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Capítulo 88
Juramentos de oro.
La esperó en el zaguán.
Cuando la vio aproximarse a él con gesto furioso, solo pudo pensar en estrangular el feroz impulso de tomarla entre sus brazos y besarla.
—¿Qué diantres está pasando?
—Paseemos por la ribera y te lo contaré todo.
La tomó de la mano y tiró de ella hacia los portalones.
Atravesaron la ciudad hacia la Vega Baja.
El dédalo de callejuelas que derivaban en plazas y mercados marcaba un trazado peculiar. Las numerosas fortificaciones recordaban a cada paso que vivían en una ciudad fortificada que no solo se defendía del exterior, puesto que estaba situada en un enclave estratégico, frontera con los reinos cristianos, sino que se protegía del belicoso carácter de los ciudadanos. El anterior valí de Tulaytulah, el vengativo Amrus ben Yusuf, había construido un al-hizam, un recinto fortificado inexpugnable en la parte noroeste de la urbe.
Estaba circundado por una alta muralla que lo aislaba de la medina y que tenía acceso independiente por la Puerta de Bab al-Qantara. En su interior cobijaba dos alcázares, uno de carácter militar y otro como residencia personal del valí.
Aquel núcleo protegido justo en el centro de la ciudad y en un plano elevado no solo vigilaba sus dominios, sino que se guarecía de la rebeldía innata de sus habitantes. Albert pensó en lo absurdo que le parecía que un líder pudiera gobernar a su pueblo temiéndolo al mismo tiempo. En su antigua condición de hersir, su función principal era la de proteger a su gente, no protegerse de ellos. Aquello no tenía ningún sentido, pues sin respeto ni confianza, el pueblo acabaría derrocándolo, por mucho fortín que construyera a su alrededor.
Cuando pasaron por las murallas de la judería, Freya se detuvo al reconocer una figura que emergía en aquel momento por la Puerta de Bab al-Yahud.
—¡Patty!
La joven mujer se cubrió la frente con la mano para evitar el sol del mediodía en sus ojos y los entornó mirando en su dirección.
Una amplia sonrisa iluminó su rostro.
Albert la conocía. Era la amiga hebrea de Freya, una muchacha de carácter jovial y mirada inteligente.
Alzó la mano y se acercó a ellos. Freya y ella se abrazaron con profundo afecto y él dio un paso atrás, observándolas con agrado.
—¿Adónde vais?
—A pasear por la Vega Baja —contestó Freya— hace un día precioso.
Patricia miró atrás de manera subrepticia. Albert detectó en ella un gesto nervioso que lo intrigó.
—Disfrutad mucho del paseo, pero no volváis tarde: cuando se pone el sol, la ciudad no es segura.
—¿Qué tal van las cosas por la judería?
El padre de Patty, Isaac ibn Ibrahim, era orfebre y, según había oído, había tenido varios roces con el basi acerca de la subida de la yizia, que era el impuesto personal para conservar la fe, además del jarach, un impuesto territorial. La comunidad sefardí, menos beligerante que la mozárabe, había optado por el diálogo, nombrando al basi como embajador para negociar con el valí una cuantía razonable a cambio de servicios varios y la sumisión absoluta del pueblo hebreo. Algo que no contaba con la aprobación de una facción de la comunidad, entre la que se contaba Isaac.
—Continúan las disputas, pero me temo que nada detendrá al basi Samuel; su propuesta ya es firme y pronto la sellará el gobernador.
—¿Y qué hay de malo en buscar una solución pacífica? —intervino Albert.
—Que nadie confía en que se cumplan los términos. Además, tampoco son partidarios de compartir la sabiduría de nuestro pueblo con el opresor.
—¿Qué clase de servicios piensan ofrecer?
—Tesoreros, prestamistas y mercaderes se pondrán al completo servicio del emir. Además de… —volvió a atisbar a su alrededor y bajó la voz— una red de espionaje que habrá de controlar a la comunidad mozárabe. El valí al-Masua teme una nueva revuelta.
Albert asintió, comprendiendo lo delicado de la situación.
—Si os apetece una taza de té a la vuelta, seréis bienvenidos.
Reanudaron la marcha descendiendo por una abrupta calleja con adoquines levantados, por los que traqueteaba una carreta que daba saltitos en cada socavón.
Alberr tomó a Freya de la cintura y la ciñó contra la pared, cubriéndola con su cuerpo cuando el carromato pasó rozándolos. Aquella proximidad lo hizo perderse en los verdes ojos de su esposa.
El pulso latió en su entrepierna y el deseo de besarla acicateó con más intensidad su boca.
—No dejaré que me beses hasta que contestes todas mis preguntas —anunció ella adivinando su intención, aunque, por cómo lo miraba, compartía el mismo anhelo.
—Espero que no tengas muchas, no soy un hombre contenido.
—Ni yo una mujer paciente.
—Démonos prisa, pues.
Se separó de ella y, enlazando su mano de nuevo, recorrieron la ciudad, atravesando el mercado de las bestias.
Dejaron atrás la parte alta, salieron por la Puerta de Mohaguía y continuaron camino hacia el río, que envolvía el inmenso meandro donde se alzaba la ciudad fortificada.
Tras abandonar la muralla exterior que cerraba los arrabales, tomaron un sendero agreste que terminaba en una hermosa ribera de altos juncos y pinos enhiestos, frondosas alamedas y cañaverales. Y un río amplio y manso, donde rielaban perezosas las escasas nubes que surcaban un cielo brillante, los saludó con su frescor.
Condujo a Freya hacia unos troncos caídos y se sentaron en ellos.
—¿Por qué no soportas a Jamil? —comenzó ella enfrentando su mirada.
—Es Jamil quien no me soporta a mí. Fue él quien nos denunció las dos veces.
Ella lo observó con incrédulo estupor un largo instante, asimilando la información.
—Pe… pero ¿por qué habría de hacer algo así?
—Nos quiere fuera de la casa. Todavía no he descubierto el motivo, pero lo haré.
Freya se puso en pie y comenzó a caminar de un lado a otro. De pronto se detuvo frente a él con el ceño fruncido y gesto malhumorado.
—¿Y crees que amedrentarlo con el águila de sangre es la solución?
—¡Si vuelve a denunciarnos, iremos al patíbulo! —se defendió.
—Hablaré con él, estoy segura de que no sabe la gravedad de la situación.
Y, bueno, quizá se sienta ofendido por alguna actitud vuestra y en un arrebato…
—No te atrevas a justificarlo —la interrumpió ofuscado—, no lo ha hecho una vez, sino dos, y encima en esta ocasión las consecuencias serán más graves, pues te va a enfrentar a Taliq. Necesita un buen escarmiento, y por los dioses que se lo daré.
Freya arrugó el gesto y sacudió la cabeza disgustada.
—Déjame hablar con él, es mi hermano.
—Medio hermano —resaltó ante el ceño de su mujer, que lo contemplaba confusa y preocupada.
—Sé que lograré hacerlo entrar en razón.
—¡Maldita sea, Freya! Mis hombres y yo hemos pasado largos días y horribles noches en una mazmorra por su culpa.
—Lo sé, cariño, lo sé. Y te prometo que no volverá a ocurrir.
—Desea despojarte de esa casa, quedarse con todo. Freya, no seas ingenua, míralo tal como es: una sabandija sin corazón.
Respiró hondo y negó con la cabeza, aunque en su rostro creció una desazón que lo oscureció.
—Piénsalo bien, antes todo era suyo, tu casa, tu madre, tus rentas.
Regresas y su posición se ve amenazada. Y, aun así, tengo la sensación de que hay algo más, algo que lo mueve a ser tan temerario.
—Me cuesta creer que Jamil sea tan ambicioso. Debería agradecernos que le hayamos comprado una casa y que ahorremos para que Said cumpla su sueño de ser ulema. No debería tener queja alguna.
—Lo que tiene es un secreto.
—¿Cómo sabes que fue él quien os denunció?
—Solo hay que saber observar, es difícil esconder la expresión relamida y triunfal de quien se cobra venganza mientras disfruta en primera persona de ella. Pero, encima, él no lo negó cuando lo acusé. Es más, confesó que nos quiere fuera de la casa y que le pertenece.
El hermoso rostro de Freya se ensombreció paulatinamente hasta adquirir un tinte apesadumbrado que le estrujó el corazón.
Albert no pudo contenerse más y la estrechó entre sus brazos.
—Habría pagado con más encierros haberte evitado esto —susurró contra su pelo—, pero aquí acaban sus desmanes. Mi vida y la de mis hombres está en juego por la ambición desmedida de un malcriado.
—Ni yo consentiré que cargue de nuevo contra vosotros. Creo que lo mejor es pedirles que se instalen ya en su nueva casa. Deberías haberme confesado tus sospechas la primera vez.
—Intentabas ganarte su afecto, y creí en un principio que mis advertencias lo harían recapacitar, mas no ha sido así.
Acarició su largo cabello rubio, recogido en una gruesa trenza.
Las mujeres casadas debían evidenciar su condición ocultando su cabello bajo un tocado, velo o cofia, pero ni ella se sentía cómoda con semejantes prendas, ni él creyó que las necesitara para clamar al mundo que era suya.
—Siento tanto que todos hayáis sufrido solo por evitarme este pesar…
—A veces la carencia de un sentimiento en una persona resalta la abundancia de él en otros.
Ella alzó el rostro y lo miró afectada.
—Heredaste la sabiduría de Eyra, y su corazón.
—Tuve una gran madre y una gran consejera.
Tomó el rostro de Freya entre sus grandes manos y acercó los labios a su boca, rozándolos suavemente, deleitándose en el preludio de un beso que esperaba borrara la tristeza de su faz.
Ella exhaló un gemido ansioso que mandó al garete la dulzura que deseaba imprimir en el gesto.
Gruñó rudo y la besó con hambre desatada, ciñéndola contra sí con ese anhelo por fundirla en su interior que le punzaba implacable cuando la tenía entre sus brazos.
Cuando logró separarse de ella, ambos jadeaban trémulos.
—Albert, mi amor, ¿acaso es posible que te ame más de lo que ya lo hago?
—Todo es posible, yo desde luego contribuiré a ello.
—¿Dejarás el asunto de Jamil en mis manos?
Él asintió y besó su frente.
—Pero no lo subestimes solo porque compartáis lazos de sangre. Debes prometérmelo. He conocido demasiados buitres en mi vida para no reconocerlos, también tú, pero la venda de tu padre no te lo pondrá fácil.
—Acabas de quitarme esa venda.
Freya suspiró contrita, pero al cabo miró a su alrededor y, componiendo un semblante más ligero y curioso, preguntó de pronto:
—¿Por qué me has traído en realidad aquí?
—Bueno, me temo que la excusa de hablar a solas no ha funcionado en alguien tan agudo como tú.
—Hemos atravesado toda la ciudad solo para llegar aquí, por lo que imagino que debe de haber un motivo de peso en este lugar.
Miró en derredor mientras Albert introducía la mano en su zurrón.
—Necesitaba un entorno adecuado —confesó, extrayendo una pequeña bolsa de cuero que abrió ante ella.
La observó con entusiasmo mientras tomaba el anillo entre sus dedos y se lo mostraba.
Freya dejó escapar un gemido sorpresivo y sus ojos refulgieron alborozados.
Tomó el anillo entre las manos, girándolo en sus dedos con afectada incredulidad.
—Es… exacto —profirió maravillada.
—Lo encargué al padre de Patty —explicó dichoso—. Le di instrucciones precisas sobre su descripción y sus materiales. Y lo ha replicado a la perfección.
El anillo de su boda se había perdido en aquel que antaño fue su mundo, pero no podía más que refrescar sus juramentos en aquella nueva tierra, y materializar su promesa en aquella alianza tan especial para ellos.
Clavó su rodilla en tierra y se postró ante ella, mirándola con semblante grave y ceremonial.
—Juro protegerte con mi vida, amarte con mi alma y venerarte con mi cuerpo. Me entrego a ti hasta el fin de los tiempos —pronunció por segunda vez en su vida, absorto en el rostro de la mujer que amaba, imprimiendo en su voz cuanto sentía.
Freya se arrodilló junto a él, extendió la mano y él le colocó el anillo en el dedo mientras ambos se miraban a los ojos, prensados por una emoción que cerraba sus gargantas y humedecía sus ojos.
—Sí —musitó en un estrangulado hilo de voz— sí puedo llegar a quererte más.
—Unidos por toda la eternidad, mi amor —murmuró él, esgrimiendo una sonrisa emocionada.
Freya besó el anillo que representaba su unión. Dos serpientes de oro entrelazadas, mirándose entre sí, una con ojos de hermosas gemas celestes y la otra lucía dos esmeraldas. Y luego, con infinita ternura, besó sus labios.
—Tuya…
—Tuyo…
Y, como correspondía a toda renovación de votos, restaba sellar aquella entrega como se había sellado la primera.
Caía la tarde en la ribera cuando por fin sus cuerpos, exangües, se dieron por satisfechos.
CONTINUARA
