Disclaimer: Los personajes le pertenecen a Rumiko Takahashi, me reservó los derechos de creación literaria de esta historia.

ADVERTENCIA: Este relato contiene lemmon, si no te gusta este tipo de relatos favor de abstenerse de leerlo.

Donde la tierra es el cielo

Aún no había salido el sol y el trinar de los pocos pájaros madrugadores se escuchaba como un eco lejano. Entreabrió sus ojos y parpadeó un poco para acostumbrar sus ojos a la oscuridad que todavía imperaba tanto dentro como fuera de la cabaña.

Se removió de entre las sábanas en lo que giraba su cuerpo para quedar boca arriba, sintió como los brazos que la sujetaban en un abrazo cálido, aflojaban su agarre para permitirle movilidad. Sonrió ante este hecho, aún en medio de los sueños, su hombre se las arreglaba para procurarle comodidad.

Con sumo cuidado se incorporó para estirar su cuerpo dejando al descubierto su torso desnudo. Sus mejillas se colorearon de carmín al repasar por su mente, las escenas candentes de la noche anterior. Una suave brisa matutina se coló por entre la ranura de la estera que fungía como puerta, provocándole un leve estremecimiento; aunque era verano, las madrugadas solían ser frescas. Sus ojos castaños repararon en el haori rojo que había quedado tirado hecho un lío cerca del futón. Mordió su labio inferior en medio de una sonrisa pícara, la noche anterior prácticamente le arrancó esa prenda a su esposo, ansiosa por sentir su piel y los músculos firmes debajo de ella.

Se inclinó ligeramente hacia un costado para poder tomar la prenda entre sus manos. Aspiro profundamente el aroma a petricor que descubrí, amaba ese olor, el aroma de él, de su amado InuYasha. Intentando no moverse demasiado para no despertar al hanyo que dormía profundamente a su lado, se colocó el haori a manera de bata, por un instante abrazó su cuerpo, emulando los brazos que con anterioridad le abrazaran protectoramente. Lenta y lánguidamente se incorporó y después de echarle una última mirada cariñosa a su marido se dirigió hacia el fogón de la cocina.

Colocó el agua para poder preparar el té. Desde que compartía su espacio, tiempo y vida con InuYasha había tomado por costumbre levantarse al alba para preparar una infusión de hierbabuena con menta para erradicar cualquier tipo de mal aliento que pudiese llegar a tener durante la mañana. Y aunque él le repetía una y otra vez que de todas formas la amaría, ella se sintió más cómoda bebiendo su té antes de darle su acostumbrado beso de buenos días.

Con taza en mano volvió a la habitación y con embeleso contempló el hermoso rostro de InuYasha, recorrió con su mirada las facciones fuertes y varoniles, sus labios carnosos, la paz reflejada en su faz, producto de la certeza de que, por primera vez, no hay nada que temer, ni razón para huir; cerró los ojos por un momento hechizada por la suave respiración y los latidos acompañados de su corazón. Se estremeció, ¡él no podía ni imaginar cuánto le amaba! Recordó, aquel primer momento en que lo vio por primera vez, su rostro reflejaba tranquilidad pese a tener una flecha clavada cerca del corazón. Río bajito al recordar que no fue su atractivo rostro lo que llamó en primera estancia su atención, si no sus encantadoras orejas de perro. Pero después... No pudo apartar su vista ni su corazón lejos de él.

Continuaba en su contemplación, cuando lo observó abrir sus ojos y como de golpe se incorporó al no sentirla en su pedacito de futón a su lado.

Sus ojos dorados, tan acostumbrados a la oscuridad, la buscaron desesperados, encontrándola, esperando en un rincón, solo entonces lo escucho respirar con alivio. Por un momento le cruzó la idea de reprenderla por separarse sin aviso de su lado, pero cambió de idea, al notar lo sensual que se veía, recargada en la pared, con la taza de té entre ambas manos y su haori rojo a modo de vestido, que dejaba al descubierto sus piernas largas y torneadas. El ámbar de sus ojos recorrió la figura femenina, grabando con fuego en su retina la imagen.

Kagome tembló cuál hoja al viento al sentir como su cuerpo vibraba ante la intensidad de la mirada, InuYasha siempre tenía la virtud de desnudarla con solamente observarla. Una descarga eléctrica recorrió su espina dorsal cuando lo vio incorporarse, con aquella mirada de depredador que le conocía tan bien. Lo vio acercarse a ella, lentamente, como acechando.

Sus ojos castaños recorrieron con deseo el bien formado cuerpo de su esposo, sin lugar a dudas, era todo un adonis; los músculos de los brazos bien delineados, su abdomen marcado, las piernas fuertes, la espalda ancha, su bien redondeado trasero, cubierto por su sedoso cabello plateado y ¡Dios santo! Su miembro recién erecto, ese hombre, su hombre, era todo un espectáculo para la vista, no pudo evitar remover instintivamente sus labios con deseo mientras le nacía la imperiosa necesidad de besarlo.

Sintió sus grandes manos posarse sobre las suyas, que todavía sostenían la taza humeante, con suavidad y mirándose fijamente a los ojos, InuYasha elevó hacia sus labios la taza, sopló sutilmente el contenido antes de beber un sorbo. Aquella acción provocó en Kagome una explosión de calor naciendo en su bajo vientre. Al percibir que aquella acción provocó que se hiciese más intenso el aroma a excitación que su mujer comenzaba a emanar de su cuerpo, la repitió una vez más, esta vez relamiendo sus labios.

Poco a poco fue retirando el cuenco de sus manos para dejarlo sobre el alfeizar de la ventana, con esa misma lentitud acarició la palma derecha de su compañera, reconociendo los finos y delgados dedos antes de entrelazarlos con los suyos. Avanzó tres pasos para cortar la distancia que había entre ellos, su otra mano ascendió para acomodar un rizo rebelde detrás de la oreja de Kagome, ¡Cómo amaba acariciar su sedoso cabello! Repitió la caricia pasando, los dedos por el nacimiento de su pelo en la frente para después perderse en la suavidad de las ondas azabaches.

Kagome comenzó a soltar pequeños suspiros que denotaban el placer que aquellas caricias le proporcionaban, InuYasha, animado por la respuesta de su mujer, continuó con las sutiles caricias. Esta vez, su dedo pulgar delineó las suaves mejillas hasta llegar a los carnosos labios que tanto amaba besar. Los acarició deleitándose con su forma y su cuerpo se estremeció de placer cuando Kagome depositó un beso huérfano sobre su dedo antes de comenzar a lamerlo para después tomarlo con su boca y chuparlo levemente.

Fue entonces, que el mundo se detuvo...

Ambos ojos centellaron de deseo y sus labios se encontraron en un ansiado y apasionado beso, tanto ella como él gimieron en la boca de uno como del otro. Ella abrió su boca para dejar que el fresco sabor de su amante se juntara con el de ella, permitiendo así profundizar el beso. Por un momento pensó que podría pasarse la vida entera así, comiéndose a besos con él y jamás se sentiría satisfecha. Porque los besos de InuYasha eran como una droga dura para Kagome.

Las manos de él, una en principio entrelazada con la de ella y la otra enredada entre la espesa cabellera oscura, comenzaron a moverse como si tuvieran vida propia. La que estaba sujeta, soltó la mano que agarraba, para poder iniciar un recorrido por sus caderas, pasando por la cintura para terminar posada en uno de los turgentes pechos por encima del haori. La otra descendió dando ligeros roces con sus uñas en el cuello, trazando un camino por la espalda y deteniéndose en el centro de la columna vertebral para dar un pequeño tirón para pegarla aún más a su cuerpo.

Kagome gimió fuertemente sobre la boca de él, cuando sintió el miembro duro chocando contra su vientre, se sintió tan condenadamente bien, que sus manos se posaron sobre las redondas nalgas del hanyo, apretándolas antes de elevar sus caderas y acercarlo mucho más a su pelvis para poder sentir en plenitud la rigidez del miembro de su esposo.

Él abrió los ojos ante aquella sorpresiva caricia, rompió el beso y la miró. ¿Desde cuándo ella era tan atrevida? Pudo ver la mirada traviesa y sensual, sus labios rojos e hinchados por sus besos, las mejillas sonrojadas y el agitado pecho subir y bajar debido a la excitación, así que quería jugar, pues jugarían entonces. La mano que estaba sobre su pecho, se deslizó hacia abajo y subió acariciando la aterciopelada piel de los muslos, metiéndose entre la tela del haori, buscando la plenitud del pecho, cuando lo encontró comenzó a amasarlo suavemente, intentando endurecer el pezón, cuando lo consiguió, sus dedos lo apretaron mientras su boca lamia y daba pequeñas mordidas a su cuello. Ella exhalo un suspiro de puro placer. La vio echar su cabeza hacia atrás mientras curvaba su espalda, ofreciéndose aún más a él.

De no ser porque estaba recargada en la pared, Kagome hubiera jurado que habría caído de espaldas, derretida por el enorme placer que sintió. Cuando se repuso y mientras se enderezaba, alcanzó a observar como InuYasha comenzaba a desatar el nudo del haori. En menos de dos segundos quedaron al descubierto sus encantos. InuYasha jadeo al mirarla, simplemente era perfecta, un delicioso manjar que deseaba devorar por toda la eternidad.

Volvió a sostenerla entre sus brazos antes de iniciar un recorrido de besos sobre su cara, bajando por el cuello hasta llegar a sus pechos, dónde tomó el pezón que había acariciado con anterioridad con la boca. Ella volvió arquear la espalda, esta vez enterrando sus dedos en los cabellos plateados. InuYasha succionó el rosado pezón, mientras la sostenía por la espalda, cuando creyó conveniente repitió la caricia en el otro pecho.

Kagome respiraba con dificultad, pero ella también quería provocar y tocar, bajo una de sus manos mientras le repartía caricias por la espalda, realizando un trayecto por el costado hasta meterse en el breve espacio que había entre sus cuerpos, con la intención de poder acariciar a su miembro. Acuno la erección con su mano, lo que derivó que InuYasha se estremeciera de puro deseo y soltara un gemido ronco.

Volvió a besarla en la boca antes de él también descender una de sus manos para alcanzar el sedoso vello que ella tenía entre las piernas. Lo sintió ponerse más duro que una roca, cuando su mano sintió lo mojada que estaba. Kagome se sacudió violentamente cuando InuYasha rozó levemente su botón del placer, su frente se recargo sobre su hombro soltando suaves gemidos cargados de erotismo.

Queriendo provocar las mismas sensaciones que la llevaban a la gloria, Kagome envolvió con su mano la masculinidad de su amante y lo comenzó a frotar delicadamente, cuando logró mantener un ritmo constante comenzó a aumentar la presión y la velocidad. InuYasha pensó que había perdido por completo la cordura, inmerso, como estaba, en las sensaciones que la mano de Kagome junto con su exquisito aroma de hembra en celo le estaban provocando a cada uno de sus cinco sentidos.

Ella estaba igual o peor que él, había comenzado a jadear sobre su cuello, sintió como una ola de calor ardiente le recorría todo el cuerpo, un fuego que era alimentado por las caricias que la mano de InuYasha aún le proporcionaba a su intimidad. Sentía la imperiosa necesidad de volver a ser una sola con él. Quería que no existiera el tiempo, detener ese momento... Una vida entera no le alcanzaba para entregarle todo el amor que sentía por él. Aunque en ese momento, lo único que quería era volver a entregarle su cuerpo y con él, su espíritu.

Supo que él sintió lo mismo cuando se despegó levemente de su cuerpo y separó ligeramente sus piernas para mantener el equilibrio, ella por mero instinto se elevó un poco para poder enredar sus piernas sobre sus caderas. Al sentirla tan cerca de su erección, InuYasha experimentó la necesidad de estar dentro de ella, deseaba sentir ese calor arropar su miembro de la misma manera que el amor incondicional de Kagome le abrigaba el corazón y el alma.

Cuando la sintió abrazarse a sus hombros, entendió que estaba igual de ansiosa que él, recargó su frente sobre la de ella en lo que la sostenía por las caderas para levantarla levemente antes de enterrarse dentro de su cuerpo. Ambos jadearon fuertemente al sentir la unión. Era delicioso percibir esa calidez apretándolo, tan profundamente. Nunca imaginó que aquella postura podría enervarle tanto los sentidos.

Comenzó a moverse, primero suavemente, sintiendo como ella apretaba el agarre de sus piernas mientras le pedía entre gemidos que no se detuviera.

Kagome estaba en el colmo del placer, sentirlo dentro de ella era enervante, su boca emitía gemidos y jadeos cada vez más fuertes, que sólo conseguían motivar a su amante, quien comenzaba a entrar en ella con mayor velocidad y fuerza. Sintió como su cuerpo comenzaba a tensarse, en la antesala del máximo placer. Su respiración se volvió pesada, su cuerpo tembloroso se arqueó de nueva cuenta antes de explotar.

- ¡InuYasha! — gimió en medio del orgasmo.

Él se dejó arrastrar por el estallido de su amada, se perdió en medio de las contracciones que el interior de ella le proporcionaba, enterró su rostro en el cuello blanco antes de que su propio orgasmo lo alcanzará. Dio una última embestida antes de explotar dentro de ella, derramando su ardiente simiente.

Ambos temblaban e InuYasha sintió que sus piernas se flaqueaban. Muy despacio fue deslizándose hacia el suelo, hasta quedar de rodillas, cuidando en todo momento a la mujer que sostenía entre sus brazos. Cuando elevó su rostro para mirarla, se encontró con unos ojos castaños de mirada suave y satisfecha.

-Kagome...

Ella sonrió ante la mención de su nombre, con uno de sus dedos le acarició la nariz.

- InuYasha - susurró - A veces eres una cosa, ¡bárbara! - exclamó divertida.

- Tonta - pronunció con falso reproche en lo que esbozaba una sonrisa orgullosa y arrogante.

Volvió a tomarla entre sus brazos, esta vez para conducirla hacia el futón, donde la recostó con suavidad. No tardaría en despuntar el alba, pero podrían permitirse algunas horas más, para estar así, juntos.

Se recostó a un lado suyo y de nueva cuenta cubrió la desnudez de sus cuerpos con la sábana antes de volver a envolverla entre sus brazos. Kagome dejó descansar su cabeza contra su pecho, sintiendo todo el amor, la felicidad y la seguridad correr por todo su cuerpo. Ahí era donde quería estar por toda la eternidad, ese era su lugar favorito, a ese lugar era donde pertenecía.

Ese lugar donde la tierra es el cielo... Y que era ahí, en los brazos de InuYasha.


Notas: Pues aquí yo de nuevo con un ONE SHOT un poco subido de tono jeje. Reconozco que no soy muy dada a escribir lemmon, pero esta parejita me motiva y como ya se acerca el dia de los enamorados, pues vamos calentando motores porque la fecha y el mes lo amerita XD. Espero hayan disfrutado leerlo, como yo el escribirlo. Y, por último ¿ustedes también tienen su lugar donde la tierra es el cielo? De todo corazón, espero que sí y si no es así, que lo encuentre en algún momento. Cuídense mucho ¡Hasta pronto!