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Capítulo 89

La llama de la fe

Cogidos de la mano, flotaban más que caminaban de regreso a casa.

El sol se ponía en el horizonte, trazando un singular tapiz de luces y sombras en las fachadas de los edificios. La piedra se doraba bajo aquella luz cobriza y la penumbra se cobijaba en los rincones, presta a conquistar la tarde para convertirla en noche.

En lo alto de los adarves y las almenas del al-hizam ya habían prendido las antorchas, y pronto encenderían los escasos candiles que iluminaban las calles.

Las familias de bien se retiraban a sus hogares y los maleantes, ladronzuelos, prostitutas y rufianes emergían en las esquinas como las setas bajo la lluvia, en ramilletes.

Su físico, ya no solo por su constitución y su tamaño, sino porque evidenciaba que era una bestia del norte, solía desalentarlos. Aun así, aferraba la empuñadura de su espada, como añadido disuasorio.

El olor a fogatas inundó el atardecer.

A pesar de la prohibición de hogueras en plena calle, los mendigos transgredían la hisba, respecto a las ordenanzas sociales que los ciudadanos debían cumplir y respetar. Y, aunque la guardia se las apagaba, el frío de la noche los instaba a encenderlas de nuevo.

No obstante, a medida que se acercaban a la judería, el olor se intensificaba.

Albert contempló la incipiente noche para descubrir que volutas de humo se deshilachaban en tirabuzones blancuzcos que zigzagueaban en un cielo oscuro.

—Demasiadas hogueras a horas tan tempranas —comentó Freya con extrañeza.

—No son hogueras, es un incendio —afirmó acelerando el paso sin soltarla de la mano.

Conforme avanzaban, localizó el origen del fuego. Provenía de la judería.

Ninguno lo dudó. Corrieron hacia la Puerta de Bab al-Yahud.

Cuando llegaron, se toparon con un tropel de gente que salía despavorida, entre gritos y lamentos.

Albert detuvo a un hombre que huía, atrapándolo de la pechera de su túnica.

—¿De dónde procede el incendio?

—De la sinagoga mayor.

La sinagoga estaba junto al hogar de Patty.

Freya lo miró angustiada y se adelantó a la carrera, adentrándose en la judería.

Algunos hombres habían formado una cadena humana pasándose baldes de agua, pero el intenso humo y el calor asfixiante los hacía retroceder.

Albert alcanzó a Freya de dos zancadas y la aferró por la cintura.

—Quédate aquí, el fuego se ha extendido demasiado. Seguro que Patty y su padre han huido. Inspeccionaré los alrededores por si puedo ser de alguna ayuda.

—Yo voy contigo.

—No, me esperarás aquí —insistió tenaz.

—Tendrás que atarme a ese pozo.

En la firme expresión de su esposa comprobó que ni atada a un pozo podría retenerla.

Cogió un balde de agua y lo vació encima de ellos. Luego se inclinó y arrancó dos buenos trozos del paño de la falda de Freya, los humedeció y le entregó uno a ella. No tuvo que explicarle qué hacer con él.

Se lo anudaron por detrás de la cabeza, cubriendo nariz y boca, y avanzaron cogidos de la mano hacia la espesa cortina de humo que lo desdibujaba todo a su alrededor.

Era como atravesar las nubes. Les picaban los ojos, que lagrimeaban incontrolables, y la respiración se volvió pesada y casi dolorosa. El aroma acre y picante atravesaba el húmedo tejido cosquilleando sus gargantas. Pero lograron soportarlo.

Albert se detuvo ante las hambrientas lenguas de fuego que lamían la calle con feroz voracidad. Pudo distinguir la casa de los Ibrahim consumida por las llamas y rezó por que no estuvieran dentro, era demasiado tarde para intentar salvarlos. El incendio se propagaba virulento, y no les quedó más remedio que regresar sobre sus pasos.

Se apresuraban por salir del aquel infierno cuando el llanto de un bebé los detuvo. Freya no titubeó y corrió hacia una casa que el fuego había comenzado a devorar por el tejado. Él la siguió atento a los crujidos doloridos de la madera chamuscada, temiendo que las vigas cedieran y los sepultaran bajo ellas.

El llanto, cada vez más débil, procedía de la sala de la planta baja.

Albert se adelantó a Freya y, entre toses, logró vislumbrar el cuerpo de una mujer tumbada en un jergón acurrucando un bulto que se movía.

La giró comprobando que estaba inconsciente y apartó el manto que sujetaba para descubrir a un bebé lloroso.

Lo tomó en sus brazos justo cuando un espeluznante crujido lo sobresaltó.

Le entregó presto el bebé a Freya.

—¡Rápido, sácalo de aquí!

—¡Vámonos! —urgió ella cuando se apercibió de que se giraba de nuevo hacia el jergón.

—Está viva —gritó él en medio de aquel pandemónium.

Trazó un gesto apremiante para que ella lo obedeciera y se aprestó a coger a la mujer en brazos.

Un rugido que pareció provenir del alma de aquella maltrecha casa anunció su rendición. Parte del techo se desplomó sobre ellos y la calcinada estructura los sepultó.

Por fortuna, Albert mantuvo la conciencia, aunque le palpitaba horriblemente la espalda. Intentó salir de aquella masa de escombros entre moribundas hogueras que, sin nada que comer, perecían en pequeñas volutas negruzcas. Se arrastró dolorido hasta la figura femenina que había junto a él para comprobar que una columna le había partido el cráneo. Lamentó su suerte y rezó por la suya propia.

Los chasquidos continuaban, y, para salir, debía pasar por debajo del tejado, que aún se mantenía sobre los soportes. Intentó ponerse en pie, pero solo logró avanzar a gatas. La visión se le emborronaba y los pulmones le quemaban en el pecho. Un dolor agudo y lacerante flagelaba su espalda en cada movimiento.

Oyó su nombre en el exterior. Fue ese grito aterrado el que le dio fuerzas para continuar para seguir avanzando.

Extenuado y agónico, alcanzó el umbral de la puerta. Apretó los dientes cuando otro crujido restalló sobre él.

Oyó otro derrumbe y lo sintió como si lo estuvieran enterrando vivo.

La puerta se selló con un montón de cascotes.

Medio desfallecido, miró en derredor buscando una salida. Junto a la puerta, una ventana se abría al exterior. Se dirigió a ella todo lo rápido que pudo.

El incendio pareció reavivarse, no supo muy bien cómo. Lo único que sabía era que, si se detenía, perecería entre aquellas cuatro paredes.

Ya casi llegaba a aquella esperanzadora ventana cuando un torso se asomó por ella.

—¡Albert!

Intentó responder, pero solo logró proferir un gemido roto.

Alcanzó la ventana e intentó impulsarse hacia el alféizar. Unas manos aferraron sus muñecas y tiraron de él. Ella no tenía la suficiente fuerza para arrastrarlo al exterior, así que gruñó rabioso, acumulando la más mínima brizna de fuerza que le quedara en el cuerpo para ayudarla.

Cayó del otro lado a la calle como un fardo inerte.

Freya continuaba tirando de él, esta vez sin resultados.

Oyó un llanto amortiguado un poco más allá.

Al cabo, retumbó el suelo a su alrededor; no supo si eran pasos, o los cascos de las valquirias que venían a por él.

Abrió los ojos en un parpadeo repetido y doloroso, acostumbrándose a la luz. Que él supiera, o al menos eso contaban, morir no dolía, así que debía de estar vivo. Tardó un largo instante en comprender que estaba tendido boca abajo en un jergón estrecho y duro. Y tardó algo más en situarse y reconocer a la figura que lo observaba.

No estaba en su alcoba, aquel cuarto era diferente. Se fijó en las estrellas de seis puntas que adornaban la yesería de los frisos y supo que se encontraba en una casa hebrea. Si aquel dato no se lo hubiera dicho, el hombre que lo observaba le habría despejado toda duda, pues su cabeza estaba tocada con el característico birrete amarillo que diferenciaba a la comunidad judía del resto.

Aquel hombre era Isaac, que enarcó una ceja dibujando a su vez una gran sonrisa en su faz.

—Ya me parecía extraño que un gigante como tú se dejara llevar por una simple fogata —bromeó.

—Pues nunca me he sentido tan pequeño —murmuró socarrón.

—Los elementos, cuando se alzan, gozan de ese poder.

—Sin duda, pero ninguno podrá competir con la tozudez de una mujer enamorada. ¿Dónde está la mía?

Isaac amplió su sonrisa y miró hacia la puerta, que se abría en aquel preciso instante. El rectángulo de luz cegadora lo hizo cerrar los ojos.

—Parece que te presiente.

Freya se abalanzó sobre él, pero tuvo buen cuidado de abrazar solo su cabeza y cubrir de besos su rostro.

—Si llegas a morir ahí dentro, no te lo habría perdonado jamás —recriminó ceñuda.

Isaac rio y, tras una inclinación cortés, abandonó la estancia.

—No podría disfrutar del Valhalla con tu maldición sobre mi cabeza.

—No podrás disfrutar de nada si no estoy a tu lado —señaló rotunda, con un leve mohín divertido bailando en las comisuras de sus labios.

—Eso lo tengo claro. Y ahora sigue besándome.

Le prodigó un beso largo y meloso y luego enterró sus gráciles dedos en su cabello.

Albert ronroneó como un gato.

—No sé bien qué heridas tengo, pero sí sé qué me las cura.

Freya sonrió y le besó la punta de la nariz.

—Te las cura el emplasto que el médico hebreo te ha puesto. Llevas un lienzo empapado en infusión de manzanilla, ungüento de caléndula y aceite de lavanda. Y, ahora que has despertado, será mejor que tomes el brebaje de corteza de sauce. Tienes gran parte de la espalda quemada. Abraham te ha retirado la piel chamuscada y tienes heridas abiertas que se pueden infectar.

Nos ha aconsejado no trasladarte hasta que se formen las costras y te encuentres más fuerte.

—¿Tienes idea de lo incómodo que es este jergón?

—Eso sí espero que lo curen mis besos, porque he mandado colocar uno igual junto al tuyo.

—No hay mayor prueba de amor que esa —murmuró socarrón.

Freya le sonrió y le acarició la mejilla con dulzura.

—¿Qué ha pasado con el bebé?

—Es una niña, le estamos buscando un ama de cría. Hasta entonces, yo la cuido.

Albert la examinó con más atención. El hecho de que no pudieran tener hijos había instalado en ella una tristeza subyacente que emergía cuando posaba sus ojos en un bebé. Y le preocupaba que aquella niña huérfana resucitara los fantasmas del pasado alimentando esa melancolía.

—Por la tranquilidad que he visto en Isaac, presupongo que Patty está bien.

Freya asintió, y su sonrisa le contestó con antelación.

—Está bien, gracias a los dioses.

No dejaba de regocijarse cada vez que ella mostraba su paganismo en privado, dadas las circunstancias, pues en realidad su alma renegaba de ese dios castigador que sometía a las mujeres con mandatos injustos e ignominiosos, que imponía un dogma implacable con quienes no vivían bajo sus preceptos, que no titubeaba en condenar y ajusticiar a sus fieles escudándose en la fe, cuando era la ambición lo que movía sus intereses.

—No estaban en la judería cuando comenzó el incendio —informó Freya tomando una jarra para verter agua en un cuenco.

—Imagino que conocía a la mujer que no pude salvar.

—Por intentarlo casi mueres —recordó. Un paño de angustia veló fugazmente su rostro.

—Toda vida es importante. Imagino que su marido, si vive, estará desolado.

—Era viuda, se llamaba Judith.

—¿Viuda? Su bebé apenas tendrá unos meses.

—Cuatro meses —concretó con semblante cogitabundo—. Su esposo fue ajusticiado por el emir el año pasado. Participó en una de las muchas revueltas; en realidad, era uno de los cabecillas.

—¿Cómo se llama la niña?

—Raquel.

Tan solo en el modo de pronunciar aquel nombre Albert adivinó un apego preocupante. Respiró hondo y se limitó a asentir.

Freya le acercó el cuenco a los labios.

—Tengo sed, pero preferiría algo más potente.

—El médico ha dicho que has de beber mucha agua, y lo harás. —Su tono no admitía discusión alguna.

Bebió despacio y con dificultad por su posición, pero se tomó todo el contenido del cuenco para el completo agrado de su esposa.

—Voy a prepararte el remedio para el dolor. Isaac quiere hablar contigo de algo importante. Le he dado la enhorabuena por esto.

Alzó el dedo anular para contemplar ensimismada el anillo.

—Es todo un artista, sin duda, pero el dibujo se lo hice yo.

Freya le regaló una sonrisa traviesa y masculló antes de salir:

—Me constan tus dotes manuales.

Le guiñó un ojo y desapareció dejándolo con una expresión risueña y ensoñadora que se esfumó cuando oyó la puerta de nuevo.

CONTINUARA