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Capítulo 92

Otra flecha en su fardo

El rabino Benjamín ben Yehudí observaba con aguda desaprobación el entrenamiento aquella mañana.

Su ceño era casi igual que el del hombre que tenía a su lado, el basi Samuel. Tras ellos, un nutrido grupo de fieles murmuraban maledicentes intentando indisponer a sus vecinos contra aquellas lecciones matutinas.

Hiram y Thorffin instruían a un grupo de hombres con espadas de madera.

Y Jorund y Sigurd practicaban con otros tácticas de defensa con escudo. Esos cuatro gigantes, incluso con las manos vacías, podrían haber derrotado sin apenas esfuerzo a la cuarentena de hombres a los que formaban en aquel momento.

Albert descansaba apoyado en un árbol, su demostración en el arte de la espada con Thorffin como contrincante lo había dejado exhausto. Pelear con su amigo era como hacerlo con un buey infatigable, le sacaba una cabeza y dos cuerpos, y los hebreos lo miraban como si fuera un titán. Y así era, por eso les enseñaba que la rapidez, la agilidad y la argucia en el manejo de la espada eran la clave para vencer a un oponente de mayor tamaño y fuerza. Y lo había vencido, con gran dificultad y muchos artificios.

—Ey, Gustavo, ¿has recogido ya tus pulmones? He estado a punto de pisarlos —se mofó Thorffin acercándose a él.

—Deben de estar muy cerca de tu cerebro, Torcuato, debe de habérsete caído cuando te he derribado.

La carcajada del titán resonó por todo el patio, acentuando los ceños de los malhumorados observadores.

—Deberíamos cobrar por esto —manifestó mirando a los congregados— cada vez tenemos más público.

—Eso es lo que quieren: pagarnos… con piedras —repuso Albert.

Thorffin bufó hastiado y se rascó su roja cabeza.

—No se puede ganar una batalla cuando hay tanta división en uno de los bandos.

—Lo sé —coincidió él—, no tienen nada que hacer. Isaac va a tener que enfrentarse a un motín dentro de sus murallas y eso mermará las fuerzas que tanto necesita.

—Deberíamos ir pensando en abandonar esta ciudad ya. No hace falta que vengan los soldados del emir para que esto estalle: lo hará antes, y no deseo que nos pille en medio.

Albert palmeó el hombro de su amigo y echó otro vistazo a sus detractores.

—He pensado en viajar a Isbiliya, es una ciudad bulliciosa pero libre de revueltas. Allí podemos hacernos con una embarcación y víveres suficientes para buscar algún reino que viva relativamente en paz.

—Me parece bien, cualquier destino será mejor que este caracol de piedra.

—¿Caracol de piedra?

—Sí, ¿no has visto la ciudad desde el cerro del Bu?

Albert negó con la cabeza.

—Pues, desde allí, cercada de tantas murallas concéntricas, se asemeja a un enorme caracol petrificado.

—Corren muchas leyendas en torno a ese lugar —comentó Albert afilando su espada con una piedra de agua—. Dicen que allí, en ese cerro, en las noches de luna llena se abre una puerta que lleva al infierno.

Thorffin alzó una ceja y lo miró intrigado.

—Quizá por eso sea el refugio perfecto para una völva —masculló—. Vi a esa… hechicera celta allí. Vive en una especie de cueva casi en la cima. Ese lugar provoca escalofríos. Parece un antiguo asentamiento, está plagado de castros amurallados en ruinas.

—¿Y puede saberse a qué fuiste allí? —preguntó Albert.

—Fui a buscar crisantemos.

—¿Crisantemos? —pronunció sorprendido alzando ambas cejas.

—Fue un encargo de Helga, ya sabes que posee muchos conocimientos sobre el poder de curación de las hierbas y gusta de preparar remedios de todo tipo. Lleva tiempo preocupada por doña María y pensó que una infusión de crisantemo le haría recuperar las fuerzas que va perdiendo día a día. Dice que se está marchitando ante nuestros ojos, y, a decir verdad, así es.

—Le he pedido a Abraham que la trate. No solo es patente el deterioro físico, también su mente se desequilibra. Anoche la descubrimos hablando sola en el patio, Freya la llevó a su cuarto de nuevo. Ella parecía confusa, pero le aseguraba que don Diego, su esposo muerto, había regresado de la guerra y le preguntaba cosas.

—Mucho me temo que la buena de doña María esté perdiendo el juicio —arguyó Thorffin apenado.

—Esperemos que no sea así.

Ambos se volvieron al oír las exclamaciones de admiración de los aprendices ante la destreza de Hiram ejecutando toda clase de lances con su espada.

El bizarro guerrero cortaba el viento con fiereza, esgrimiendo una habilidad adquirida en duros combates que asombraba por su rapidez y su contundencia.

—Si Hiram sigue rompiendo corazones de ese modo, todos los hombres de la ciudad se amotinarán en nuestras puertas para echarnos a pedradas —apuntó Thorffin divertido.

Albert se fijó en la cantidad de mujeres que en aquel momento rondaban la plaza sin más quehacer que el de lanzar furtivas miradas al guerrero.

—Sus encantos nos van a traer problemas, pero no por las muchachas judías, sino por la agarena que lo busca sin descanso.

Pensar en Zahira lo inquietaba más de lo que deseaba admitir.

—¿Te preocupa Jamil o Valdis? —inquirió Thorffin ceñudo.

—Ambos —reconoció.

—Hiram sabrá mantenerla a raya, él ama a Valdis, y más le vale, si quiere conservar las pelotas entre las piernas.

—Más le vale, sí —musitó Albert entornando los ojos para inspeccionar el afilado— porque, si comete algún desliz, seré yo mismo quien lo despoje de su hombría.

Oyeron voces alzadas a sus espaldas y, cuando se volvieron, descubrieron que el grupo del rabino increpaba a Isaac, que en aquel momento aparecía acompañado de su mano derecha, Jacob, un cambista de prestigio y alta posición, muy poderoso en la comunidad y respetado por sus contactos con la nobleza.

Albert enfundó su espada y se dirigió hacia ellos. Thorffin lo siguió, y enseguida se les unieron Hiram, Jorund y Sigurd. En el acto, el contubernio opositor guardó silencio, mirándolos con temor.

Verse rodeado de sus hombres en actitud protectora lo hizo extrañar a Ragnar y a Erik, caídos en batalla. Inspiró hondo y se acercó a Isaac.

—¿Todo bien?

Este miró con rencor al rabí Benjamín.

—Iría mejor si los rabinos se dedicaran a estudiar más la Torá y menos a incordiar a quienes intentamos evitar ser masacrados por quien nos oprime.

—La violencia nunca será el camino de la paz —contravino el rabino con inquina.

—Se votó en la sinagoga y la decisión de la comunidad fue esta.

Isaac había decidido sabiamente comunicar a su pueblo lo que había contado a Albert sobre el ataque sorpresa que las mesnadas del emir pensaban perpetrar en la ciudad, anticipándose a que el rabino y el basi formularan una nueva propuesta que anteponer al sanedrín para su aprobación. Pero, por la urgencia de la situación, se desestimó el consejo de los dos cargos más representativos de la congregación, únicos defensores de negociar nuevos impuestos y mantener la paz rindiéndole pleitesía al emir, prefiriendo unirse al poder omeya ganándose sus favores y controlando a los belicosos nazarenos que arriesgarse a un enfrentamiento que tenía todas las de perder.

En opinión de Albert, esa postura era la más juiciosa, pero ya se había encargado Isaac de pisotearla y de asegurarse su posición de líder de la revuelta, uniéndose a otro enemigo del islam, el poeta y escriba Paulo Álvaro, amigo íntimo de Eulogio de Qurtuba, el arzobispo preso del emir que había iniciado la ola martirial que azotaba el al-Ándalus, encargado de expandir el mensaje del prelado mediante sus escritos y tratados.

Y, así, ambas comunidades dhimmi se hermanaban en un mismo fin: derrocar al opresor.

No obstante, Albert sospechó de alguna que otra intención oculta en aquel minucioso y arriesgado plan.

—Bien te has encargado de sembrar el pánico y de indisponerlos contra el emir —barbotó el basi Samuel indignado.

—Es el emir quien nos ha indispuesto a todos —repuso vehemente el orfebre— subiendo los impuestos solo para obligarnos a apostatar, convirtiéndonos al islam. Eso es lo que busca, y por eso nos tiraniza. Y dime, rabí Samuel, ¿estás dispuesto a renunciar a Jehová por evitar conflictos?

—El emir es un hombre juicioso que sabría valorar nuestra buena disposición y utilidad —contravino pertinaz.

—El emir carga contra nosotros y nos persigue con crueldad. Pretende arruinarnos por conservar la fe, por levantar sinagogas, por adquirir tierras, todo son diezmos y castigos —insistió Isaac ofuscado—. El otro día condenaron a muerte a un cristiano por pronunciar el nombre de su dios fuera de su templo. Es una engañosa libertad que solo enriquece las arcas de los infieles que nos someten. Y ahora, aprieta nuestras argollas para obligarnos a la conversión. Los mozárabes cristianos prefieren morir a convertirse en muladíes, es mejor entrar en el reino de los cielos como mártir que ser el siervo apóstata de un dios falso. Ha llegado el momento de posicionarse, y ha sido el emir quien nos ha elegido bando.

Admiro el arrojo y el coraje de los nazarenos, si ellos se sacrifican por su dios, nosotros deberíamos al menos luchar por el nuestro.

Tras su arrebatada exposición, la gente que se había congregado atenta a la discusión apoyó al orfebre, rodeándolo y murmurando su aprobación apasionados.

El basi Samuel clavó en Isaac una mirada ladina que entrañaba un peligroso resentimiento. Aquella expresión trajo a su memoria un traicionero rostro, el de Ulf.

Tras capitular, ambos hombres se alejaron de la muchedumbre con porte digno y gesto sombrío. Albert entonces vio el bordado que lucía el basi en un lateral de su capa.

—¿Cuánto puede tardar un jinete de aquí a Qurtuba? —preguntó de repente.

Isaac y Jacob lo miraron con extrañeza.

—Un caballo veloz puede recorrer unas cinco leguas en una jornada —respondió Jacob—. Qurtuba creo que dista unas sesenta leguas de aquí, y tengo entendido que hay unas dieciséis casas de postas. Si solo se detiene en la mitad y se aprovisiona bien, quizá en siete, a lo sumo en ocho jornadas esté allí. ¿Por qué?

—Añádele quizá diez jornadas más y es el tiempo en el que tendrás a todas las tropas del emir asaltando la judería —aseguró rotundo Albert.

Todos lo miraron con semblante atónito y rostro desencajado.

—Anoche partió un mensajero del basi por el puente de Bab al-Qantara.

Yo estaba allí cuando salió.

Con ojos desorbitados, Isaac entreabrió la boca y profirió un gemido sorpresivo.

—¿Y cómo sabes que era un emisario de Samuel?

—Lucía en su capa el mismo bordado que lleva vuestro basi en la suya.

Ese candelabro dorado de siete brazos.

—La menorá —murmuró Isaac en un estrangulado hilo de voz.

Albert asintió.

Sus interlocutores palidecieron.

—Quizá podamos interceptarlo, solo lleva una jornada de ventaja —sugirió Jacob.

—Hemos de intentarlo o estamos perdidos —concordó Isaac.

Aquella misma noche partieron tres jinetes a lomos de los purasangres más rápidos que pudieron encontrar.

CONTINUARA