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Capítulo 83
La excavación maldita.
Los operarios murmuraban entre sí con semblantes sombríos.
Otro accidente más, como si una maldición se cerniera sobre ellos.
Uno de los muros de contención había cedido. La presión del agua había barrido todo a su paso, llevándose consigo una de las grúas, que había caído encima de dos hombres, con tan mala fortuna que la garrucha de metal le había partido el cráneo en dos a uno de ellos, como la cáscara de una nuez.
El otro permanecía ingresado en el hospital Punta de Europa, en Algeciras, con un par de costillas rotas y una conmoción cerebral.
Leonardo atribuía aquellas desgracias a la inexperiencia y al desinterés de los trabajadores, así como al agreste terreno de la excavación. No obstante, no contaba con que sobre aquella poza en particular ya pesaba una maldición.
Y con que en las zonas rurales las leyendas impregnaban la idiosincrasia de un lugar como el chapapote se adhiere a las rocas de la costa. Y, como tal, sus gentes las adoptaban como parte de sus tradiciones, de su sabiduría popular, pues, según ellos, toda leyenda tiene siempre una base de realidad que el tiempo ha adornado con detalles llamativos para no ser olvidada. Incluso había quien creía en ellas a pies juntillas, quizá para no dejar de lado la cautela y evitarse sorpresas desagradables. Porque, ¿y si fuera cierto? No costaba tanto eludir un lugar o evitar pronunciar un nombre, ignorando así su parte racional en pos de una posible amenaza sobrenatural. La gran audiencia de programas como el de Iker Jiménez, «Cuarto milenio», indicaba la credulidad o el creciente interés por todo lo sobrenatural, algo que yo no podía más que compartir al vivir en primera persona un caso de reencarnación.
La maldición en cuestión versaba sobre el bandolero Gabriel Moreno, que escondía en aquella zona sus botines destinados a los pobres y oprimidos, y, por tanto, cualquier otra persona que por ambición o por poder los sustrajera encontraría la muerte o la ruina.
Y aquello era lo que se cuchicheaba en los corrillos. Y lo que menguó considerablemente la plantilla, con el consiguiente problema de encontrar suplentes. Ya eran tres incidentes en algo más de una semana de trabajo, y el último mortal. Y aunque, obviamente, el drakkar no pertenecía al botín del bandolero, pensaban que remover ese lugar había despertado la maldición.
Una vez reparada la presa y reforzado el dique, tuvo que drenarse el agua nuevamente y, ante nuestra sorpresa, quizá por tanto removerse el lecho de la poza, el casco del drakkar se desencajó con facilidad, lo que permitió su rápida extracción.
Ante la dificultad de contratar personal, el equipo al completo, Leonardo incluido, nos embregamos en izar la embarcación sobre la poza y depositarla, mediante un entramado de poleas y cuerdas, con sumo cuidado en una planicie cercana, preparada de antemano para tal fin.
Y, como si todo se hubiera conjugado para echarnos de allí, el equipo extra solicitado para el transporte llegó aquel mismo día.
Leonardo estaba entusiasmado, aunque lo malfingía por respeto al operario fallecido. Cuando lo intercepté saliendo de su tienda, acababa de colgar el teléfono y blandía una sonrisa artera y satisfecha.
—Necesito un paleógrafo —lo informé con firmeza.
Recompuso rápidamente un gesto serio y enarcó una ceja inquisitivo.
—Para descifrar las inscripciones de la tablilla —añadí con determinación.
Frunció los finos labios y me miró desaprobador.
—Creía que conocías el nórdico antiguo.
—No son runas vikingas —expliqué—, es un alfabeto celta utilizado por los druidas llamado ogham.
Leonardo agrandó los ojos con evidente desconcierto.
—¿Celta? ¿Y qué cojones hace una tablilla celta pegada a un ataúd cristiano dentro de un puñetero drakkar vikingo? ¿Una fiesta intercultural para celebrar las cosechas? No tiene ningún sentido; además, ni datan de la misma época. Quizá la poza se secó y utilizaron el barco como vasija posteriormente.
—Pues apostaría lo que quieras a que el carbono-14 te quita la razón —aventuré tan confusa como él, pero decidida a averiguar lo que los había unido en aquel enterramiento—. La hipótesis más plausible —proseguí reflexiva intentando no desvelar demasiado sin levantar suspicacias— a pesar de lo descabellado del descubrimiento, es que en este lugar se celebró algún tipo de ritual oficiado por un druida celta que implicaba a un nórdico y a una cristiana.
El hombre arrugó el entrecejo meditando sobre aquella posibilidad. A medida que pensaba al respecto, los surcos de su frente ganaban profundidad.
—Descabellado es —coincidió— pero no improbable. Las evidencias están en nuestro poder, lo que nos falta es darles cierta coherencia, por muy difícil que lo veamos ahora mismo.
—Coherencia histórica hay —recordé—. Los vikingos estuvieron aquí en el 859. En esa época había población mozárabe como en todo al-Ándalus.
Respecto a los celtas…, bueno, es algo mucho menos documentado, pero seguro que encontramos alguna referencia más por la zona, un asentamiento, o incluso algún habitante quizá descendiente celta que conserve sus tradiciones. Por qué se han unido es un misterio que nunca podremos desentrañar.
En mi mente, en cambio, se instaló la esperanza de descubrirlo. Aquella necesidad se había convertido en urgencia, en una alarma interna que no dejaba de parpadear molesta. No sabía por qué, pero mi intuición me gritaba que era importante, casi vital.
—Evidencias hay, desde luego, los objetos hablan por sí solos —musitó circunspecto—. Pero sería perfecto que una buena historia los vinculara.
Semejante hallazgo uniendo tres culturas tan diferentes será un hito en la historia de la arqueología, y creo que es nuestro deber dar a la prensa una teoría que lo sustente.
—Una teoría solo puede elucubrarse a tenor de la información que arrojen los objetos —recordé adusta—. No podemos emitir ninguna hipótesis sin haber concluido la investigación, con los resultados de todos los análisis sobre la mesa.
—Sí, sí, claro —se apresuró a aceptar—, nuestra profesionalidad está fuera de toda duda.
La mía sí, pensé; la suya, no lo tenía tan claro. Sus ansias de notoriedad se reflejaban en el brillo ambicioso e impaciente de sus ojos, en el tenso gesto de sus facciones y en la sonrisa que se esforzaba fútilmente por estrangular.
Y una persona con tanta hambre de prensa y fama olvida sus escrúpulos y cae en todo tipo de bajezas para acelerar el camino. Y usar la prensa sensacionalista con conjeturas atractivas sin fundamento podía ser una de ellas. Aurora llevaba razón, eso podía convertirse rápidamente en un circo mediático con el titular adecuado.
—Necesito algo más —murmuré.
Leonardo se ajustó la montura de pasta de sus gafas sobre el puente de la nariz y me observó expectante. En su deje adiviné una acritud patente.
—¿Además del paleógrafo, quieres decir? —Su tono fue incisivo.
—Esta vez es algo mucho más trivial y económico.
Sonrió complacido al comprobar que su reproche había sido bien interpretado.
—En tal caso, no pondré objeciones. Dispara.
—Necesito saber de qué madera está confeccionado el ataúd.
Me observó con extrañeza.
—¿Acaso importa?
—En realidad, es más relevante de lo que parece.
Suspiró quedo y se encogió de hombros.
—Pregúntale a Miguel, creo que es un entendido en eso. Espero ser informado debidamente de esa… relevancia —repuso, pronunciando con marcado desdén la última palabra.
—Por supuesto —aduje con aspereza—, suelo apuntar cada paso en mi informe diario. Cuando tenga pruebas que lo sustenten tendré algo que decir, hasta entonces, seguiré investigando.
Me alejé de la tienda con una gran sonrisa victoriosa atildando mis labios, tras comprobar en su gesto disgustado que había recibido correctamente mi derechazo verbal.
Encontré a Miguel ayudando al equipo de traslado con el embalaje de protección. El drakkar parecía una maqueta gigante envuelta en celofán y planchas de corcho. Había sido despojado de las piezas pequeñas, que a su vez habían sido metidas en cajas precintadas y cuidadosamente etiquetadas.
Por fortuna, el ataúd todavía no había sido empaquetado.
Miguel alzó la vista hacia mí y me prodigó una sonrisa agradecida.
—Creo que mañana todos nos podremos sacar el título de sherpa —bromeó.
—Siempre he querido ser porteadora.
Amplió la sonrisa descubriendo dos hoyuelos en sus mejillas que le conferían un aspecto más aniñado.
Retrocedió unos pasos y echó un vistazo analítico al resultado.
—Será un infierno, lo sabes, ¿no? —masculló preocupado.
La ruta era escarpada y abrupta en muchos puntos, y la única planicie donde podía aterrizar un helicóptero estaba ya muy cerca de la carretera, lo que despojaba de sentido a aquel gasto extra.
Los valiosos hallazgos serían trasladados en camiones hasta Toledo, donde se iniciaría la datación y la investigación pertinente.
—Creía que el trabajo de campo era lo que motivaba a los arqueólogos.
—Yo solo soy restauradora, mi tarea es recuperar lo que vosotros encontráis, cómodamente sentada. Así que, sí, será un infierno, pero uno que conseguiremos atravesar victoriosos.
—Verte tan animada es contagioso, y si algo necesitamos es eso —musitó secándose el sudor de la frente con el antebrazo— tanta desgracia da que pensar.
Alcé las cejas sorprendida de que incluso en él hubiera calado la superchería popular.
—¿Y qué piensas tú?
Su gesto adquirió cierta gravedad, miró a su alrededor y respiró hondo antes de responder.
—Soy un hombre de ciencia —comenzó— que trabaja en base a certezas demostrables, que busca las huellas del pasado y las une en un puzle lo suficientemente racional y veraz para poder mostrarlo al mundo, confiando en que la ciencia y la investigación lo respalden. Pero, justamente estudiando civilizaciones extintas que con escasos recursos y mucho ingenio consiguieron levantar construcciones impresionantes, te preguntas cómo lograron en aquel entonces lo que la tecnología actual a veces ni podría. Te preguntas cómo fue posible la sabiduría de aquellos astrónomos sin medios para realizar sus estudios. O la exactitud en los cálculos de un arquitecto, o incluso el elevado conocimiento en materias como la medicina o la farmacología, para las que no tenían más herramientas que el ensayo y error.
Fue eso lo que me motivó a escudriñar en el pasado, en sus vestigios. Y, durante todo este tiempo, apenas he logrado encontrar explicación a muchos de esos enigmas. Eso hace que mi atención se enfoque en un solo punto: en lo que nos diferencia de ellos. ¿Por qué nosotros, con tanto avance tecnológico, en una sociedad moderna, con una vida cómoda y relativamente segura, amparados por leyes y arropados por un evidente bienestar social, no hemos conseguido lo que ellos? Y creo haber encontrado la respuesta.
Lo miré fascinada por su apasionada exposición, completamente absorbida por ella, ávida por aquella respuesta que seguramente compartiría. Si él supiera que hablaba con alguien de aquel tiempo, sería yo la que podría darle muchas más respuestas.
Hice un ligero ademán con la barbilla para alentarlo a continuar.
—Nosotros estamos ciegos, y ellos veían.
Supe a lo que se refería, pero guardé silencio, anhelando su explicación.
—Tener la supervivencia asegurada, vivir cómodamente y estar además acribillados por miles de estímulos externos que diariamente nos absorben y nos lobotomizan nos ha cegado. Ha cegado nuestros más primigenios instintos. La tecnología es nuestra venda, vivimos ciegos en un mundo que nos dice dónde debemos prestar atención. Que nos ha convertido gracias a la televisión, la prensa, la radio y las redes sociales en un rebaño con un solo pastor: el dinero. Ciegos, somos más fáciles de llevar al redil. Y eso nos ha convertido casi en autómatas babeantes en busca de una conexión a internet y un enchufe a la red eléctrica. Somos yonquis de la tecnología. Nos han hecho creer que la información es poder, pero nadie la cuestiona, y, lo que es peor, nadie se rebela.
Hizo una pausa, su mirada estaba perdida en sus pensamientos, refulgiendo con un brillo extraño, casi delirante.
—¿Y qué crees que veían ellos, nuestros ancestros?
—El mundo que los rodeaba, su propio mundo interior y, lo más importante, la conexión entre ambos.
—¿La conexión entre el hombre y la madre naturaleza? —inquirí recordando los rituales paganos que yo misma había realizado.
—En efecto, y esa conexión está rota, y el planeta perece y nosotros con él.
Se pasó ambas manos por su espeso cabello castaño y suspiró hondamente antes de clavar su mirada en mí. Sonrió con dulzura con un gesto de disculpa en el rostro.
—Te estarás preguntando adónde quiero llegar con todo esto, ¿no es así?
—En realidad me estaba preguntando por qué no hay en el mundo más gente como tú. Pero, por favor, continúa.
Una expresión inesperadamente tímida enrojeció sus mejillas. Bajó la vista un segundo y, cuando la alzó, aquellos hoyuelos emergieron de nuevo.
—Pues toda esta diatriba no es más que la razón de un hombre de ciencia para creer que este hallazgo está maldito. Y no solo porque no creo en las casualidades, justo por mi condición, y coincidirás conmigo en que tres accidentes tan seguidos no pueden ser culpa del azar ni de la mala suerte.
Tampoco creo en la vistosa leyenda del bandolero, pero creo en algo que decidí despertar: en mi instinto. Y mi instinto me dice que dejemos el condenado drakkar en esa poza y nos vayamos por donde hemos venido.
—Pues no le haces mucho caso a tu instinto —resalté mirando el drakkar con la misma desazón que lo embargaba y tan esclava de mi deber como él.
—No, soy un hombre más incauto que irresponsable. Pero, al menos, sé a lo que me expongo, sin acallar la verdad que grita en mi interior.
—¿Y esa verdad es…?
—Que hemos despertado algo poderoso.
—¿Un hechizo?
—Posiblemente, nadie blinda un ataúd ni pega una tablilla con un mensaje que apuesto a que es admonitorio si no es para evitar que se abra. Sea lo que sea lo que albergue, no debería salir. Y nosotros lo vamos a sacar a empujones.
—La inscripción pertenece a un extraño alfabeto celta, poco común, solo utilizado por los druidas.
La expresión de Miguel se tornó aprensiva.
—Eso respaldaría mi opinión, por desgracia.
Me encogí de hombros y, aunque intenté aparentar ligereza, no lo conseguí. Mi instinto también gritaba, tanto que me ensordecía.
—Necesito saber de qué madera está hecho el ataúd.
—Es saúco.
CONTINUARA
