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Capítulo 95
Una boda entre rebeldes.
Se adentraron en la parroquia por la entrada lateral y se apiñaron en el transepto de la nave epistolar. El templo constaba de tres naves unidas por cinco arcos de herradura ribeteados en alfiz, se sostenía en robustos pilares de ladrillo, muros de sillería, se cobijaba en una techumbre de madera y tabicas decoradas con pinturas que alternaban motivos vegetales con escudos de un toro.
Lo más curioso a su juicio era la alta tapia trasera en el exterior del recinto, que servía para cercar un cementerio cristiano.
Albert nunca había entendido por qué enterraban a sus muertos en los lugares sagrados, encadenando así sus almas a la tierra.
Fijó su atención en el ábside, donde se encontraba el altar mayor. El párroco que los había bautizado hablaba con un hombre de mirada sagaz y gesto sereno. Era alto para la media andalusí, de constitución delgada, ensortijados cabellos castaños y piel clara. Sus grandes ojos recorrían a la silente muchedumbre que aguardaba el comienzo del oficio.
La conversación entre el laico y el clérigo tocó a su fin. Y, tras tocarse con el operimento, un paño ricamente bordado que se puso sobre los hombros, se dirigió al altar mayor con porte solemne. Levantó una larga tira de lino blanco que cubría objetos ceremoniales y tomó un libro grueso, la Biblia, lo llamaban. Acto seguido, inclinó reverencial la cabeza ante la cruz del tal Jesús, se persignó y se encaminó hacia el ambón, que se alzaba en una esquina del presbiterio.
Allí subido, derramó su fervorosa mirada por su congregación.
—Bienvenidos, hermanos de fe, a la casa de Nuestro Señor —comenzó con voz diáfana en tono alto y melódico—. Hoy es un día especial, un día en que, tras mucha agonía sufrida por el destino de nuestro amado arzobispo Eulogio, por fin podemos ver algo de luz. Y esa luz, queridos hermanos, viene de la mano de un ser muy cercano al arzobispo y muy querido por él.
Y, aunque las noticias que trae sobre su destino no son halagüeñas, el mensaje que lo acompaña nos abre a la esperanza y nos guía hacia la libertad que tanto ansiamos disfrutar.
Abrió el libro sagrado por una página marcada y añadió:
—Isaías 61, 1… El Espíritu del Señor Dios está sobre mí, porque me ha ungido el Señor para traer buenas nuevas a los afligidos; me ha enviado para vendar a los quebrantados de corazón, para proclamar libertad a los cautivos y liberación a los prisioneros.
Alzó la vista de la página y la paseó por los fieles.
—Y ese día ha llegado, hermanos. Don Paulo Álvaro, íntimo amigo y confidente de nuestro arzobispo, desea transmitirnos su mensaje.
Tras un carraspeo, bajó del púlpito y alentó al aludido a que ocupara su lugar.
Don Paulo hizo lo propio y suspiró hondamente antes de comenzar su discurso.
—Corren tiempos convulsos para los mozárabes de toda índole —entonó en una voz grave y profunda que reverberó en los muros de piedra, vibrando en un eco casi espectral—. Pero es la comunidad cristiana la que más trágicamente sufre las consecuencias de la apostasía a la que intentan forzarnos. Se afanan por doblegarnos con altos diezmos y condenas injuriosas, y es aquí donde el gran y venerado Eulogio predica con el ejemplo.
Hizo una pausa para evaluar la atención de los feligreses. Todos y cada uno de ellos se hallaban absortos en aquel hombre.
—Como bien sabéis, el infame emir Muhammad aprehendió al recién nombrado arzobispo y lo encerró en la prisión de Qurtuba, acusado de proselitismo. Su pecado fue ayudar a quien vio en Cristo el verdadero Dios.
Y aquí vengo a narraros qué fue lo que ocurrió: una hija de mahometanos, doña Leocricia, musulmana de nacimiento, fue bautizada por un pariente converso en la fe de cristiana. Cuando sus padres se enteraron fue cruelmente torturada para obligarla a regresar con Alá.
Contó sus aflicciones a Eulogio y este la ayudó a escapar con la ayuda de su hermana, Anulona. La escondió en casa de unos amigos y, por unos días, la muchacha se creyó a salvo. Pero un trágico día, las autoridades la encontraron y la llevaron al cadí junto con todo aquel que había colaborado en su huida. El juez amenazó al arzobispo con matarlo a latigazos —aquí la congregación exhaló un gemido conjunto que se elevó indignado hacia las altas vigas del techo, como una bandada de estorninos asustados—, pero este, en lugar de plegarse, invitó al cadí a dejar que le mostrara el verdadero camino del cielo, declarando que Mahoma era tan solo un impostor. El juez lo tentó ofreciéndole la libertad si renegaba de sus palabras, y Eulogio ante la corte que lo condenaba pronunció lo siguiente:
«Si sospecharais siquiera el premio que espera a quienes perseveran hasta el fin en la fe, cambiaríais en el acto todas vuestras dignidades por él».
Otra pausa, esta más dramática.
—Fue condenado a muerte por decapitación.
El indignado gemido generalizado dio paso a una letanía de murmullos, que subieron de tono llevados por el apasionamiento que despierta toda injusticia.
El clérigo alzó ambas manos pidiendo silencio.
—Hermanos, dejad que don Paulo acabe su narración.
Gradualmente, los cuchicheos fueron apagándose. Hasta que volvió a reinar el silencio el seglar no reanudó su discurso.
—Su mensaje es no doblegarse al infiel. Defender la fe con la muerte y la tortura si es necesario como hombre de Dios que es, ya que sus votos le impiden alzar mano alguna. Pero hay un paso entremedias que un laico puede dar. Luchar por sus creencias, por su libertad.
En aquel punto, los susurros volvieron a elevarse. Y Albert pudo observar que la llama de la insurrección prendía apasionada en los ojos de los parroquianos.
—Convertirnos en mártires nos abre las puertas del cielo, pero no ayuda a nuestros hermanos a librarse del yugo hereje. Si hemos de morir, hagámoslo luchando como soldados de Cristo, ofreciendo nuestra vida para que otro tome nuestro lugar en ella. Y, en toda batalla, las alianzas son importantes.
—¿Qué propones? —preguntó una estentórea voz masculina.
—Uníos a los hebreos para obligar al emir a que respete vuestras creencias con alzamientos en las calles, tomando sus instituciones, mostrando vuestro poder.
Necesitáis formar un gran ejército que lo amedrente y lo haga claudicar en su afán por convertirnos.
—Los hebreos también son herejes —adujo una voz reprobadora.
—Pero no son el enemigo, y ahora nos necesitamos mutuamente. Se trata de una alianza necesaria en extremo.
Pronto caerán sobre la ciudad las huestes del emir, tal como hizo al-Mundhir hace dos años para sofocar la revuelta. Sin embargo, esta vez fracasará si no estamos unidos. Convirtamos este levantamiento en algo más, sois la frontera de los reinos cristianos y gozáis de un enclave estratégico; además, esta ciudad es un fortín que bien puede contener incursiones o fomentarlas. Aprovechad eso para amotinaros y negociar.
Conseguid gobernadla vosotros pactando las condiciones que mejor os convengan.
—¿Y cómo hemos de organizarnos para tal lid? —masculló un hombre de aspecto hosco pero expresión despierta.
—No gozáis de demasiado tiempo. Pero el primer paso consiste en tomar la alcazaba.
Apresad al valí y al cadí, luego haceos con el resto de los castillos y los palacios y atrincheraos en ellos.
Constituid facciones mixtas de judíos y cristianos con un líder al mando, aprovisionaos y resistid. Dios está de nuestra parte.
El mensaje estaba lanzado y calaba pródigamente en los ánimos de los concurridos.
—No hay tiempo que perder —concluyó mirando a la multitud con apasionado apremio—. Yo mismo os proveeré de esa alianza. La comunidad hebrea está dispuesta a forjar un pacto, y ya están siendo entrenados por diestros guerreros del norte para la sedición. Unámonos por un bien común.
Toda la congregación clavó su vista en los norteños.
—Y, desde aquí, desde mi posición de mensajero del arzobispo, ruego a esos hombres, antaño paganos, aquí presentes, que elijan en este preciso instante a algunos que instruyan y formen las mesnadas para el asalto.
Albert admiró la sagacidad de aquella estratagema. Y, aunque ya estaba inmerso en aquel levantamiento, formaría a los hombres en el arte del asedio, nombrando caudillos en cada grupo, y, luego, él y toda su familia desaparecerían. Porque de lo que estaba seguro era de que aquello no saldría bien. Un guerrero no se creaba en tan pocos días, sino que se forjaba a base de combates durante años. Y, aunque el coraje y la buena disposición de aquellas gentes favorecía el aprendizaje, las habilidades necesarias requerían tiempo, y eso era justo lo único que no poseía.
El clérigo se acercó a ellos ante la impasividad de los guerreros.
—Os ruego vuestra colaboración —siseó suplicante.
—Colaboraré si, tras la misa, oficias una boda.
El hombrecillo lo observó extrañado, pero afirmó con la cabeza.
Albert asintió sellando el tácito acuerdo y alentó a sus hombres a que lo siguieran hacia el presbiterio.
Los guerreros formaron una línea tras él. Y Albert comenzó a evaluar a golpe de vista a los parroquianos que reunieran físicamente las cualidades que él precisaba. Bien era cierto que ninguno poseía la corpulencia y gozaba de la alta estatura de sus hombres, pero los enemigos que enfrentarían compartían características físicas. Así pues, empezó a recorrer el pasillo central examinando a los varones, buscando una fuerte complexión, un buen tamaño y un semblante agudo y avispado.
Un buen guerrero no era solo un cuerpo, era más una mente despierta y rápida que asimilara la técnica del combate y contara con el ingenio suficiente para calibrar cada golpe. La agilidad y la flexibilidad también eran importantes, pero eso solo podría descubrirlo en acción.
Comenzó a señalar a individuos que encajaran en los perfiles. Estos asentían graves y se encaminaban hacia el altar mayor, colocándose tras la fila de sus hombres.
Seleccionó a una treintena. El mismo número de hebreos que ya estaban entrenando. De ese modo, podría formar cuatro grupos mixtos de quince hombres cada uno y aleccionarlos para asaltar los cuatro enclaves de gobierno de la ciudad y, así, descabezar su poder. Uno de ellos era el alcázar, otro el palacio del valí, ambos dentro del al-hizam —el enclave más inexpugnable de la ciudad—, luego estaba la corte del cadí, en plena medina, y la aljama. Si lograban al menos asaltar los dos primeros, ya sería todo un logro.
Cuando hubo terminado se acercó a don Paulo, que en aquel momento bajaba del púlpito para agradecerle su cooperación.
—Dios no olvidará vuestros servicios —musitó grandilocuente.
—Espero que no olvide que en su nombre morirá mucha gente. —Albert entornó los ojos y agregó— Y también espero que no haya más intereses detrás de tan sagrado motivo. Pues, en tal caso, ni Dios ni yo podremos perdonar la masacre a la que abocarás a tantos inocentes. Y, ahora que lo pienso, quizá tampoco tu amado hermano Eulogio, en el caso de que tenga conocimiento de que se gesta una revuelta bajo su supuesta bendición.
La expresión del hombre se contrajo en un rictus de asombrada indignación. Su mirada ofendida lo taladró. Un rubor encendió sus mejillas, y en aquella máscara agraviada, detectó al tiempo un deje preocupado.
Haber expuesto sus sospechas tan abiertamente le confirmó que toda aquella diatriba en nombre del famoso mártir preso era tan solo una falacia destinada a conseguir el favor de la comunidad.
—Voy a ayudarte, pero no por el motivo que escondes, sino por el que esas gentes ansían. Y, desde luego, no por esa fe que tanta sangre va a derramar.
Lívido y ultrajado, don Paulo se retiró hacia la sacristía con paso rápido y porte rígido.
Albert subió al púlpito y respiró hondo antes de dirigirse a la comunidad.
—Los hombres que no he elegido se apostarán como refuerzo en las calles de los cuatro enclaves que atacaremos. Los ancianos, las mujeres y los niños se esconderán en un lugar seguro o saldrán de la ciudad, pues probablemente los ejércitos del emir los usarán para doblegarnos. El día del asalto, la ciudad se convertirá en un enorme y cruento campo de batalla. La muerte sacará su guadaña, y los que no estén en condiciones de sortearla deberán huir.
Hizo una pausa para dejar que sus palabras impregnaran bien las mentes de aquellas gentes. Los semblantes ansiosos y angustiados lo observaron con miradas temerosas pero determinadas.
—Y ahora, si deseáis presenciar una boda, os invito a la mía.
Descendió del púlpito y enfiló de nuevo por el pasillo hasta llegar al fondo de la nave principal, rodeado de murmullos asombrados, en busca de Freya, que asistía al oficio rodeada de las mujeres de la casa.
Cuando llegó junto a ella, tomó a la pequeña Raquel y se la entregó a Valdis. El estupor de Freya la inmovilizaba.
—Creo que necesito saber qué está pasando —rezongó confusa.
—Pasa que, gracias a la ambición, hoy vamos a renovar nuestros votos por tercera vez. Confía en mí.
La tomó de la mano y la atrajo hacia sí con extrema dulzura.
—Hoy será tu dios quien nos unirá en santo matrimonio. Ante todos, seré tu esposo legal y dueño de cuanto posees, como tú eres la dueña de cada aliento que exhalo.
Freya gimió todavía aturdida, pero lo siguió hasta el altar mayor, donde aguardaba el clérigo.
Para su sorpresa, nadie salió de la iglesia.
Sus hombres habían formado un pasillo para recibirlos y apoyarlos. Los elegidos se apiñaron en un extremo del transepto.
—¿Quién entrega a esta mujer?
—¡Nosotros! —profirieron sus hombres al unísono.
Albert estranguló una sonrisa.
El párroco los miró reprobador, pero asintió.
—Bien, comencemos. ¿Cuál es tu nombre, hijo mío?
—Albert.
—No, me refiero a tu nombre cristiano.
—Gustavo.
A su espalda oyó risitas mal disimuladas.
—Gustavo… —El cura se detuvo de nuevo—. ¿Y tu apellido?
Albert meditó sobre aquello. No tenía apellido, sino apodo.
—Me llamaban Albert el Temible.
El hombrecillo miró al techo y resopló paciente.
—¿Cómo se llamaba tu padre?
—Kodram.
Pareció reflexionar buscando alguna conexión lingüística para formular un apellido que pudiera valer.
—Lo dejaremos en Gustavo Codrámez, ¿te parece?
Albert se encogió de hombros.
—Bien, continuemos. ¿Quiénes van a ser los testigos?
—Hilario y Torcuato —repuso, imprimiendo a aquellos nombres un timbre socarrón que tornó las risitas en bufidos irritados.
Los dos grandes guerreros se acercaron al altar, cada uno flanqueando a los novios. Que Hiram eligiera colocarse al lado de Freya lo soliviantó ligeramente.
—¿Necesitamos apellidos? Porque yo no sé cómo se llamaba mi padre —preguntó Thorffin.
—No, mejor que no —masculló el clérigo impaciente.
—Tú, hija mía, espero que sí lo tengas.
—Alondra de Antúnez y Blanco.
El hombre respiró aliviado y su rostro se destensó un poco.
—Yo sí que recuerdo el nombre de mi padre —interrumpió Hiram.
El cura lo miró irritado.
—Ya he dicho que no es necesario.
—Pero quiero tener apellido —insistió el guerrero.
Viendo que no podría continuar sin darle gusto, el clérigo resopló y asintió hastiado.
—¿Cómo se llama tu padre?
—Olaf.
—Pues Oláfez.
—¿Se trata de añadir un «ez» al nombre?
—Así es —respondió molesto el cura—. Y ahora procedamos a iniciar el sacramento bajo el…
—¿Y por qué? —intervino Hiram de nuevo.
El párroco lo fulminó con la mirada. Si hubiera podido desprender uno de los clavos de la cruz que sostenía aquella escultura humana que había al fondo del ábside, se lo habría hincado a Hiram en el pecho.
—Porque la terminación «ez» significa 'hijo de', al igual que el «ben» o el «ibn» para los hebreos o los musulmanes.
Hiram miró a Thorffin sin entender una palabra, pero se encogió de hombros aceptando la explicación. Albert y Freya inclinaron la cabeza para ocultar su diversión.
—¿Podemos continuar? —inquirió huraño el cura.
—¿Quién te lo impide? —contestó Hiram con expresión inocente.
El cura emitió un gruñido malhumorado y miró a Albert.
—Si tu testigo no se calla, no habrá boda —amenazó crispado.
—Si vuelves a abrir esa bocaza te haré tragar todos los dientes —aseguró él en tono jocoso, volviéndose hacia Hiram.
—¡Es un templo sagrado —recordó el hombre de Dios, escandalizado—, está prohibida toda clase de violencia en su interior!
Albert asintió en actitud sumisa.
—Bien, pues te partiré la boca en el exterior —modificó socarrón.
—Entonces sería Hilario Oláfez Boca Rota —intervino Sigurd palmeándose el muslo entre carcajadas.
Jorund secundó sus risas y el cura chistó furioso, perdida toda paciencia.
—Se acabó. No hay boda —bufó rendido.
—O hay boda, o no hay revuelta —le recordó Albert.
El beatífico y sereno semblante del clérigo al empezar el oficio se había trocado en una máscara retorcida de frustración e indignación bastante cómica.
—Ni una interrupción más —avisó entre dientes con mirada letal.
Thorffin se inclinó hacia Albert y musitó:
—Menos mal que no se permite la violencia, porque, de ser así, el pequeño cura nos habría estampado esa enorme cruz en la espalda.
Albert observó cómo el rostro del clérigo se constreñía colérico. Las puntas de sus dedos se hundieron como garras en el libro de salmos que sostenía.
—Y por Dios que lo haré si no guardáis silencio, aunque tenga que flagelarme hasta que muera —estalló con los ojos desorbitados y el rictus congestionado.
Todos asintieron sumisos.
—Bien —comenzó intentando serenarse—, henos aquí, en este lugar sagrado, para unir a este hombre y a esta mujer en sagrado matrimonio.
Repite conmigo, mujer —miró a Freya y, tras otra honda inspiración agregó— Yo, Alondra de Antúnez y Blanco, te tomo a ti, Gustavo Codrámez, por legítimo esposo y me entrego a ti en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, en las alegrías y en las penas, y prometo serte fiel hasta que la muerte nos separe.
Freya enlazó sus manos con las de él y lo miró a los ojos mientras repetía con emotiva entrega su promesa.
El cura asintió satisfecho y, a continuación, se dirigió a Albert. Pero el guerrero se le adelantó:
—Yo, Gustavo Codrámez, te tomo a ti, Alondra de Antúnez y Blanco, por legítima esposa, y me entrego a ti, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, en las alegrías y en las penas, y prometo serte fiel hasta que la muerte nos separe. —Miró de soslayo al cura y se atrevió a añadir— Y ningún poder divino ni humano me arrancará jamás de tu lado.
Se miraron largamente embebidos en el profundo sentimiento que los unía, rezumando el inmenso amor que se profesaban y saboreando aquella nueva unión bajo aquel dios que los miraba desde su cruz.
—Por el poder que me ha sido conferido, os declaro marido y mujer.
Podéis sellar vuestra unión con un beso.
Albert sonrió emocionado, tomó a su esposa entre los brazos, la ciñó a su pecho y la besó con hambre. Notó cierta resistencia en ella que no entendió.
Freya se apartó ruborizada y le hizo una señal que siguió con la mirada: el cura tenía las mejillas arreboladas y los miraba turbado con un claro mohín desaprobador. Albert siguió sin comprender su repentina timidez, pero la soltó tras un fuerte carraspeo del párroco.
—Podéis marchar en paz —sentenció remarcando la palabra «marchar».
A Albert le resultó irónico que les deseara paz cuando en el interior de aquellos sagrados muros le había pedido una guerra.
CONTINUARA
