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Capítulo 81
Mensajes de ultratumba.
Hubo un silencio largo y tenso que confirmó mi intuición.
—Albert…, el pasado regresa a por mí.
—¡No lo voy a permitir! —exclamó rotundo.
—He… he revivido una persecución en este lugar… Tú… —tragué saliva— tú te lanzabas contra nuestros perseguidores para protegerme. Y yo debía esperarte en una gruta río arriba.
Otro silencio.
—Albert…, necesito recordar. Debo anticiparme a lo que el pasado me tenga preparado. Porque… sé que algo quiere de mí.
—Cogeré el primer vuelo que encuentre y te lo contaré todo, será mejor que Amin se quede aquí. Pero, mientras tanto, evita acercarte al… pasado.
—No puedo dejar la excavación, me comprometí a…
—Puedes y lo harás, ¿entendido? —interrumpió determinante— Prométeme que te alejarás de ese lugar.
—Hay… una tablilla clavada en tu féretro. Tengo la sensación de que esconde un mensaje.
—Prométemelo —insistió tenaz.
—Te lo prometo, pero adelántame algo. La curiosidad es más poderosa que la cautela.
Lo oí resoplar y pude imaginar la dura expresión que en esos momentos debía de tensar sus facciones.
—Ese mensaje… lo cincelaste tú, antes de…
Aquella pausa despertó un amargor tan acerbo en mi garganta que tuve que tragar saliva varias veces para lograr evaporar aquel malestar.
—Siento que debo hacer algo —proferí angustiada—, pero no sé qué. Y solo podré actuar en consecuencia si recuerdo de nuevo aquella otra parte de nuestro pasado. La vuelta a mis orígenes. Y para eso te necesito a ti.
—Juntos, mi amor —musitó suavizando su tono, aunque no logró ocultar un leve matiz temeroso—, regresaremos juntos. Pero has de esperarme y ponerte a salvo mientras llego. Dejaré a Amin con Karen, ¿te parece bien?
—Claro, Amin adora a Fátima.
Mis labios se curvaron al recordar la carita de la hija de Karen y Yusuf.
Apenas tenía cinco años y era una belleza morena con la chispeante picardía de su madre y la penetrante mirada de su padre.
Tras despedirnos, comencé a preguntarme cómo podría mantenerme alejada de un pasado que tendía sus sinuosos brazos hacia mí de manera tan persistente. No podía abandonar al equipo, y aquel lugar estaba plagado de reminiscencias que despertaban mi subconsciente, iluminando los adormecidos archivos akásicos, donde moraba aquella otra vida.
Miré a mi alrededor sintiendo aquella ominosa familiaridad que aumentaba cada minuto que pasaba. Sin embargo, también crecían la inquietud, la incertidumbre y la impaciencia, acompañadas de un ingrediente desazonador: el patente temor de Albert al respecto. Fuera lo que fuese lo que necesitara saber, le resultaba angustioso y le preocupaba. Y esa certeza me angustiaba.
Pero yo mejor que nadie sabía que solo existía un medio para alejar los miedos, y era enfrentándolos. Y que, por mucho que se quisiera huir del destino, este siempre acababa alcanzándonos.
Cerré los ojos y respiré hondo. El fragante aroma de los alcornocales, de la retama y del brezo me inundaron, y, de repente, otro olor, más acre y picante, me hizo abrirlos alarmada. Giré sobre mí esperando encontrarme rodeada de llamas, no obstante, solo me saludó la quietud del bosque.
Aquel condenado olor no únicamente no se evaporó, sino que se agudizó.
Comencé a trazar círculos en busca de restos de alguna fogata recién apagada, o quizá del inicio de algún incendio accidental, pero no hallé señal alguna que lo justificara.
Me encogí de hombros e intenté racionalizar aquello, aunque todo indicaba que aquel aroma de hoguera pertenecía a un parpadeante recuerdo adormecido. No, me dije, no sería fácil mantener a raya al pasado.
Aquella noche desperté sobresaltada.
Aquel intenso olor regresó acompañado de un crepitar tan vívido que me aceleró el corazón. Me pareció ver un parpadeante resplandor a través de la fina lona de la tienda. Mi pulso se aceleró y me incorporé alarmada.
Me froté los ojos y parpadeé repetidamente.
Un grito me envaró perfilando de realidad lo que creí imaginado.
Salí de la tienda precipitadamente para contemplar con estupor cómo una llama alta y ondulante rompía la negrura de la noche como un relámpago en medio de una tormenta.
Corrí hacia la hondonada de la excavación para comprobar angustiada cómo ardía la cubierta del drakkar. Un grupo de operarios se arremolinaban en torno al fuego. Habían formado una cadena y se pasaban cubos de agua que derramaban sobre las llamas. Descendí la escalera y me uní a ellos.
Al cabo, el fuego se apagó, y un penetrante aroma a madera carbonizada se extendió en volutas de humo azulado.
—¿Qué cojones ha ocurrido aquí? —bramó Leo, clavando su ceñuda mirada en la maltrecha cubierta para pasearla, acto seguido, sobre el equipo.
Miguel y Álvaro se encogieron de hombros, negando con la cabeza.
—Abriré una investigación, porque no hay duda alguna de que ha sido intencionado —amenazó con dureza.
Un carraspeo a mi espalda atrajo la feroz mirada de Manuel hacia una mujer que en aquel momento se adelantaba dirigiéndose al drakkar.
Aurora amusgó los ojos componiendo un gesto reflexivo y se paseó por el perímetro que circundaba la embarcación señalando con la punta del pie a la posible culpable.
—A menudo, lo más sencillo suele ser la respuesta al más enrevesado enigma —adujo agachándose para atrapar en sus dedos una colilla arrugada.
Los ojos de Leonardo se agrandaron en una mezcla explosiva de asombro y furia.
—¡No se puede fumar en el lugar de la excavación, por el amor de Dios! —exclamó vociferante.
Derramó una mirada letal sobre todos nosotros mientras apretaba los puños con absoluta ofuscación.
—No pienso tolerar una negligencia más —advirtió severo—. Mañana requisaré todo el tabaco, y el que no pueda aguantar sin fumar que presente su dimisión. Además, estamos en un paraje protegido, joder, si hasta podría ir a la cárcel por eso.
A continuación, suspiró pesadamente y lanzó una mirada preocupada hacia el drakkar.
—Doce siglos protegida por los elementos, y un puto día para que la acción del hombre esté a punto de extinguir una reliquia tan valiosa.
Aurora se colocó a mi lado y se inclinó ligeramente para susurrarme al oído:
—Mucho está tardando Dios en mandar otro diluvio.
La miré sin entender, hasta que Leonardo musitó contrito:
—Mucho está tardando Dios en mandar otro diluvio.
Esbocé una ligera sonrisa que estrangulé lo más rápido que pude.
Sin duda sus broncas seguían un patrón similar.
Y, mientras el jefe de la excavación continuaba su diatriba acerca de las extremas precauciones necesarias en tan delicado proyecto y sobre la supuesta profesionalidad de todo el equipo, un desazonador pensamiento relumbró en mi cabeza.
¿Y si el intenso olor a quemado que me había asaltado por la tarde no era un simple recuerdo adormecido? ¿Y si era un aviso? ¿Una especie de premonición? Resultaba sospechosamente casual que poco después se hubiera materializado el fuego que había penetrado mis sentidos horas antes.
Y si había dejado de creer en algo era en las casualidades.
Tras aleccionar al personal ajeno al equipo, la mayoría operarios del Ayuntamiento de Algeciras, sobre los muchos peligros de un simple descuido, Leonardo dio por terminada su reprobadora perorata y todos caminamos somnolientos a nuestras respectivas tiendas.
—¿Un pitillo antes de dormir? —bromeó Aurora tras guiñarme un ojo.
—Cuando quiera que me crucifiquen contra un árbol, sí.
Ella sofocó una risotada y se dirigió a su tienda, que se encontraba junto a la mía.
Antes de perderse en su interior, se detuvo y me miró.
—Es el proyecto de su vida —resaltó con gesto extraño, casi introspectivo—. Si tiene que sacar el látigo y fustigarnos, lo hará. O sacamos pronto ese condenado drakkar de ahí o nos amotinaremos para lanzarlo a la poza.
Quiso imprimir sorna a sus palabras, pero no terminó de conseguirlo.
Forcé una sonrisa que tampoco supe si podía tildarse de tal.
Aurora desapareció tras la lona y yo me introduje en mi tienda.
Tuve la aguda sensación de que existía una cierta intimidad o confianza entre ella y Leo. Y no solo eso, sino también un deje resentido en los sarcasmos de Aurora.
Me tumbé sobre la fina colchoneta y cerré los ojos.
Pero, en lugar de negrura, solo vi llamas.
Los días posteriores, el trabajo continuó con absoluta normalidad. El pequeño drakkar emergía del fondo enlodado y el equipo de expertos replicaba la ornamentación que iba quedando a la vista en minuciosos bocetos en papel, para analizarla e interpretarla. Yo me encargaba de lo segundo, además de contrastar la información que íbamos obteniendo con fuentes diversas, a pesar de que la mía era la más fidedigna posible, dado que había vivido entre ellos. No obstante, aquello no podía figurar en ningún informe técnico, como era natural.
En efecto, no era un drakkar navegable, sino un féretro, como los sarcófagos egipcios que contenían a las momias de los faraones, repleto de mensajes rúnicos sobre la eternidad del Valhalla y regalos para las valquirias que acompañaran las almas de los que allí moraban hasta el banquete con Odín, en el Asgard.
Lo que realmente me intrigaba y desazonaba era el peculiar ataúd.
Jamás había visto nada parecido, ni existía constancia escrita de algo similar en la cultura escandinava. Consulté tanto fuentes primarias (como las controvertidas sagas nórdicas, incluso poemas éddicos o escáldicos, además de referencias sobre rituales funerarios y leyendas mitológicas) como secundarias, sin encontrar ni una ligera aproximación a aquel extraño ataúd encriptado.
De hecho, el solo enclave de aquel drakkar fúnebre ya rebatía todas las teorías sobre rituales funerarios. Los vikingos creían en la vida después de la muerte. Para ellos el reino de los muertos empezaba donde acababa el mar, ya que creían que la Tierra era plana. Por eso depositaban los cuerpos en barcos a la deriva que luego incendiaban con flechas, para que las cenizas fueran arrastradas por las corrientes hacia esa otra vida. A ningún nórdico de aquella época se le habría pasado por la cabeza…
De pronto, un flash clarividente iluminó mi cabeza.
La embarcación había sido hundida a propósito para que descansara en el lecho de una poza, privando intencionadamente a su ocupante del paraíso que anhelaba todo guerrero, condenando a su espíritu a vagar errante por toda la eternidad.
Un escalofrío recorrió mi espina dorsal.
Si eran los restos de Albert los que reposaban en aquel ataúd y yo la que había cincelado la tablilla…, Dios santo, había sido yo la culpable.
Sentí una garra helada prensando mi pecho, me faltó el aliento y proferí una especie de gruñido estrangulado.
Salí de la tienda principal, donde se reunía el equipo y donde yo tenía un rudimentario despacho, y me dirigí angustiada hacia la tienda en la que se guardaban los hallazgos recuperados.
Cuando aparté la lona mi mirada se clavó en el ataúd, que reposaba sobre unas crucetas de madera para elevarlo del suelo, y, envuelto en plásticos, casi parecía respirar con vida propia.
Me acerqué sintiendo cómo aquella ominosa sensación crecía agarrotando mis miembros y me encontré luchando para poder dar un paso tras otro.
Frente a él, mi pulso se aceleró, el solo acto de alargar la mano para apartar el plástico supuso un esfuerzo penoso.
Respiré hondo, decidida a descifrar aquella tablilla, pues estaba segura de que todas las respuestas estaban en ella.
Parte del grabado continuaba oculto por el barro, y, aferrada a mi firme determinación, saqué del bolsillo de mi chaleco la pequeña rasqueta que solía usar para detalles delicados y comencé a vaciar las hendiduras cuidadosamente. Con una brocha iba eliminando los restos de lodo seco, para continuar limpiando cada trazo. Me concentré minuciosa en aquella labor, evitando pensar en las consecuencias de aquel descubrimiento, pues no cabía duda de que lo que sucedió en aquel tiempo reclamaba su pago en este.
Una vez terminado el trabajo, miré anonadada los símbolos rúnicos.
Saqué mi bloc de notas y copié el mensaje. Sin embargo, algo absolutamente inusual captó mi atención. No reconocí la mayoría de aquellos símbolos; parecían paganos, quizá celtas, pero no logré identificarlos. Los dibujé todo lo fidedignamente que pude y me dispuse a marcharme. O, al menos, esa era mi intención antes de sucumbir al impulso de volver a acariciar con la yema de los dedos las inscripciones de la tablilla.
Otro escalofrío, esta vez más acerbo que el anterior, me estremeció.
Aparté rauda la mano y salí atropelladamente de la tienda para toparme de bruces con Aurora.
—Ey, parece que hayas visto a un fantasma. ¿Acaso se ha abierto misteriosamente ese condenado ataúd?
—No, solo andaba distraída.
La mujer clavó su oscura mirada en el bloc que llevaba en la mano.
—No te molestes en descifrarlo: Leo romperá los cintones de hierro y forzará la cerradura para abrirlo en cuanto lo llevemos al taller de restauración.
—No me parece ético, y no voy a permitir que se maltraten así hallazgos tan importantes sin intentar antes usar métodos menos invasivos.
Aurora se retiró un mechón castaño tras la oreja y se encogió de hombros.
—Pues me temo que tienes de tiempo hasta que desencajemos el drakkar del fondo y se traslade todo a Toledo. Leo está ávido de titulares, es como un perrito desenterrando un hueso para mostrarlo orgulloso.
Su burlesca desidia me indignó.
—¿Hace mucho que te dejó? —aventuré mordaz.
Los oscuros ojos de Aurora se agrandaron con asombro, para lanzar chispas indignadas a continuación. Había dado en el blanco.
—Ocúpate de tus asuntos —graznó ceñuda mirándome amenazante.
Giró sobre sus talones y se perdió entre los alcornocales.
Lamenté al punto mi impertinencia; lo último que necesitaba era crearme problemas con mis compañeros. Además, no conocía la historia que había detrás de ellos ni sabía si el ácido resentimiento de Aurora estaba o no justificado o si quizá era tan solo un escudo con el que se protegía del dolor.
Me sentí mal conmigo misma, y, aunque tuve el impulso de seguirla para disculparme, supe que no era el momento.
Respiré hondo y me encaminé hacia la tienda principal. Allí encontré a Leonardo conversando con Álvaro frente a un mapa de la zona extendido sobre la mesa. Parecían buscar la ruta más factible para el traslado del pecio.
Ambos se volvieron hacia mí dedicándome una sonrisa cordial. Leonardo me alentó a aproximarme con un leve movimiento de la barbilla.
Dejé el bloc junto a la mesa en la que reposaba mi portátil y me acerqué a la del fondo.
—El traslado supondrá todo un reto —vaticinó contrariado el jefe del equipo—. Si el río no fuera tan accidentado en algunos tramos, sería la mejor opción; eso nos obliga a trasladarlo por tierra, y, aun así, nos toparemos con escollos en el relieve. Por fortuna, el drakkar es pequeño, en caso contrario nos habría obligado a seccionarlo.
—Aun así —intervino Álvaro—, es imprescindible un cuidadoso embalaje de seguridad.
—Eso sin duda —aseveró—, y un método de desplazamiento tan rudimentario como efectivo. No puedo confiar únicamente en la fuerza física y la compenetración del equipo en los ascensos por los peñascos.
Necesitaremos casi un equipo de escalada para portear la embarcación y el féretro.
—Pues deberíamos pedirlo ya —opinó Leonardo con un deje impaciente.
En aquel instante, aquella sensación insidiosa regresó prensando la boca de mi estómago.
—¿Cuántos días de trabajo calculáis que quedan para la extracción?
Ambos hombres me miraron reflexivos.
—A lo sumo, una semana —respondió Leonardo—, contando que debemos dejar este lugar como lo encontramos. Además de la extracción y la recolección de objetos tanto dentro como fuera del drakkar para su posterior análisis, hay que derruir la presa y retirar todo vestigio de nuestro paso.
—Quizá si seguimos excavando aparezcan más objetos —aventuré imprimiendo en mi voz un entusiasmo que anhelaba contagiar—; de hecho, es lo más factible, y no solo en la poza, está claro que en este lugar hubo un asentamiento vikingo.
El marcado entrecejo de Leonardo evidenció su vacilación sobre mi propuesta.
Algo en mí me impelía a postergar el traslado. Era como si me negara a que nadie más que yo indagara en mi pasado, como si ese momento fuera tan crucial y relevante en mi historia con Albert que la intervención de terceros pudiera ensuciar o alterar la revelación que aguardaba palpitante en el interior de aquel ataúd.
Resultó evidente que la impaciencia de ambos hombres por tener noticias mediáticas que dar pugnaba contra la ambición por encontrar más hallazgos, en una batalla que se libraba en el silencio de sus mentes, brillando en sus miradas con una semejanza tal que parecían hermanos.
—Llevas toda la razón, Candy —aprobó por fin Leonardo; sus pequeños ojos azules refulgieron codiciosos—, quizá este lugar sea un filón arqueológico sin precedentes. Pondré a un equipo extra a explorar la zona colindante y otro para dragar el lecho de la poza de manera más exhaustiva mientras seguimos desenterrando el drakkar. De ese modo no perderemos más tiempo.
—¡Qué buena idea simultanear el trabajo de campo! —alabó Álvaro.
En aquel instante reconocí en él al típico aprendiz petulante y condescendiente que solo busca agradar al jefe por encima de todo. Debía tener cuidado con él, me dije, además de con Aurora.
De repente reparé en un detalle más acorde con mi otra vida que con esta: el hecho de juzgar con rapidez el carácter de los demás. Quizá a la ligera y seguramente de manera injusta, pero aquella peculiaridad era un rasgo distintivo de Freya, de quien fui. Pues, si algo resultaba vital en aquella dura época, era conocer el entorno y la gente que me rodeaba. Entre el instinto y la observación, debía intentar adivinar si era sensato o no dar la espalda a según qué tipos. Y ahora, por algún extraño motivo, sentía la necesidad de conocer cuanto antes a mis compañeros de equipo.
Reanudaron su conversación sobre el mapa y yo aproveché para dirigirme a mi improvisado despacho, impaciente por interpretar los símbolos de la inscripción.
Encendí mi MacBook Air de once pulgadas, mientras hacía una foto con mi móvil a los dibujos que había hecho en mi bloc para subirla al navegador.
El buscador de imágenes de Google podía agilizarme el trabajo. Y tiempo era algo que no me sobraba, a tenor de la impaciencia de mis colegas.
Aquellos trazos parecían simples barras torcidas y similares entre ellas con algunas pequeñas variaciones que las unían por arriba o que brotaban oblicuas como la rama en un tronco.
Algunas guardaban cierta similitud con caracteres rúnicos, que quizá un ojo profano podría haber confundido. Recé por que Google fuera lo suficientemente avispado. Inspiré hondo y, tras subir la foto, aguardé ansiosa la respuesta.
Al momento comenzaron a aparecer imágenes similares, entre ellas también estaba el alfabeto rúnico. Pero mis ojos se clavaron en la foto de una piedra plagada de inscripciones exactas a las que yo había garabateado en el bloc todo lo fidedignamente que había podido. Alterné la vista entre los signos que había dibujado y aquella imagen en la pantalla, comprobando que, en efecto, eran exactos.
Pinché en la imagen, y me llevó a una página en particular. Cogí el bolígrafo que tenía enganchado en las anillas del bloc de notas y comencé a hacer rápidas anotaciones.
Aquel alfabeto aparentemente simplista era celta, como había supuesto.
Pero tenía una llamativa peculiaridad: en realidad, se trataba de un lenguaje secreto sagrado utilizado por los antiguos druidas, llamado ogham, que se había utilizado del siglo III al VI después de Cristo. Al parecer, una modalidad consistía en asociar las hojas de ciertos árboles con las letras, formando de ese modo un idioma mágico y alegórico, usado por los ancestrales mystes o iniciados, para encantamientos musicales. Los druidas habían creado una manera de perpetuar sus hechizos por medio de signos mágicos grabados en la madera o en la piedra.
Sentí un escalofrío y tuve la necesidad de respirar hondo antes de seguir leyendo.
La etimología del dialecto sagrado provenía de Ogma, el dios celta de la literatura y la elocuencia y protector del conocimiento. El sistema de escritura era alfabético y el sentido, de abajo arriba. Constaba de veinte letras formadas por líneas rectas y diagonales compuestas por un número variable entre uno y cinco. Estaba claro que era un lenguaje críptico.
Cuanto más leía, más se me cerraba la boca del estómago.
¡Por Dios santo! ¿Druidas? No era posible.
¿Qué demonios había ocurrido para que esa tablilla repleta de hechizos celtas sellara la tumba de Albert?
Y, para culminar el atropello de inquietudes, ¿de dónde habían salido los celtas? Y aquella pregunta disparó mi curiosidad.
Comencé a buscar en la red vestigios celtas en el sur de la península ibérica.
Y aunque, en efecto, había habido asentamientos celtas en lo que fue denominado como la región de Beturia, eran poblaciones prerromanas que incluso dejaron su huella en Gadir, la actual Cádiz, pero muchos años antes de Cristo. La época no era coincidente, y la posibilidad de que un pequeño núcleo celta hubiera sobrevivido hasta el siglo IX era ínfima, pero aquella tablilla demostraba que o bien alguien versado en aquella cultura y, más concretamente, en el druidismo había vivido en aquel tiempo, o bien, en efecto, un pequeño grupo celta se había asentado allí.
Ahora mi prioridad era conocer el mensaje inscrito en aquel pedazo de madera.
Me centré en mi búsqueda en la red. Tomé el bolígrafo y me dediqué a traducir cada signo, constatando su significado en varias páginas. Aun así, consultaría varios tomos específicos sobre la cultura celta y ese alfabeto.
Debía ser todo lo rigurosa que fuera necesario para interpretar fidedignamente aquel mensaje.
Fijé mi atención en dos recuadros en particular y comencé a replicar en el bloc las figuras y su traducción. En uno se mostraba el significado de los trazos en vertical y en el otro, en horizontal. Con aquellas dos plantillas, comencé a trasladar consonantes y vocales bajo cada línea, según su orientación.
Cuando hube acabado, y siguiendo la dirección del alfabeto en cuestión, transcribí el mensaje en una hoja aparte. Miré confusa el resultado, pues uno de aquellos trazos correspondía a dos consonantes, concretamente, «ng».
Estudié con atención los signos, los había dibujado en vertical, tal cual estaban en la tablilla. Eran cinco líneas, llamadas druinn, con sus trazos en diferentes direcciones y en distinta cantidad, y el primer problema que se me planteó fue cómo ordenar aquello. Suspiré pesadamente y proseguí buscando páginas sobre el tema. De repente, una imagen llamó mi atención: la ilustración de una mano con grabados ogham en cada uno de los dedos. Miré alternativamente mi dibujo y aquella imagen y comprendí que seguían el mismo patrón.
Fruncí concentrada el ceño, leyendo toda la información al respecto.
Resultó que cada trazo no solo equivalía a una letra, sino también al nombre celta de un árbol en particular, y no solo eso, sino que este, a su vez, iba unido a un significado simbólico. Y, de pronto, una cuestión refulgió intermitente en mi cabeza como la marquesina de un hostal decrépito: ¿de qué madera estaba hecho el ataúd? Aquel destello dio paso a otro: ¿tendría relación con el significado del enigmático mensaje? Debería averiguarlo, quizá hubiera alguna relación.
Lo que tuve muy claro es que necesitaba la ayuda de un experto, posiblemente un paleógrafo. Seguramente Leonardo podría contactar con alguno.
Ya me encaminaba hacia él cuando un chirrido espeluznante, seguido de un sonido sordo, me detuvo en seco.
CONTINUARA
