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Capítulo 93
El dulce y cautivador efluvio de la seducción
Uno de los instrumentos más ingeniosos que había descubierto en el al–Ándalus eran los relojes. La sabiduría árabe había fabricado un reloj de sol para el día y una clepsidra, o reloj de agua, para la noche. Y, aunque no eran muy comunes, los había visto en el interior de algunos templos para medir el tiempo de los rituales litúrgicos. La primera vez que los estudió quedó completamente fascinado, se prendó de ellos, y lo que más lo intrigaba era esa exactitud de medida. En sus tierras, el sol, o, mejor dicho, la luz siempre había sido punto de referencia en cuanto a momentos y rutinas. Y, aparte de eso, no terminaba de entender esa absurda necesidad andalusí por medir el tiempo a cada instante. Sin embargo, aquella pequeña obra de ingeniería lo cautivaba como ninguna otra cosa.
Decían que el emir Muhammad había mandado construir en su palacio de Qurtuba un minkan, un reloj mueble tan bello como preciso, y que tenía eruditos dedicados exclusivamente al estudio de una ciencia llamada horología.
Se preguntó cuántas medidas de agua faltarían para que el infierno se desatara en la ciudad.
Él, por su parte, había empezado a organizar el viaje a Isbiliya, invirtiendo parte de sus ganancias y sus rentas en adquirir carros y monturas mientras encontraban comprador para la casa.
Otra de sus preocupaciones era el mal que aquejaba a doña María.
Abraham, tras examinarla, les confirmó que se hallaba gravemente enferma, y que debía consultar algunos tratados médicos para aplicarle el tratamiento indicado. Aprobó el remedio que ya había empezado a darle Helga. Según él, la infusión de crisantemo depuraba el organismo y podía frenar el avance de su misteriosa dolencia mientras estudiaba los extraños síntomas en sus libros.
Aquel día no tenían instrucción, pues era el sabbat de los judíos y lo dedicaban íntegramente a la oración, así que había decidido aprovechar el tiempo libre para ultimar el viaje.
Freya y él se habían acomodado en una mesa que habían colocado en el patio aprovechando el sol de la mañana. Y, mientras Albert recitaba un listado de preparativos para el viaje, que ella transcribía en un pliego añadiendo o descartando cosas, los aldabonazos lo hicieron temer una visita que esperaba tanto como temía.
Cuando Ahmed abrió la puerta y vieron a Zahira adentrarse en el patio, Albert lanzó una mirada admonitoria a Freya que ella interpretó a la perfección.
Se puso en pie y acudió al encuentro de la bella agarena que en aquel momento recorría el patio con la mirada.
—¿Qué precisas esta vez, Zahira? ¿Algún problema con Jamil?
Freya mantuvo una sonrisa cortés, aunque su gesto era tirante.
—No, solo deseaba saber cuándo partís —respondió la muchacha.
—Pues deseamos hacerlo dentro de unos días.
Obviamente no le habían explicado el verdadero motivo de su traslado a Isbiliya, por la cercana amistad que Jamil guardaba con el imán Taliq y su hondo resentimiento hacia ellos.
La razón pública era que querían asentarse en una ciudad de clima más amable por la salud de doña María, que así lo había prescrito el médico hebreo.
—¿Y qué va a pasar con Said?
—Con el dinero que obtengamos por la casa, mi madre desea ofrecerle una buena cantidad para que pueda viajar a Bagdad.
Cómo iba a mantenerse Jamil sin el sustento de doña María era algo que ni le importaba ni le preocupaba.
Albert observó ofuscado cómo Zahira lanzaba subrepticias miradas a la galería de la planta superior, donde estaban las habitaciones.
—¿Y cómo se encuentra hoy tu madre?
—Parece que algo mejor, pero seguimos muy preocupados por ella.
—Oh, vaya, lo lamento tanto.
Resultaba lastimosamente patente que la muchacha intentaba ganar tiempo alargando la conversación sin más interés que ver aparecer al guerrero al que con tanto ahínco perseguía y que, para su desgracia, hizo acto de presencia en aquel inoportuno instante.
Los grandes ojos de la sarracena relampaguearon solazados al reparar en el guerrero descendiendo indolente la escalera. Para mayor regocijo de la muchacha, solo vestía los pantalones, mostrando un tonificado torso. Portaba la camisola en la mano y un lienzo en la otra.
Albert adivinó que su intención era lavarse con agua del pozo, secarse y luego terminar de vestirse allí mismo. La naturalidad de sus gentes respecto a la desnudez allí sería hasta motivo de condena.
Hiram le dirigió un áspero gruñido a modo de saludo y, tal como había supuesto, lanzó el cubo al interior del brocal y lo izó rebosante de agua. Ya se vertía el frío líquido por el pecho cuando reparó en la presencia de Zahira, que lo miraba como un perro hambriento contempla un hueso que no puede alcanzar.
El muy granuja le regaló una amplia sonrisa que tiñó de subido rubor escarlata las mejillas de la joven.
Freya había cruzado los brazos sobre el pecho y lo miraba acusadora.
Hiram procedió a secarse ante la anhelante mirada de la muchacha.
Albert pudo distinguir con furioso pesar que el guerrero se recreaba vanidoso en su higiene matutina.
Bufó exasperado y se puso en pie, acercándose a Freya y a Zahira. Se apoyó fingidamente despreocupado en una columna del patio, observando también a Hiram.
—¿Os habéis enterado de lo que ocurrió el otro día? —preguntó con aparente ligereza.
Tuvo que estrangular un amago de sonrisa cuando Freya clavó su intrigada mirada en él.
—Pues resulta que paseaba cerca de la aljama en la medina y vi cómo apedreaban a una mujer en uno de los callejones. Para que luego digan que nosotros somos unos salvajes, ¿eh, Hiram?
El guerrero frunció el ceño y asintió algo confuso.
—Pues sí —continuó—, pregunté lo que sucedía, y me dijeron que la mujer en cuestión había sido condenada por adúltera a morir lapidada.
Zahira agrandó los ojos con expresión angustiada.
Albert volvió a clavar la mirada en Hiram con intencionada intensidad.
—También sentí curiosidad por el destino de su amante —agregó—, su castigo fue incluso más creativo. Lo colgaron de las pelotas en un poste y lo apedrearon hasta matarlo. Es una forma de afinar puntería, ¿no te parece, Hiram?, aunque yo usaría la honda, no se me daba mal.
Hiram lo fulminó con la mirada.
Albert sonrió abiertamente ante el ceño del guerrero y regresó a la mesa y se sentó mientras su amigo se ponía la camisa con ademanes precipitados y toscos.
—¿Querías algo más, Zahira? Hoy estamos bastante ocupados…
Freya se dirigió a los portalones de entrada sin esperar respuesta en un claro gesto invitador, pero fue Hiram quien abandonó la casa como una exhalación y sin mascullar una palabra.
Zahira salió tras él, después de despedirse cortés y prometer volver a visitar a doña María.
Cuando Freya cerró la puerta, miró divertida a su esposo y se acercó a él.
—Eres único apagando libidos.
—También lo soy encendiéndolas.
La tomó de la cintura, la sentó en su regazo y hundió el rostro en su escote, besando el nacimiento de sus opulentos senos mientras los abarcaba con ambas manos.
Freya hundió los dedos en su cabello, atrapándolo en sus puños. Se arqueó contra él y gimió gozosa, clavando su ardiente mirada en la suya.
Albert sintió palpitar la dureza de su entrepierna y su sangre se convirtió en fuego.
La feroz punzada del deseo lo constriñó y se puso en pie tomándola en brazos, decidido a apagar las llamas que lo consumían. Ella se abalanzó a su cuello, lamiéndolo y besándolo, y, cada escalón que subía, la bestia de su interior crecía hambrienta.
Cuando logró abrir de una patada la puerta y cerrarla de igual modo tras de sí, la llevó al lecho y se cernió sobre ella como el animal en que lo había convertido la más desatada lujuria. Que su esposa fuera una mujer condenadamente hermosa y terriblemente sensual incendiaba sus sentidos, como arde una brizna de heno seco bajo un sol implacable. Verla despojarse de sus vestiduras con gesto ansioso y mirada lasciva nubló su juicio.
Sus generosos senos de botones enhiestos asomaron provocadores, meciéndose ante sus impacientes ademanes por desnudarse. No pudo contenerse más. Acarició, besó, mordió y lamió entre gruñidos fogosos aquella suave piel que lo enloquecía.
Freya se retorcía bajo él, rodeando su pelvis con las piernas y alzando las caderas clamando ser poseída tal como su cuerpo ansiaba poseerla, con tan desesperada urgencia que cada instante de espera dolía.
La tomó con salvaje apremio, hundiéndose en ella como si le fuera la vida en ello. Sintiendo sus uñas arañando su nuca, su boca de labios carnosos devorando la suya y derramando en ella todos y cada uno de sus gemidos.
—Freya…, por los dioses, muero en ti…
Apretó los dientes cuando ella se sacudió bajo él, presa de un clímax que la zarandeó como un estandarte al viento. Sintió la cálida humedad de la mujer brotando incontenible y entonces liberó su propia contención, culminando al tiempo.
Albert se tumbó boca arriba arrastrándola sobre él. Paseó la yema de sus dedos por la grácil curva de su columna, arriba y abajo, mientras ambos acompasaban los resuellos. Retiró su enmarañado cabello dorado a un lado y punteó su hombro a besos hasta llegar a la delicada piel de su cuello, donde se demoró.
—Albert…, este deseo va a acabar con nosotros.
—No habría muerte más dulce.
Freya alzó el rostro para mirarlo a los ojos. Tenía la mirada húmeda y todavía enturbiada por la pasión vivida.
—Amor mío, ¿has pensado qué sería de nosotros si uno de los dos muriera? —preguntó ante su sorpresa.
—Yo tengo claro que no soportaría vivir sin ti.
Freya lo miró conmovida, pero guardó silencio acurrucándose nuevamente en su pecho.
Al cabo, habló de nuevo. Él no pudo ver su expresión, pero en su tono detectó una emoción que rielaba entre la congoja y la angustia.
—Ni me atrevo a imaginarlo, porque me duele el pecho… y es un dolor afilado que me corta la respiración.
Cerró sus fuertes brazos en torno a ella con gesto protector y besó su cabeza.
—En tal caso, quien realmente morirá será el que quede con vida.
Ella asintió levemente; la notó trémula y afectada. Él supo que la prensaba una aguda aflicción ante aquella posibilidad que se negaba a pensar.
—Mi amor, quedan muchos años para plantearnos eso —susurró consolador—. A ninguno nos hace bien adelantar acontecimientos tan funestos.
—Es que el otro día tuve un sueño extraño.
Albert prosiguió acariciando su espalda y su cabello.
—Cuéntamelo.
—Estabas en lo alto de una cumbre ruinosa. Una mujer salió de una cueva tan oscura como ella, se aproximó a ti y te besó. Tú se lo permitiste y, cuando se separó de ti, caíste de rodillas para desplomarte inerte casi al instante.
Estabas muerto y yo ascendía a la carrera hacia la cima entre llantos y gritos.
Y aquella mujer se reía. Se reía sin parar.
Albert arrugó el ceño, cerró los ojos y en su mente reverberó un rostro. Y a sus recuerdos acudió una conversación y una colina ruinosa: el cerro del Bu.
Notó un regusto amargo en la garganta y un desazonador aleteo en el vientre, pero se afanó por hacerlos desaparecer abrazando con más fuerza a la mujer que yacía sobre él.
—Solo fue una pesadilla, no has de pensar más en ella.
—No vas a dejar que ninguna otra mujer te bese, ¿verdad?
—Claro que no, mi amor, mis besos son y serán todos tuyos.
Y en aquel instante una nueva inquietud se instaló insidiosa en su ánimo.
¿Cabía la posibilidad de que Frianda lo hubiera seguido hasta la casa?
Quizá Freya la hubiera visto y su aspecto extraño y misterioso la hubiera impresionado lo suficiente para que soñara con ella, pero también la maldita druida había mencionado un sueño que los vinculaba a los dos. Y aquello sí que lo preocupaba.
Hiram regresó a media mañana, Albert lo abordó al pie de la escalera antes de que las mujeres volvieran del mercado.
—No volveré a repetírtelo —aseguró Albert en tono duro.
Hiram entornó sus verdes ojos y compuso un gesto admonitorio.
—Pues no lo hagas, tu amenaza ha sido bastante… elocuente.
—No me subestimes, y no olvides que solo intento evitarnos problemas a todos.
—No eres mi padre, y tampoco ya mi hersir.
Albert lo cogió por la pechera de la camisa y lo acorraló contra la pared.
—No, pero no voy a permitir que nos pongas a todos en peligro solo porque no puedas guardar tu hombría para una sola mujer.
—Lo que yo haga con mi hombría es solo asunto mío —rebatió furioso.
—Si Jamil se entera, estamos acabados. ¿Y has pensado en Valdis?
Hiram apartó la mirada y sacudió la cabeza ofuscado.
—Ella me busca… —se justificó apesadumbrado— es hermosa y…
—Y se te hace parecida a Freya —concluyó Albert.
Esta vez sí tuvo el coraje de alzar la mirada para enfrentarlo. En ella, Albert vio que no se equivocaba.
—¡Maldita sea! —bramó.
Lo soltó soliviantado y se pasó ambas manos por la cabeza con indignada exasperación.
—Creí que… que la habías olvidado.
—No soy estúpido, sé que jamás será mía, pero resultó tentador fantasear con algo… similar.
—Eres condenadamente estúpido —escupió irritado—. ¡Por Odín, has yacido con Zahira…!
—Sí —confesó—. No soy de piedra.
—Tu cerebro, sí.
Albert bufó irritado e intentó apaciguarse. En aquel momento solo sentía ganas de molerlo a golpes.
—No volverás a acercarte a ella, ¿entendido? Estamos en una situación delicada en extremo, y no sé por dónde demonios nos estallará esta locura. Y tú, prendiendo más fuegos.
—Ese miserable de Jamil lo merece.
—Pero nosotros no, ninguno de nosotros —recriminó.
—Pronto nos alejaremos de aquí, y prometo no volver a sucumbir.
Albert apretó los dientes y asintió.
—Más te vale, o te juro por los dioses que yo mismo te lo haré pagar.
En ese preciso instante los portalones se abrieron y entraron las mujeres, seguidas de Ahmed. Albert había ordenado que no fueran nunca solas a ningún sitio sin la protectora compañía del siervo nubio. Era casi tan grande como Thorffin, y su cara llena de cicatrices y tan negra como el ébano amedrentaba casi más que el gigante pelirrojo.
Albert relajó en el acto su expresión y, tras un veloz y casi imperceptible gesto con la barbilla, Hiram desapareció escaleras arriba.
CONTINUARA
