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Capítulo 94
Una piedra tras otra
Despertó sudoroso en medio de la noche.
Los latidos desbocados atronaban en su pecho como un tropel de caballos atravesando un páramo.
Las sinuosas guedejas de aquel perturbador sueño, que se deshilachaban como el humo de una fogata, todavía pendían ominosas a su alrededor como traviesos fantasmas empecinados en atormentarlo.
Bailaban aún en su mente inquietantes escenas sueltas que picoteaban su cabeza como abejorros molestos.
Salió de la cama, esperando que el sueño terminara de evaporarse sin dejar huella de su recuerdo.
Pero no fue así.
Se acercó al ajimez en busca del fresco aire de la madrugada y dejó que acuchillara su húmeda piel. Sin embargo, lo agradeció. Aquella bofetada de realidad terminó de despertarlo.
Aun así, no podía desprenderse de aquella aprensiva sensación de sentir algo oscuro y viscoso sobre él. Al principio tenía forma de mujer. Una mujer hermosa y tentadora que lo seducía con una danza extraña, que besaba sus labios sin que él pudiera rechazarla, y que se cernía sobre su cuerpo para tomar de él lo que deseaba. Pero, al final, era una masa informe y difusa, identificable, pero claramente maligna.
Lo acometió toda una salva de escalofríos que no pudo sofocar ni frotándose con rudeza los brazos, y regresó a la cama en busca del calor y la serenidad que necesitaba.
Freya dormía, pero él se arrimó a su espalda y la abrazó ciñéndola contra su pecho. En el acto, su calor alejó el frío de la noche y espantó los espectros del sueño.
No obstante, ese ente oscuro no terminaba de marcharse, y casi se sintió observado.
Intentó ignorar aquella sensación y centrarse solo en el cálido y suave cuerpo que abrazaba, pero mil pensamientos se atropellaban sin descanso arrebatándole toda posibilidad de volver a conciliar el sueño.
Tenía demasiados frentes abiertos, demasiadas cosas que podían salir mal antes de que pudieran partir. Se sentía al pie de una ladera con toda una montaña desmoronándose poco a poco a sus pies. Y los cascotes y los peñascos caían demasiado cerca.
Uno de aquellos cascotes aporreó la puerta de la casa a la mañana siguiente.
Contemplar el rostro del padre del hombre que había matado no lo hizo sentir arrepentido, ni contrito, ni siquiera culpable. En realidad, deseó hacer lo mismo con el progenitor de Rashid en aquel momento.
Su gesto despectivo, sus pequeños ojos de mirada cruel, el rictus de eterno desagrado que fruncía sus delgados labios y esa voz rasposa y desagradable de tono afilado y áspero lo exhortaban a cerrarle la boca de un buen puñetazo, y lo único que lo contenía, aparte de que era un hombre mayor, era que aquel arrebato podía mandarlo al cadalso.
Iba acompañado de dos hombres, uno de ellos se identificó como el alfaquí, que, por lo que Albert conocía hasta el momento de la compleja sociedad andalusí, era un juez de casos menores, que no requerían la presencia del cadí, el juez gobernante en cada ciudad.
El otro hombre, de imponente tamaño y feroz gesto, ejercía de guardián.
Al parecer, el taimado imán había considerado también la posibilidad de que Albert le borrara la cara de un golpe.
—Solo venimos a traerte este documento —informó Taliq.
En su tono malicioso brilló un deje complacido que evidenciaba su disfrute por aquel asunto.
Albert se retiró para dejarlos pasar y respiró hondo antes de cerrar la puerta tras de sí. Fue cuando descubrió que había un cuarto hombre.
Jamil le dirigió una mirada hostil, aunque en aquella bravata gestual discernió un matiz temeroso que lo hizo comprender que aún recordaba su explicación del águila de sangre.
En el patio, solían tener siempre una larga mesa con sillas para disfrutar del tibio sol del otoño mientras ejecutaban toda clase de tareas que requirieran estar sentados. Las mujeres desbrozaban verdura, hacían salazones, destilaban licores, confitaban fruta, cosían, y ellos limpiaban sus armas, arreglaban desperfectos, confeccionaban útiles o llevaban las cuentas.
A menudo también lavaban la ropa y la escurrían con sus fuertes manos retorciendo el tejido hasta dejarlo casi seco, y lo tendían junto al pozo, que era donde más incidía el sol directo.
Aquel proceder no dejaba de maravillar a Flora, que agradecía sentida que le arrebataran una tarea tan dura.
En aquel momento, en el tablero de la mesa solo se hallaban diseminados los dados y el tablero taraceado donde jugaban al nard.
Los invitó a sentarse, aunque su deseo era el contrario.
Él, en cambio, permaneció en pie.
—Adelante —animó cruzando los brazos sobre su amplio pecho. Se apoyó indolente en una columna y aguardó con semblante pétreo e impasible.
El alfaquí desenrolló con solemnidad el rollo de pliego que portaba y, tras carraspear y mirar algo nervioso al guerrero, comenzó a leer.
—Según la ley islámica que regula el traspaso generacional de bienes que se basa en el capítulo 4 del Corán, paso a citar que doña María de Blanco, propietaria de esta casa y de las tierras que colindan entre el arrabal y la Vega Baja, solo tiene por línea de sangre directa una heredera. No obstante, y según esta ley, las mujeres no están incluidas en las líneas de sucesión.
—Ya lo dice un sabio proverbio —interrumpió Taliq avieso— «quien no puede cabalgar ni tomar una espada no tiene derecho a nada».
Albert se envaró temiendo lo que estaba por venir.
—Por tanto, y ciñéndonos a la ley —prosiguió el alfaquí—, sin descendencia varón y sin ningún pariente vivo por línea agnaticia, las propiedades pasarían a los individuos que hayan forjado un lazo de patrocinio o profiliación, como sería el caso de un adoptado. Y, en el supuesto de varios, sería el hermano mayor el beneficiario de la herencia en cuestión.
Albert fulminó a Jamil con la mirada, derramando en ella todo el desprecio que le merecía.
—Supongo que la ley islámica que regula las herencias se pondrá en marcha cuando fallezca el propietario, no antes. ¿Es así?
Miró directamente al alfaquí, que asintió casi imperceptiblemente.
—Así es.
—Pues ya que doña María todavía respira, y seguro que vosotros deseáis seguir haciéndolo, os planteo dos salidas: la puerta o este pozo.
—No hemos terminado todavía, bárbaro infiel.
Taliq palmeó el tablero de la mesa para alentar al juez a continuar.
—Doña María pudo conservar esta casa cuando murió su esposo gracias a su hermano Roberto; cuando este desapareció, sus propiedades quedaron a merced del emir. —El hombrecillo encorvado y enjuto le lanzó una mirada nerviosa y tragó saliva antes de animarse a continuar—: No obstante, al tomar la decisión de acoger en esta casa a dos huérfanos musulmanes, se le devolvieron sus derechos tras firmar este documento, en el que reconoce como herederos a los hijos adoptados. Con lo cual, no puede vender el legado sin consentimiento de sus hijos varones, pues son usufructuarios del mismo.
—Entiendo —musitó Alberþ en tono bajo pero tan letal como el filo de su daga—. Doña María acogió a dos huérfanos y, como pago, le arrebatan cuanto posee.
—Gracias a ellos, no vive en la calle —recordó Taliq artero—, o quizá no fue su buen corazón lo que la animó a recogerlos, sino la desesperación por conservar su patrimonio.
Albert cerró con fuerza los puños, conteniendo el latente impulso de echarlos a patadas.
—¿Puerta o pozo? —repitió.
—Ya te lo dije, esta es mi casa —constató Jamil arrogante—, no podéis venderla. Pero sí podéis largaros todo lo lejos que deseéis.
Albert dio un solo paso decidido hacia ellos y fue suficiente para que los cuatro se levantaran sobresaltados y se dirigieran a la carrera hacia la puerta.
Salieron en estampida, dejándola abierta.
—¿Qué ocurre?
Se volvió hacia la escalera para encontrarse con el asombrado rostro de su esposa acunando a la pequeña Raquel en brazos.
Tras ella emergieron Valdis y Helga, con Erik a su espalda. Era domingo, día sagrado para los cristianos, y aunque él y sus hombres habían sido bautizados, en su corazón seguían anidando los dioses que lo habían visto crecer. Oír los cánticos litúrgicos, la apasionada homilía del clérigo, sentir el fervor de los fieles susurrando sus oraciones no despertaba en él la más mínima emoción. Sin embargo, aquella mañana ansiaba asistir a misa.
Ese día, tras el oficio, y aprovechando el sermón, un seglar subiría al púlpito para animar a la congregación a alzarse contra el islam. Y ese hombre no era otro que Paulo Álvaro, el amigo íntimo del flamante arzobispo Eulogio, que ni había podido tomar posesión del cargo.
—Ocurre que hoy va a ser un día especial.
Les explicó la situación camino a la parroquia de San Lucas. En la casa quedó doña María, sentada en su silla enfrascada en sus labores de punto, sin más interés que el de coser cerca de la ventana, y sin las suficientes fuerzas para caminar. Y Said, que, por ser musulmán, acudía a la aljama junto a su hermano y sus vecinos de fe.
Caminaron por las angostas callejuelas bajo un cielo despejado y brillante.
Resultaba tan confuso como vibrante oír el canto del muecín en lo alto de los minaretes de las mezquitas de la medina, entremezclado con el tañido de las campanas de las iglesias católicas. En verdad, aquella era una ciudad de contrastes. Los ropajes cristianos, más sobrios y austeros en comparación con la vistosa tonalidad de las túnicas árabes, o la particularidad de los sayos hebreos. Aunque se apercibió de que ambas culturas conquistadas cada día se amoldaban más a la moda islámica.
Cuando llegaron a la puerta de la parroquia, situada en la zona de La Cornisa, se fijó en que estaba enclavada justo frente al cerro del Bu. A aquella distancia podía distinguir los muros derruidos y los antiguos castros.
Sus hombres lo aguardaban en la puerta. La comunidad mozárabe se adentró en el templo en apretados racimos. En sus semblantes relucía una expectación que Albert no había visto hasta el momento. Resultaba notorio que el esperado representante de Eulogio se había convertido en la esperanza viva de aquella congregación.
Retuvo un instante a sus hombres, mientras las mujeres entraban en la parroquia, para ponerlos al tanto de la jugada de Jamil.
—¡Condenado hijo de perra! —barbotó Thorffin.
—¡Blasfemo! —increpó indignada una anciana que en aquel momento atravesaba el portalón.
—Cuida tu lenguaje o nos crucifican aquí mismo —se burló Hiram.
Thorffin gruñó por toda respuesta, componiendo un gesto hosco y malhumorado.
—Pero tú sí eres un miembro varón de la familia, eres el esposo de su hija, y por tanto receptor de sus bienes —murmuró Sigurd rascándose la cabeza.
—El matrimonio pagano no goza de ningún derecho aquí —explicó Albert—, pues no está reconocido por ellos. Los mahometanos solo tienen en consideración a las religiones de libro con dios único. Por eso, hoy he decidido casarme.
Sus hombres lo miraron asombrados.
—Tengo la mujer que quiero, el anillo, el templo, un clérigo y los testigos.
Que ese Dios redentor impuesto empiece por fin a sernos útil.
Thorffin se acercó a él y le palmeó vigorosamente la espalda. Albert rio complacido y sus hombres felicitaron su ingenio.
—Y ahora vamos a conocer al famoso Paulo.
CONTINUARA
