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Capítulo 90

Vientos de guerra

Isaac cerró tras él, cogió un taburete y se acomodó a su altura.

Albert anticipó problemas antes de que el orfebre abriera la boca.

—¿Duele mucho?

—Escuece, es como si estuvieran asando un jabalí en mi espalda.

—Sin los emplastos de Abraham, ahora mismo estarías gritando como uno.

—Probablemente. Aunque estoy muy habituado al dolor.

Isaac lo contempló un instante.

—Un guerrero curtido en mil batallas, ¿eh?

—Por desgracia, sí.

—Pues eso es justo lo que ahora necesita esta ciudad: guerreros.

Por fin dejaba entrever el verdadero motivo de la conversación.

—A veces hay guerras que solo se pueden ganar negociando.

Isaac suspiró pesadamente. Por su torva expresión, fue fácil comprobar que no compartía su postura.

—Esta no. Ya se ha cobrado demasiadas muertes. La deuda de sangre es muy alta.

—Y lo será más si os seguís alzando por vuestra cuenta sin más respaldo que vuestro coraje

—repuso Albert.

—Por eso os necesitamos.

Albert resopló y lo miró contrariado.

—Solo sumaríais cinco hombres a la causa. Dudo que esa insignificante cifra suponga alguna diferencia.

—Marcaría la diferencia si nos entrenarais.

—Inmerso en tu fervor reaccionario, habrás pasado por alto que cinco guerreros del norte entrenando a la leva llamaría mucho la atención —señaló, provocando que el ceño del hombre se frunciera ante aquel inesperado contratiempo.

—Podrías entrenar a un pequeño grupo de lugartenientes, aquí, en la judería, que a su vez traspasarían sus conocimientos a otro grupo y estos a otro, hasta que todos estuvieran bien preparados y pertrechados para la batalla.

—Es una locura, Isaac, y lo sabes. Estáis en inferioridad de condiciones por mucho que os suméis a los cristianos. Y, suponiendo que el alzamiento saliera bien y tomarais el al-hizam, el emir mandaría sus tropas para aplastaros como hormigas. —Hizo una pausa para aseverar sus palabras con un gesto determinante—. El único modo para conseguir una victoria sería obtener alianzas con los reinos cristianos. Solo con su apoyo podréis expulsar al opresor.

—Ese día llegará, pero aún falta mucho para eso. Nuestro objetivo ahora es otro.

El rostro arrebatado de Isaac le indicó que no cejaría en su empeño, fuera el que fuese.

—No voy a poner en riesgo a mis hombres ni a mi familia por un objetivo que no nos atañe —concluyó con firmeza.

—Os atañe —profirió Isaac ofuscado—. El objetivo de la revuelta no es recuperar nuestra tierra, sino amotinarnos contra los altos impuestos y hacer temer una rebelión que ponga en riesgo al emirato. Si se sienten presionados o amenazados, podremos negociar.

Albert caviló sobre aquello. Bien sabía que el carácter subversivo de aquel pueblo sería difícil de sofocar, pero si podía evitar una batalla campal que acabara en tragedia, lo haría.

—Tengo entendido que el basi tiene otro enfoque del problema y, por ende, otra solución bastante más pacífica.

—Samuel ben Leví es un hombre demasiado ingenuo para el cargo que ocupa. Su buen corazón nubla su sentido común.

—Yo, en cambio, pienso que es un hombre sabio —manifestó aun a riesgo de que lo tomara como una ofensa— ¿qué hay de descabellado en intentar trazar un plan que no conlleve derramar sangre?

—Me cuesta creer que un bárbaro pagano como tú, que asolaba las costas sembrando muerte y destrucción por doquier, de repente se haya convertido en un hombre de paz. ¿Acaso negociaste con alguna de tus víctimas su destino?

—Eran otros tiempos y yo era otro hombre, y esto no se trata de mí ni de mi pasado.

—Pero implica tu presente. La comunidad mozárabe cristiana se halla envuelta en una ola martirial que acabará en una sublevación, arrastrándote a ti y a tu familia a una situación delicada.

—Respóndeme —atajó Albert en tono afilado.

Isaac asintió levemente.

—No es descabellado, pero será inútil —contestó convencido.

Albert lo miró expectante, aguardando una explicación.

Isaac fijó la vista en la ventana, perdido en sus recuerdos.

—Mi padre era como Samuel, confiado y de buen corazón, y eso lo llevó a la tumba a él y a más de cuatrocientos ciudadanos.

Inspiró profundamente antes de proseguir:

—No llegué a conocerlo, me arrebató esa posibilidad el emir al-Hakam y su secuaz, Amrus ben Yusuf, el valí en aquella época, aquella macabra noche que ha pasado a la historia conocida como la Jornada del Foso.

—¿Qué fue lo que ocurrió?

—Todo comenzó con el levantamiento del pueblo contra un joven gobernador cruel y sanguinario que abusaba de su poder cometiendo toda clase de infamias. Raptaba doncellas, mataba a quien lo contrariaba, torturaba por gusto a quien se le antojaba, hasta que un día los ciudadanos se amotinaron y él mandó a toda su guardia para sofocar la revuelta, quedándose desprotegido. Aquella fue una decisión fatal, pues los rebeldes tomaron la fortaleza y lo apresaron. La gente pidió su cabeza enardecida y fue decapitado. Los nobles pusieron en situación al emir del despotismo del gobernador y la tensa situación en la ciudad. Y al-Hakam, a su vez, comunicó a su más fiel siervo y consejero lo sucedido. El gobernador ajusticiado no era otro que Amrus ben Yusuf, el hijo del consejero. Y, entonces, ambos tramaron su particular venganza.

Albert leyó en las tensas líneas de aquel rostro la viveza y el dolor que relucían ante aquellos duros recuerdos.

—Por aquel entonces, Amrus era gobernador de Medina al-Talabaira y la regía con sabiduría, pero tras la muerte de su hijo, pidió ocupar su lugar como valí de Tulaytulah. Por su parte, el emir andaba preocupado por el levantamiento en Saraqusta, secundado por sus propios generales, y temía que los constantes focos de rebeldía por parte de los notables de Tulaytulah le hicieran perder poder a ojos de los omeyas. Así, ambos trazaron un plan.

Respiró hondo, como si necesitara encontrar fuerzas dentro de sí para continuar.

—Amrus era muladí, un cristiano que se había convertido al islam, y esa condición lo hizo ganarse la confianza del pueblo que iba a gobernar, pues decía entenderlos y procuró favorecerlos y agradarles para ganarse su respeto.

Fue paciente y comprensivo durante un tiempo, borrando todo recelo. La pieza clave para conseguir la lealtad y el respeto de los nobles fue construir el al-hizam, la fortaleza que preside la ciudad desde su cumbre más alta, el lugar más inexpugnable que compartiría con los más altos cargos en señal de colaboración con ellos. Y entonces llegó el momento que tanto había esperado.

»El emir al-Hakam mandó a su hijo adolescente Abderramán II a combatir a los reinos cristianos, pero lo único que pretendía era tener una excusa para mandarlo pasar por Tulaytulah sin despertar sospechas. Y, de ese modo, Amrus pudo anunciar a los notables de la ciudad la cercanía del joven príncipe y su deseo de invitarlo a la fortaleza que inauguraba ofreciéndole un suntuoso banquete para presentarle a lo más notorio de la sociedad. Así pues, la aristocracia al completo y los miembros más relevantes de la ciudad acudieron aquella noche que se presuponía festiva, sintiéndose agasajados por su gobernador.

»No les llamó la atención que tuvieran que entrar por familias. Una a una, se adentraban en el palacio y, cuando las puertas se cerraban tras ellos, eran degollados y sus cabezas lanzadas al foso. De esa manera, ejecutaron a más de cuatrocientas personas, mi padre entre ellos. Y a la mañana siguiente sus cabezas fueron colgadas en las almenas como recordatorio del fin que esperaba a los levantiscos.

Albert guardó silencio un largo instante sumido en sus propias cavilaciones. Le resultaba demasiado familiar cómo el pasado, incluso el no vivido, condicionaba las decisiones y el carácter de un hombre, moldeando su presente y cambiando su futuro.

—Ni el valí es el mismo, ni el emir tampoco —resaltó esperando alguna otra aclaración que justificara su entera desconfianza.

—No, son peores.

Isaac clavó su sagaz mirada en él.

Albert no tuvo dudas de que tenía pruebas de lo que aseveraba.

—¿Cuál es el verdadero motivo de tu petición? —insistió.

—Han apresado a nuestro recién nombrado arzobispo, Eulogio, lo tienen en una prisión de Qurtuba, condenado por herejía —respondió con expresión crispada— los cristianos planean asestar un duro golpe al emirato, y es nuestra oportunidad para que la comunidad hebrea se una y poder derrocar el poder dictatorial islámico. El emir Muhammad lo sabe y planea un ataque contra la ciudad. Su hijo, el príncipe al-Mundhir, ya nos atacó hará dos años.

Pero esta vez yo poseo una valiosa información: sé por qué puerta lo intentarán y cuándo. Uno de los ingenieros es hebreo y amigo mío, y recibieron órdenes para debilitar los cimientos.

—¿Y todo eso lo sabe vuestro basi Samuel? —murmuró Albert alarmado.

—Lo sabe, pero no quiere hacer nada más que redactar una propuesta ridícula que el emir romperá sin leer siquiera, y, mientras tanto, nuestro pueblo se verá inmerso en una guerra para la que no estará preparado.

—Entiendo —masculló con honda preocupación.

—¿Comprendes ya que esto nos involucrará a todos?

La mirada ansiosa de Isaac se tiñó de angustia y casi desesperación.

—Comprendo que esto es un polvorín a punto de estallar.

—Por eso tenemos que unirnos.

Lo único que en aquel momento deseaba Albert era coger a su familia y llevarlos muy lejos de allí. A cualquier lugar donde la vida fuera tranquila, donde la maldad fuera una utopía, donde el hombre no fuera el peor enemigo de sí mismo. Y ese pensamiento se afianzó en su mente. Debía sacarlos de allí, ya estaba harto de guerras y vilezas.

Sin embargo, mientras preparaba su huida, podría aleccionar debidamente a toda una guarnición, simplemente porque odiaba las injusticias y los enfrentamientos desiguales. «Dale a un hombre el poder de defenderse y otro pensará si atacar», se dijo.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

Isaac se puso en pie, se quitó el bonete amarillo y se rascó la cabeza. Tenía el cabello oscuro y ensortijado como su hija, aunque bastante menos abundante.

—No mucho, tres meses.

—Pues dile a tu médico que se apreste en curarme, ese tiempo apenas da para enseñar a sujetar una espada.

Isaac sonrió aliviado por su comprensión de la situación. Pero si podía impedir una masacre lo haría, y solo podía hacerlo estando dentro de esa maquinaria que soplaba vientos de guerra y escupía fuego.

Albert cerró los ojos descubriendo lo agotado que se sentía. La espalda comenzaba a latirle con dolorosa intensidad.

—Tengo una pregunta más —logró murmurar.

—Adelante.

No se molestó en abrir los ojos para formularla. Los párpados le pesaban tanto como el corazón.

—¿Tienes alguna idea de quién ha provocado ese incendio?

—¿Provocado? Pensamos que ha sido fortuito. Los candiles de aceite en la sinagoga nos han ocasionado más de un susto. El recinto está alfombrado y cubierto de tapices. Esta vez se ha descontrolado demasiado, nada más.

—¿Por qué la mujer que intenté salvar no huyó del fuego?

—Estaría dormida con su bebé, supongo.

—Un sueño demasiado profundo para no oír un fuego tan rugiente ni toser por un humo tan denso, ¿no te parece?

—¿Adónde quieres llegar?

Albert abrió los ojos y los clavó con fijeza en el orfebre.

—No soy estúpido, Isaac. No dudo de cuanto me has contado, pero sí sé que callas lo que no te interesa que se sepa. Y apuesto lo que sea a que en el incendio se ha quemado la propuesta que el basi Samuel preparaba. Como apuesto a que la madre del bebé, Judith, podría haber sorprendido al culpable del incendio intencionado.

—No sé en qué puedes basarte para pensar…

—En que la mujer tenía signos de estrangulamiento en el cuello pero no estaba muerta, sino inconsciente, y en que las manos de un orfebre son delicadas, pero no fuertes. El fuego terminó un trabajo mediocre.

Isaac sostuvo su mirada retador.

Albert volvió a cerrar los ojos.

La puerta se cerró con fuerza haciendo retemblar las jambas.

CONTINUARA