.

.

Capítulo 91

Un hombre de paz rodeado de discordia.

A veces Albert pensaba que el destino se empeñaba en marcarlo como un guerrero, como se marca a las reses con un tizón.

Aquel nuevo sello en su piel curiosamente había borrado las cruzadas cicatrices de los latigazos que la surcaban, dejando en su lugar un confuso dibujo de piel cicatrizada y dura que brillaba orgullosa como el emblema de la resistencia.

Bien era cierto que había perdido cierta elasticidad en el manejo de la espada, pues al trazar los arcos abiertos tiraba de la piel encallada y le restaba movilidad, ya que la quemadura había afectado a algunos músculos.

Abraham aseguraba que el ejercicio volvería a tonificarlos, aunque la piel quedaría por siempre como el cuero duro.

Y si algo le sobraba en aquel momento era ejercicio.

Había comenzado a instruir a los hombres, y no solo hebreos, pues, aunque era en la judería donde los entrenaba de manera clandestina, acudían cristianos de toda índole social.

Todos sus hombres estaban al corriente de la delicada situación que estaban por vivir y habían aceptado embarcarse en la causa poniendo a disposición del pueblo sus conocimientos en el arte del combate.

Albert, además, les enseñaba estrategias y emboscadas varias según la situación.

Una mañana se sintió observado por una mujer que comía una manzana apoyada en un pilar. Él desplegaba diversos movimientos con la espada, alternando ataque y defensa lentamente, como un baile que los aprendices debían imitar y memorizar. Y, de soslayo, apreció la familiaridad de aquella mujer, más por sus ademanes y su pose que por su rostro.

Cuando se detuvo a descansar pudo fijarse más detenidamente en ella, aunque ya había adivinado de quién se trataba.

Tras un fugaz vistazo, le dio la espalda y se dirigió hacia el tonel del agua.

Introdujo el cazo, lo llenó y bebió.

Sintió una presencia junto a él.

—Resulta extraño ver una druida celta entre judíos.

—Tanto como ver a un norteño entrenándolos.

—Supongo que ambos casos tendrán una buena explicación —repuso colgando el cazo en el borde del tonel.

Frianda de Kent asintió con una sonrisa ladina.

—La tuya salta a la vista. Los preparas para la guerra, algo muy arriesgado para un hombre que ha sido denunciado ya a las autoridades en varias ocasiones.

—Agradezco tu preocupación tanto como me despreocupa tu opinión.

La druida enarcó una ceja y agitó la cabeza tras un pesado suspiro.

—Pues soy tan ilusa que hasta iba a darte un consejo.

—Llevo la suficiente vida a las espaldas para saber cuidarme —musitó cortante.

Por alguna razón, aquella mujer le provocaba escalofríos.

—Pues tu espalda no parece muy contenta con tus cuidados.

—No me lo ponen nada fácil.

Frianda se puso frente a él, observándolo mientras engrasaba su espada y ajustaba los cordeles de cuero de la empuñadura.

—Hay destinos duros, con compensaciones en consonancia. Seguro que la vida te ha regalado algo maravilloso por lo que luchar. En caso contrario, ya te habrías rendido.

Albert la miró con recelo. Sus ojos celestes se oscurecieron estudiando con interés a la mujer.

—No sé qué buscas, ni por qué te importa mi destino, mis compensaciones o mis motivos, pero te voy a dar algo: mi sinceridad. Suelo hacerle caso a mi instinto, gracias a él sigo vivo. Y ahora me dice que me mantenga lejos de ti.

Envainó la espada y ya comenzaba a alejarse cuando la mujer se plantó delante de él, dio un último y vehemente bocado a la fruta y la lanzó con indolencia.

—Creo justo devolverte la misma sinceridad —comenzó en tono grandilocuente—. Te vi en mis sueños, a ti y a una hermosa mujer con ojos de esmeralda, reclamabais algo de mí, pero no supe ver qué. Así que le pregunté al dios Ogma usando las varillas rojas y en ellas vi vuestro futuro y el mío. Y siento curiosidad por el hombre que tanto va a depender de mí.

Los afilados ojos grises de la druida se tornaron amenazantes.

—Mucho se tiene que torcer mi destino para ponerlo en tus manos.

Albert sostuvo la dura mirada de la mujer.

—Mucho tendrás que hacer para que yo acepte ayudarte —masculló ella resentida.

Frianda forzó una sonrisa cáustica y se alejó con porte altivo.

Un incendiario crepúsculo prendió el horizonte como si acercaran una llama a un reguero de aceite y se extendiera progresivamente hasta los confines de la Tierra. Y, como si ese aceite penetrara en ella, perecía lánguidamente, capitulando en pos de una noche temprana, de sonrisa timorata pero cautivadora mirada de plata.

Acodado en el grueso pretil del puente de Bab al-Qantara, admiraba el ocaso reverberando en las tranquilas aguas del río. Freya enlazaba su brazo, y aquel simple contacto aligeraba en parte sus muchas inquietudes.

Mientras ella estuviera a su lado, tendría fuerza para combatir a Odín si fuera preciso.

El cielo se teñía de púrpura a medida que el fuego de la tarde retrocedía y, en aquel cambio de turno, los colores de ambos estandartes se mezclaban difusos, conformando una única bandera de singular belleza.

—Es hermosa tu tierra, amor mío —adujo embebido por el ocaso.

—Ahora lo es más, porque tú estás a mi lado.

Freya apoyó la cabeza en su brazo y él abarcó su cintura para ceñirla a su costado.

—Sentiré arrancarte de ella… —murmuró mirándola a los ojos y esbozando un gesto pesaroso—, otra vez.

Lo obsequió con una comprensiva y dúctil sonrisa.

—No me arrancas tú de ella en esta ocasión, sino las circunstancias. Y, como te dije una vez, mi hogar está allá donde moren las personas que ame. —Depositó un suave beso en sus labios y suspiró—. Mi único hogar eres tú.

—Y tú el mío. Pero parece que a los dioses les guste movernos de sitio.

—Pues fluiremos, como el agua de los arroyos, hasta que desemboquemos en el mar. Y sé que lo encontraremos juntos y viviremos dichosos y en paz.

Albert sonrió a su vez, nada deseaba más que encontrar aquel lugar.

—¿Adónde iremos? —preguntó ella.

—No lo sé, buscaremos un lugar recóndito no muy lejos de aquí, donde los conflictos sean o separar dos gallinas cluecas o dudar si plantar cebada o vid.

Freya rio y se acurrucó contra él.

—Zahira ha venido esta mañana a verme; a decir verdad, acude muy a menudo.

Albert despegó la vista del espectacular crepúsculo para dedicarle un ceño desaprobador.

—No viene a verte a ti, y lo sabes. Deberías mantener una seria conversación con ella.

—Si Jamil sospecha que…

—Por eso, hazla entrar en razón.

—Hablaré con ella mañana —aseguró Freya, tan desazonada como él.

Había conseguido precipitar la salida de los novios de la casa, acelerando la terminación de la residencia nupcial y amueblándola casi al tiempo que acababan de clavar vigas y encajar ventanas. Para su completo asombro, Jamil se mostró dócil al respecto y se mudó sin replicar. No obstante, cuando se le sugirió que debía llevarse a su hermano con él, sí lo hizo, alegando que todo desposado necesitaba intimidad y que Said debía quedarse con Freya y Albert hasta que partiera hacia Bagdad.

Este no creyó ni por un momento su alegato de privacidad conyugal. Por el contrario, estaba seguro de que Said debía quedarse en la casa por algún encargo de su hermano mayor y, con tal convencimiento, había pedido a Valdis que no lo perdiera de vista.

Los hombres pasaban la mañana en la judería, Hiram incluido, para desgracia de Zahira. Y era por la mañana cuando ella podía disponer de su tiempo, ya que Jamil la pasaba en la mezquita. Y, al parecer, no perdía la esperanza de toparse con el guerrero en alguna de sus muchas visitas.

Tener a Valdis ocupada la hacía sentir útil, pues su carácter inquieto y belicoso solía meterla en problemas. Helga estaba consagrada al pequeño Erik, y doña María, dedicada a la costura, a su hija y al gobierno de la casa, parecía feliz y despreocupada. Freya, por su parte, había adquirido una función que se suponía temporal pero que día a día se afincaba más en su corazón: ejercía de madre para la pequeña Raquel.

Verla acunar a la chiquilla mientras le cantaba nanas susurradas, o alimentarla con leche de cabra, o prodigarle mimos y atenciones le encogía el corazón. Y, si hubiera habido alguna posibilidad de que aquella niña pudiera criarse con ellos, con gusto la habría aceptado en su corazón, pero pertenecía a la comunidad hebrea y, como tal, debía educarse en su dogma. No aceptarían entregarla a una familia no judía, aunque sí habían aceptado un cuidado provisional por su parte, mientras una tía de la pequeña viajaba desde Saraqusta para llevársela consigo.

Inmerso en sus cavilaciones, abrazó a su esposa inhalando el embriagador aroma del jabón de hierbas que destilaba su piel.

—Estoy preocupada por mi madre —adujo ella con semblante grave—. Lleva días como aturdida, alicaída y olvidadiza.

—Será algo pasajero, quizá cansancio.

—Es posible, pero la veo demacrada y ojerosa, su tez está apagada, y se le cae el cabello.

—Mañana le pediré a Abraham que la visite —la tranquilizó—, seguro que necesita un buen descanso y un buen guiso.

—¿Por qué crees que Jamil no ha aceptado a Said en su casa?

Albert había meditado muchas veces aquella pregunta. Sin duda había una cuestión de peso que beneficiaría a ambos hermanos. Y todas sus reflexiones acababan siempre en la intención. Y la intención no era otra que permanecer en aquella casa. Y, si era así, el motivo estaría en ella. Y aquel pensamiento lo llevaba nuevamente a su primera sospecha. Buscaban algo entre aquellas paredes.

—Cada vez estoy más convencido de que la casa oculta algo que ellos quieren. Y solo se me ocurre una persona que puede darnos alguna pista, o que quizá se la dio a ellos sin ser consciente del error que cometía.

Freya arrugó el ceño y su faz se oscureció.

—Mi madre.

Albert asintió circunspecto. Su mirada se perdió en las ya negruzcas aguas del río, que comenzaban a destellar con reflejos nacarados, anunciando una luna incipiente.

El hueco sonido de los cascos de una montura lo envaró, sacándolo abruptamente de sus pensamientos. Se fijó en el curioso bordado del manto del jinete. El corcel era pequeño y nervudo, de porte elegante, claramente de ascendencia árabe; tras ser espoleado, profirió un relincho brioso y atravesó veloz el puente, saliendo presto de la ciudad para perderse en el oscuro horizonte.

—Volvamos a casa, empieza a refrescar y tengo una esposa de la que ocuparme —musitó Albert socarrón, guiñándole un ojo.

—Y seguro que esa esposa arde en deseos de que te ocupes de ella.

—Cuando llegue a casa lo sabré.

La risa de Freya solazó su corazón. Y, tal como se había prometido una vez, la haría la más feliz de las mujeres aunque tuviera que luchar contra el mundo para ello.

Caminaron de la mano seguidos por el eco de sus pasos. Aquel eco hueco sobre la piedra rebotada en los altos muros escapando al frío de la noche, perdiéndose junto a otros sonidos que, desvaídos, flotaban en susurros engullidos por un voraz silencio.

Aquella ilusoria paz estaba plagada de discordias, como un fardo saeteado de flechas, y justo así se sentía con el paso de los días: flecha a flecha, horadaban su tranquilidad, amenazando con romperla.

Asió con más ahínco la mano de la única persona sobre la faz de la Tierra que podía evitar aquello. Que le daba un sentido a todo, que pintaba de colores la negrura que lo rodeaba, como un charco de brea que crecía poco a poco.

Podía sentir en lo más profundo de su ser cómo la ciudad latía inquieta con la misma angustia que lo embargaba a él. Y a cada paso se sintió más afín a ella, pues nada podía hacer para evitar lo que pronto llenaría sus calles de sangre.

Se gestaban tiempos difíciles, podía olerlo como se huele la lluvia antes de caer, o como se espera la nieve cuando el cielo amarillea.

Pero nunca imaginó cuán pronto sucedería.

CONTINUARA