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Capítulo 85
Un mártir vestido de púrpura
Tulaytulah, año 858 d. C. (243 de la Hégira).
Tras la visita el año anterior del polémico monje mártir a la ciudad, el movimiento martirial mozárabe se intensificó de manera virulenta.
Los alzamientos fueron continuados, los presos abarrotaban las cárceles, las ejecuciones públicas se sucedían y el encono entre ambas religiones se cobraba heridos y muertos por doquier. La situación se descontrolaba, y el sacrificio de los caídos se convertía en alimento para los alzados. Y, día a día, el fuego crecía incendiando la llama de una guerra que sabía que los quemaría.
Albert solo tenía una prioridad y solo era fiel a una fe, la de mantener a salvo a su familia al precio que fuera. Y su familia eran las personas con las que convivía en aquella casa, fueran o no de su completo agrado.
Pero proteger a quien te ataca no es tarea fácil.
Los celos intencionados que Hiram había despertado en Jamil los devolvió a la cárcel, solo que esta vez el encierro duró semanas. Obviamente, la denuncia fue anónima y nadie más que él y sus hombres conocían la identidad del denunciante, pues la mirada relamida y victoriosa de Jamil cuando los apresaron lo dejó bien claro. No obstante, Albert prohibió a sus hombres cualquier tipo de represalia, y, por supuesto, lo ocultó a las mujeres de la casa. Freya adoraba a sus hermanos y para María eran como hijos propios; así pues, pensó que unos días entre rejas bien valía no disgustarlas.
Ya se encargaría él de amedrentarlo para que aquellas acusaciones se acabaran.
«Enemigos del islam y su profeta» declaraba la denuncia, como tantas otras e igual de injustas, pues eran las rencillas personales lo que en realidad se escondía tras ellas. Y aquella ciudad debía de albergar un buen número de cuentas pendientes, pues las mazmorras bullían de lamentos y quejas, de llantos y súplicas.
Separaban a los hombres de las mujeres para evitar conductas licenciosas, y aquel día, frente a su celda, una nueva prisionera pasó a engrosar el número de estas.
Le llamó la atención que el resto de las prisioneras retrocedieran temerosas cuando ella entró y que permanecieran apiñadas en el muro guardando una distancia prudencial. La nueva presa las ignoró, se abrazó a la reja y escupió al carcelero mientras cerraba la puerta, lanzándole una mirada despectiva e iracunda.
No había miedo en ella, ni sumisión, ni tan siquiera angustia, quizá tan solo un leve atisbo de impaciencia. Y aquello le llamó la atención.
Quizá porque el resto de los hombres que compartían su celda actuaban de igual forma respecto a ellos, con temor y rechazo.
La mujer de repente reparó en que él la observaba y clavó sus fieros ojos en los suyos.
Albert sostuvo su mirada sin revelar ninguna emoción. El hecho de no apartarla como imaginaba solía sucederle a ella seguramente le resultaría desconcertante, fue fácil adivinar que era una völva, o comoquiera que la llamaran en aquellas tierras. Al cabo, la mujer sonrió con suficiencia y asintió levemente a modo de saludo. Fue entonces cuando decidió ignorarla, regresando a su lugar en el muro.
Aquello no debió de agradarle mucho, porque la oyó gruñir.
A lo largo de aquel día, no pudo evitar prestarle algún momento más de atención, él y todos sus hombres, a tenor de su extraña conducta.
Cantaba en susurros y en una lengua extraña al tiempo que pasaba las manos por su cuerpo. Que amasara sus pechos clavando sus grises ojos en ellos y sabiendo lo que aquel gesto suscitaría parecía divertirla.
Provocar a los hombres con tantas rejas de por medio debía de parecerle excitante.
Aunque su intención iba solo dirigida a él. Apartar la mirada era indicativo de alejar la tentación, pero como él no sentía tal cosa, la mantenía con aire indiferente y frío. Algo que la volvía más audaz.
En una ocasión, cuando les llevaron a las mujeres varios baldes de agua, ella decidió asear sus partes íntimas, mirándolos incitadora. Ahuecaba una mano para atrapar el líquido y con la otra se alzaba la túnica, mostrándoles unas piernas largas, firmes y bien torneadas. Luego frotaba el interior de sus muslos sin llegar al vértice de su femineidad, algo que encendía a los hombres, que, babeantes, la observaban restregándose la entrepierna.
Su grupo se comportó, aunque, a excepción de Hiram, que no mostraba más emoción que el desconcierto, el resto hacía ímprobos esfuerzos por no evidenciar su desatada libido.
Aquella mujer era temeraria, libertina y peligrosa.
—No la miréis —aconsejó Hiram con desprecio— es una völva.
El viejo Jorund sacudió su rojiza cabeza y profirió un gruñido de conformismo. Sigurd se encogió de hombros y Thorffin asintió sin más.
—Ey, norteño, dile a tu muñeco de trigo que cuide su lengua.
Todos la miraron boquiabiertos. La mujer se dirigía a Albert.
Tenía los ojos encendidos de furia y las manos aferradas a los barrotes. Pero no fue ni su crispado rictus ni lo que había dicho lo que los sorprendió, sino la lengua en la que lo había hecho: la de ellos.
Albert se volvió hacia ella y la encaró.
—¿Quién eres, mujer?
Ella lo miró complacida y su gesto se suavizó.
—Soy la que viaja en el viento, la que se oculta en el bosque y la que baila en la lluvia, la que susurra a las piedras y la que canta a la noche.
—Mira, Hiram, ya hay quien tiene un apodo peor que el tuyo —bromeó Sigurd el Duende.
La mujer lo fulminó con la mirada, mientras los hombres reían jocosos.
—¿Dónde aprendiste nuestra lengua?
—La necesité para sobrevivir.
Aquello le bastó para saber que había sido una tharll, una esclava.
—¿Dónde te capturaron y cómo has llegado aquí?
—Nací en Dubh Linn, y me apresaron siendo niña. Cuando crecí maté a mi amo y escapé.
Esta última aclaración la acompañó de una sonrisa fría y amenazante.
—Y no soy una völva; soy una druida celta, muñeco de trigo.
—Bueno, pues ya tenemos nombre completo —prosiguió Sigurd—. Hilario, Muñeco de Trigo.
Fue rápido y preciso.
La mandíbula de Sigurd crujió bajo el puño de Hiram y, tras una estirada exhalación, cayó al suelo como un fardo de heno.
Jorund bufó y se apresuró a levantar a su amigo, que abría la boca y la cerraba comprobando que podía hacerlo.
—A Valdis no la golpeas cuando te llama Hilario —se quejó trastabillando al ponerse en pie.
—No puede, mi Valdis le clavaría una daga en el corazón si se atreviera a ponerle una mano encima —aseguró Jorund con semblante orgulloso.
—No estoy tan loco —murmuró Hiram ante la risa del resto.
Albert puso los ojos en blanco y volvió a posar la vista en la mujer, que los observaba con extraña atención.
—¿Cómo has acabado aquí?
Se refería a la región; el delito lo imaginaba.
—Pensé que en una ciudad con tantas razas y credos habría más tolerancia. Me equivoqué. —Palmeó la reja y chasqueó la lengua.
—¿Otra enemiga del islam?
Ella sonrió y asintió.
—Y no saben cuán enemiga soy aún, pero lo sabrán.
En sus rasgados ojos grises vislumbró un brillo vengativo.
Albert se encogió de hombros y se dirigió a su rincón.
Llegó la noche y, con ella, un solo deseo: estrechar a Freya entre sus brazos. Sentirla suspirar en su pecho y arrebujarse contra él mientras la laxitud del sueño la vencía. Si algo adoraba era verla dormir. Por muy cansado que estuviera, esperaba que ella cerrara sus ojos para embriagarse de cada una de sus facciones. Las grababa en su memoria a fuerza de contemplarla y, así, cuando el sueño llegara para llevárselo, la llevaría consigo.
A menudo se preguntaba si, por mucho que le dijera cuánto la amaba, ella era consciente de esa intensidad, de la magnitud que inundaba cada uno de sus sentidos solo por estar cerca de ella. Porque ¿cómo explicar el pellizco en su pecho cuando le sonreía?, ¿o cómo se le detenía el corazón apenas un instante cuando sus labios rozaban los suyos?, ¿o ese aleteo en el estómago cuando se acercaba a él seductora? No, no podía más que gemir y entregarse a la necesidad de sucumbir a cada emoción.
Cerró los ojos y la imaginó abrazada a su cuello, y aquella ensoñación hizo menos fría y menos dura la piedra sobre la que dormía. Logró incluso dibujar una suave sonrisa en su rostro. Y, ya adormecido, una voz se filtró en su mente, un siseo molesto que arrancó a su bella esposa de sus brazos.
Abrió los ojos y en la penumbra atisbó una silueta femenina tumbada en la celda de enfrente, pegada a los barrotes. Supo que era ella, y que lo miraba.
Cambió de posición, dándole la espalda, pero el siseo continuó.
—Algún día serás tú quien me busque, norteño, y yo la que te dé la espalda.
Aquella voz aterciopelada acarició sus oídos, y aunque su tono era irritado, la cadencia era sugerente.
—Duerme, mujer, no hay nada que me interese buscar en ti.
—Buscarás mi poder, la buscarás a ella.
Abrió desmesuradamente los ojos y su cuerpo se envaró.
—Pero has de saber —continuó— que mis favores son costosos.
—¿Y cuál es tu poder?
—Las piedras me guían, y el árbol me lo otorga. Yo me comunico con ambos.
—No soy amigo de hechizos ni rituales, ya ni a mis dioses los nombro.
—Nadie lo es hasta que necesita uno —afirmó rotunda.
—Pues espero no necesitarlo nunca.
—Yo espero lo contrario, norteño. Y, por si se da el caso, busca en las piedras sagradas a Frianda de Kent.
Él gruñó a modo de respuesta y se arrellanó de nuevo en su rincón. Esta vez, el sueño llegó, pero no lo llevó a donde quería. Lo llevó a un círculo de piedras pequeñitas en lo alto de un claro. En el centro, un árbol imponente.
Bajo él, una mujer desnuda danzaba cubierta tan solo por la plata de la luna y tocada con un largo cabello negro y lacio que se mecía en cada giro.
Quiso irse, correr lejos, pero se encontró caminando hacia ella.
CONTINUARA
