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Capítulo 87

Una novia confusa

No fue una boda más.

A pesar del alborozo de los asistentes, ajenos a lo que en realidad se estaba gestando, la tensión subyacía en pequeños gestos, en miradas acusatorias, en sutiles desplantes y en intereses cruzados.

La dulce Zahira no miró arrobada a su esposo, sino un poco más a la izquierda, donde un apuesto guerrero de dorados cabellos y mirada aviesa sonreía cautivado a la mujer pelirroja que había a su lado. El imán que oficiaba la ceremonia en la gran mezquita era el taimado Taliq, que, en lugar de prestar atención a los contrayentes, clavaba en Freya una mirada resentida cargada de odio, que Albert deseó borrar a golpes. Por su parte, el novio tampoco prestaba excesiva atención a su hermosa desposada, sino que lo observaba desafiante.

Aquel día tuvo la seguridad de que debía encontrar una solución a aquel dilema. Su instinto gritaba desaforado acerca del peligro que corrían con Jamil y Said cerca. Y si algo no podía permitirse era poner en riesgo la seguridad y la paz que tanto les había costado conseguir por la insensata ambición de un advenedizo.

—Deja de fruncir el ceño —susurró Freya—, parece que estés en un funeral.

Aquella mención oscureció más su ánimo, aunque se esforzó por sonreír.

Ella entrelazó sus dedos con los suyos y los oprimió suavemente, dedicándole una sonrisa enamorada.

—En nuestra boda hubo un sacrificio, una promesa y un lazo azul que unió nuestras muñecas. Y lo que nunca podré olvidar fue la forma en que me mirabas.

—No podía apartar mis ojos de ti, por miedo a que fuera un sueño. Lo había imaginado tantas veces… —murmuró Albert sonriendo por primera vez.

—¿Imaginaste nuestra boda?

—Cada noche, desde que te besé por primera vez —confesó—, no pensaba en otra cosa más que en hacerte mía por siempre.

Su verdosa mirada se cristalizó en un anhelo tan apremiante que no pudo resistirse a besarla.

—Y lo soy, esposo mío.

—Y lo serás en esta vida y en la otra —afirmó rotundo— y en todas las que me sean dadas.

—Y yo repetiré mis juramentos en todas ellas.

El amor brotó de él como mana el agua de un manantial, incesante, burbujeante, inundando cada rincón de su ser con la amable caricia de la vida en su sentido más esencial. Ella era su vida, latía en su pecho, la inhalaban sus pulmones, vivía en su mente y movía cada uno de sus músculos. Ella era su todo, su razón, su principio y su fin.

Dichoso aquel que pudiera sentir lo mismo que él, ya que gozar de un amor así era un favor que no solían conceder los dioses, pues te hacía sentir como ellos.

No pudo dejar de mirarla durante el oficio, de congraciarse con su suerte y de dar gracias por haberla encontrado. Solo así pudo permanecer sereno en aquella puja de despropósitos.

Tras la ceremonia, el cortejo nupcial recorrió las laberínticas callejuelas de aquella enorme urbe de piedra, repleta de mezquitas, sinagogas, iglesias, mercados, palacios y casonas, donde los novios recibían las bienaventuranzas de sus convecinos, haciendo público y oficial su enlace hasta el hogar que los acogería provisionalmente.

Atravesaron los portones para descubrir que Flora, ayudada por la fiel Latifa y Ahmed, había dispuesto una hilera de mesas que bordeaban el pozo central repletas de deliciosas viandas y centros florales. Habían engalanado las columnas con cintas de seda roja y, en cada rincón, grandes candiles de latón proyectaban la luz de las velas de su interior con formas estrelladas que agujereaban la penumbra.

Que todo aquel trabajo e ilusión fuera invertido en quien no lo merecía lo enfurecía, pero esperó que al menos él abriera los ojos a su suerte.

El muy canalla se dejaba lisonjear por su hermana y, a su vez, le prodigaba falsos halagos y un trato cariñoso y engañosamente humilde. Merecía que lo descubriera ante todos, pero su corazón calló lo que la justicia clamaba.

Sentados a la mesa, disfrutaron del ágape, cantaron, bailaron y fingieron que el rubor de la novia era por el novio, que la gratitud del novio era sincera y que la unión sería dichosa. A decir verdad, solo Freya y su madre conservaban la venda en sus ojos, quizá vieran en ellos a Amin, quizá necesitaran limpiar sus culpas o su nostalgia. Sea como fuere, el amor que el resto les profesaba les sujetaba con fuerza esa venda para evitarles ver la clase de chacales que escondía la estirpe del hombre que tanto había amado una y extrañado la otra.

Albert se centró en disfrutar de la dicha de su esposa. Solo ver la luz de su sonrisa, el brillo en sus ojos, ya compensaba su silencio.

La noche concluyó felizmente para alivio de todos. Y, cuando se retiraron los novios y las mujeres, agotadas, subieron a descansar, Albert reunió a sus hombres en una esquina del amplio patio, cobijados por las sombras de la galería del piso superior.

—¿Qué tal ha ido? —preguntó Thorffin.

—He intentado amedrentarlo, pero ahora sé por qué nos quiere fuera y no me gusta —respondió inquieto.

Los demás lo miraron inquisitivos y expectantes.

—Quiere quedarse con esta casa.

—Es un malnacido, un hijo de perra, un…

—Un hombre muerto —acotó Hiram interrumpiendo a Jorund.

—Es lo que quiero evitar —recordó Albert con semblante grave—. No entiendo qué interés puede tener en esta propiedad cuando le hemos comprado una casa en la medina; es más pequeña, sí, pero perfecta para que forme una familia.

—¿Te has preguntado cómo piensa mantener a su esposa?

Miró a Thorffin y negó con la cabeza. Jamil era la mano derecha del imán y oficiaba en la mezquita, se dedicaba en exclusiva a la oración y a los preceptos de su religión, pero eso no aportaba caudales.

—Quizá su plan sea vivir aquí si logra echarnos y arrendar la otra casa para costearse una vida indolente —aventuró Sigurd.

—Busca algo —opinó Albert—, no sé qué, pero aquí hay algo que le interesa hallar. No encuentro otra explicación, vivir de una renta modesta no compensaría sus muchos gastos, y mucho menos la peregrinación de Said a La Meca y su ingreso en la madrasa de Damasco. Somos cinco hombres ganando jornales diarios desde que llegamos y a duras penas hemos costeado esa maldita casa.

—¿Y qué puede buscar entre estas paredes? —inquirió Thorffin.

—A tenor de sus objetivos, necesita encontrar un buen puñado de dinares, joyas o algún secreto que valga una buena recompensa —contestó sumido en sus cavilaciones.

Hiram se frotó el rostro con ambas manos para terminar enterrándolas en su abundante cabello con un gesto frustrado.

—Sin embargo, hay algo que no encaja —comenzó intrigado—. Llevan aquí varios años, ¿por qué lo buscan ahora que estamos nosotros? Han estado solos y tenido tiempo de sobra para hacerlo.

Albert se encogió de hombros y suspiró negando con la cabeza.

—Solo puedo hacer suposiciones, pero quizá descubrieron el secreto tras nuestra llegada, no lo sé, Hiram. Quizá sus motivaciones sean otras, pero lo que sí puedo aseguraros es que no se rendirán, y eso me obligará a hacer algo que quiero evitar a toda costa.

Sus hombres lo miraron con pesar.

—Amigo mío —musitó Thorffin rascándose la barba—, si aceptas un consejo, deberías contarle todo esto a Freya y que ella ayude a manejar la situación. Actuar a sus espaldas es un arma que esos miserables pueden blandir contra ti.

—Lo sé, y es lo que más me preocupa de todo esto. Pero sería un duro golpe para ella, les guarda un gran afecto a ambos.

—Más duro será el golpe después —repuso Jorund—, este asunto no va a acabar bien.

Por desgracia, Albert estaba de acuerdo en aquel punto.

Respiró profundamente y asintió tomando la decisión de hacer partícipe a su esposa de cuanto acontecía en su propio hogar con sus hermanos de sangre.

—Lo haré, tener secretos con ella me quema las entrañas —reconoció.

Sus hombres palmearon su hombro y, tras gruñidos, bufidos y algún escupitajo, desaparecieron rumbo a las habitaciones.

Albert, en cambio, se sentó en el suelo, apoyando la espalda en la base de una columna, contemplando cómo un torrente de plata incidía justo en el pozo, como si una luz sagrada resaltara su divinidad. Aquel toque místico lo cautivó por un largo instante, embriagado por la atmósfera onírica de una noche calma y despejada. Y, de repente, algo se removió en lo más profundo de su mente, como si un topo escarbara en la tierra pugnando por salir, pero sin llegar a hacerlo. Intentó retener aquel pensamiento que apenas había arañado la superficie, aunque ni siquiera logró vislumbrarlo. No obstante, le dejó la sensación de que era importante, incluso vital. Y maldijo para sus adentros por no gozar de mayor lucidez o concentración para lograr desenterrarlo.

Bufó exasperado y estiró las largas piernas cruzándolas por los tobillos.

Ahora su principal preocupación era buscar el momento y las palabras adecuadas para hablar con Freya. No lo postergaría, el argumento de Jorund había calado en él. Jamil podía usar su secreto para enfrentarlos. Y eso sí lo desazonaba.

Oyó un leve gemido que se apresuraron a sofocar.

Alzó la vista en su dirección.

Provenía de la ventana del primer piso: la habitación de los desposados. Fue fácil adivinar que estarían consumando su unión. Compadeció a la dulce Zahira; dudaba que un hombre de su calaña fuera generoso en el lecho, ni amable fuera de él.

Otro gemido.

Un gruñido.

Se sintió un vulgar mirón. Se puso en pie y subió la escalinata hacia su cuarto. Todo cuanto necesitaba era aliviar su malestar en los suaves brazos de su esposa, de su amada Freya.

De madrugada sintió la imperiosa necesidad de hacerle el amor, de prodigarse en caricias, arrumacos y pasión. De reafirmarle una vez más que ella era su vida entera.

Cuando Freya volvió a dormirse sobre su pecho, plácida y satisfecha, sintió algo nuevo que detestó en el acto: tenía miedo.

Despertó ya entrada la mañana para su completo asombro. Hacía tiempo que no remoloneaba en el lecho, y suspiró gustoso. Se estiró como un gato enorme y contempló el cielo cuarteado que asomaba por la celosía del ajimez, azul y diáfano.

Lo maravillaba que en aquellas tierras las nubes fueran tan esquivas, las lluvias tan tímidas y el frío tan medroso. Bien era cierto que aquel sol impetuoso dominaba aquellos parajes, como si el martillo de Thor los golpeara con su implacable fuerza, no permitiendo que ningún otro elemento predominara. Y, aunque gustaba de relajarse de vez en cuando, solía tomar el mando con rotunda determinación, secando la hierba, endureciendo la tierra y bebiendo los ríos. Pero el ingenio del hombre se agudizaba ante la inclemencia de un sol castigador, trazando todo un compendio de canales, acueductos, norias, batanes y acequias que transportaban el agua a donde se precisara, creando verdaderos vergeles en lugares antaño yermos. Y aquella excelsa ingeniería lo cautivaba. Si algo ansiaba era crear su propia almunia, cerca del río, con un terreno de pasto y su propio ganado, y un huerto decente que los mantuviera. Incluso podría mercadear con sus productos y cambiar la espada por el azadón. Podría ocupar la que pertenecía a Freya, si fuera capaz de olvidar quién se la había regalado. Jamás podría vivir bajo el techo de quien había caído bajo su acero. Y menos en un lugar cargado de los recuerdos de otra vida, de otro amor, uno con el que había peleado hasta la muerte.

Apartó sus divagaciones y se centró en lo importante, poner a su esposa al corriente de lo que acontecía con sus hermanastros.

Llenó sus pulmones de aire y su decisión de firmeza, y salió del cuarto tras vestirse y recoger su larga melena rebelde en una coleta.

Buscó a Freya y la encontró en la sala, reía y tomaba el té con los novios.

Verla coger la mano a Jamil con gesto afectuoso, mientras le contaba los vericuetos del matrimonio, lo hizo tragar saliva. Pero fue la sibilina mirada del muchacho lo que realmente lo angustió.

—Albert —musitó ella al reparar en su presencia—, les estaba contando lo del martillo de hammarsäng, y algunas de nuestras curiosas tradiciones.

—Ya no son vuestras, ahora todos sois mozárabes —puntualizó Jamil, suavizando el apunte con una sonrisa beatífica.

—Sí, sí —se apresuró Freya a rectificar—, nuestras antiguas tradiciones.

—Bueno, yo pretendo no olvidar algunas —comenzó Albert tomando asiento junto a su esposa y dirigiendo una sonrisa enigmática a Jamil.

—Espero que no tengan que ver con el credo que ahora profesáis —manifestó la rata almizclera— corren tiempos convulsos y cualquiera puede sospechar de vuestra lealtad al islam.

Albert mantuvo la sonrisa, aunque su gesto se endureció.

—Por supuesto, he comprobado en mi propio pellejo la suspicacia de mis recelosos convecinos en dos ocasiones. —Entornó los ojos y clavó en el muchacho una mirada cargada de inquina—. Pero no me refería a cuestiones de fe, sino a simples costumbres. Yo, por ejemplo, echo mucho de menos una práctica muy habitual en nuestras tierras.

Zahira, que lo contemplaba interesada, agrandó los ojos y lo alentó a continuar con una sonrisa ingenua.

—¿Qué práctica extrañas?

—El águila de sangre. —Miró intencionadamente a Jamil con gesto depredador.

—¿Y en qué consiste? —insistió Zahira.

Pudo sentir el desconcierto de Freya, y, aunque no la miró, supo que estaba frunciendo el ceño desaprobadora.

—Bueno, es un método de tortura y ejecución infalible para desalentar a los enemigos —explicó Albert sin apartar su afilada mirada de Jamil—. Consiste en abrir la espalda del condenado con un estilete muy afilado, siguiendo cuidadosamente la columna vertebral. Luego se rompen las costillas para poder extraer los pulmones como si fueran dos alas sanguinolentas y se cuelga al desdichado de un árbol. Es fascinante ver cómo los pulmones se hinchan de aire durante un tiempo. Es una muerte lenta y dolorosa.

Se regodeó en la lividez de Jamil, que parecía petrificado. Zahira compuso un gesto de aversión y Freya le dio un codazo en las costillas.

—¿A qué viene eso? —lo increpó disgustada.

Él se encogió de hombros y sonrió a modo de disculpa.

—No sé por qué me ha venido a la cabeza. Acabé agotado la última vez que lo practiqué —mintió paladeando el pavor que asomaba al rostro de Jamil.

Salió de la estancia, sabiendo que Freya lo seguiría para pedirle explicaciones.

CONTINUARA