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Capítulo 84

Interferencias

Las turbulencias desataron el pánico en el pasaje. Solo que no eran turbulencias.

Cuando las mascarillas de oxígeno cayeron laxas de sus compartimentos, tras el aviso de emergencia, los pasajeros gimieron aterrados, maniobrando torpemente para colocárselas.

Albert se fijó en que el avión bandeaba escorado como si le fallara uno de los motores del ala izquierda. Angustiado, vislumbró por la angosta ventanilla cuanto pudo para comprobar si salía humo o algo que lo indicara. No pudo ver nada en la oscuridad; al menos, no ver una llama lo alivió un poco.

Tras una serie de pitidos insidiosos y repetitivos, surgió la voz del comandante informando sobre la avería y explicando con absoluta tranquilidad el plan de emergencias que la situación requería.

Tal como había supuesto, había fallado un motor y se disponían a aterrizar en el aeropuerto más cercano para trasladar al pasaje a otro avión que los llevara a su destino.

El elegido era el aeropuerto de Hamburgo, en Alemania.

La compañía los alojaría en varios hoteles hasta que pudiera embarcarlos en un nuevo vuelo con destino a Madrid.

Maldijo para sus adentros. Había volado en muchas ocasiones sin ningún percance y, justo cuando más lo urgía reunirse con ella, la cosa se complicaba.

Y entonces, una interferencia mental de otro siglo se cruzó en su conciencia actual, desconcertándolo. Fue fugaz, pero relumbró con la suficiente intensidad para anclarse a su memoria. Era una frase, una que le produjo escalofríos…

«… No olvides que poseo el poder de uniros y el de separaros…»

Sacudió enérgico la cabeza, como si ese movimiento pudiera descolgar la frase de su mente.

Respiró hondo y se arrellanó en su cómodo asiento, mirando por la ventanilla. De repente sentía frío, y, aunque no tardarían en aterrizar, cogió la manta que la azafata le había ofrecido y se cubrió con ella hasta la barbilla.

Ya podía divisar las arracimadas luces de una gran ciudad bajo ellos.

Intentó centrarse en imaginar que aquellas cuadriculadas hileras formarían grandes avenidas, puntearían las numerosas ventanas de altos edificios anaranjando aquel charco de negrura que los envolvía todavía. Los pilotos que parpadeaban en los extremos del ala emitían una tenue luz azul.

En su gradual descenso, daba la impresión de ser un polluelo perdido ansioso por reunirse con la familia. Extrapolar sus propias emociones a aquella solitaria luz azul lo hizo sentirse menos solo y menos perdido, aunque no menos preocupado.

Lo primero que hizo cuando bajó del avión fue llamar a Freya. El tiempo estaba contra ellos.

—Cariño, ha surgido un contratiempo.

—¿Estás bien? —Su tono era ansioso.

Su voz…, cerró los ojos un breve instante para dejarse acariciar por ella.

—Sí, no te preocupes. El avión ha tenido una avería y nos han desembarcado en Hamburgo, pasaré la noche aquí, imagino que mañana nos meterán en el primer vuelo que salga para Madrid.

—Vaya, parece que la suerte no nos acompaña.

Albert se envaró casi conteniendo la respiración.

—¿Ha habido algún incidente más? —preguntó tenso.

—No, pero el traslado me preocupa. Tiene todos los ingredientes para que algo salga mal.

Albert intentó acallar el retumbar de los latidos que pulsaban en su sien, masajeando el puente de su nariz.

—Freya, debes renunciar de inmediato, regresar a Toledo y esperarme allí.

—No puedo irme, algo me dice que debo impedir alguna cosa, aunque no sé muy bien qué ni de qué forma.

—Cariño —musitó con suavidad— debemos dejar el pasado atrás y seguir con nuestras vidas.

—Es el pasado el que no nos deja —replicó ella—, y el único modo de librarnos de él es atendiendo a lo que quiere decirnos. Quizá sea un aviso, quizá intente ayudarnos.

—¿Matando inocentes para que le hagamos caso? —apuntó mordaz.

El resoplido impaciente y frustrado de Freya lo hizo imaginarla ante él.

Las ganas de abrazarla lo abrumaron.

—¿Qué coño pone en esa tablilla? Tú recuerdas, tú debes saberlo.

Albert inspiró hondo y exhaló lentamente, pensando con rapidez, intentando encontrar un argumento lo bastante convincente para sacarla de allí.

—No lo sé, es un jodido hechizo celta que ella…

—Me dijiste que yo lo había cincelado…, ¿quién es ella?

Guardó silencio, recriminándose haber hablado de más.

Finalmente suspiró y abogó por la verdad.

—Tú lo cincelaste, sí, copiando los símbolos que ella nos entregó. El ataúd lo construí yo.

—¿Sabías… sabías que ibas a morir y lo preparamos todo?

Su voz estirada estuvo a punto de romperse. El deseo de abrazarla lo acuchilló.

—Íbamos.

El silencio que siguió lo hizo odiar cada jodido kilómetro que lo separaba de ella. Al cabo oyó un gemido que lo hizo apretar los puños.

—Debes contármelo todo —suplicó mortificada—, y con detalle, porque, aunque no recuerdo esa parte, siento que el muro de contención que por algún motivo la oculta está a punto de derrumbarse, y, joder, temo que me sepulte.

—Cuando nos encontremos en Toledo.

—No voy a abandonar al equipo, Albert, y mucho menos el ataúd. Así que o me dices qué está pasando o lo descubriré por mí misma.

Sabía que no podría hacerla cambiar de opinión; así pues, tragó su miedo y cedió.

—Habría preferido contártelo todo en persona, pero de todas maneras no creo que hubiera podido pegar ojo esta noche, y creo que cuanta más información tengas más pronto llegaremos al fondo de esto. Te llamaré cuando me instale en el hotel.

Los dividieron en grupos y le tocó alojarse en el Leonardo Hotel Hamburg Airport. La habitación era confortable y amplia, decorada en colores neutros.

Se desvistió lentamente con intención de darse una buena ducha, meterse en la cama y llamar a su mujer. Y, mientras se enjabonaba el cuerpo y el pelo, emergió a su recuerdo otra interferencia…

«… Eres un hombre formidable, norteño, tu semilla en tierra fértil procrearía sin duda a un semidiós…»

Notó una caricia gélida en el torso y se detuvo en seco. Gruñó furioso y apoyó las palmas de las manos en el mármol del interior de la ducha, dejando caer la barbilla sobre el pecho. El repiqueteo del agua punteaba su nuca, escurriéndose por su cuello y sus hombros. Dejó que la calidez del vaho que lo envolvía alejara aquella desazonadora sensación que aún prevalecía en él, como si la garra de un muerto todavía deambulara por su piel, «de una muerta», se corrigió.

«¡Maldita seas una y mil veces, Frianda!»

Cuando salió de la ducha se secó con rudeza, como si quisiera borrar aquella desagradable sensación a fuerza de frotar. Luego lanzó la toalla malhumorado sobre el plato de ducha, se puso el bóxer y se metió en la cama.

Cruzó los brazos bajo la cabeza y rumió en una variada mezcolanza de sonidos diversos su rabia.

No podía llamar a Freya hasta tranquilizarse y ordenar sus pensamientos.

Necesitaba que ella recordara aquella última parte de la historia, porque si algo alcanzaba a entender era que la clave de lo que estaba pasando la tenía ella.

Apagó las luces y dejó que el resplandor de la ciudad inundara el cuarto.

Allí, sumido en la penumbra, adquirió el coraje que necesitaba para volver a sumergirse en el pasado. Alargó el brazo hasta el móvil, que reposaba en la mesilla, y, tras una larga y profunda inspiración, marcó el número y aguardó.

Al tercer tono, la voz de su esposa lo hizo cerrar los ojos y volver a suspirar.

—Estoy preparada.

Justo en aquel instante, un atronador sonido retumbó en el cielo, seguido de un fogonazo luminoso que flasheó la habitación. Los primeros gotones zigzaguearon sobre el cristal de la ventana, creando senderos erráticos que el viento dibujaba a su capricho.

—Yo no, pero es inútil dilatarlo más —admitió pesaroso.

—Albert, amor mío, sea lo que sea, lo enfrentaremos juntos.

—Juntos, sí, esa es nuestra fuerza.

—Bien, cariño —lo animó ella—. Ahora comienza tu historia.

La tormenta arreciaba a medida que Albert narraba su llegada a Toledo y la difícil integración en la comunidad mozárabe, sofocando su voz, como si gruñesen admonitorias las oxidadas bisagras de unos grandes portones: los de su pasado.

Pero él continuó, maldiciendo no poder atrapar la mano de la mujer que amaba entre las suyas ni entrever en sus bellos ojos verdes cada emoción que aflorara para actuar en consecuencia.

La estaba lanzando al pasado sin red de seguridad, sin más abrigo que su voz, y eso lo desgarraba.

Hizo una pausa para tomar aire y para liberar algo del miedo que lo oprimía.

—Freya, dudo que ningún hombre en ningún siglo anterior o posterior pueda amar a una mujer con la fuerza con la que yo te amo. Y con esto quiero decirte que cada cosa que hice, que hago y que haré nace únicamente del inmenso amor que te profeso.

En su silencio oyó una respiración estrangulada.

—Suena a disculpa —murmuró ella preocupada.

—Lo es —admitió.

Otro silencio; este, más pesado y opresivo.

—Continúa —pidió, aunque en su tono percibió por primera vez un trémulo titubeo.

Albert entonces comprendió que las cuitas con el pasado no las olvida el presente y quizá las cobre el futuro. Pero respiró hondo, decidido a pagar.

CONTINUARA