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Capítulo 79

Regreso al principio

Toledo, en la actualidad.

Pasear de nuevo por el casco antiguo de la ciudad, perseguida por el resonar de mis pasos en los adoquines e inmersa en aquel sabor añejo que destilaban las angostas callejuelas, me trasladó a otro siglo. Uno que dirigía mis pasos hacia una casa en particular.

De vez en cuando me detenía para admirar los relieves de pétreos blasones que mostraban orgullosos su linaje, remarcando con posesividad la hegemonía sobre aquellos muros. Familias de abolengo, rancias estirpes de nobleza ilustre, todavía susurraban su historia por los dentados resquicios de la piedra que me rodeaba. Casi sentía su aliento en mi piel y su poder mordiente en mi nuca, como si fueran ellos los que me observaran a mí.

Ascendí la calle de la mano de recuerdos atávicos, pero tan vívidos como los susurros admirativos de los turistas que me rodeaban. No obstante, a medida que me acercaba, la percepción de mi alrededor comenzó a amortiguarse paulatinamente, tornándose en un silencio pulsante del que comenzaron a aflorar sonidos más acordes con las construcciones que se alzaban imponentes en aquel laberíntico arrabal… El hueco resonar de cascos de monturas empezó a reverberar de manera espectral en los adoquines de la calzada. El rechinar metálico de los arneses erizó mi piel. El lejano tañido de las campanas de los templos o el susurrar de un castellano hosco y añejo mezclado con el susurro de telas rudas y el suave murmullo del cuero de las botas aceleraron mi pulso y detuvieron mis pasos.

Cerré los ojos y agité la cabeza, confundida y mareada por aquel maremágnum sensitivo que se alzaba atroz en mi mente. Por un angustioso instante, todo pareció dar vueltas en torno a mí. Jadeé y me apoyé en un muro de sillería, intentando regular mi respiración. Parpadeé repetidamente y el presente regresó, dejando atrás los ecos de un pasado empecinado en llevarme consigo desde que había regresado.

Albert y Amin llegarían al cabo de dos semanas para pasar las vacaciones estivales a mi lado, y en una hora tenía una reunión de trabajo con el equipo de arqueólogos y antropólogos encargados del hallazgo, la mayoría miembros de mi antiguo departamento. De hecho, me dirigía hacia allí cuando un fuerte impulso desvió mis pasos hacia el casco antiguo.

A pesar de que Albert había postergado su relato de lo que ocurrió a nuestra llegada a Toledo, la Tulaytulah del siglo IX, aquellos recuerdos enterrados pugnaban por salir, resquebrajando la corteza de mi mente como la grieta de un seísmo abriendo la Tierra. Oía susurros en sueños, vislumbraba imágenes difusas y un rotundo y pertinaz apremio zarandeándome. Sin embargo, algo dentro de mí se resguardaba de aquello, preso de un temor justificado. Algo en mi fuero interno contenía aquel torrente, resistiendo sus embates. Algo que me decía que no hurgara en el pasado. Quizá esa parte racional y prudente que, tras tantos tormentos sufridos, intentaba protegerme.

Pero ¿acaso se podía esquivar el destino? Yo bien sabía que no, pues, si lo intentaba, él vendría a mi encuentro una y otra vez, intentando robarme la paz de un presente maravilloso.

Cuando me recompuse lo suficiente para continuar, un cartel de hierro viejo sujeto a un muro de piedra y calado con unas letras me detuvo. CASA DE LOS MOZÁRABES, rezaba. Me encontraba en el callejón de Menores, frente a un alojamiento turístico bastante conocido y por el que había pasado multitud de veces sin que nada en aquel vetusto portalón jalonado de herrajes llamara anteriormente mi atención. No obstante, ahora sentía una sobrecogedora atracción por aquel lugar. Aquella inusitada familiaridad me golpeó como un bofetada, advirtiéndome de dónde me encontraba.

Aquello era lo que buscaban mis pasos en aquel desvío intencionado de mi subconsciente. Tragué saliva ante la contundente certeza de que aquel sitio era la casa donde crecí junto a mi madre, Maria, y mi ama de cría, Flora, en aquel latente pasado.

Suspiré profundamente.

Empujada por un incontenible impulso, abrí el portón y me adentré en un amplio y coqueto patio interior. Derramé la vista sobre las balconadas acristaladas bordeadas por marcos de madera oscura, sobre las columnas con capiteles talladas con motivos vegetales, sobre la hermosa yesería de los muros, la celosía de piedra que horadaba las paredes, la profusión de plantas que se iluminaban bajo el torrente de luz que llovía del techo, y lo que detuvo mis latidos fue el brocal de un pozo en el centro del patio.

Sabía que aquella casa noble databa del siglo XVI, donada a la Iglesia por su propietario al ingresar una de sus hijas en un convento y convertida en la sede de la hermandad de los caballeros mozárabes. También sabía que en el subsuelo de la casa había unas cuevas del siglo XIII, destinadas al cobijo de las bestias y a almacén de grano.

Pero en aquel momento supe que antes de eso, en el siglo IX, aquella casa y aquellas cavernas ya existían.

Caminé en actitud reverencial hacia aquel pozo de piedra, único vestigio del hogar que recordaba y que, rodeado de profusas macetas de aspidistra, presidía aquella cortina de luz proveniente de la enorme claraboya, como si un haz de luz divina lo destacara de su alrededor. Me detuve junto a él y acaricié su rugoso borde.

De pronto, un puñal clarividente me atravesó de parte a parte, robándome el aire de los pulmones. Gemí ante el fogonazo de escenas familiares que me sacudieron con implacable realismo, trastabillando hacia atrás…

Yo, sentada en el reborde de aquel pozo mientras mi madre, en su silla, bordaba y conversaba conmigo… Flora sacando agua para llenar un balde que Ahmed llevaría a la cocina… Mi tío Roberto persiguiéndome siendo niña en torno a aquel brocal, entre risas y juegos… Rashid junto a él, mirándome con esa fijeza que me estremecía… Patty y yo sacando agua del aljibe con el que comunicaba para refrescarnos en los tórridos veranos inmersas en nuestros juegos infantiles…, de noche, sentada bajo su cobijo, llorando la ausencia de un padre que creía muerto…

—¿Puedo ayudarla en algo?

Aquella voz se filtró entre la espesa bruma de la remembranza, deshilachándola paulatinamente.

Parpadeé confusa, todavía ebria del pasado.

—Yo… solo admiraba el patio… —atiné a responder.

—No se preocupe, esto es un alojamiento turístico, si lo desea puedo incluso mostrarle los apartamentos. Creo que tenemos uno vacío en la primera planta.

Sonreí al hombre que me observaba afable y cortés. Extendió su brazo en un invitador ademán en dirección a la escalera y se dirigió a ella. Yo lo seguí.

—Hoy no está Amaya, es la que lleva el hospedaje, ha tenido la insensatez de dejarme a mí al cargo.

Me guiñó un ojo cómplice para ratificar el tono sarcástico de sus palabras, y yo volví a sonreír.

Subí los peldaños agarrada a la baranda, mientras intentaba sin mucho éxito alejar el pasado a manotazos.

Me condujo a un pequeño apartamento, donde habían conseguido integrar a la perfección un mobiliario moderno con la recuperación de detalles arquitectónicos de siglos pasados en cada pared, logrando transportar al turista a ese encanto antiguo que rezumaba la ciudad de las tres culturas.

—Es precioso —murmuré, embebida en los muros de aparejo toledano y en la decorativa yesería que ornamentaba los dinteles.

Habían dejado al descubierto toda la mampostería del edificio original, confiriéndole ese sabor añejo tan característico. Sentí la necesidad de tocar aquellos ladrillos, pero me contuve por temor a volver a caer en el atrapante influjo de los recuerdos.

Mientras el hombre elogiaba el valor arquitectónico del edificio y su historia, yo combatía con el azote de la familiaridad más nostálgica.

Empecé a oír susurros, pasos correteando, risas sofocadas, el metálico cascabeleo apremiante de la campana que avisaba de las visitas, el bullicio típico de un hogar…, de mi hogar en aquel tiempo, y todo comenzó a dar vueltas a mi alrededor en un remolino oscuro que empezó a tragarme…

Cuando desperté me encontraba en la cama de aquel apartamento, con aquel hombre sentado junto a mí abanicándome con una revista.

—Menudo susto me ha dado…, estaba a punto de llamar a un médico.

—Yo… no sé qué me ha pasado.

—Quizá un bajón de azúcar, ¿ha desayunado esta mañana? —aventuró, escrutándome con mirada concentrada—. Le traeré algo de…

—No es necesario —interrumpí incorporándome—, se lo agradezco, pero he desayunado. Quizá sea la diferencia de temperatura con el exterior —argüí, ofreciéndole una explicación—. Hace un calor sofocante ahí fuera.

—Es cierto, Toledo es un horno en junio.

—Y en agosto una hoguera —repliqué.

El hombre rio y asintió agitando la cabeza.

—No es su primera visita, por lo que veo.

—No —me limité a contestar.

Se levantó y me ofreció la mano, pero me puse en pie sin aceptarla.

—Siento mucho el susto —me disculpé.

—Oh, no se preocupe, no todos los días se desmayan mujeres bonitas a mis pies. Al menos podré contar que una lo hizo, omitiendo el motivo, naturalmente.

Esta vez reí yo.

—Y yo podré decir que probé su alojamiento sin pagar.

—En tal caso, espero que usted sí diga el motivo.

Reímos de nuevo mientras nos dirigíamos a la puerta.

—¿Le gustaría ver las cuevas? —ofreció—. Hay una escalera de caracol directa en esta habitación que lleva a ellas. Aunque le advierto que la temperatura ahí abajo es bastante más baja.

—Espero sobrevivir —bromeé.

Me condujo a la escalinata de forja y descendimos hacia lo que parecía una sala de ocio y una especie de gimnasio con una mesa de billar al fondo.

En efecto, la temperatura había caído unos grados. El frescor de la piedra resultaba reparador.

—Un tentador refugio del calor —musité admirando los techos abovedados y las piedras irregulares que conformaban los muros. Habían convertido un sitio oscuro y húmedo en salas iluminadas con lámparas de led estratégicamente colocadas, amueblando con cómodos sofás y sillones donde poder leer o conversar disfrutando del aislamiento tanto térmico como acústico.

Me llevó a una abertura en un grueso muro y me dejó espacio para asomarme.

Abajo había una amplia pileta vacía. El antiguo aljibe.

—Barajamos la idea de convertirlo en una piscina, pero se nos iba de presupuesto. Además, la gente no viene precisamente a Toledo a bañarse. —Se encogió de hombros y agregó— No imaginaría la cantidad de objetos antiguos que encontramos durante la excavación, retirando escombros.

—¿Qué clase de objetos? —inquirí interesada.

—Enseres personales. La mayor parte la donamos a museos.

—¿No expone lo que decidieron conservar?

—No, forma parte de mi colección privada. Le aseguro que hay cosas de lo más variopintas.

Tuve la aguda sensación de que aquel hombre intentaba despertar mi curiosidad adrede.

—¿Como por ejemplo…?

—Abalorios, alguna prenda… cosas así, incluso un juego de llaves. Una en concreto es muy peculiar.

Sentí aflorar en mí un primigenio instinto de pertenencia.

—¿Están aquí? —pregunté con una sonrisa superflua.

—No, en mi casa, solo se las muestro a las amistades de más confianza.

—Entiendo —murmuré ocultando mi desencanto—. Tiene un alojamiento perfecto, señor…

—Diego —apostilló—, dejemos atrás el trato formal.

Me tendió la mano a modo de presentación y yo se la estreché.

—Candice.

Aquel nombre me sonó tan desconocido que sentí como si estuviera usurpando otra identidad. Solo que los más allegados me llamaba por su hipocorístico, Candy.

—Encantado.

Asentí con una sonrisa afable.

—Será mejor que me vaya, tengo una reunión de trabajo, has sido muy amable.

—Así que no eres una turista.

—No, no lo soy.

—Me alegra saber que con suerte tendré la ocasión de volver a verte.

—Si el mundo es un pañuelo, Toledo es el bordado del centro.

Diego asintió con una sonrisa.

—Un bordado hermoso y único —concretó orgulloso.

—Sin duda —coincidí—. Soy toledana, conozco cada puntada.

Me acompañó a la salida y volvió a tenderme la mano.

—No conocías los apartamentos; sin embargo, me ha parecido ver un extraño reconocimiento en tu forma de admirar la casa.

—Me recuerda a mi hogar de la infancia.

—Regresa cuando quieras entonces, mi ego siempre estará ávido de doncellas que se desvanecen ante mí.

Me guiñó socarrón el ojo y, tras una última sonrisa cordial, salí a la calle.

No di ni dos zancadas cuando vino a mi encuentro.

—Perdona, ¿cuál es tu apellido?

—White, ¿por qué?

—Para afinar la búsqueda en redes.

Abrí mucho los ojos y él sonrió tímido, encogiéndose de hombros.

—Ah, vale, y si no me encuentras busca a Albert Andrew , es mi marido.

Y me alejé calle abajo.

Pasear por el Centro de Conservación y Restauración de Castilla-La Mancha, mi antiguo lugar de trabajo, en la calle Cuesta del Cohete, me retrotrajo a recuerdos mucho más cercanos en el tiempo, adheridos a alguien a quien no esperaba volver a ver y que, sin embargo, acudía en aquel momento a mi mente…

Terry esperándome en la entrada tras concluir mi jornada laboral, y mis apasionados discursos sobre la recuperación de un artesonado en particular, o los materiales pictóricos sobre determinados lienzos o tablas, o el modo de tratar obras escultóricas en función de sus materiales lígneos o pétreos con policromías aplicadas, mientras él me rodeaba la cintura y me sonreía sin entender una sola palabra, pero feliz de ver mi entusiasmo.

Llamé a la puerta del despacho del coordinador de proyectos y abrí.

Dentro ya se encontraba mi antiguo equipo de trabajo.

—Hola, Candy. —Mi exjefe se adelantó para estrecharme la mano—. Es un placer volver a tenerte entre nosotros.

—Hola, Leonardo, el placer es mutuo.

Saludé más afablemente a dos compañeras con las que había tenido más cercanía y me presentaron a tres miembros que no conocía.

—Ellos son Álvaro, Miguel y Aurora.

Estreché más manos y compuse más sonrisas corteses.

—Parece que la frialdad nórdica te ha calado, Candice, nos has privado de los besos tradicionales —replicó Álvaro en tono jocoso.

—Espero no privaros del motivo que me ha traído de nuevo aquí —aduje estirando una sonrisa forzada.

Leo se acomodó las gafas de pasta sobre el puente de la nariz y me señaló un panel que había en la pared.

—Ese es el plano de la excavación.

Un plano a gran escala mostraba el lugar exacto del lecho del río de la Miel en Algeciras, donde habían encontrado el drakkar vikingo. A un lado habían clavado con chinchetas varias fotografías del terreno y de los diversos objetos que habían hallado los arqueólogos.

—Se ha encontrado también un ataúd en la bodega de la embarcación.

Abrí los ojos con asombro y fruncí a continuación del ceño.

—¿Un ataúd en un drakkar? Eso no tiene sentido alguno. Sus ritos funerarios son paganos —repuse con marcada extrañeza.

—Conocemos sobradamente los rituales de enterramiento nórdicos —apuntó Leonardo—. Ellos solían entregar a sus difuntos a las llamas para que los liberaran del yugo corporal y sus almas volaran hacia el Valhalla, junto a los objetos que los acompañaban. Pero eso no es lo más extraño de ese hallazgo.

Lo observé expectante, mientras sentía nacer en mí un agudo desasosiego.

—Lo más peculiar de todo no es eso —prosiguió regodeándose en mi atención— sino que el ataúd está sellado con cintones de hierro y tiene una especie de cerradura extraña, como si fuera un cofre gigante. En la tapa hay una tablilla clavada a la madera, grabada con runas nórdicas.

Fruncí el ceño concentrada en la foto que me señalaba en el margen inferior izquierdo del panel. Un ataúd recubierto de lodo había resistido los embates del tiempo todavía cobijando protector a su ocupante. Sentí un agudo escalofrío que apenas logré reprimir. Me abracé a mí misma, tragué saliva y me limité a asentir.

—El equipo de campo ha cavado una trinchera —agregó— drenando toda el agua del terreno con el fin de desenterrar el casco del drakkar y poder izarlo fuera de la zanja. Será un trabajo duro y minucioso, pero tengo la certeza de que este hallazgo aportará datos inéditos sobre la época, y sobre lo que les ocurrió a los tripulantes.

En ese momento pensé en el único hombre capaz de explicar con todo lujo de detalles lo que había ocurrido en aquel río.

—Tengo una curiosidad —comencé paseando mi mirada sobre los presentes hasta detenerla de nuevo en Leonardo, que alzó ligeramente la barbilla aguardando mi pregunta— ¿Por qué el proyecto os ha sido asignado? No está dentro de vuestra jurisdicción territorial.

—Nos han pedido colaboración. —Pareció pensar mejor su respuesta tras un gesto algo ambiguo y añadió— En realidad tengo un amigo en el Ayuntamiento de Algeciras que me contó el hallazgo y yo lo ofrecí a nuestro equipo. Aceptaron y ahora trabajamos juntos.

Evalué la satisfecha expresión de mi exjefe, descubriendo que lo que anhelaba de aquel descubrimiento era notoriedad y posiblemente conseguir traer a Toledo algunas de las piezas recuperadas.

—Es un hallazgo muy importante que seguramente tendrá mucha relevancia en la comunidad arqueológica —aseveré—. Desde el descubrimiento del drakkar de Oseberg, en 1904, el de Gokstad años antes, y creo que a mitad del siglo XX los barcos de Roskilde en Dinamarca, no se ha conseguido encontrar embarcaciones de la era vikinga tan bien conservadas, al parecer, y menos fuera de Escandinavia.

Entorné los ojos para escudriñar la foto de la excavación donde sobresalía ya la cubierta y se erguía altivo el fiero dragón tallado que hacía de mascarón de proa, como si una criatura inquietante husmeara sobre el túmulo de tierra dispuesta a salir a la superficie. De repente, un fulminante puñetazo de familiaridad me golpeó implacable y tuve que cerrar un instante los ojos para recomponerme. Bien era cierto que yo había viajado en embarcaciones como aquella, y que posiblemente aquel bien podía ser el drakkar que nos habían llevado desde Tonsberg a Sevilla en el siglo IX, pero justo eso imprimía en mí un regusto amargo que me desazonaba en extremo.

—Mañana saldremos todos para Algeciras. Ya está el equipo completo, he logrado reunir los mejores en cada área y espero que funcionemos como una maquinaria bien engrasada.

Nos observó a todos con una marcada expresión orgullosa en su faz.

Yo sentí que esa ola evocadora del pasado iba a seguir creciendo, hasta engullirme.

CONTINUARA