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Capítulo 80

Descubrimientos fúnebres.

El Parque Natural de los Alcornocales era un bosque denso, de profusa vegetación y abruptas gargantas rocosas de difícil acceso. Se extendía desde los valles al oeste de Ronda hasta las montañas calcáreas de la sierra de Grazalema.

Los suelos de arenisca, fuente de alimento de la vasta extensión de alcornocales, también amamantaban quejigos y robles andaluces en las zonas más húmedas, creando galerías boscosas que eran llamadas bosques de niebla, o canutos; más parecido a una exuberante selva tropical que a un bosque mediterráneo. Y esa densa bruma húmeda que flotaba inquietante entre los troncos, acariciando los frondosos helechos, le confería un misticismo reverencial. Si acaso aquello no fuese suficiente para crear una atmósfera mágica, las lianas de hiedra que pendían entre los árboles, las flores blancas del brezo, los espinos, el acebo, el prieto musgo que coronaba las rocas y ascendía por los troncos, ávido de su rocío, reforzaban la sensación de estar dentro de un cuento infantil, irreal y evocador.

El recorrido hasta el lugar de la excavación despertaba decenas de preguntas, que rondaban mi cabeza como abejas en torno a un panal. No alcanzaba a imaginar cómo un drakkar, incluso a pesar de su pequeño calado, había surcado aquel pedregoso río hasta la poza llamada la garganta del Capitán. Bien era cierto que en aquella época del año el caudal era menor, pero incluso en estación de lluvias, y barajando que en aquel siglo el caudal fuera bastante más abundante, no era un río precisamente navegable.

El acceso a la poza, formada por el arroyo Botafuegos, se encontraba en un lugar restringido para el que se necesitaba autorización. No obstante, la leyenda que pesaba sobre ella había sido el detonante de aquel hallazgo. El capitán que daba nombre a aquel paraje, Gabriel Moreno, fue un soldado que combatió en las guerras napoleónicas y que al regresar a España lideró un grupo de bandoleros famosos por requisar los botines de los ricos y repartirlo a los pobres, una especie de Robin Hood español.

Quiso el infortunio que en una de las primeras epidemias de cólera morbo que asoló Algeciras en el siglo XIX falleciera y fuera enterrado allí. Su lápida rezaba: «Aquí yace Gabriel Moreno, falleció el 13 de junio de 1834 a los 77 años de edad. R. I.

P.». Muchos lugareños pensaron que en aquella zona era donde el capitán escondía los tesoros robados, quedando aquella impronta en la rumorología popular, lo que animaba de vez en cuando a algún grupo de excursionistas, ávidos de aventuras, a explorar la poza y el terreno circundante. En esa ocasión, el grupo había buceado y excavado el cieno del fondo, topándose con una atemorizante cabeza zoomórfica tallada en madera, la de un dragón.

Afortunadamente habían dado parte al ayuntamiento y, a partir de ahí, se había activado el protocolo pertinente.

Que el enclave del drakkar estuviera inmerso en aquella poza no solo desorientaba a los expertos, sino que dificultaba la extracción del pecio.

Resultaba del todo imposible hacer llegar hasta allí la maquinaria necesaria para izarlo, con lo que el equipo de arqueólogos al cargo, además de verse forzados a utilizar técnicas más manuales para levantar una presa desviando el curso y drenar el terreno, calibraban la manera de ingeniar una grúa con diversas poleas para desenterrar el casco del fondo. Y aquello no era lo más complejo de todo. El gran reto al que se enfrentaban era el modo de trasladarlo al centro de restauración más cercano para comenzar su análisis y las labores de recuperación y conservación.

Ante mí se abría un enorme foso acotado por paneles de PVC ensamblados a modo de dique. Tras drenar toda el agua con potentes bombas de extracción se había iniciado el minucioso trabajo de excavación. El lodo convertía en farragoso el proceso.

—No alcanzo a imaginar cómo demonios acabó este drakkar aquí —musitó Álvaro frotando su mentón con expresión concentrada.

—Carece de mástiles y de velas y cobija un gran ataúd. Está claro que es un barco funerario —adujo Miguel— y que fue transportado hasta aquí fuera del agua, es inviable que navegara río arriba, y más con tramos tan pedregosos.

—¿No podemos hacer llegar hasta aquí nuestro equipo y ellos lograron en el siglo IX traer aquí un barco de veinte metros de eslora? —apuntó incrédula Aurora.

—Ese drakkar no tiene el tamaño estándar —intervine escudriñando con extrañeza las medidas de la embarcación que apenas asomaba del fondo, recubierta de una película de barro que se secaba al sol—. A lo sumo calculo que tendrá diez metros de eslora, quizá menos.

Los tres me dedicaron sendas miradas desconcertadas.

—No se tiene constancia de ningún tipo de que hayan existido drakkars tan pequeños —objetó Miguel—. La flota de Ragnarsson y Hastein la componían sesenta y dos barcos de guerra. Durante la huida normanda, dos drakkars vikingos fueron capturados por las tropas andalusíes que envió el emir, siendo utilizados para reconstruir la medina. Este barco no perteneció a esa flota.

La aseveración categórica de Miguel nos sumió en un silencio reflexivo que pendió sobre nosotros un largo instante mientras contemplábamos la excavación.

—Este barco se construyó en este lugar —dictaminó Manuel aproximándose a nosotros—, es la única explicación plausible. Fue creado única y exclusivamente como féretro, posiblemente para uno de los caudillos normandos que comandaron la flota.

—¿Insinúas que en el ataúd que hay en la bodega está el cuerpo de uno de los hijos de Ragnar Lodbrok? —inquirió boquiabierta Aurora.

—Es una de mis teorías, sí —afirmó con sonrisa lobuna.

—Pero eso… eso sería maravilloso. Acudiría prensa internacional y…

—Y obtendríamos una partida de presupuesto considerable para efectuar la restauración, además de contratos y proyectos del más alto nivel —añadió relamido.

Mientras todos conversaban exaltados acerca de la magnitud del proyecto, derramé mi mirada sobre la concurrida zona de trabajo. Varios hombres cavaban el contorno de la embarcación con extremo cuidado, llenando carretillas que otros vaciaban fuera del dique, otro grupo retiraba el barro de las tracas ennegrecidas con pequeñas rasquetas, y un par más se afanaba en la cubierta limpiando los maderos que la tachonaban.

Y, de repente, mientras observaba aquel pequeño drakkar, me atenazó un nudo en la garganta y una extraña y desazonadora opresión en el pecho. Sentí cómo me faltaba el aire y comencé a jadear.

Sobre mí se cernió un remolino de luces que eclipsó mi visión…

Trastabillé hacia atrás, me alejé unos pasos disimuladamente hasta lograr apoyarme en el rugoso tronco de un aliso, e intenté serenarme…, pero el remolino creció y mi alrededor comenzó a desdibujarse…

El bosque latía.

La noche amparaba sonidos inquietantes que mi agudizado oído intentaba identificar, mientras mis ojos escudriñaban la plateada penumbra. Nos perseguían. Podíamos oír ramas quebradas tras nosotros, el susurro hosco de hojas molestas por tan brusco despertar, el jadeo sofocado de hombres que se abrían camino entre el denso follaje, el alerta ulular de las lechuzas, y la opresiva atmósfera del peligro más latente vibraba a nuestro alrededor, acelerando nuestros pasos. Albert tomó mi mano, obligándome a alargar mis zancadas, guiándome a través de los gruesos alcornocales, siguiendo el rumor del río.

Llegamos a una pared rocosa y me ayudó a subir a ella. A continuación se encaramó con presteza a sus puntiagudas aristas y continuamos ascendiendo. El familiar sonido de una cascada enmudeció todo lo demás. Albert se detenía cada tanto para atisbar detrás de nosotros.

Después de un ligero asentimiento proseguíamos con renovada urgencia.

De pronto…, un silbido atravesó el aire y me encogí instintivamente.

Albert masculló una imprecación y se aproximó a mí, cubriéndome con su cuerpo. Las metálicas puntas de las flechas rebotaban en la pared de piedra caliza a la que nos aferrábamos. Permanecí inmóvil, elevando una plegaria al dios que quisiera escucharme, mientras el pulso latía desbocado en mi sien. Un gemido dolorido se mezcló con los afilados sonidos de una nueva lluvia de flechas. Voces apremiantes y exaltadas llegaron hasta nosotros… Apenas asimilaba que una de ellas había alcanzado a Albert y que estábamos atrapados cuando una apremiante orden susurrada me estrujó el pecho.

—Sigue subiendo…, yo los distraeré…

—¡No! —repliqué rotunda.

—No hay más alternativa, me desharé de ellos y te buscaré. Continúa río arriba —insistió tajante.

—Son demasiados… —balbuceé, luchando contra la angustia.

—Mi amor…, obedece…

Su tono suplicante me arrancó un sollozo roto. Negué con la cabeza, mientras mi mente buscaba alguna otra posibilidad.

—Estás herido…, no podrás con todos…

—He salido airoso de peores situaciones…, confía en mí.

Tenerlo adherido a mi espalda sin poder moverme, sin poder mirarlo a los ojos, sin poder besarlo ni enlazar mis manos a su nuca me rompía por dentro.

—Te encontraré —prometió.

Le temblaba la voz. Cerré los ojos y las lágrimas contenidas se desbordaron en un torrente irreprimible.

—No hay tiempo que perder —apremió. Su tono adquirió más firmeza, supe que no podría hacerle cambiar de opinión. Y, si no hacíamos nada, dispararían de nuevo sus arcos.

—¡Me rindo! —gritó Albert por encima de su hombro.

Luego acercó los labios a mi oído y susurró:

—Cuando comience el descenso, saltaré sobre ellos. Arriba hay una poza, sigue escalando la roca hasta llegar a una planicie, es el nacimiento del río, escóndete en las grutas que se abren allí.

—Te juro por los dioses que te arrancaré la piel a tiras si dejas que te maten —lo amenacé entre dientes.

Cada latido laceraba mi pecho. Mi miedo se trocó en furia, y la impotencia se diluyó en una fiera determinación.

Un amago de risa retumbó en su poderoso pecho, sacudiéndome ligeramente.

—Jamás osaría contrariar a una loba furiosa.

—Más te vale…

—Vamos… —urgió, depositando un beso en mi cuello y un «te amo» rasgado en mi oído.

Comenzó a deslizarse hacia abajo, el frío de la noche ocupó su lugar…

… Parpadeé aturdida.

Exhalé un gemido entrecortado y cerré los ojos absolutamente conmocionada.

Las yemas de mis dedos se adhirieron al tronco del aliso; me temblaban las rodillas. La aspereza de su tacto, el martilleo de la excavación y la borrosa visón de las altas poleas comenzaron a devolverme progresivamente a la realidad.

Respiré hondo intentando acompasar mis latidos. Como temía, el pasado regresaba imperioso, y aquel flashback había sido tan abrumadoramente real que me había arrancado de cuajo del presente, con inquietante facilidad.

En mí aún prevalecían las sensaciones de angustia, miedo e incertidumbre.

Al menos, no había vuelto a desvanecerme.

—Candice.

De nuevo, mi nombre sonó extraño, al igual que aquel rostro y aquel familiar paraje, vilmente ultrajado por el hombre moderno.

Leonardo se acercó a mí con el ceño fruncido en un rictus preocupado.

—¿Te encuentras bien?

Asentí dibujando una sonrisa trémula y forzada.

—Pues no lo parece, estás más pálida que los esqueletos que espero encontrar.

Mi sonrisa se estiró, todavía más rígida y antinatural.

—Solo me he mareado, pero ya estoy perfectamente.

El hombre pareció aliviado y, tras una sonrisa paternalista, me invitó con gestos a seguirlo.

—Hemos pensado en instalar un campamento en aquel claro. —Señaló el lugar mientras caminaba hacia la excavación.

Avanzó inmerso en una perorata entusiasta sobre el hallazgo, mientras yo lo seguía todavía atrapada en las pegajosas guedejas de aquel nebuloso pasado.

Sentí la imperiosa necesidad de llamar a Albert y oír su voz, y ya rebuscaba en mi bolsillo el teléfono cuando un grito me sobresaltó.

Nos volvimos hacia el lugar de la excavación, donde se arremolinaban varios trabajadores justo en el borde del foso.

Leonardo se dirigió apresurado hacia allí estirando el cuello y envarando la espalda como un sabueso que olisqueara un rastro.

Cuando llegué a su lado contemplé con estupor cómo un grupo de trabajadores intentaban izar con las manos un gran madero para liberar la maltrecha pierna de un hombre.

—¡Joder!, se ha roto una de las garruchas —exclamó Miguel en tono crispado, pasando ansioso las manos por su pelo.

Señaló la quebrada unión de dos ruedas en un perfil metálico.

Al partirse la pieza, el tronco al que estaba unida se había desplomado sobre el equipo de trabajo.

La rudimentaria y precipitada construcción de las grúas se estaba cobrando su primer incidente.

Observé que la pieza que habían intentado izar era el ataúd. Posar mis ojos sobre aquel féretro erizaba mi piel y constreñía mi pecho.

—Al menos no ha habido daños aparentes —musitó soltando el aire contenido.

Resultó esclarecedor comprobar dónde moraba su única preocupación. Lo contemplé reprobadora. Fue fácil apreciar la expresión de un hombre completamente absorbido por su propia ambición. Aquel era el proyecto de su vida, y una pierna rota no lo detendría.

—Creo que el hombre que aúlla ahí abajo no piensa lo mismo —apunté incisiva.

Leonardo me miró molesto frunciendo el entrecejo.

—El trabajo en exteriores implica un riesgo —recordó a la defensiva—, y más en condiciones tan adversas e improvisando la construcción de grúas.

Pero si los egipcios levantaron las pirámides, este pequeño drakkar debería ser pan comido para nosotros.

Omití mencionar la cantidad de hombres que habían muerto en aquella empresa solo por el capricho de un faraón y me limité a descender por la escalerilla acoplada en el dique de contención para ofrecer mi ayuda.

Ya lo habían liberado cuando llegué, y, por lo que pude apreciar, era una fractura abierta con escalofriante aspecto.

Por fortuna, había dos sanitarios en el equipo y se hicieron cargo de los primeros auxilios. A mi izquierda, el ataúd descansaba sobre un montículo de tierra, ligeramente inclinado. Una fuerza inexplicable me atrajo hacia él.

Me agaché, entregándome al irrefrenable impulso de acariciar aquella madera ajada y cuarteada por cuajarones de barro seco.

Cerré los ojos ante la punzada que atravesó mi pecho y retiré la mano como si de pronto el contacto quemara. Una ominosa sensación se estableció en lo más profundo de mi ser, y aquella inicial atracción repentinamente se transformó en agudo rechazo.

Me erguí y mis ojos se posaron en la tablilla clavada en la tapa. Pude identificar algunas runas, otras estaban cubiertas por el barro. Fijé mi atención en una en particular, Laguz, la runa del agua, la que instaba a fluir con el devenir de las cosas sin luchar contra la corriente. La que aconsejaba dejarse llevar por las intuiciones, por el destino. La que evocaba también un poder de conexión emocional que va más allá de la muerte.

La garra que había prensado mi corazón apenas un segundo antes clavó sus afiladas uñas con más saña. Me doblé ligeramente, exhalando un gemido dolorido. Posé la mano en mi pecho y un sudor frío perló mi frente. Supe al punto a quién pertenecían los huesos que descansaban en su interior.

Me aparté trastabillando con el pulso repiqueteando irregular en mi sien.

Salí de la excavación como si me persiguiera la misma muerte.

Jadeando, me refugié en el pinar donde habían empezado a instalar el campamento y, trémula, rebusqué en mi bolsillo.

Saqué el móvil y pulsé sobre «Favoritos», seleccionando el primer contacto.

Aguardé ansiosa, tragando saliva y con el corazón desbocado.

Al tercer tono, una voz grave derramó sobre mí un manto consolador.

—Cariño…

Esa sola palabra me provocó ganas de llorar.

Intenté destrabar el nudo que atenazaba mi garganta antes de que se me quebrara la voz.

—¿Estás bien? —inquirió Albert en tono preocupado.

—Sí… —respondí tomando aire—. Bueno, en realidad, no —confesé sobrecogida.

—¿Qué ocurre? —preguntó con voz estirada.

—Ocurre que acabo de tocar tu ataúd.

CONTINUARA

Hola, mil gracias por sus comentarios y condolencias, aquí con el segundo capítulo de la tercera novela de esta trilogía y la verdad no quiero parar de leer . un abrazo y seguiré hasta donde pueda ya que mañana estaré ocupadisima .

Aby.