nuestro maravilloso presente. Y porque el pasado no puede cambiarse y no tiene sentido evocarlo con nostalgia, pues nos tenemos. Y esa dicha, esa recompensa tan merecida, se debe paladear sin perdernos en un pasado tan movido.

—Bueno, creo que a veces no depende de lo que decidamos —comencé pensativa—. En nuestro presente el pasado regresó para vengarse de nosotros, y ahora parece querer llevarnos al punto de aquella vida que justo no conozco. Creo que no debemos dar la espalda al origen de nuestra historia.

Parece que el destino se empecina en involucrarnos en nuestro pasado y, a mi modo de ver, debemos dejarnos llevar por él.

Sus dedos revolotearon por mi mentón, hormigueando mis sentidos.

—¿Quiere decir eso que ya has tomado una decisión? —inquirió repasando con la yema de su índice mis labios. Los entreabrí invitadora y él fijó una mirada hambrienta en ellos.

—Debe ser una decisión compartida —contesté—. Serían meses de trabajo y, bueno, quiero ir en familia.

Percibí en su rostro un atisbo inquieto que me desconcertó.

—No quieres venir —adiviné contrariada.

—Yo no puedo desatender la granja, ni Amin dejar el colegio —justificó esquivo, desviando la mirada nuevamente hacia las ondulantes llamas.

—Falta poco para las vacaciones estivales —insistí—, podríamos pasar el verano en España. Luego, si el trabajo se alarga, regresaríais vosotros.

Hice una pausa intentando calibrar su expresión. Suspiré paciente, tomé su barbilla y lo obligué a mirarme.

—No es eso, ¿verdad?

No movió un músculo de su rostro ni hizo ademán de responder. No fue necesario. Sus ojos me dieron la respuesta.

—Quiero saberlo —aduje rotunda.

—Sabía que este momento llegaría —afirmó pesaroso.

Resopló y su gesto se endureció.

Un malestar mariposeó por mi vientre, desazonándome.

—Sea lo que sea, no puede afectar nuestra vida. No entiendo tu actitud, no tiene sentido. Estamos a siglos de distancia.

Asintió casi imperceptiblemente. Intentó sonreír liviano, pero su intento se desdibujó en una mueca indefinida.

—Como bien has dicho, el destino nos llama —admitió grave—, y es justo lo que me preocupa. La última vez que el pasado regresó a nosotros casi perdemos a nuestro hijo. Comprende mis temores, cariño. Vivimos tranquilos y felices en Tonsberg, no es que no me apetezca regresar a Toledo, es por el motivo por el que regresaríamos.

Yo estuve en aquel momento, yo estuve en la defensa de al-Yazira y en la de Isbiliya, y no fue por voluntad propia, el emir me obligó. Sus tácticas persuasivas fueron muy… efectivas. Y, justamente, este encargo está relacionado con aquello. No es casual, eso me grita mi instinto, y ese es mi miedo. —Hizo una pausa para derramar en mi rostro una mirada preocupada, suspiró profundamente y, tras un instante reflexivo, agregó con un claro mohín resignado— No obstante, sea lo que sea lo que nos tenga preparado, lo afrontaremos juntos.

Me abracé a él, tan excitada por su apoyo como nerviosa por compartir su mismo temor. Sin embargo, algo me decía que debía regresar, que debía cerrar el círculo de aquella vida y que el final de todo se encontraba en España, en Sevilla, donde todo empezó. Que nuestro abierto pasado exigía atar cabos pendientes hasta pagar ese reencuentro.

Me separé de él para hundirme en el claro azul celeste de aquellos ojos de gato, de los que emergía un amor tan profundo y añejo como los tiempos.

—Albert…, mi amor… —Abarqué su varonil rostro con las manos y acerqué el mío al suyo—. Tras todo lo vivido, antes y ahora, tras tantas pruebas superadas y dolor sufrido, creo que este último paso no podrá con nosotros. No sé qué nos aguarda allí, lo único que sé es que nada ni nadie puede ya separarnos. —Deposité un suave beso en sus labios y sonreí conmovida—. Siento que debo volver, siento que algo me llama poderosamente, y creo que tú sabes lo que es.

—Sé lo que es —confirmó en apenas un susurro rasgado, como si aquella confesión fuera ácido en su garganta.

Su rostro volvió a tensarse y mi desasosiego aumentó haciendo tambalear mi decisión.

—Tengo que saberlo —exigí apremiante y agitada—. Solo así sabré a lo que atenerme, sabré qué necesita ser encontrado, qué pieza falta por encajar.

—Yo solo puedo contarte una parte —aquel dato agrió la boca de mi estómago y secó mi boca—, el resto debes recordarlo tú. Quizá mi relato te ayude, quizá no. Pero yo también creo que todo concluirá donde empezó.

Solo así el pasado descansará para siempre, dejándonos en paz.

Con la decisión tomada, nos abrazamos frente al fuego, cada uno perdido en sus pensamientos.

Esparcí los míos sobre las llamas, dejándolos revolotear entre ellas.

Esperando quizá que su calor devorara mi inquietud, que su crepitar sofocara las alarmas que ya crecían insidiosas en mí, que su hechizo evadiera mi preocupación, al menos el tiempo suficiente para reforzar mi determinación.

—Todo saldrá bien —musitó Albert estrechándome contra sí—. Cuando te reencontré me prometí no volver a perderte. Y aquí, ante este fuego, juro que me enfrentaré a lo divino y lo humano hasta con la última fibra de mi ser, antes de permitir que te arranquen de mi lado. Antes fui un rudo vikingo, pero ahora, ahora soy un titán.

Cerré los ojos, sintiendo sus poderosos brazos ciñéndome contra su pecho.

Su apasionada promesa impregnaba el aire. Su imperecedero amor me atravesaba por entero, empapando con su magia cada célula de mi cuerpo, estremeciéndome con su intensidad.

Sonreí entre lágrimas.

No, nada podría ya con nosotros, ni la muerte, ni la vida, ni el destino. No, porque ese amor era ya demasiado poderoso.

Y supe en aquel preciso instante, a punto de dirigirnos hacia nuestro último y más vital viaje al pasado, que el reto al que nos enfrentaríamos quizá quebraría nuestras almas, pero jamás doblegaría nuestros corazones.

Aquel indomable y fiero vikingo que me había llevado de regreso a Toledo con los supervivientes de Skiringssal, que había preferido sacrificarse una y mil veces por mi felicidad, que había puesto su vida, su alma y su corazón a mi servicio, que había renacido para encontrarme, renovaba hoy su juramento con más vehemencia que entonces, convertido en un titán.

Aquella mujer de tres nombres que fui, que enfrentó su destino luchando denodadamente con uñas y dientes, que superó la adversidad y se creció ante ella, que necesitó dejar salir a un aguerrido lobo de su interior para sobrevivir y pelear por aquel amor que era la única razón de su existencia, debía dar su último aullido, el definitivo. Y lo haría.

Comenzaba una nueva aventura, en el pasado y en el presente, las dos últimas batallas que lidiaría. Una se libraría en mis recuerdos; la otra, en la realidad. Y, en los brazos del hombre que amaba, yo también me hice un juramento: vencería en ambas.

CONTINUARA