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Capítulo 86

Manos atadas al corazón

A la mañana siguiente, Frianda de Kent ya no estaba en la celda.

Lo sorprendió no oír los pesados pasos del carcelero, ni el rechinar de cadenas, ni el mojigato quejido de la cerradura al ser profanada por esa enorme llave. Pero la hechicera era la única que no estaba en aquella celda cuando despertó.

Aquel día, también ellos fueron liberados.

Con los miembros anquilosados, hambrientos, sucios y malhumorados, fueron advertidos de que una denuncia más los llevaría al patíbulo.

Durante todo el camino tuvo que oír las imaginativas torturas que sus hombres deseaban aplicarles a los hermanos de Freya, y, a pesar de que él compartía cada descabellada ejecución, todos sabían que no podrían llevarlas a cabo.

No obstante, sí planearon una amenaza lo suficientemente creíble para que resultara efectiva y lograra amedrentarlos. No podían permitirse otro arrebato más de ese par de chacales.

Entraron en el zaguán cuando la buena de Flora abrió la puerta principal.

—Alabado sea el Señor, doña Alondra lo consiguió.

Todavía le costaba asimilar que Freya fuera Alondra de Antúnez y Blanco, y siempre que lo oía tardaba en reconocerla como tal.

—¿Qué consiguió?

—Fue a hablar con el cadí para lograr su libertad, amo.

Frunció el ceño desaprobador y respiró hondo antes de encaminarse al pozo central.

—Será mejor que nos aseemos aquí, olemos como puercos.

—Yo aún no, tengo un gran abrazo de oso que dar —masculló Jorund mordaz.

Oyeron unos pasos en la escalera y vieron descender a Said, que los miró con evidente desagrado arrugando la nariz y se ciñó a su pecho unos pliegos enrollados, camino de la mezquita.

Cuando pisó el patio, el enorme pelirrojo se cernió sobre el chico y lo catapultó contra su pecho, asegurándose de que su pestilencia lo impregnara.

—Ah, muchacho, ¡cuánto nos habrás echado de menos!

Said se retorció en un fútil intento por liberarse.

—¡Suéltame, bestia inmunda!

—Tranquilo, pequeño cervatillo, quiero que entiendas que la próxima vez será a tu cuello al que me abrace. Pero sé que eso no pasará, ¿verdad?

Jorund lo soltó tras una burda risotada y el joven corrió hacia la salida entre las risas de los hombres.

—Dije amenaza sutil, Jorund —recordó Albert mirando al cielo.

—Y he sido sutil, solo le he golpeado el olfato —se defendió socarrón.

—Es Jamil quien me preocupa —reconoció tras un cansado resoplido.

—Sabrás manejarlo, es una rata sibilina, pero también un cobarde —animó Thorffin sacando un balde repleto de agua del pozo. Se lo vertió encima y volvió a lanzarlo dentro para llenarlo otra vez—. El siguiente —rumió—. Creo que prefiero que Helga me meta de cabeza en el río, acabaré antes.

Albert asintió y se apoyó en una columna con los brazos cruzados sobre el pecho. Permaneció pensativo mientras sus hombres se aseaban entre chanzas.

Cuando se fueron, se quitó la túnica y vertió sobre su cabeza el contenido del balde.

Aquella mugre no la quitaría tan solo con agua, pero al menos la reblandecería. Le pediría a Ahmed que le preparara una buena tina humeante.

A su espalda oyó el graznido de las bisagras, se volvió hacia la puerta con el cubo en la mano.

Freya irrumpió en el zaguán y se detuvo bajo la arcada que daba al patio, enarbolando una sonrisa aliviada.

—Amor mío…

Corrió hacia él. Albert abrió los brazos y la cobijó en su pecho.

La estrechó con fuerza, y, como siempre, deseó fundirla en su interior para que formara parte de él.

Ella alzó su hermoso rostro y lo contempló mientras lo palpaba.

—¿Estás bien? ¿Te han golpeado?

—Estoy bien, cariño —respondió, inhalando el dulce aroma de su cabello—. Todo está bien.

El verde de sus ojos refulgió complacido, y los cerró para enterrar su rostro nuevamente en su pecho.

—¿Qué le dijiste al cadí para que nos soltara?

Se separó apenas para tomar su barbilla entre los dedos y obligarla a mirarlo. En los ojos de su esposa adivinó incomodidad, y eso lo preocupó.

—Le ofrecí la renta anual de los terrenos que poseo en la ribera. Es la almunia que me regaló Rashid como dote.

Albert torció el gesto con desagrado. Aquello solo fomentaría más detenciones para lograr más caudales, por no mencionar que el padre de Rashid, Taliq ibn Zaquid, actual usufructuario de la almunia, ya que Freya fue dada por muerta, montaría en cólera al no recibir sus ganancias.

—Pero los arrendatarios siguen pagando al imán, cuando este no reciba su sueldo tendremos un nuevo enemigo —advirtió pesaroso.

—Esa almunia es mía, y así figura en el contrato de propiedad —repuso ella con firmeza—, y si hasta ahora he permitido que Taliq siga recibiendo sus buenos dinares ha sido porque…

Bajó la vista, tomó aire y volvió a alzarla.

—Porque una parte de ti se cree culpable de la locura de su hijo —respondió Albert por ella.

Asintió levemente. Su gesto contrito ante el peso de los recuerdos le estrujó el corazón.

—El pasado ha huido, lo que esperas está ausente, pero el presente es tuyo —susurró acariciando suavemente su mejilla.

Freya lo miró sorprendida, sonriendo impresionada.

—No sabía que te gustaran los proverbios árabes.

—Solo hay una forma de adaptarse, y es conocer el entorno —musitó con suficiencia—. También vale para derrotar a un enemigo, conócelo, aprende de él y luego véncelo con sus armas.

—Eres un hombre sabio, Albert el Temible —rezongó frotándose contra él.

—Y tú, una mujer resuelta que me desarma con un solo gesto.

Freya llevó una mano a la entrepierna del guerrero y sonrió lasciva.

—Pues mi intención es retar a tu espada. Y veo que está afilada.

—Y siempre dispuesta para la batalla…, pero antes necesito un baño.

—No, no puedo esperar tanto —gimió ella.

Los celestes ojos de Albert centellearon fogosos. La tomó de las nalgas y la alzó hacia sus caderas. Ella cerró las piernas alrededor y se abrazó a su cuello.

—No seré gentil… —susurró mientras subía la escalera con ella encaramada a su torso.

—Ni yo lo deseo, necesito que me devore un león.

Albert rugió. Ella rio. El mundo desapareció.

El deseo selló sus bocas, el amor grabó sus cuerpos y la pasión se desató como lenguas de fuego ascendiendo en la noche.

Freya, Valdis, Helga, doña Maria y Flora correteaban por la casa ultimando los preparativos de la boda que se celebraría al cabo de apenas unos días. Jamil contraería nupcias con la dulce Zahira, y aunque el ambiente festivo flotaba en cada rincón impregnándolo de risas y canturreos, Albert solo aguardaba el momento idóneo para acorralar al novio y dejarle claro que debían llevarse bien, por el beneficio de todos.

Además, y para su completo desagrado, mientras se terminaba el nuevo hogar que todos, menos Jamil, habían contribuido a pagar, los novios vivirían con ellos.

Ese momento llegó cuando las mujeres se fueron al mercado y sus hombres al trabajo. Jamil se hallaba repantigado en el diván de la sala sin más ocupación que comer uvas y leer el Corán. Verlo haraganear solía sulfurarlo, pero en ese instante precisó de todo su autocontrol para no echarlo de allí a patadas.

Cuando irrumpió en la sala, apenas levantó la mirada del texto que leía.

Albert no titubeó, se acercó a él, le arrancó el libro y lo lanzó lejos, sobresaltándolo.

—¿Qué demonios…?

—Te aconsejo que prestes mucha atención a lo que tengo que decirte.

Jamil se puso en guardia. Se sentó rígido, lanzando furtivas miradas a la puerta.

—Estamos solos —informó Albert— Podría degollarte aquí mismo y nadie me lo impediría.

El rostro del joven palideció. Abrió con desmesura los ojos y tragó saliva.

—Podrías, pero mi hermana lo sabría y te odiaría por ello.

Esta vez fue él quien alzó suspicaz las cejas con gesto inquisitivo.

Jamil sonrió jactancioso.

—Si algo me pasa, Said se encargará de entregarle a Alondra una carta mía en la que le cuento que estoy sufriendo amenazas de muerte por tu parte.

Yo tengo la misma carta de Said, por si acaso le ocurriera algo a él. Así pues, tienes las manos atadas, bárbaro pagano.

—Puedo mataros a los dos y así ninguno entregará nada, más que su mísera alma a vuestro Alá.

Aquella posibilidad no contemplada agrisó su rostro acanelado.

—Pero no es mi deseo manchar mis manos con sangre de rata —continuó— mi intención es convivir en armonía, y esa debería ser también la tuya, ¿y sabes por qué?

Jamil negó con gesto tirante.

—Porque puedo convertir tu vida en un infierno sin tocarte un solo cabello.

—Y yo la tuya —profirió altanero.

Una de las comisuras de la boca de Albert se estiró apenas en una mueca impaciente antes de que se abalanzara sobre Jamil. Lo aferró por el cuello y lo alzó, dejándolo patalear mientras sus pulmones se cerraban y su tez se tornaba violácea.

Apretó los dientes y gruñó acercando su rostro al del joven, mostrándole toda su fiereza.

Luego lo impulsó contra la pared midiendo su fuerza, no quería partirle la columna.

Cuando el cuerpo de Jamil se derrengó en el suelo, trémulo y jadeante, se aproximó a él y se acuclilló a su lado.

—Desearás estar muerto si vuelves a denunciarnos, te lo aseguro.

—¡Esta casa es mía! ¡Largaos de aquí, llévatela lejos y se acabará el problema! —gritó entrecortado, salpicándolo con su saliva entre sollozos de rabia.

—¿Tuya? —rugió Albert, sacudiéndolo por la pechera de su túnica—. ¿Tuya, miserable? Esta casa pertenece a doña María de Blanco, y la heredará su única hija. Vosotros vivís aquí por simple caridad y por el amor que le profesó a vuestro padre. No poseéis ningún derecho sobre esta propiedad, y deberíais dar gracias a vuestro Alá por esa dispensa, que ni merecéis ni cuidáis. Y te juro por mis dioses que yo mismo te desollaré si osas arrebatarle lo que le pertenece por pleno derecho.

—Como esposo te pertenecerá a ti, por eso…

Lo sacudió con fiereza hasta que los ojos de Jamil comenzaron a quedarse en blanco.

—No me compares contigo, sabandija vil… Mi única ambición es ver feliz a mi esposa, y, gracias a eso, tú seguirás respirando.

Lo soltó bruscamente y le dirigió una mirada de absoluto desprecio.

—Hemos sudado como animales la casa que elegiste, no tendrás otra. Serás tú quien salga de esta, junto con tu hermano, para no volver a entrar jamás. Espero que te haya quedado claro, porque no volveré a repetírtelo —sentenció poniéndose en pie.

Pisó a propósito su libro de oración antes de marcharse.

Salió al patio para tomar aire y reprimir así las ganas de estrangularlo.

Necesitaba pensar, adelantarse a lo que pudiera pasar, pues si de algo estaba seguro era de que la ambición de Jamil era más poderosa que su sentido común.

Si Freya no hubiera volcado en los muchachos el amor que no pudo darle a su padre, todo sería más fácil. Barajó la posibilidad de hablar con ella sobre el problema, pero no deseaba entristecerla, ya había sufrido demasiado.

Y, aunque tenía las manos atadas al corazón, ese asunto debía solucionarlo por su cuenta.

No imaginaba todavía adónde lo llevaría aquella fatal decisión.

CONTINUARA