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Capítulo 82

El frío abrazo del pasado.

Albert se arrellanó en su cómodo asiento en business, a bordo de un flamante Boeing 787 Dreamliner, de la compañía Norwegian.

Sus largas piernas y su corpulencia lo obligaban a viajar en esa clase, y, a pesar de la amplitud y la confortabilidad del sillón, se removía inquieto de un lado a otro.

Aunque la duración del vuelo apenas llegaba a las cuatro horas, no había podido dormir tranquilo desde la primera llamada de Freya. Aquel desasosiego había comenzado a roerlo por dentro, despertando en su mente un nombre de mujer: Frianda.

Se pasó ambas manos por su espeso cabello claro, alborotándolo. Algo en su interior parpadeaba como una luz de emergencia roja e insidiosa anunciándole un desastre inminente.

El rostro de Frianda se perfiló ante él con meridiana claridad.

Era el rostro de una druida celta. Pómulos altos y marcados, piel fina de alabastro, cabello oscuro y lacio, ojos rasgados, tan grises y penetrantes como el filo de una espada, y una boca de labios finos, pero tocados con el poder de una sonrisa capaz de someter las más férreas voluntades masculinas. Era alta y delgada como un junco de río. Y, aunque no era una mujer hermosa como tal, subyacía en ella un magnetismo tan abrumador que subrayaba el poder de una personalidad atrayente y carismática.

O quizá fuera su voz, ese timbre grave y cadencioso que modulaba con notas sensuales y envolventes, capaz de anular el raciocinio de cualquier hombre. Fuera lo que fuese, Frianda había aparecido en sus vidas para sentenciar sus destinos. Todavía no sabía hasta qué punto.

Se masajeó suavemente el puente de la nariz. Un incipiente dolor comenzaba a instalarse en su cabeza, probablemente fruto del cansancio.

Cerró los ojos y visualizó el rostro de su hijo, Amin. De inmediato, una sonrisa afloró a sus labios. Recordó el sedoso tacto de su rubio cabello entre los dedos cuando lo había despeinado en un gesto afectuoso antes de su partida al aeropuerto. El brillo de sus hermosos ojos verdes, que tanto impresionaban a la gente que los veía por primera vez, y ese mohín travieso que se dibujaba en su rostro cuando se abría ante él una aventura nueva. Y es que pasar unos días con Yusuf y Karen, que tanto lo consentían, era en realidad un pasaporte al país de los caprichos.

Su sonrisa se estiró al recordar cómo la pequeña Fátima reía dichosa tirando de la mano de su nuevo compinche de trastadas.

Los imaginó correteando por los verdes prados, tan distintos en su exterior como iguales en su interior. A pesar de la diferencia de edad, cinco años, la afinidad y la conexión entre ellos los igualaba y los unía en una camaradería entrañable. Y, aunque Khaled era muy protector con Fátima, ella se envalentonaba contra todo aquel que tuviera la osadía de enfrentarla. De hecho, ella incluso se molestaba cuando él intervenía en su defensa.

Además de intrépida, era ingeniosa y le encantaba hacer reír con toda clase de ocurrencias. Khaled solía desternillarse con ella. Y, aunque le apasionaban los deportes y los practicaba con su grupo de amigos, siempre encontraba la ocasión para ir a verla.

Con la imagen de los niños en la cabeza, entró en una plácida duermevela mecida por el característico sonido opresivo de la presión en cabina y el murmullo de conversaciones entre pitidos de reportes de vuelo.

En algún momento de la noche, una fuerte turbulencia zarandeó el avión, y aquella brusca sacudida, en lugar de despejarlo, lo arrastró hacia aquel abismo que había comenzado a abrirse con la recepción de aquel correo electrónico.

Se estremeció ligeramente cuando notó cómo un abrazo frío lo llevaba muy lejos, a través de los siglos…

No había sido fácil.

Pero nada en sus vidas lo había sido nunca.

Regresar a Isbiliya camuflados como mercaderes mayus no los había librado de suspicacias, de vigilancia y de un sinfín de dificultades. Habían tenido que escapar de la guardia portuaria, disfrazados, atravesando buena parte del emirato como prófugos, viajando de noche y ocultándose de día.

Sus llamativas cabelleras y sus reveladoras estaturas sembraban el pánico cuando eran descubiertas. Las campanas tañían alborotadas avisando del peligro, las torres de vigías prendían sus antorchas y patrullas andalusíes seguían nuestros pasos. No, no fue fácil llegar a Tulaytulah.

Pero llegaron.

Y a una ciudad donde la comunidad mozárabe se había alzado contra sus invasores por culpa de los altos impuestos que debían satisfacer al emir por profesar su religión cristiana. Revueltas en las calles, ajusticiamientos públicos, persecuciones, detenciones, ira y miedo. El peor ambiente posible para la llegada de un reducido grupo de gigantes del norte. O eso creían.

Hasta que descubrieron que aquel clima tan tenso era la mejor distracción posible. El enfrentamiento era entre los opresores árabes y sus vasallos mozárabes. Un choque de religiones, cultura y poder. Un encono de libertad del oprimido, harto de someterse. Y, en medio de aquellos altercados, los hombres del norte, extraños pero pacíficos, aparentemente intrépidos mercaderes en busca de fortuna y relaciones comerciales, llegaron a la casa de doña Maria de Blanco y Villarejo.

No podría ni en mil vidas olvidar la expresión de aquella mujer menuda cuando bajó aquella escalera ante el grito afectado de su doncella Flora.

En efecto, no guardaba parecido alguno con la hija sobre la que se había abalanzado envuelta en llanto. Sin embargo, la similitud en cuanto a gestos era sorprendente. Reconoció tanto de ella en Freya que la sensación de familiaridad que lo asaltó lo hizo preguntarse si también Eyra y él habían compartido gestos, ya que la semejanza física tampoco había evidenciado el parentesco.

Pensar en su madre atrajo recuerdos dolorosos sobre su trágico final, que se esforzó por apartar cuando la gentil doña Maria posó su curiosa mirada en él.

Freya se apresuró a enlazarse a su brazo, y quizá fue eso lo que arrancó una tierna sonrisa en el rostro de la mujer. La presentación que hizo de él consiguió lo mismo en su boca.

—Madre, este es Albert, mi esposo y el hombre que amo más que a mí misma.

María de Blanco dulcificó sus claros ojos azules y estiró su brazo hacia él.

Albert bajó la cabeza en señal de respeto, inclinándose. Ella la tomó entonces entre sus manos y besó su frente, para su sorpresa.

—Bienvenido a tu casa, hijo mío.

Aquel apelativo constriñó su corazón apenas un instante. Se irguió y asintió esgrimiendo una sonrisa agradecida.

Saludó afable a todo el grupo: Hiram, Valdis, Jorund, Sigurd, Thorffin, Helga y su pequeño, al que revolvió el pelo y guiñó un ojo en actitud cariñosa.

Aquel día no solo fue conmovedor y entrañable, sino también difícil. Los hermanastros de Freya no compartieron la misma emoción por aquel reencuentro que ella. Por las miradas hostiles que les dirigieron, supo que las revueltas que gobernaban las calles toledanas también dominarían aquella casa.

Jamil era un año menor que Freya y estaba a punto de desposarse con una muchacha árabe de buena cuna. Said tenía dieciséis y ansiaba convertirse en ulema, para lo que necesitaba entrar en la gran madrasa de Damasco. Y no solo precisaba de buenos dinares, sino de contactos, y sobre todo no vivir en una familia mozárabe que practicaba el cristianismo. Quizá aquello ya hubiera sembrado en el muchacho un buen poso de amargura y resentimiento, que sin duda creció aquel día en que su casa y su vida se llenaban de paganos infieles.

Y, aunque aquel día Albert adivinó en ellos a enemigos soterrados, los más peligrosos, no supo imaginar ni cuándo ni cómo atacarían. Que Freya intentara ganárselos y compartiera lazos de sangre con ellos le ataba las manos. Y, a pesar de permanecer atento a sus movimientos, no supo vaticinar lo que acontecería aquella noche, semanas después de su llegada.

Freya dormía plácidamente entre sus brazos cuando rotundos aldabonazos retumbaron por toda la casa en plena madrugada.

Cuando bajaron la escalera que daba al patio, un séquito de la guardia del cadí, alfanjes en mano, los congregó junto al pozo.

El que estaba al mando lo miró con evidente recelo y temor.

—Han sido denunciados por paganos y enemigos del islam —informó con gesto adusto.

—Somos mercaderes —objetó con mal disimulada serenidad.

—Da igual qué oficio profesen, deben acompañarme ante el cadí, para que, mientras moren en tierras del emirato, elijan su condición de dhimmi.

Lo miró sin comprender.

Freya se adelantó, encarando al soldado.

—Dudo que el cadí los atienda a estas horas. Acudirán a su requerimiento con la primera luz del alba.

El hombre negó lentamente con la cabeza, regodeándose en aquel gesto.

—Mis órdenes son llevar a los hombres al calabozo del alcázar. Son nordumâni, y pueden ser la avanzadilla de otra incursión. O me acompañan o serán ajusticiados aquí mismo.

Hiram, Jorund, Thorffin y Sigurd se alinearon junto a él, esgrimiendo sus talantes más feroces.

Freya lo miró alarmada. Al instante, él negó sucintamente a sus hombres para tranquilizarla.

Podrían haber acabado con ellos en un simple parpadeo, pero eso solo los habría convertido en prófugos, poniendo en peligro a las mujeres y convirtiendo a la anfitriona en traidora al emirato.

Asintió conforme y los semblantes de los soldados se distendieron visiblemente.

Fueron conducidos por los angostos callejones de una ciudad dormida pero tan latente como el corazón de un búho presto a cernirse sobre su presa. Pudo sentir cómo en la penumbra de los candiles que mal iluminaban sus pasos se escondía una vigilia temerosa. Cómo en la aparente calma de la noche, bullían inquietudes, miedos y el coraje de una inminente revuelta.

No pasaron una noche en aquel calabozo infecto, sino tres. Apenas fueron alimentados, ni se les permitieron visitas. Albert supo que era una táctica de sometimiento.

Al cuarto día fueron conducidos al palacio del cadí, en plena medina.

El cadí de Tulaytulah era un hombre menudo y enjuto, de mirada penetrante y gesto circunspecto, nariz aguileña y labios finos que fruncía en un ademán escrutador mientras los estudiaba. Vestía ricos tejidos con brocados de plata y su cabeza estaba tocada con turbante. A pesar de su baja estatura, desprendía un halo de poder que lo proyectaba como un titán, cerniéndose sobre ellos.

Tras la dilatada inspección, pareció adivinar en Albert su condición de líder y se acercó a él. No lo amedrentó su corpulencia ni su talla, y le sostuvo la mirada un largo instante en una especie de duelo silencioso, quizá para indagar en la mente del bárbaro norteño antes de comenzar a hablar.

—Os encontráis ante mí para dirimir vuestra condición de dhimmi —comenzó en tono grandilocuente—. Todo ciudadano que viva en las tierras del emir debe someterse a la sunna y a los hadices. —Ante el ceño confuso de Albert, aclaró tras un carraspeo— Quiere decir que ha de rendirse a los designios de nuestro profeta, en cuanto a conducta y al modelo de vida que estipula el Corán.

—¿Qué es un dhimmi? —preguntó él.

—Algo que no sois vosotros —respondió atusándose una barba crespa y puntiaguda—. Un dhimmi es un creyente monoteísta de una religión que no reconoce el Corán, pero que tolera. Alá es el único dios verdadero y Mahoma su profeta, por tanto, un dhimmi es un ciudadano de segunda.

Vosotros sois paganos idólatras, adoráis a varios dioses falsos, y por tanto no gozáis de respeto ni de tolerancia alguna. Con lo cual, si deseáis permanecer en estas tierras y prosperar, habréis de convertiros en dhimmi.

Debéis convertiros a la religión hebrea o a la cristiana.

—¿Y si nos negamos?

El pequeño hombre sonrió quedamente. Sus oscuros ojillos de roedor se entornaron amenazadores.

—Será lo último que hagáis.

A su izquierda oyó el gruñido de Sigurd. No fue necesario mirar a sus hombres para adivinar sus expresiones.

—Mi esposa es cristiana —murmuró.

—¿Mozárabe o muladí?

Aquello sí lo entendió. Los mozárabes eran cristianos que pagaban un impuesto, la yizia, para poder profesar libremente su religión. Los muladíes eran cristianos que se convertían al islam y, por tanto, quedaban libres de aquel gravamen.

—Mozárabe.

—Bien, pues habréis de bautizaros y abrazar la fe de Cristo. Os irá mejor de apóstatas que de paganos.

«Eso seguro», pensó Albert esbozando una sonrisa cínica. Al menos, de apóstatas seguirían respirando.

—¿Puedo conocer la identidad del denunciante?

El cadí enarcó una ceja, negó con la cabeza y esgrimió una sonrisa pérfida.

—Es el anonimato lo que las alienta.

Esa misma mañana, un sacerdote cristiano, el padre Anselmo Andújar, en la pequeña parroquia de San Lucas, los bautizó en nombre de Jesucristo Redentor, casi exorcizándolos en un ritual apasionado en el que fueron ungidos con aceites y salpicados de agua bendita con un hisopo, que más parecía un arma que un objeto litúrgico. O quizá fue la vehemencia con que era usado por aquel clérigo. Lo que más los sorprendió fue el nombre cristiano que les fue asignado a cada uno.

Tras la conversión, la guardia del cadí, que esperaba fuera del templo cristiano, los liberó.

—¿En serio pueden ser tan estúpidos como para creer que un ritual nos alejará de nuestras creencias? —barbotó Jorund sorprendido.

—Más te vale que lo finjas bien, o te irá la vida en ello —advirtió Albert mirándolos a todos.

—Yo seguiré rezando a los dioses del Asgard —aseguró con firmeza Sigurd.

—Espero que en silencio —insistió Albert—, nada de rituales, ¿entendido?

—Entendido, Gustavo.

Aquella referencia a su nombre cristiano arrancó una cadena de carcajadas que terminó compartiendo.

—Deberíamos despellejar vivo a ese condenado sacerdote —refunfuñó Hiram— si con mi apodo no tenía bastante, ahora esto.

—No te preocupes, Hilario —repuso Jorund doblado en dos por un ataque de risa—, al menos mi Valdis podrá «hilar» sus bromas a tu costa.

—No lo dudo, Jonás.

—¡Por Odín, habría preferido una buena horca! —bramó Thorffin, ahora Torcuato.

Las risas se sucedieron hasta que Sigurd se plantó frente a ellos señalándolos admonitorios con un dedo.

—Si a alguno de vosotros se le ocurre llamarme Segismundo, juro por los dioses que mearé en su boca mientras ronca.

—Yo no ronco, Segismundo —acicateó Hiram, guiñándole divertido un ojo.

Un bufido furioso los animó a ponerse en marcha.

Su conversión y su bautismo no fueron lo suficientemente tranquilizadores para la comunidad mozárabe de la ciudad, que continuaba mirándolos con recelo y negándoles trabajo.

Acudían a misa. En apariencia se ceñían a los preceptos de su nueva religión, pero no fue hasta que se colgaron una cruz de madera al cuello cuando observaron cierta aprobación de sus convecinos.

Con el tiempo, y gracias a su corpulencia, lograron desempeñar todo tipo de tareas diversas, excepto la de mercaderes: mozos de almacén, mozos de cuadra, domadores de caballos, picapedreros, agricultores, ganaderos e incluso escoltas de hombres poderosos.

Sus jornales ayudaban, además de a la manutención de la casa y a pagar los altos impuestos exigidos, a la adquisición de una morada para Jamil, ya que pronto contraería nupcias, y a engordar los ahorros para que Said cumpliera su sueño de estudiar en la gran madrasa de Damasco.

A decir verdad, aquellos dos gastos superaban con creces al resto, y los futuros beneficiarios de ellos desprendían poca o ninguna gratitud y mucha menos cordialidad. Como si su obligación fuera mantenerlos… Y en realidad eso creían ellos, que, como musulmanes y varones, gozaban de aquella dispensa.

Bien es cierto que contaban con dos poderosas aliadas, Freya y doña María. Y aquellas dos adorables defensoras los mantenían a raya, pues si por Albert fuera los habría puesto a varear aceitunas o a sembrar vides.

Vivir en aquella región tan rica y variopinta lo maravillaba. Desde el chirrido de sus múltiples norias, el trazado de las acequias, los azarbes y las almenaras que llevaban el agua a las huertas, los canales subterráneos que la proveían a pozos de succión, hasta los cultivos de productos que desconocían, como el arroz, el trigo, la caña de azúcar, la vid, el olivo, el algodón, el azafrán, las almendras, las berenjenas y un sinfín de plantas aromáticas y medicinales que no solo nutrían a la población, sino también la deleitaban con recetas elaboradas con ingenio.

La ciudad, rodeada por el caudaloso río Tajo, cercada de altas murallas en las que se abrían puertas imponentes, salpicada por grandes construcciones de piedra, deambulada por gentes tan diversas con lenguas tan dispares, entretejida por culturas tan diferentes que se esforzaban por convivir entre sí, constituía un crisol de culturas tan rico como espinoso. Y, día a día, ese crisol se convertía en una marmita de brea hirviendo, a punto de derramarse.

Era fácil adivinar por qué el emir había inflado los impuestos. Deseaba la conversión al islam, arabizando gradualmente a la población cristiana y hebrea, o al menos conseguir expulsarla. No obstante, no entendía su anterior tolerancia con el pueblo conquistado, si su intención siempre había sido esa, o quizá no se tratara más que de lo evidente, de recaudar impuestos para invertirlos en guerras y conquistas, como hacían los reyes de cualquier lugar. Sin embargo, aquella estratagema era arriesgada, pues rompía peligrosamente la armonía lograda, alimentando revueltas y el descontento del populacho.

Albert podía sentir en la piel el preludio de la guerra. Era como si una serpiente reptara por su espina dorsal, fría y viscosa. Y que ondulaba con más ahínco cuando la vislumbraba en los ánimos beligerantes, en las quejas grupales, en la determinación de los oprimidos por recuperar su tierra y su libertad. Y, aun así, fue el ejemplo de un sacerdote mozárabe lo que animó al pueblo a alzarse.

Se llamaba Eulogio de Qurtuba, oficiante en la parroquia de San Zoilo. Y, a raíz de la ejecución de un clérigo llamado Perfecto, que, comparando los méritos de Cristo y Mahoma en una exaltada conversación con unos ciudadanos musulmanes, terminó por ofender al Profeta y sus enseñanzas, había sido denunciado por sus agravios y condenado a muerte por decapitación. Aquella medida desató una oleada de martirios por parte de varios clérigos más, extendiéndose incluso a la población laica. Las ejecuciones públicas de todo aquel que se alzara contra el Corán y su Profeta desataron el feroz encono de la faceta más extremista de la comunidad mozárabe, que prefirió la muerte a la opresión, contagiando su fe y su coraje al resto. En ciudades como Isbiliya, Qurtuba, Tulaytulah y Marida, ya se gestaban alzamientos, pues convertirse en mártir de la causa demostraba al resto que el sometimiento despojaba de honor. Y la vida sin honor no era tal.

En aquel punto guardaban una curiosa similitud con los paganos, pues, para ellos, morir en batalla era alcanzar la gloria, y no tener miedo a morir era el arma más poderosa que se podía esgrimir contra un enemigo.

Y, ante la carencia de aquel temor, el pueblo se volvió más audaz. Y, por ende, se desataron las denuncias de la comunidad musulmana que enmascaraban envidias, ajustes de cuentas y venganzas con acusaciones de ofensas al Corán. Y, así, la brecha crecía y la guerra cobraba forma.

Aquel día tuvo lugar la primera batalla, aunque no lo supo hasta días después.

Jamil invitó a su prometida y a su familia a un ágape en casa, para formalizar las nupcias.

Todas las mujeres ayudaron en la preparación de las viandas, engalanando cada rincón y a sí mismas para el feliz acontecimiento.

Cuando la familia de la futura desposada, todos musulmanes, apareció, los rudos hombres del norte tuvieron que desaparecer del salón principal para no incomodar con su presencia. Sin embargo, quiso la mala fortuna que Hiram rondara por el patio cuando la dulce Zahira decidió tomar un poco el aire. Y, aunque Albert presenció el arrobo de la joven ante el atractivo guerrero de trigueños cabellos y ojos verdes, no alcanzó a imaginar el impacto que la muchacha sufrió ante los encantos de su amigo.

Por desgracia, la joven no supo disimular su turbación ante la irrupción de Jamil, ni Hiram tuvo el decoro de dejar de mirarla seductor.

Cuando el ofuscado novio se llevó a Zahira, Albert salió de su rincón y se acercó a Hiram.

—¿Has perdido el juicio? —le recriminó.

—No, pero ha merecido la pena fingirlo solo por verlo celoso.

Albert gruñó y sacudió la cabeza.

—No ha sido prudente —objetó ceñudo—, ese muchacho lleva la inquina en el corazón.

—Vamos, tiene suerte de que no le hayamos arrancado los dientes cada vez que los muestra. Provocarle un pequeño arrebato celoso es un pobre consuelo para quien debe tolerar su odioso carácter a diario.

—¿Crees que, si no fuera quien es, le habría permitido la mitad de los desplantes? Hacía tiempo que no tenía tantas ganas de estrangular a alguien —reconoció siseando.

—Albergo la esperanza de que alguien lo haga por nosotros —gruñó torvo Hiram.

Tras la cena, Albert se encerró en la habitación de Freya, donde habían cambiado su antiguo jergón por un lecho amplio y confortable, rumiando un malestar que se negaba a abandonarlo. A pesar de repetirse que en breve Jamil se marcharía de la casa y los ánimos se sosegarían, la desazón, en lugar de diluirse, aumentaba. Y su instinto nunca le había fallado.

Ya era medianoche cuando Freya apareció portando un candil.

El dorado resplandor recortaba su silueta en el umbral, permaneció un instante ahí, inmóvil, mirando en su dirección.

—La luna te acaricia —murmuró anhelante—, y yo bien sé el goce que eso proporciona.

Albert descruzó los brazos, sobre los que apoyaba la cabeza, y se irguió sobre los codos, mostrándose tentador. Solían dormir desnudos y abrazados, como si sus pieles necesitaran nutrirse la una de la otra.

—Nunca viene mal recordarlo —alentó él con una sonrisa taimada.

Freya cerró la puerta tras de sí, depositó el candil en el gancho de la pared y lo apagó de un soplido.

Se acercó lentamente, desprendiéndose de la ropa. Los ojos de Albert se la arrancaban incluso antes de que las prendas cayeran al suelo, sus sentidos se incendiaron y sus preocupaciones murieron en aquel fuego que únicamente ella lograba prender. Un fuego que no solo reclamaba satisfacción carnal, no, era un fuego mucho más profundo, más hambriento, más desesperado, que rugía ante la imperiosa necesidad de fundirse con ella, en todos los planos posibles.

Cuando la tuvo al alcance, se le abalanzó, la tumbó en el lecho y se cernió sobre su boca como una alimaña famélica. Sus gruñidos y la manera en que se retorcía gustosa bajo él lo enloquecían. El sedoso tacto de su piel enturbiaba su contención, despertando esa bestia implacable e impaciente que solo ansiaba poseerla hasta el fin de los tiempos. Y, a pesar de que la quemazón de un deseo voraz acuchillaba su autocontrol, logró deleitarse en cada caricia, en cada beso, prodigándole un placer que convulsionaba su hermoso cuerpo en espasmos de goce, arrancando de su interior aquella invitadora humedad.

Cuando la poseyó sintió cómo todo su ser se constreñía catártico, cómo su alma se deshilachaba para entrelazarse con la de ella, y aquel placer tan devastador no era sino el resultado de aquella unión tan profunda, tan tangible y tan mística al tiempo.

Cuando ambos culminaron en un clímax feroz que los dejó exhaustos y jadeantes, se abrazaron dichosos. Albert cerró los ojos deleitándose en el delicioso y errático sendero que trazaban los dedos de Freya sobre su pecho.

A su vez, hundía los suyos en la abundante y dorada melena de la mujer, pensando que no habría mejor fin que reposar en ella su último aliento.

A su mente acudió aquel día en que la vio correr por las calles de Isbiliya, cuando sus hombres asaltaban la medina. Siempre había creído que había sido su singular belleza lo que lo había hecho seguirla. Pero, cuando la apresó y la miró a aquellos ojos verdes, algo en su interior le gritó que debía retenerla, y eso fue lo que hizo. Aquel fuerte instinto despertó su curiosidad por ella, y no fue hasta que la besó en la bodega de su drakkar cuando descubrió que algo lo unía a aquella extraña y valerosa mujer.

Día a día, descubría que le había robado algo más que el interés. Y fue así como sintió la imperiosa necesidad de seducirla, de enamorarla y de conseguir que ella renunciara a todo por él. Pero ella amaba a otro hombre, a su esposo. Y esa no fue la única traba.

Fue una conquista dura, pero su tenacidad, la necesidad de tenerla y la seguridad de que habían nacido el uno para el otro logró lo imposible. Ella finalmente comprendió que el destino los había unido por una única razón: porque se pertenecían.

Y allí, cubiertos por un manto de plata, arropados por el silencio de una noche tranquila y envueltos en el más puro de los sentimientos, supo que no permitiría ni a la muerte alejarla de su lado.

Días después, fueron otros los que lo intentaron.

Un insidioso aviso acústico intermitente despertó a Albert.

Algo no iba bien.

CONTINUARA